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Miguel Sáenz; (Traductor)
ISBN : 8497592816
Editorial: Debolsillo (01/09/2015)

Calificación promedio : 3.82/5 (sobre 17 calificaciones)
Resumen:
Al filo de la muerte, Franz Kafka pidió a su amigo Max Brod que destruyese todo el material que no había publicado en vida para que nunca viese la luz. Esta novela inacabada hubiese corrido esa suerte de no ser por Brod, quien advirtió el gran valor literario de dicha obra y desobedeció la petición de su amigo. Publicada póstumamente en 1925, Kafka escribió El proceso en la treintena y es una de las piezas clave de la producción de este autor checo.La novela empieza... >Voir plus
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Críticas, Reseñas y Opiniones (7) Ver más Añadir una crítica
richmarcelo
 10 noviembre 2019
I
Siempre están presentes en nuestra vida aquellos amigos que nos recomiendan buenos autores, incluso casi obligándonos a leerlos -en el mejor sentido de la palabra-, pues quieren que apreciemos y sintamos todo aquel cúmulo de sensaciones y placeres literarios que ellos experimentaron, a su vez, al sumergirse en los libros elegidos. Varias personas no me creían cuando afirmaba nunca haber leído las obras más famosas y recomendables de Franz Kafka, salvo el relato corto ‘Un artista del hambre'; pues bien, gracias a uno de estos entrañables amigos, yo diría con mayor precisión y sin empacho, gracias a Daniela Rizzo (experta en literatura y clubes de lectura, pueden dar con ella en su blog: www.loinquieto.net) es que fui a caer en las manos de uno de esos titanes literarios que nacen cada siglo cuando se logran alinear los astros. La puerta elegida para introducirme en el universo kafkiano fue la novela inconclusa El proceso y como suelen cerrar algunos filmes, parafraseo: desde ese día todo lo demás es historia.
Sepan que ninguna apreciación hacia Kafka y su obra es exagerada, K. nunca pasará de moda y seguirá siendo querido y alabado, merece estar en los mejores cánones y aún no logro explicarme cómo un cerebro humano -o acaso dos- pudo o pudieron maquinar semejante bestiario en el que cada monstruo -cada obra literaria- nos mastica con sus fauces impregnadas de un existencialismo fuera de lo común y nos devuelve despedazados y en orfandad de condiciones. Inclusive, para autores de la talla de Borges, este escritor “judío de Praga” ya existió -como voz y hábitos- en la obra de otros sin siquiera haber nacido, quizás solo anunciado como una profecía de lo que vendrá: hay un Kafka en la antigua paradoja de Zenón contra el movimiento, siendo la forma del problema la de El castillo, en tanto que el móvil, la flecha y Aquiles los primeros personajes kafkianos. Existe una afinidad del tono de Kafka con una fábula de Han Yu, prosista del siglo IX; otra con el padre del existencialismo, el danés Kierkegaard. Se lo puede rastrear también en las obras Histoires désobligeantes de León Bloy y Carcassone de Lord Dunsany, o en aquellas en las que abunden “parábolas religiosas de tema contemporáneo y burgués”.
Sigo de la mano del maestro argentino. En su libro Prólogos con un prólogo de prólogos (Torres Agüero Editor, 1973), en el apartado que reproduce su famoso prólogo a La metamorfosis (traducción de Jorge Luis Borges, Editorial Losada, 1938), califica a Kafka como enfermizo, hosco; lo considera un menospreciado y tiranizado por su padre; un ser afectado y convaleciente de amor; fanático de las novelas de viaje; obligado a expresarse y escribir en lengua ajena -alemán-; sobreviviente y un cautivo más de la guerra. ¡Qué clase de vida! ¿No? Pues de todo ello y mucho más se nutrieron para crecer sus monstruos -obras-. ¿Pero si los monstruos a punto de ser adultos hubiesen sido asesinados? Cosa que no ocurrió, por fortuna y porque Max Brod, amigo y albacea de Kafka, desoyó una de las últimas voluntades del autor y se negó a destruir tantas páginas inéditas e inconclusas. Gracias por esa transgresión necesaria señor Brod, le estrecho la mano imaginaria y le doy un abrazo imaginario. Para Borges en Kafka obró una “voluntad secreta” pues si quería deshacerse de lo hecho él mismo hubiera arrojado todo a las brasas (tras su muerte hallaron cuatro cuadernos de los que solo quedaban las cubiertas, hubieron testimonios que afirmaron haberlo visto incinerar una papelera). Lo que quería era “desligarse de una responsabilidad” ulterior, porque esa obra inédita aún no lo satisfacía pero debía existir, aún era un germen en potencia de volverse pesadilla y a él se le había agotado la estadía en este mundo. Inclusive, si aceptamos lo interpretado por Borges, en Kafka operaba una necesidad de que sus obras sean inacabadas e interminables para que haya una correspondencia entre los obstáculos que le impedían dar el punto final y los obstáculos que padecen sus “héroes idénticos”.
Según el ensayista ecuatoriano Galo René Pérez, en su escrito ‘Para una explicación de “El Proceso” de Kafka' (Prosa Escogida, 1978), Kafka ni siquiera le concedió a Brod una lectura que le permitiese escoger lo sobresaliente de sus papeles inéditos. René Pérez reproduce una nota de Kafka muy ilustrativa al respecto: “He aquí, mi muy querido Max, mi último ruego: todo lo que pueda encontrarse en lo que dejo tras de mí (es decir, en mi biblioteca, en mi armario, en mi escritorio, en casa, en la oficina o en cualquier lugar que sea), todo lo que dejo en materia de cuadernos, manuscritos, cartas, personales o no, etc., etc..., debe ser quemado sin restricción y sin ser leído, como también todos los escritos o notas míos que poseas; los que posean otros, se los reclamarás...” Si bien su vida estuvo consagrada a la literatura, sentía cierta repulsión por publicar. No conservar los trabajos insatisfactorios, que no llegaban a expresar en algo lo indecible que circulaba en su cabeza y constituía su ser.
Hay que tener en claro que los escritos kafkianos están en alto grado identificados con la vida y desasosiegos del autor (si se quiere recibir de boca misma de K. tales padecimientos e interrelaciones entre vida y obra es necesario seguir las líneas de sus Diarios; que podrían ser considerados como una obra más, una novela-vida a decir de Alejandra Pizarnik, adoradora de Kafka). Todo lo cuenta en sus Diarios: el esfuerzo terrible y agotador que le significaba el acto de escribir, un agotamiento de cuerpo y alma; la fuerte vitalidad opresiva de su padre; su carencia de fuerzas, atado a la soltería; su deseo de seguir en ese estado para no contar con efectos distractores que le priven de su entrega total hacia la literatura; su angustia por la vertiginosa irrupción del mundo exterior, etc. (si se quieren revisar los textos en donde está presente el importante conflicto padre/hijo: ‘El fogonero', que es parte de la novela El desaparecido; La metamorfosis y La condena. En La metamorfosis hay mayor presencia de aquel aislamiento social y familiar; angustia frente al mundo exterior).
II
Se dice que desde finales de julio de 1914 Kafka empezó a trabajar en El proceso. Los ejes tangenciales que atraviesan toda esta novela inconclusa, es decir, los vericuetos de la Ley, el poder y el castigo, los absurdos y la culpabilidad, también están presentes en la nouvelle En la colonia penitenciaria. También se sabe que la historia corta ‘Un médico rural', abocada a su padre y escrita a principios de 1917, iba a formar parte de El proceso. La relación entre el médico y su paciente bien podría ser la de Kafka y su progenitor. Según Franz Werfel, mencionado por Rafael Gutiérrez en su estudio introductorio a La metamorfosis -y algo más- (Círculo de Lectores, 1981), el médico quiere ayudar y se esfuerza en su labor pero las fuerzas le abandonan al igual que el agotado Kafka y sus fibras decrecientes para escribir -desde 1917 sabe que padece tuberculosis y que se va a morir-. Tal es así que en 1920 entrega sus Diarios a Milena Jesenská y le sugiere asistirlo en un intento de suicidio. Más tarde le diría a Brod que eso sí le hubiera ayudado. En 1922 trabaja en El Castillo; ve de lejos la entrada a la verdadera perfección que para él es esquiva, al igual que K. y su imposibilidad de ingresar al castillo -salvo en su lecho de muerte cuando le permiten entrar al pueblo-. La imposibilidad de lo imposible, la perfección en estado puro, un nuómeno, la literatura y la muerte: como el artista del trapecio al que su impulso hacia la perfección lo lleva al destino fatal o como el artista del hambre quien, en su esmero, muere de inanición. Así Kafka al querer perfeccionarse muere por y de literatura. En 1924, casi disuelto en tuberculosis escribe su último relato corto: ‘Josefina la cantora o el pueblo de los ratones'. al igual que en su narración pronto será “redimido de la plaga terrenal”. Erich Heller, también citado por Rafael Gutiérrez, afirma que Kafka “transmite el tormento que padeció en la elaboración de sus narraciones, que a su vez son la exposición de un tormento”, sobre todo en El proceso y El castillo por la atmósfera “deprimente” que describen. Se hace trizas la realidad, uno ingresa al juego, lo acepta y continúa. Ser partícipes de la gran broma, de las más grandes monstruosidades construidas con sutileza. La pasión literaria llevó a Kafka a consumir su vida para satisfacer un delirio para él inalcanzable.
III
Se conoce que Max Brod fue el responsable de conservar, organizar y publicar en 1925 la novela El proceso. Sin título en los manuscritos originales decidió bautizarla de esa manera pues escuchó a Kafka, alguna vez, llamar así a su creación. Brod ordenó los capítulos y colocó en un apéndice final aquellos al parecer no completos ni coordinados. Novela densa y en momentos ultra exigente y extraña. Kafka y Josef K. -el personaje principal- se diluyen página a página. Dura crítica al funesto poder de la justicia ciega, los secretos y los incompetentes administradores.
Un día a K., de treinta años, le arrestan sin que éste sepa lo infringido, nadie nunca le da razón al respecto y el lector nunca conoce el delito cometido. El supuesto culpable puede hacer su vida casi normal, ir a trabajar al Banco, desplazarse con libertad por la ciudad; pero sin la posibilidad de ignorar los interrogatorios, la omnipresencia del Tribunal y la llegada de un juicio futuro. Estos elementos que aparecen de una forma apabullante hacen que el personaje se deje arrastrar al proceso y vaya sintiéndose responsable de cosas que no deberían corresponderle.
El sitio del primer interrogatorio formal se lo percibe como salido de un infierno surreal: una suerte de suburbio, una calle extraña, niños que le quieren robar, una joven que lava ropa y le hace pasar a una habitación llena de gente, otra habitación con el techo demasiado bajo. Josef K. se queja ante el juez de los abusos cometidos en su detención: se comieron su desayuno, quisieron ser sobornados, hicieron que vista su traje más elegante, alteraron la habitación de la mujer que él aprecia -la señorita Bürstner-, trataron de dañar su reputación con la casera y la gente del Banco. Denuncia una conspiración para detener a personas que no son culpables. Lo estrafalario se infiltra en cada capítulo. Cuando no hay sesiones el recinto de interrogatorios se convierte en la vivienda de la mujer lavandera y su esposo, ordenanza del Tribunal. Se da a entender al lector que ella tiene cierta relación concupiscente con el juez de instrucción. Las oficinas del juzgado, toscas y feas, expelen un calor sofocante; la gente del exterior se repugna y padece en los juzgados, y viceversa, porque los funcionarios no toleran el aire libre.
¿De qué defenderse? ¿Cómo actuar? ¿Cómo presentar el alegato de inocencia? A K. le orillan a no tomarse las cosas tan a la ligera y buscar ayuda de gente influyente y bien relacionada. Su tío y antiguo tutor, para no afectar la honra de la familia, lo lleva donde el abogado Huld -enfermo, lento y lleno de excusas- y su anómala criada Leni, que intenta seducir a K. Sin embargo, no se necesita de mucho para que el acusado sienta que su defensa no estaba en buenas manos, así que, sin nada que perder, aprovecha las recomendaciones de un fabricante para visitar al pintor Tintorelli; bien ubicado tras ser el encargado de realizar los retratos en el Tribunal y conocer a los jueces y su proceder. Así llega otra escena pesadillesca-surreal. Un barrio pobre, unas niñas irritantes y traviesas, una niña jorobada, una puerta secreta junto a la cama. El pintor -hombre de confianza del Tribunal- ofrece ayudar a K. y le presenta tres alternativas poco convencionales en un juicio normal: 1. absolución real (improbable y casi inexistente. En la absolución real todos los expedientes se quitan); 2. absolución aparente (Tintorelli se compromete en redactar una declaración de inocencia, garantizándola y presentándola a algunos jueces. K., a su vez, debe acudir a unos cuantos interrogatorios para salir libre, en apariencia, porque basta que un juez encuentre los documentos para que se reactive el proceso); 3. el aplazamiento (mantener el proceso en su primera fase, estar en contacto con el Tribunal, presentarse ante el juez con regularidad y tener buena disposición. El acusado queda tan alejado de la condena como si estuviera en libertad. La desventaja es que el proceso no se detiene y causan incomodidades las pesquisas e interrogatorios). Para no encontrarse con las niñas traviesas K. sale del cuarto de Tintorelli por la puerta secreta y se sorprende -creo que cualquier lector se ve empujado a acompañar esa sorpresa- con las oficinas del Tribunal.
Hastiado de la lentitud y falta de avances K. decide visitar a Huld para despedirlo, no obstante, en este capítulo incompleto -vendría a ser el octavo-, acontecen varias cosas que descolocan. Se da una aparente cercanía entre K. y el comerciante Block -cliente del abogado desde hace 20 años-; ambos se confiesan sus secretos (Block confiesa que tiene más de un abogado y K. confiesa que va a despedir a Huld); el comerciante le revela a K. que en los tribunales suceden cosas que escapan a la razón como adivinar por los labios si una persona será acusada o no; sabemos en este punto que el proceso de K. recién lleva 6 meses; conocemos que Block es inquilino ocasional en la casa del abogado para cuando a Huld le nazca atenderlo; nos enteramos -y esto fusila la dinámica racional del lector- que Leni considera guapos a todos los acusados y que hay una especie de relación proporcional entre culpabilidad y guapura; y se da una pelea entre K. y Block por la humillación de éste ante el abogado, volviéndose perro de Huld para que se le informe lo que había dicho un tercer juez sobre su asunto.
En el penúltimo capítulo se le ordena a K. que vaya a acompañar a la catedral a un cliente italiano, mismo que nunca asoma. En el lugar, y casi de salida, es retenido por el capellán de la prisión quien le informa que su caso no va nada bien; que tenían probada su culpabilidad. El sacerdote también le cuenta la historia del hombre de campo, el ingreso a la ley y el guardián que le prohíbe entrar. En el capítulo final, víspera de su trigésimo primer aniversario, dos hombres pálidos, gordos y con sombreros apresan a K. y lo conducen afuera de la ciudad, a una cantera. Lo hacen recostar y uno de los dos desenfunda un cuchillo de carnicero. Antes de su desenlace fatal, K. no llega a ver a ningún juez ni logra acercarse al Tribunal indicado.
Como se puede apreciar en El proceso, a diferencia de otras novelas que tratan temas relacionados con crímenes, abogados, fiscales, jueces y condenas, no interesa la estructura y consecución del juicio en sí, la descripción del delito, las estrategias de la defensa, las pruebas y requerimientos del fiscal o el dictamen del juez. Lo que interesa es el absurdo creado por el mismo ejercicio de un poder ciego y la cuestión anímica del acusado -maniatado- que se autoengaña con un deseo truncado de enfrentar aquel poder, incluso desafiarlo. No es posible salir bien librado, solo queda dejarse llevar por el procedimiento y sucumbir ante la inutilidad y la injusticia. No se puede hacer nada porque el proceso es absurdo, los mecanismos que se presentan para enfrentarlo son absurdos y para colmo el desenlace es aún más absurdo.
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Yani
 21 mayo 2019
Antes que nada, una aclaración/ confesión. Me gustaría tener más claro qué pienso de esta novela. O, tal vez, sí tengo claro qué debería pensar. Y lo cierto es que, si bien comprendo la importancia de este clásico de Kafka, no pude “enamorarme” de él. El proceso me inspiró curiosidad y pocas ganas de hacer un análisis y, por lo general, los libros que me provocan indiferencia terminan generándome resentimiento ¿El amor vendrá con una relectura?
Josef K es un hombre al que las autoridades detienen un día en su casa porque hay una acusación en su contra. Nadie explica el motivo. Lo relevante es que Josef K deberá defenderse de todas maneras ante una justicia que parece etérea y descentralizada, pero que lo vigila de cerca ¿Cómo puede liberarse del proceso si ni siquiera sabe quién lo acusó? En ese largo camino de incertidumbre lo acompañan personajes extraños pero influyentes, que pueden ayudarlo a seguir con su vida normal… si eso es posible en medio de un encadenamiento de situaciones absurdas. No del tipo Alice in Wonderland, pero absurdas al fin. Y no dan ni una pista de cómo puede llegar a terminar la novela. Punto a favor.
No pongo en duda que es un buen libro. El problema es que su impecable estilo me pareció tan parco y gélido que no pude ni conectarme ni concentrarme en él. La gran mayoría de los discursos tienen términos relacionados con el ámbito judicial (era de esperar, por supuesto) y tal vez eso me haya alejado un poco del texto en general. No supone una gran dificultad porque se maneja en un nivel básico, pero le imprime ciertas características. Más allá de eso, se puede notar por qué es un libro de lectura casi obligatoria y por qué gente de diversas disciplinas se interesan por él.
Los personajes no son precisamente de esos que le permiten decidir a uno si le caen bien o si prefiere que mueran en las páginas, a pesar de que yo me haya inclinado a la segunda opción en unas cuantas ocasiones. Simplemente son. Josef K es un egocéntrico que está mucho más preocupado por su reputación (y sus conquistas) que por el proceso en sí. Está rodeado de otros personajes efímeros, como su tío y el pintor, además de mujeres insufribles a las que tiene comiendo de la palma de su mano. Los más interesantes se relacionan directamente con la ley (el abogado, el sacerdote), ya que son determinantes y dan cosas en las que pensar, como la burocracia, la vigilancia por parte del poder y la sensación de asfixia que genera. Sí me gustó el famoso capítulo “En la catedral” por su contenido, que ya había leído antes y siempre me fascinó ¿Qué me provocaron la narración y la galería de personajes en conjunto, entonces? No mucho. Ganas de terminar más rápido el libro, probablemente...
Estoy siendo muy antipática con El proceso, pero no puedo inventar algo que no siento. Se me hace muy difícil recomendarlo, sobre todo porque conozco gente a la que le pasó lo mismo que a mí y no suelo recomendar lo que no me gusta, pero para algo existe la libertad de elección. Ojalá que la próxima vez que lo lea, si es que se da la oportunidad, cambie mi perspectiva amarga por una más amigable.
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Maresminombre
 31 enero 2019
Mi primer libro de Kafka. Me ha costado mucho terminarlo. Empezó bien, pero conforme iba avanzando en la lectura mi interés iba desapareciendo. Los personajes se comportan, bajo mi punto de vista, de forma ilógica, me han resultado esperpénticos. Y la historia no ha conseguido llamar mi atención. Puede ser que yo no haya entendido de qué iba. Aparte de que el protagonista estaba en un proceso, poco más he sacado en claro. Una cosa me llevo, ahora el adjetivo “kafkiano” ha cobrado sentido para mí.
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Marceloyanez10
 27 enero 2018
Este libro de Franz Kafka hay que leerlo, detenidamente, analizando todos los personajes, y no desenfocarse del autor principal el cual tiene que pasar situaciones desesperadas, y un proceso lleno de enredos y suspenso de la justicia antigua.
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luis_lector
 18 febrero 2019
El proceso, de Kafka, es un libro muy interesante. Lo leí hace unos años. Tendría que leerlo otra vez. Describe la frustración de un hombre que es sometido a un proceso judicial y que en ningún momento logra conocer las causas que le han llevado a esa situación. Yo creo que de este libro viene el significado de kafkiano o kafkiana para aquellas situaciones adversas por la falta de comunicación o la burocracia.
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Citas y frases (2) Añadir cita
richmarcelorichmarcelo10 noviembre 2019
Para el sospechoso, le es mejor el movimiento que el descanso, ya que el que descansa puede estar en el plato de una balanza, y le pueden pesar con sus pecados.
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ZenitramNamregZenitramNamreg17 abril 2018
Una buena oportunidad para desesperarse un poco —pensó—, si me encontrase aquí por casualidad y no por mi propia voluntad.
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