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Raquel García Lozano (Traductor)
ISBN : 8415803672
Editorial: Ediciones Siruela (16/05/2013)

Calificación promedio : 5/5 (sobre 1 calificaciones)
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Críticas, Reseñas y Opiniones (1) Añadir una crítica
IvanValenciaA
 09 febrero 2019
En una entrevista Amos Oz comentaba que sus obras han llegado a gozar de una característica que, a mi parecer, es compartida por buena parte de las más destacadas obras de la literatura, a saber, la universalidad. Esto referido a los escenarios que ocupan sus obras, especialmente en la que ahora nos fijamos, resultan ser en extremo locales, relacionados con lugares pequeños y culturas particulares. Oz resalta que lo universal se da porque todos nuestros secretos son los mismos: seamos árabes, orientales, latinos o europeos. Las culturas son distintas, cambiantes y a veces contradictorias, pero su base es siempre común: la naturaleza humana. Lo universal es pues esta capacidad y facilidad de entendimiento con la obra literaria que describe un mundo totalmente ajeno al nuestro. Y ningún escenario parece ser más ajeno para los jóvenes occidentales como lo es el mundo de oriente medio, más específicamente el conflicto árabe-israelí, y con particular énfasis en las formas de vida que adoptó el pueblo hebreo durante el siglo XX. A pesar de esta brecha temporal y cultural cuando tomamos en nuestras manos una obra como “Entre amigos”, escrita por Amos Oz, comprendemos perfectamente las vivencias y sentimientos de sus personajes, nos identificamos con ellos.
Entre amigos” es una obra traducida y publicada para el mundo hispanohablante en el año 2013 por la editorial Siruela. Sus páginas son una extraña pero exitosa confluencia del relato y la novela. Oz la ha definido como “cuento novelado”. Y tal vez no haya una mejor definición. Se trata de ocho relatos independientes y relacionados a la vez que cuentan las experiencias de los habitantes del Kibutz imaginario “Yikhat” entre los años 50s y 60s.
A mi modo de ver existen dos posibles formas -aunque no únicas- de leer este texto. Por un lado con la actitud del lector desprevenido que visita los relatos con esta actitud disfrutando lo que puede hallar superficialmente en las líneas pero que no husmea en el trasfondo de los mismos. Por otro lado está la actitud del lector que desea ir más allá, que más que leer estudia la obra y encuentra las relaciones tácitas entre la vida del autor, el marco histórico del libro, y el libro mismo. Ambas formas legítimas, ambas con grandes posibilidades y cada una con una riqueza particular. Aquí la segunda opción es la que motiva este breve escrito aunque he llegado a ella por vía de la primera.
La obra está plagada de pequeñas referencias que en conjunto guían a diversas y profundas cuestiones, que obligan a su reflexión. Así, se hacen necesarias algunas palabras antes de llegar a hablar un poco de los relatos. Amos Oz nació en 1939 en Jerusalén. Hijo de inmigrantes de familias rusas y polacas. Desde temprana edad encontró en la figura del padre la antítesis de su propio ser. “No quería ser nada que fuese él: él era erudito y yo me convertí en conductor de tractores, el era intelectual de derechas y yo me hice socialista, él era bajito y yo decidí ser un hombre alto…” comenta. Esta oposición se tornó violenta cuando su madre se suicidó contando él con tan solo 12 años. Alentado por este sentimiento se fue a vivir a un Kibutz a los 15 años; allí estuvo 25 años, de donde partió forzado por motivos familiares. Estos años son el antecedente vivencial que plasmará en relatos que nos ocupan.
Los Kibutz, palabra hebrea que significa “agrupación”, son comunas agrícolas que aún hoy sobreviven en Israel y cuyos antecedentes están en los albores del siglo XX de la mano de colonos que llegaron a este territorio. En los años 40 y 50 estas formaciones sociales fueron claves en la construcción del estado de Israel. Su espíritu era el retorno a la tierra, al trabajo agrícola negado al pueblo hebreo durante siglos debido a la diáspora. Ideológicamente estos asentamientos están influenciados por el colectivismo socialista (propiedad colectiva, salarios igualitarios, democracia interna) sumado esto a una especial tendencia, aunque no absoluta, hacia el judaísmo secular cultural. Estas características, como sucede también en cualquier formación social, presentaron dificultades individuales y colectivas que Amos Oz hace objeto de su libro.
Ya se ha mencionado que se trata de relatos autónomos que tienen pequeñas relaciones, puntos de confluencia y referencias entre sí. Los protagonistas de un relato son personajes en los demás, algunos vagan libremente entre los relatos con las particularidades que llevan a cuestas. Y quizá no puede ser de otra manera. El encuentro es inevitable. Todos habitan el mismo Kibutz, trabajan conjuntamente en sus campos, son vecinos, amigos, parejas. En este entramado el señor Oz va construyendo -o reconstruyendo- historias individuales y colectivas que parecen más producto del recuerdo que de la creatividad del autor debido a su naturalidad y realismo. El mismo Amos Oz mencionó alguna vez que a la hora de escribir echa mano más de su memoria que de su imaginación. Así pues, plasma la visión que tiene de la vida y de su experiencia en el campo colectivo, muestra sus problemas y deja la ventana abierta a la especulación de probables soluciones.
Los relatos recorren con atenta mirada la vida en el Kibutz. Uno de ello es la soledad del individuo en un vida donde todo es colectivo. La sociedad puede desarrollar normas y leyes, dar derechos, determinar un lugar e imponer un estilo de vida al individuo -con su aceptación o sin ella- pero no puede intervenir en su fuero interno cuando este ha sido blindado por la soledad. Más cuando la soledad parece ser determinación y no padecimiento. En otros relatos existe el padecimiento de los individuos por problemas diversos. Uno de ellos tiene que ver con el conflicto generacional de quienes nacieron en el Kibutz. Para los padres fundadores crear y fortalecer su proyecto colectivo significó rebelarse contra una realidad que los asfixiaba. Pero para sus hijos las condiciones que sus mismos padres definieron resultaron serles una violencia insoportable contra su libertad. Dos generaciones no pueden ver el mundo igual y entenderse. Los viejos pueden contar sus experiencias e historias pero no pueden hacer sentir la libertad, el amor y la pasión que ellos sintieron al ver que algo propio echaba raíz en esas tierras, que hartos de vagar y ser echados de todo lugar habían encontrado un lugar que por fin podía llamar hogar. Para los jóvenes la libertad estaba lejos del confinamiento y las estrictas normas de sus padres.
Una de las normas que siempre fue objeto de apasionados debates y que en la actualidad está abolido en los Kibutz es aquella que contemplaba que los hijos eran hijos de la comunidad y por tanto su crianza debía ser colectiva. Los niños vivía en centros comunes y apenas pasaban las tardes con sus padres. Amos Oz logra retratar esta problemática con la historia de un pequeño niño que sufre las consecuencias de la práctica de esta norma. Pareciera que no hay lugar para los débiles en un mundo colectivo donde al lado siempre hay alguien mirando y comparando las capacidades y los aportes que cada uno hace a la colectividad. Y aunque se viola el principio y espíritu del trabajo colectivo que dice que se dan según la capacidad y se recibe según la necesidad, la naturaleza humana no cabe en ningún principio. Esta paradoja lleva a hacer que las normas sean casi sagradas y junto a su sacralización se erigen los nuevos sacerdotes. El autor deja entre ver un nuevo orden religioso con objetos seculares en una realidad secular por definición.
Después de repasar la soledad, el amor y las diversas pasiones humanas, el autor nos lleva al último relato con una reflexión sobre la muerte de los viejos idealistas, de los pioneros, de quienes han sido fieles a sus principios y a las normas del Kibutz que ellos mismos crearon. “La muerte es anarquista” dice el protagonista del relato refiriéndose a que no hace distinción alguna cuando alguien llega a su hora final, no respeta raza, edad, posición social, y demás, ante ella se materializa la igualdad absoluta.
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Citas y frases (1) Añadir cita
IvanValenciaAIvanValenciaA09 febrero 2019
“Hacía una noche muy fría y clara. Las ranas punteaban el silencio y a lo lejos ladraba un perro. Cuando Yoav alzó la vista, observó el cúmulo de nubes bajas sobre su cabeza y se dijo que todo lo que a él le parecía importante no lo era realmente y que en todo lo que realmente era importante no tenía tiempo de pensar. La vida pasaba sin reflexionar apenas sobre las cosas sencillas y grandes, la soledad, la nostalgia, el deseo y la muerte. El silencio era basto y profundo, roto a veces por el llanto de los chacales. No creía en Dios, pero, en momentos de soledad y silencio como esos, le parecía que alguien lo estaba esperando día y noche, esperaba silenciosa y pacientemente, esperaba sin hacer ruido y sin, y seguiría esperándolo siempre”
Pág 93.
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