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ISBN : 8445006770
Editorial: Planeta (16/01/2020)

Calificación promedio : 4.14/5 (sobre 153 calificaciones)
Resumen:
Fahrenheit 451: la temperatura a la que el papel se enciende y arde.
Guy Montag es un bombero y el trabajo de un bombero es quemar libros, que están prohibidos porque son causa de discordia y sufrimiento.El Sabueso Mecánico del Departamento de Incendios, armado con una letal inyección hipodérmica, escoltado por helicópteros, está preparado para rastrear a los disidentes que aún conservan y leen libros. Como 1984, de George Orwell, como Un mundo feliz, de Ald... >Voir plus
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Críticas, Reseñas y Opiniones (59) Ver más Añadir una crítica
joseluispoetry
 25 julio 2019
FARENHEIT 451, DE RAY BRADBURY

Farenheit 451 de Ray Bradbury es una novela distópica pura. Como ya se sabe, una distopía es una utopía en su sentido peyorativo, una sociedad que se supone debería ser idónea pero que no lo es, simple y sencillamente porque los valores impuestos son indeseables para el ser humano.
Ray Bradbury escribió Fahrenheit 451 con una máquina de escribir que rentó en la biblioteca por $0,10 por cada media hora, pagando un costo total de $9,80, lo que significa que le hubo tomado exactamente 49 horas escribir el clásico[1].
Primero apareció en capítulos en 1952, en la revista Play Boy, cuando ésta era precisamente una revista mucho más completa y más integradora que su versión actual. La obra completa fue publicada al año siguiente, en plena época de la tan llevada y traída Guerra Fría, justo cuando el mundo se había dividido en dos bloques: los comunistas rusos y los capitalistas norteamericanos.
Como distopía pura, Farenheit 451 –algo así como 332 grados centígrados, temperatura idónea en la cual arde el papel- se erige como una civilización cuyo gobierno es represor y encierra en sí misma una fuerte relación con la época y el contexto económico, político y social norteamericano que la vio nacer. Aunque cabe aclarar que Ray Bradbury ya había cosechado fama con la novela Crónicas marcianas, publicada en 1950.
Concebida no como se asevera en Wikipedia, por un afán de protesta contra la muy lejana quema de libros en la Alemania Nazi de 1933; no como -algo más cercano a Bradbury- el lanzamiento de las bombas atómicas de Hiroshima y Nagasaki en 1945 (si Wikipedia tuviera razón en su razonamiento irracional, se quedarían atrás la quema de la inmensa Biblioteca de Alejandría, y aún más atrás en el tiempo, el incendio de Roma por Nerón y también hubieran contado); sino como una severa crítica a la prohibición de libros y a la “cacería de brujas” orquestada por el senador Joseph Mc Carthy ese mismo año, 1953, en el que los grandes artistas norteamericanos y extranjeros comienzan a sufrir de hostigamiento en la tierra de las promesas fallidas por la más mínima sospecha de que albergan en sus almas una pequeña pizca de “comunistas”. Recuérdese el triste y valiente caso de Lillian Hellman, la esposa del novelista del género negro Dashiell Hammet, quien fue sometida a un severo juicio, o la de los cineastas, como Dalton Trumbo y sus amigos, y a todos los políticos de la época, quienes fueron obligados a declarar ante el famoso tribunal anticomunista (una especie de Tribunal del Santo Oficio, sin ser santo y sin ser oficio, en pleno siglo XX) su desapego a las ideas de Marx y Engels.
Farenheit 451 es una novela sincrética, porque concilia dos universos de la mitología si no totalmente opuestos, sí distintos en sus puntos torales: el judeocristiano y el griego. Es una alegoría que reúne lo crístico con lo órfico, y que se reconcilian, se mezclan en el gran mito de la resurrección. Job, prefigura de Cristo, Orfeo, y el ave Fénix se dan cita en estas páginas.
En el fondo, Farenheit 451 encierra la eterna alegoría del paraíso perdido por recuperar. Un mundo patriarcal, autoritario, donde existe un dios en la figura del estado, que ha prohibido terminantemente el acceso al huerto del fruto del conocimiento.
Durante seis días dios creó el universo, al séptimo de ellos, el domingo, descansó. Por eso en Farenheit la eternidad comienza un lunes. Y precisamente, en alemán, Montag, que es el nombre del protagonista de la novela más leída de Ray Bradbury, significa lunes.
El lunes es el octavo día y a la vez el primero, en donde el hombre deja el ocio y se pone en acción, es el emblema del comienzo. Montag pertenece a una de las cientos de estaciones de bomberos que existen desperdigadas por toda la geografía del estado totalitario, la cual, paradójicamente, no se dedica a apagar incendios, sino a provocarlos en cada sitio donde se encuentren los grandes volúmenes nacidos del invento de Johannes Gutenberg.
Montag parece estar conforme con su vida, con su rutina de tragahumo y con Mildred, su querida, depresiva y amnésica esposa, quien siempre lo espera en casa y hasta celebra cada “hazaña” de volver cenizas a alguna biblioteca clandestina.
Todo comienza a cambiar cuando Montag conoce a la subversiva involuntaria Clarisse Macclellan, una muchacha rústica, silvestre, desenfadada, ajena a ese mundo que los rodea. Clarisse es una Eva futurista, un filósofo en potencia y su pregunta ontológica resulta ser el fruto demasiado apetecible con el que cimbra todo el, hasta entonces, reducido y conformista universo de Adán-Montag: -¿Es usted feliz?
De esa forma, Clarisse hace honor a su nombre: le brinda claridad a Montag. Es a la vez Eva y a la vez la serpiente que tentó a Adán-Montag en el Paraíso.
El sacudimiento de conciencia de Montag se completa cuando él, Beatty y el resto de su cuadrilla de bomberos acuden a incendiar un domicilio que ha sido descubierto y denunciado por una vecina de apellido Blake como guardador de libros en el ático en potencia. La dueña de la casa no sólo no sale a la calle, como ocurre la mayoría de las veces, en esos casos en que la casa habrá de ser devorada por el fuego, sino que es ella misma quien prende la cerilla que pondrá fin a su vida y a sus pertenencias. Montag se cuestiona sobre el posible sentido poderoso y oculto -aún a sus obnubilados ojos y a su mente embotada- que los libros encierran como para que un ser humano sea capaz de darlo todo por ellos.
Beatty es el memorioso jefe de la estación de bomberos donde Montag labora. Beatty está recalcitrantemente convencido de que su vida es perfecta. Él es el representante corpóreo del estado totalitario. Piensa que los libros son el verdadero estorbo en el camino a la felicidad, pues provocan una angustia existencial, por eso hay que acabar con todos. Y pobre de aquel que se oponga, el sabueso -ese perro mecánico, asignado uno para cada estación de bomberos, cuya aguja que inyecta procaína actúa como un poderoso sedante- irá por él. Y la casa donde habite el transgresor o la transgresora habrá de ser reducida a escombros.
Faber hace su aparición. Faber es un viejo profesor de literatura, es el homo faber que habrá de proporcionar las ideas y los medios para escapar del absoluto control que el estado ejerce sobre todos los ciudadanos, para iniciar el proceso de liberación. le proporciona a Montag un pequeño pero efectivo dispositivo para estar en constante comunicación.
Ray Bradbury nos recuerda el poder subversivo que tiene la poesía en quienes la escuchan, por eso cuando Montag, en un acto de ira por lo superficial que son, lee un poema en voz alta a Mildred y a sus amigas, una suelta el llanto desconsoladoramente, mientras otra se enfurece. Ésta es la razón por la cual según Platón deben ser expulsados de la República todos los poetas. Mildred no está dispuesta a seguir casada con el pobre Job-Montag que parece estar enloqueciendo. Ella y sus amigas lo denunciarán. Este es el clímax de la novela.
Cuando llegan al domicilio donde habitan los insurrectos, Montag ve salir a Mildred-Eurídice a la inversa, llevando sus cosas. ¡Entonces comprende tardíamente que es su propia casa la que tienen que quemar! Accidentalmente se le cae el dispositivo con el cual se comunica con Faber. Beatty lo recoge y asegura que dará con el subversivo para darle su merecido y obliga a Montag a que sea él quien prenda fuego a todo sin dejar un solo momento de hostigarlo. Montag, en un arrebato de ira, incendia a su jefe y al sabueso. Éste le inyecta el poderoso sedante. Aún así, consigue huir.
A final de cuentas, desposeído ya de todo, virtual y mediáticamente asesinado por otro sabueso, Montag habrá de unirse a esos hombres-biblioteca deambulando a las orillas de las ciudades, de las vías del tren y de los ríos y significan la última esperanza de la civilización. Son libros vivientes, la alegoría del ave fénix renaciendo desde sus propias cenizas. En ellos, el fuego no es un elemento destructivo, sino civilizador. Son grandes dialogantes. Buscan incentivar el calor humano. Saben que después de la guerra, que ronda por doquier como fantasma, mejores tiempos para ellos se aproximan.
Una alegoría excelente la de Farenheit 451, misma que presupone un abandono al progreso mecanizado y un regreso a los cinco sentidos y a la naturaleza. Montag es un moderno Orfeo volviendo del mundo de los muertos. El baño de lodo, de tierra, de cenizas, mientras es perseguido, nos habla de su renacimiento. Montag es el hombre que ha regresado a sus orígenes, a su útero materno, la madre tierra, para poder nacer nuevamente. Montag es el hombre nuevo constituido por lo antiguo. El sénex puer o el puer sénex, el viejo-niño, el niño viejo que dará al mundo un sentido más profundo, más significativo, por lo tanto más humano. Y qué puede ser el símbolo que reúne lo viejo con lo nuevo, lo muriente con lo naciente sino el ave fénix. El dios viejo que se hace un dios nuevo, como Jesús, el cristo.
[1] Ray Bradbury murió el 5 de junio de 2012 a la edad de 91 años en Los Ángeles, California. A petición suya, su lápida funeraria, en el Cementerio Westwood Village Memorial Park, lleva el epitafio: «Autor de Fahrenheit 451».
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Dreammewords
 08 enero 2019
”-La gente no habla de nada. Citan automóviles, ropas, piscinas, y dicen ¡que bien! Pero siempre repiten lo mismo, y nadie dice nada diferente, y la mayor parte del tiempo, en los cafés, hacen funcionar los gramófonos automáticos de chistes, y escuchan chistes viejos, o encienden la pared musical y las formas coloreadas se mueven para arriba y para abajo, pero son sólo figuras de color, abstractas. ¿Ha estado en los museos? Todo es abstracto. Mi tío dice que antes era distinto. Hace mucho tiempo los cuadros decían cosas, y hasta representaban gente.”
Fahrenheit 451 es uno de esos libros que siempre quise leer pero de los que tenía la falsa imagen que al ser clásicos iban a tener un estilo de escritura recargado y pesado de leer; cuando lo agarré fue sin estar convencida de que fuera mi momento de leerlo, con miedo de que no me gustara pero ahora que por fin lo leí tengo que decir que no podría haber estado más equivocada.
Para empezar, Fahrenheit 451 trata de una sociedad distópica en la que los bomberos no apagan fuegos, sino que son ellos los que los inician usando como combustible nada más y nada menos que libros.
Estos bomberos son básicamente los peones del gobierno. Cada vez que alguien subversivo es denunciado, las alarmas del cuartel suenan y los trabajadores salen en búsqueda del criminal.
Guy Montag, nuestro protagonista, es uno de estos bomberos y tras la simple pregunta “¿Eres feliz?” empieza a darse cuenta que este estilo de vida no es uno que a él le gustaría vivir: algo simplemente se siente mal.
De esta forma, Ray Bradbury nos abre la puerta a reflexiones que tal vez hasta dan miedo.
Lo que más me hacía poner “incómoda” -si se quiere- es la idea de que los temas que toca el autor no solo son reales, sino que son muy actuales: gente siendo perseguida por su línea de pensamiento, las “familias” en las paredes, los caracoles en los oídos, las autopistas de alta velocidad, etc. Como bien tratan en el libro, tenemos todo el tiempo del mundo, pero nunca usamos ese tiempo para pensar, y cuando vamos en un auto a 150 km/h, por ejemplo, ni siquiera atinamos a pensar en estas cosas.
Lo más triste de toda la trama es que el gobierno ni siquiera tuvo que imponer una ley contra la literatura, la sociedad misma decidió dejar de lado todo tipo de cultura. Toda esencia que tuvieran tanto los libros como la música o las películas –su alma, básicamente- fue siendo dejado de lado por entretenimiento superfluo, pero esto no es suficiente para Montag. Él necesita o más bien desea desde lo más profundo de su corazón tener una relación que lo llene con otro ser humano. Tiene una esposa, tiene compañeros de trabajo, pero no tiene amigos ni familia: nadie con quien forme una conexión suficientemente poderosa. Claro que para esta gente eso es simplemente la vida, pero Guy necesita más, lo que él realmente quiere es vivir, no sólo existir con personas extremadamente conformistas y sintéticas.
Una de mis frases favoritas del libro dice exactamente eso: ”No son libros lo que usted busca. Puede encontrarlo en muchas otras cosas: viejos discos de fonógrafo, viejas películas y viejos amigos; búsquelo en la naturaleza, y en su propio interior. Los libros eran solo un receptáculo donde guardábamos algo que temíamos olvidar. No hay nada de mágico en ellos, de ningún modo. La magia reside solamente en aquello que los libros dicen; en cómo cosen los harapos del universo para darnos una nueva vestidura”.
Como simple contexto tenemos un mundo distópico pero no necesariamente futurista. Con los avances tecnológicos que tenemos hoy en día, se podría decir que la novela es una realidad alternativa, porque como digo es muy actual.
En este mundo hay una guerra, pero nunca se especifica nada sobre esta misma. Bien podría ser una metáfora al viaje de Montag como podría ser también una crítica al periodo histórico por el que pasó el autor, pues el libro es de 1953.
Un personaje que me pareció muy interesante fue Beatty. Hubo una escena clave en que sentí que todo su personaje estaba abriéndose en algo más profundo, pero obviamente por culpa de los spoilers no puedo decir mucho. Simplemente pensar que hay personas que por puro miedo a enfrentarse a lo real, al status quo prefieren vivir una vida infeliz que no los satisface es algo que da miedo.
El final me gustó mucho porque no es el típico que se ve hoy en día donde un grupo de cinco adolescentes vencen a un gobierno totalitario y miran al horizonte con una sonrisa en la cara.
Es un final triste pero al mismo tiempo esperanzador, porque pueden quemar todos los libros que necesiten, pero mientras estén en la cabeza y el corazón de la persona que los leyó no pueden destruirlos completamente.
Tanto Montag como el resto de personas que encuentra en el bosque se convierten en hombres-libro, y en una metáfora que me gustó bastante en la que comparan a la humanidad con el fénix, nos cuentan cómo la humanidad puede destruirse cíclicamente, pero siempre va a poder levantarse de nuevo.
En fin, es uno de esos libros que se quedan para siempre dentro del lector, en el que lo que importa no son los detalles técnicos como la pesadez de la pluma o lo rebuscada de la trama, sino el mensaje que intenta dar. Por eso para mí, se lleva 4.5 estrellas.
Ray Bradbury es un autor que definitivamente quiero seguir leyendo, y espero que me siga sorprendiendo de esta manera. Por ahora ya está encaminado a mis autores favoritos, y Fahrenheit 451 es el primero en irse a los favoritos del 2019.
De todas formas, en algún momento voy a darle una releída a esta obra en búsqueda de las 5 estrellas que se merece.
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Paloma
 29 mayo 2018
“¿Sabía que los libros huelen a nuez moscada o alguna otra especie procedente de una tierra lejana? de niño, me encantaba olerlos. ¡Dios mío! En aquella época, había una serie de libros encantadores, antes de que los dejáramos desaparecer.”
Cuando reseño un libro que no me ha gustado, suelo decir que no soy una hater porque no critico por el hecho de hacerlo, o de mala fe. Sin embargo, he de reconocer que últimamente me parece más sencillo escribir reseñas sobre los libros que me han parecido malos que sobre los buenos. Cuando no he disfrutado una historia, desde antes de terminarla ya he preparado mentalmente los puntos por los cuales me parece mala y una serie de argumentos para sustentar mi opinión. Pero hoy me cuesta trabajo encontrar las palabras correctas para describir lo que me ha parecido esta novela breve del Sr. Bradbury.
Podría decir que me ha encantado y que es una pequeña joya.
Que ahora entiendo porque se ha ganado su lugar como un clásico contemporáneo y que no sé porque no lo leí antes.
Lo anterior es cierto pero es una descripción muy simple a todo lo que me ha provocado Fahrenheit 451. Quizá ante lo sublime uno simplemente se queda en silencio, asimilando, procesando el impacto que ha tenido la obra en uno mismo.
Lo que más me ha impactado de la novela es el hecho que a pesar de narrar un futuro aterrador –un mundo sin libros, y peor, un mundo donde la gente ya ni siquiera tiene el interés de leer y se contenta con placeres superfluos, existe, al final del camino, esperanza. Esto es que, si bien el hombre es capaz de destruir lo más preciado –libros, relaciones humanas, el pensamiento- también tiene la enorme capacidad de maravillarse, rebelarse y actuar. Bradbury presenta un mundo gris y monótono pero también uno en donde en el momento y lugar menos esperado, hay un resplandor, una prueba de vida interior.
La premisa del libro es muy bien conocida –en el mundo, la gente ya no lee y los bomberos se dedican a quemar los pocos volúmenes y ediciones de esas cosas tan extrañas conocidas como libros. La gente misma denuncia la existencia de éstos –nadie quiere contaminarse con su contenido, que hace pensar en cosas que le llevan a uno a la melancolía. ¿Y quién, en su sano juicio, quisiera deprimirse? Guy Montag es un bombero que cumple con su tarea sin mayores problemas. Hasta que un día conoce a una joven, Clarisse, quien comienza a hablarle de forma extraña –que disfruta el silencio, caminar por las calles, conversar; que cree que un diente de león puede decirle a uno si está enamorado. Entonces Montag comienza a cuestionar su profesión, su matrimonio con Mildred, y sobre qué esconden los libros y se da cuenta que está vacío: que no sabe por qué hace lo que hace, no comprende porque una mujer es capaz de morir quemada con su biblioteca, no conoce a la mujer con la cual ha estado casado 10 años; ni siquiera recuerda cómo la conoció.
Y así empieza su rebelión y su decisión por lograr algo distinto, por rescatar algo más que los libros: su humanidad, su capacidad de pensamiento y sentimiento. Porque los libros contienen eso y más, y considero que esa era la crítica que Bradbury quería hacer en ese contexto (y que continúa siendo muy válida): una sociedad aterrada por una amenaza exterior y que para hacerlo llevadero, elimina toda fuente de angustia pero también de cuestionamiento.
Como Faber –el hombre del que Montag va entendiendo cómo llegaron a esa situación:
“Los libros sólo eran un tipo de receptáculo donde almacenábamos una serie de cosas que temíamos olvidar. No hay nada mágico en ellos. La magia sólo está en lo que dicen los libros, en cómo unían los diversos aspectos del Universo hasta formar un conjunto para nosotros.”
El mundo que construye Bradbury no está tan alejado de la sociedad que hoy tenemos (y hay miles de ejemplos de ello, los reality shows, el consumismo, etc.) si bien creo que, en los últimos años, sí ha existido una revalorización del libro y la lectura alrededor del mundo –la existencia de la comunidad de Goodreads me parece un ejemplo extraordinario y recuerdo que hace 5 años se dijo que el libro digital terminaría con el impreso, lo cual afortunadamente no ha sido el caso.
El tema es más bien que a nadie se le puede obligar a cómo entretenerse y en muchas ocasiones, es más sencillo elegir lo digerible, lo divertido. Tal como en la novela, hay un punto en que quizá el gobierno o el poder no necesitan desaparecer libros porque la gente tomó la decisión de no recurrir a ellos. No sé exactamente en qué punto se encuentran nuestras sociedades actuales al respecto porque considero que hay una comunidad grande que disfruta mucho leer pero faltan muchos más lectores para un mundo mejor.
Y en ese sentido, novelas comoFahrenheit 451 son fundamentales para promover el amor a los libros –no sólo porque plantean las consecuencias de su extinción sino también porque son un pequeño y hermoso homenaje al texto impreso.
Por otra parte, y a pesar que esta historia es una distopia, retratando una sociedad mecanizada, fría, considero que Bradbury construyó también un texto bellamente poético y reflexivo: ante el peligro y la pérdida, siempre tendremos la opción de elegir un camino distinto. Es decir: de vivir la vida, de manera íntegra, a través de los libros, conversando en el jardín de nuestra casa con un amigo o mirando un atardecer.
“Vive como si fueras a morir dentro de diez segundos. Ve el mundo. Es más fantástico que cualquier sueño real o imaginario. No pidas garantías, no pidas seguridad. Nunca ha existido algo así”.
Releo esta cita y pienso que Bradubury no escribió más que una oda a la vida.
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Caronte
 22 agosto 2020
¡Mis queridos seres míticos! Como se los dije, este año he estado -y estaré- un poco ausente del blog pero no por eso los he dejado ni un momento. Sigo subiendo contenido a las redes sociales, como la foto que aparece arriba y que es un adelanto de lo que verán esta semana; además de que respondo constantemente todos los comentarios que me dejan en las entradas. No me voy a ningún lado, tan sólo continúo con la edición de imágenes que cayeron dentro del blog, lo mismo que editando contenidos para que todos ustedes tengan lo mejor de lo mejor a la vista. Pero bueno, dejando de lado los anuncios regulares, es momento de que entremos de lleno en la reseña.
Fahrenheit 451:
la temperatura a la que
el papel de los libros
se inflama y arde.
Comenzaré con una pregunta que espero que piensen a profundidad: ¿qué estarían dispuestos a hacer por un libro? O una segunda: ¿morirían por él? Estas son las cuestiones a las que el protagonista de la novela de Ray Bradbury se enfrenta, Guy Montag. Él, que vive en este mundo distópico donde los libros están prohibidos, cuya profesión es ser bombero y quemar todos esos textos que pueden hacer a la gente pensar y por ende ser infelices; llega un día en el que se pregunta por el contenido de los libros y se anima a leer uno. Así, su vida se pone de pies a cabeza en dos segundos, apenas pasa las páginas e intenta pensar en lo que está leyendo. A grandes rasgos esta trama parece casi un chiste, casi divertida, pero lo cierto es que deja demasiado a qué pensar. El autor se esmeró de verdad en dar un nuevo toque a un tema tratado por otros. Orwell lo hizo en su 1984, o Huxley en su glorioso Un mundo feliz. Pero Bradbury enfrenta lo ya conocido desde una perspectiva que hasta el momento yo no había leído.
Somos miles de millones, es
excesivo. Nadie conoce a nadie.
Ray Bradbury, Fahrenheit 451 (trad. Alfredo Crespo).
Plaza y Janes Editores, Barcelona, 5ta. ed., 1988, p. 27.
Es momento que hable un poco del entorno en que Ray Bradbury nos introduce para que comprendan las diferencias. No se las diré para que, como el mismo Montag nos lo dice, pensemos un poco al respecto. Para comenzar con este punto, tenemos un lugar donde lo más importante es la "familia". Y por ese término me refiero a cuatro paredes con televisores que las abarcan enteras, mismas en las que se proyectan de forma continua un montón de personas virutales que te dan "noticias" y te presentan los programas de chismes a gritos. Tal cual. Esa es la familia a la que todos aman, escuchan y por la que se preocupan. En el caso particular de Mildred, esposa de Montag, su preocupación más grande es poder comprar la cuarta pared de su sala de estar porque la programación en sólo tres no le parece suficiente. Ahora bien, las entretenciones de este mundo son variadas. van desde conducir a más de 100 kilómetros por hora atropellando gente en la calle (locos, ya nadie camina en ese tiempo), hasta vivir (¡VIVIR!) con un auricular en el oído, ignorando a las personas de carne y hueso, porque prefieres por mucho darle oídos a tu "familia". Se ha convertido en cosa extraña caminar por la calle, o hablar entre parejas, y ni qué decir de sentarte en silencio. Todo es ruido, todo es eso que te procura la felicidad sin pensar demasiado en nada, porque el que piensa se preocupa, y el que se preocupa es infeliz. Han quedado de lado las escuelas, los profesores, los títulos universitarios. Todo lo que necesitas está al alcance de la mano, en una pantalla, en un tiempo corto (porque ya nadie espera o tiene paciencia). ¿Les suena vagamente familiar?
A veces pienso que los conductores
no saben qué es la hierba, ni las flores,
porque nunca las ven con detenimiento.
Ibid., p. 19.
Sobre los personajes no tengo demasiado qué decirles pero sí quiero concretarlos para que entiendan un poco más sobre el texto. Ya les hablé de Montag, este hombre que comienza a leer y abre los ojos a este nuevo mundo lleno de altas y bajas, lleno de posibilidades. Lo que no les especifiqué es que tiene esta esposa, Mildred, que ama más a las tres paredes-pantalla de su sala de estar que a su esposo. A grandes rasgos, es la que introduce al lector al mundo en el que Bradbury nos quiere llevar. Ella sigue las reglas porque es lo correcto, aunque a veces se sienta mal y se tome todo el envase de pastillas a tal grado que su marido deba llamar una ambulancia; ella está "bien" y tiene "amigos". Aunque también aparece el capitán Beatty, el jefe de Montag en la estación de bomberos. Es, creo yo, el personaje que más llamó mi atención. Se trata de un hombre que ha leído. Conoce los libros y a veces los cita en voz alta, pero siempre los pone como ejemplo de algo malo. Es un hombre inteligente cuya postura no logré descifrar del todo. Contrario al viejo profesor que ayuda a Montag en su aprendizaje. Él es la cara del miedo que una persona puede tener ante la adversidad y eso se nota desde su primera conversación con el protagonista. No por eso, desde luego, se trata de un mal personaje. Hace pensar a Guy y, de forma indirecta, nos hace pensar a nosotros.
Tiene que haber algo en los libros,
cosas que no podemos imaginar para hacer
que una mujer permanezca en una casa que arde.
Ahí tiene que haber algo.
Uno no se sacrifica por nada.
Ibid., p. 63.
Es necesario que ahora hable de lo que más me ha gustado del libro o siento que estallaré. La verdad es que me ha dejado un extraño sabor de boca. Por un lado, me deja esta esperanza revolucionaria que suelen dejarme este tipo de libros; por el otro, me siento algo decepcionada. Aclaro que no es decepción del escrito, sino que lo que me hizo pensar. al inicio de la reseña les pregunté qué están dispuestos a arriesgar por un libro. Durante el texto vemos lo que Guy Montag y algunos profesores de universidades arriesgan o no por ellos. Pero luego pienso en el mundo entero. ¿Otros estarán dispuestos a arriesgar aunque sea un poco o serán como Mildred, que vivirán para comprar otra pared-pantalla para evadir la realidad? Es complicado porque Bradbury escribió este libro hace mucho y, sin embargo, yo lo veo cada día más actual..., cada día más cercano. La gente en el presente se evade viendo memes, viendo YouTube, (que no digo que distraerse esté mal) al grado de olvidarse de su realidad. Existen escenas dentro del libro donde se admira a la naturaleza y me doy cuenta que he escuchado esos comentarios de mis familiares, de algunos conocidos... Me preocupa. Claro que, ese es el punto de este maravilloso libro, hacernos pensar. Es por eso que, ya para terminar, se lo recomiendo a todos aquellos por encima de los quince años que quieran abrir su mente un momento. de la misma manera, recomiendo a todos los lectores que intenten leerle aunque sea algún pasaje a las personas que afirman que los libros no son para ellos. Se lo recomiendo a todo el mundo. A los que tienen el valor y a los que tienen miedo (para que en Fahrenheit 451 encuentren su valor). Les prometo que no se van a arrepentir ni un poco.
Saludos enormes,
Caronte
Enlace: https://librodeultratumba.bl..
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Homolectus
 06 marzo 2020
Fahrenheit 451 (R. Bradbury), Un Mundo Feliz (A. Huxley) y 1984 (G. Orwell) son para mí, las tres grandes distopías del siglo XX, libros que todavía tienen mucho por decirnos.
Fahrenheit 451 presenta a Estados Unidos en un futuro en el que los libros se prohíben y los bomberos los queman. El protagonista, un bombero que se llama Guy Montag, comienza a cuestionar sus acciones y se revela contra su mentor, el capitán Beatty.
Fahrenheit 451 se escribió a principios de la década de 1950, poco después de que los nazis habían quemado libros y, en última instancia, seres humanos. Estados Unidos vivía bajo una neblina de miedo creada por el Comité de Actividades Antiestadounidenses del congreso y el macartismo, que trajo consigo la represión política, las listas negras y la censura de la literatura y el arte. Estas ansiedades permearon la novela.
Sin embargo, la inspiración clave de Bradbury fue la invasión de varias televisiones en blanco y negro de siete pulgadas en los hogares de las personas. Bradbury no era partidario del ludismo, ese movimiento que se opuso a la revolución industrial y destruyó los telares que amenazaban con dejar sin trabajo a los trabajadores textiles.
En la novela, imaginó un mundo donde la gente se entretenía día y noche mirando los muros digitales de sus hogares. Interactuaban con sus amigos a través de esas pantallas, escuchándolos a través de “radios auriculares” —la versión de Bradbury de los AirPods inalámbricos de Apple— insertados en sus oídos.
En ese mundo, a la gente se le atiborraba de “datos no combustibles”: palabras de canciones populares, los nombres de las capitales de los estados, la cantidad de “maíz que Iowa cultivó el año pasado”. “Tendrán la sensación de que piensan” escribió Bradbury, “y serán felices, porque los hechos de esa naturaleza no cambian”.
Si bien como lo dije al principio, el libro es una de las tres grandes distopías del siglo XX, no es el mejor libro del autor. Esto queda muy claro desde muy temprano en la historia, pues a veces los sucesos no resultan muy bien conectados entre ellos y los personajes no se logran definir claramente. Y lo digo no solo desde el punto de vista de un lector, sino con conocimiento de causa; pues la historia originalmente estaba contemplada para ser de 25000 palabras y el editor pidió otras 25000 palabras para publicarlo. Un hecho que no pasa desapercibido y se nota por momento de una forma muy marcada.
Pese a esto, un libro que habla sobre libros y sobre el poder que tienen ellos en la sociedad no puede pasar desapercibido nunca, debe ser un punto de referencia sobre el poder que tienen los libros para ayudar a mantener el equilibro de la sociedad, una sociedad que cada vez se conforma más con solo leer el titular sobre lo que pasa o le bastan solo 208 caracteres para saberse informado.
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Las críticas de la prensa (1)
elmundo06 agosto 2020
100 años después del nacimiento de Ray Bradbury, su novela más conocida rebosa ideas actuales sobre privilegio, opresión y censura.
Leer la crítica en el sitio web: elmundo
Citas y frases (33) Ver más Añadir cita
AlejoIIIAlejoIII11 febrero 2020
Dale a la gente concursos que puedan ganar recordando las letras de las canciones más populares, o los nombres de las capitales de Estado. Atibórralos de datos no combustibles, lánzales encima tantos "hechos" que se sientan abrumados. Entonces tendrán la sensación de que piensan, tendrán la impresión de que se mueven sin moverse. Y serán felices. No les des Filosofía o Sociología para que empiecen a atar cabos.
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DiemDiem20 julio 2018
Cuando muere, todo el mundo debe dejar algo detrás. Un hijo, un libro, un cuadro, una casa, una pared levantada o un par de zapatos. O un jardín plantado. Algo que tu mano tocará de un modo especial, de modo que tu alma tenga algún sitio a dónde ir cuando tú mueras, y cuando la gente mire ese árbol, esa flor, que tú plantaste, tú estarás allí. No importa lo que hagas, en tanto que cambies algo respecto a como era entes de tocarlo, convirtiéndolo en algo que sea como tú después de que separes de ello tus manos.
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KyosaiKyosai23 noviembre 2019
»Primera: ¿Sabe por qué libros como éste son tan importantes? Porque tienen calidad. Y, ¿qué significa la palabra calidad? Para mí, significa textura. Este libro tiene poros, tiene facciones. Este libro puede colocarse bajo el microscopio. A través de la lente encontraría vida, huellas del pasado en infinita profusión. Cuantos más poros, más detalles de la vida verídicamente registrados puede obtener de cada hoja de papel, cuanto más «literario» se vea. En todo caso, ésa es mi definición.
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LaiaLaia30 septiembre 2018
No nacemos libres e iguales, como dice la Constitución, nos hacemos iguales. Todo hombre es la imagen de todos los demás, y todos somos así igualmente felices. No ha montañas sobrecogedoras que puedan empequeñecernos.
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CaronteCaronte22 agosto 2020
Tiene que haber algo en los libros,
cosas que no podemos imaginar para hacer
que una mujer permanezca en una casa que arde.
Ahí tiene que haber algo.
Uno no se sacrifica por nada.

Ray Bradbury, Fahrenheit 451 (trad. Alfredo Crespo).
Plaza y Janes Editores, Barcelona, 5ta. ed., 1988, p. 63.
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