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Guim Tió (Ilustrator)
ISBN : 8417059997
Editorial: Blackie Books (30/11/-1)

Calificación promedio : 3.94/5 (sobre 44 calificaciones)
Resumen:
Manuel acuchilla a un policía antidisturbios que quería pegarle. Huye. Se esconde en una aldea abandonada. Sobrevive de libros Austral, vegetales de los alrededores, una pequeña compra en el Lidl que le envía su tío. Y se da cuenta de que cuanto menos tiene, menos necesita.

Un thriller estático, una versión de Robinson Crusoe ambientada en la España vacía, una redefinición del concepto «austeridad». Una historia que nos hace plantearnos si los únicos ... >Voir plus
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Críticas, Reseñas y Opiniones (17) Ver más Añadir una crítica
Roseta
 13 noviembre 2019
Te levantas por la mañana, agradeces el ruido del despertador del móvil, la cafetera, la ciudad repleta de gente. Personas que van y vienen sin saber muy bien de dónde y hacia dónde. Hablan a gritos a través del teléfono que llevan pegado a su oreja, o guardado en su bolsillo mientras un cable cuelga de su oreja. Sonríes. Es la ciudad en todo su esplendor. Esa preciosidad de ruidos que te llenan cada día: despertarte, salir a la calle; tropezarte con gentes que dejaron de mirar hace mucho tiempo; trabajar, cobrar una miseria; volver a ese piso minúsculo en el que pasas pocas horas, pero por el que pagas demasiado. Tus escasas horas las cubres haciendo cosas, muchas, una tras otra, una tras otra, para que el tiempo se agote rápido, para que el ruido te invada. Hasta que un día…
Manuel, el protagonista de esta novela es un poco así, o al menos eso cree él. En esa vorágine diaria, en ese monstruo de ciudad que tanto ama él, un día decide salir a comprar un objeto con el que sentirse algo mejor, con el que hacer churros, quizá porque echa de menos una infancia que no fue tal. Baja de su escuálido apartamento. La ciudad está alterada y algunos individuos la han tomado por suya, han creído que pueden hacer todo, porque alguien, un día, les dio permiso, les dijo que podían, les animó a sacar ese instinto primario que llevan dentro. Alguien se cuela en el patio, uno de esos, y Manuel sabe que va a caer. Su instinto, el de supervivencia, le hace sacar su destornillador de la suerte y asesta un golpe.
Desaparecer es lo siguiente que ha de hacer. A quién recurrir es algo que Manuel tiene claro: al hombre que se casó con su tía, a la persona con la que ningún parentesco le une. Allí, en la oscuridad de una casa, Manuel tomará lo poco que tiene, urdirá un plan de fuga y escondite, que lo alejará de todo lo que siempre había deseado: gente, trabajo, ruido, pareja, piso, coche, cuenta bancaria… y si hubiera sido posible, hasta hipoteca y plan de pensiones.
Se esconde en uno de esos lugares que llaman de la España vacía; un lugar donde no hay nada ni nadie. Hay que empezar a vivir en un lugar deshabitado, donde los sonidos los produce la naturaleza; en una casa deshabitada, pero con un espacio infinitamente mayor que el anterior habitáculo; sin trabajo, sin casi dinero y con una vida por delante… en silencio. Su única comunicación, su tío, una vez, cada día, a las cuatro de la tarde. Sin embargo, lo que pareció para Manuel una condena se convirtió en una liberación, lo que parecía el fin del mundo se convirtió en el inicio de eso que llaman Vivir (en mayúsculas). Aprendió, solo y aislado, que el tiempo es un bien que no se puede comprar. Quizá el único. En los mercados se vende todo, menos tiempo. Y entonces, cuando Manuel carga con su culpa, aparece, en ese pueblo deshabitado, una familia: los Mochufa. La antigua ciudad de Manuel (como todas las ciudades) está plagada de familias como esta; quizá incluso Manuel fue en algún momento una especie de Mochufa. Ahora no. Ahora los odia.
El lugar perfecto donde esconderse se convierte en páramo y Manuel decide deshacerse de quienes han ido a matar el silencio. Lo logra, de una manera un tanto particular, y después de que lo descubran en su escondite. Momento de inflexión en el que parece que todo se derrumba, se cae. Pero Manuel, un superviviente, sobrevive. Y vuelve a ese lugar deshabitado donde no le falta de nada, donde tiene de todo, aunque no sea ninguna de todas esas cosas que se venden a precio de coste (humano, social y sentimental).
Hermosa historia la que nos narra Santiago Lorenzo en Los Asquerosos. Una novela que aborda un tema ya clásico, el Beatus Ille, tan conocido y tan despreciado por la mayoría; o la forma de vida asceta. ¿Se puede sobrevivir en el siglo XXI así? Aunque más allá del tema, es esa manera de narrar (con neologismos de los de verdad), ese mostrar una forma de estar en el mundo, la que impide que dejes de leer. Muy apropiada la fórmula del narrador que ve a través de los ojos de otro, que especula sobre lo que ocurre en el otro. Un personaje perdido, que ayuda a un ser que se ha perdido por una casualidad. El final sorprende, aunque lo haga arreglando historias que ya no necesitaban arreglarse; aunque lo haga sin encontrar a dos seres en un mismo espacio. Hay libros a los que te enganchas y libros que te enganchan. Este es de los segundos… Aunque le pese al sistema…
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Beatriz_Villarino
 05 octubre 2020
Una vez terminada la lectura de Los asquerosos llego a la conclusión de que la existencia es un absurdo, como absurdo es el estilo de la novela. Porque la vida no tiene un significado concreto, desde el momento en que las respuestas a las preguntas que nos hacemos no son iguales para todos. En la igualdad (o falta de ella) está la clave. Aunque el hombre es un ser social, puede dejar de serlo con facilidad si se siente apartado por cualquier circunstancia (y las del protagonista fueron bastantes). Asimismo tendemos a respetar fácilmente al otro siempre que su parecer u opinión esté en nuestra línea de pensamiento. Vivimos en grupos, no formando un grupo, distribuidos por la sociedad en la que lo que nos rodea es tolerable, intrascendente incluso, siempre que no nos afecte. Vivimos en una sociedad llena de “asquerosos”, gente estafadora, «Presintió que las reclamaciones se desoían aposta, y así hasta que el demandante se cansara», gente fraudulenta, «el casero estaba haciendo cosas raras con su industria […] se negó a domiciliaciones», gente que abusa de su poder, «La intimidad del portal acendró los ánimos del policía […] le iba a pegar porque sí», gente aferrada a modas incongruentes «Una que no salía sin las joyas llevaba en la camisa el circulito de los hippies», gente superficial, «vivían decididos a parecerse a la gente que sale en los anuncios». Consumidores excesivos, contaminadores acústicos «la sirena rasgaba el silencio […] el móvil […] un taladro doméstico […] la herramienta rompía más los nervios», contaminadores ambientales «Parecían negarse a ver que contribuían a un futuro sucio». “Asquerosos”, adoradores, en fin, del dinero.
Manuel, quien desde niño se ha visto solo en casa por el trabajo excesivo de sus padres, ante los compañeros porque lo veían raro, ante las chicas por su físico no del todo agraciado, es alguien bueno, deseoso de compartir experiencias con los demás, pero un infortunio con un policía desaprensivo, hace que deba huir de la ciudad. Su tío le da todo lo que tiene para que huya. Y llega a Zarzahuriel, pueblo deshabitado sin identificar, de Castilla. Allí se mete en una casa y recibe de su tío mensualmente una compra para subsistir. Además, todas las tardes hablarán por teléfono para comprobar que está bien. Poco a poco Manuel se va adaptando y va siendo feliz en pleno contacto con la naturaleza. Hasta que una familia se instala en la casa de al lado para ocuparla los fines de semana.
Y él, respetuoso con todo, con el medio ambiente y con los seres que lo rodeaban, siente de pronto el horror a la compañía humana. Su placidez peligra, por lo que, acostumbrado a inventar artilugios para sobrevivir, idea la forma de deshacerse de todos.
Con esta actitud promueve el estancamiento social. En principio parece un ser de moral superior; respeta el medio ambiente, de hecho vive casi como cualquier animal en su entorno, sin apenas aseo, ni alimento o ropa inútil, sin ganas de participar en ningún trato humano que desvirtúe su paz. Pero esta superioridad moral queda cuestionada al llegar “los Mochufas”, pues le hacen actuar con mayor inquina y premeditación hacia ellos que la que él pudiera sufrir en algún momento, además juega con la ventaja de que él es invisible a la familia vecina. No quiere mezclarse con el vulgo para mantener su virtuosismo (y su seguridad). Está claro que su infancia influyó sobremanera en su forma de ser; apartado de todos, el desconsuelo de Manuel fue dando paso a la soledad, y el desamparo al miedo que le hace huir, esconderse, autoexcluirse, ser dueño de sí mismo, alguien que no tiene que mostrar nada a los demás. Pero el miedo vuelve con los Mochufas, así que decide seguir siendo imperceptible para ellos hasta que ve la posibilidad de que sean los otros los invisibles. Es la igualdad dependiendo de las circunstancias de la que hablábamos antes.
Creo que Santiago Lorenzo ha construido un relato, en principio original, pero puede cansar un poco por la falta de trama y el exceso de modismos. Más que una novela es la reflexión del tío de Manuel, a quien intuyo como verdadero protagonista, como eje del relato. En su cavilación, nos ofrece las claves interpretativas del mundo. El lector puede reconstruir, a través del despliegue de lenguaje, el pensamiento del protagonista, incluso del autor, que deambulan en una polémica intelectual que se hace eco de la socialización pretendida. Desde una mirada superficial, transmite una honda preocupación por las relaciones personales y por la autorrelación que llegamos a mantener con nosotros mismos, «Con cada céntimo que dejaba de fabricar compraba un minuto de freática paz a estrenar. le parecía muy barato».
Lorenzo incide en su crítica a la ostentación y reflexiona sobre qué hay tras ella, cómo no somos capaces de abandonar la ciudad sin las ventajas que nos ofrece ésta y que funcionan en realidad como incongruencias del progreso «instalaron un dispositivo para subir las persianas dándole a un botón. Otro, se trajeron unos extensores para ejercer los brazos como si los brazos no se ejercitaran subiendo persianas […] unos operarios bajaron una cinta de correr».
En Los asquerosos se especula sobre cómo el hombre ha llegado a carecer de personalidad, a ser un gregario sin ninguna intención de distinguirse sino de formar parte de la masa «Llamaban “cariño” a todo el mundo […] Hablaban muy adscritos a fórmulas predeterminadas […] Decían todo el tiempo “disfrutar”».
Santiago Lorenzo toma distancia y mira al grupo social desde el punto de vista de la naturaleza, una perspectiva desde la que no salimos bien parados «Salía mucho “calidad de vida”, la formulación con la que los desmigados se intentan convencer de que están contentos». Nos rodeamos de circunstancias paradójicas, de una forma de vida absurda que incide en nuestra degradación, a la que arrastramos, antes de tiempo, a los niños, quienes, al eliminarles las posibilidades de ser provechosos, «llegarían a adultos sin conocer la compleja receta del bocadillo de chorizo».
Los asquerosos supone también una llamada de atención para que nos demos cuenta de cómo la sociedad consumista nos anula la capacidad de autosuficiencia, de cómo, por seguir el desenfreno estresante de la ciudad estamos despoblando lugares en los que es fácil la tranquilidad, de cómo, con el tiempo se ha sobrevalorado el falso concepto que tenemos de socialización al ser incapaces de disfrutar en soledad.
En realidad Manuel hipervalora la soledad constante simplemente porque no tenía un objetivo claro, porque no le llenaba aquello que lo rodeaba, porque no había encajado en el grupo, porque era diferente, y esto se vuelve en su contra cuando alcanza su felicidad o, lo que es peor, en contra del único ser que lo ha ayudado. Manuel abandona a su tío, lo hace invisible para continuar él mismo con su propia invisibilidad.
Esta sociedad ansiosa que no está a gusto con nada queda reflejada en el lenguaje mordaz, irónico «Dicho esto se quedó tan jamonuda. de cuál de sus cerdos libros de autoayuda habría sacado una cosa tan bonita».
La crítica feroz se lleva a cabo con un tono desenfadado, ritmo rápido en el uso de palabras, expresiones coloquiales, soeces, burdas, neologismos, arcaísmos o profusión de sinónimos que inciden en el concepto penoso de lo que está refiriendo:
«Cagalera lacrimal, eso sufrí en riada serena»
«Era la suya la puta música para las alimañas del coño y del cojón»
«Una docena de omnívoros de los de genital tapado»
«empercutir», «falansterio», «despresencia»
«piso – camarote interior – viviendita de dimensión de despacho – cuchitril – cubículo – contenedorvivienda – chiscón».

Enlace: https://elblogaurisecular.bl..
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Hefesto
 19 noviembre 2019
En esta novela hay sólo dos personajes: Manuel y su tío político, el narrador de la historia. El resto son los Asquerosos. Son dos seres que enseguida amaréis, con los que os sentiréis identificados y por los que os preocuparéis, pero tal vez lo hagáis porque nos (no me excluyo) permiten señalar todo lo que detestamos de la sociedad, del capitalismo desatado y del comportamiento de la mayoría de la población. Un comportamiento del que, en mayor o menor grado, todos participamos.
Manuel es un joven inteligente, inquieto e independiente desde muy joven. Anhela la integración social que por algún extraño motivo se le niega; se siente ajeno y maltratado por todos los que le rodean. La ciudad de Madrid es el único hábitat que conoce y no concibe, por tanto, su existencia en ningún otro lugar. Y es ahí donde intenta construirse una vida sin depender de nadie, acompañado únicamente por su destornillador talismán que lleva en un bolsillo desde su infancia. Pero la vida cambia en un abrir y cerrar de ojos, y ese momento le llega una tarde que un policía antidisturbios arremete contra él confundiéndole con un manifestante y debe defenderse.
Ante la necesidad de huida para no perder su ansiada libertad, Manuel recurre a su tío político, el narrador. Tal vez el único capaz de comprenderle y apreciarle lo suficiente porque, hastiado también de su entorno y su propio fracaso social, se ve reflejado en el joven.
La salvación la encuentran en un pequeño pueblo abandonado donde el prófugo se esconde del mundo. Su ingenio y la provisión de víveres y utensilios básicos que le procura su único aliado desde la distancia son suficientes para que poco a poco, y sorteando numerosas dificultades, Manuel descubra que la vida es otra cosa; algo sencillo, hermoso y carente de necesidades artificiales que consideraba imprescindibles. La felicidad está ahí... hasta que otra vez, algo sucede.
Con un manejo del lenguaje prodigioso, que combina los cultismos con lo chulesco, los términos olvidados con los inventados y la sobriedad con la ironía, Santiago Lorenzo nos hace amar a dos personajes, uno que nos muestra lo estúpido de nuestro modo de vida y otro que nos llena de la lástima que nos transmite el ser que perdió su tren y que trata de aliviar su soledad a través del periplo vital de su protegido. Pero además nos sacude violentamente mostrándonos que todo es una gran mentira; que la felicidad está en otro sitio, que la única riqueza es la posibilidad de disponer de tu propio tiempo y de tu propia vida, que las necesidades que tenemos no tienen nada que ver con las que nos crean y que incluso tu verdugo puede ser tu salvador.
También nos advierte de que hay seres insalvables, que llevan consigo el absurdo de la civilización allá donde vayan. Ellos, como punta de lanza de esa sociedad que nos roba cada minuto y nos hace olvidar lo esencial para llenarnos de necesidades y comportamientos estúpidos y contradictorios, han de ser tratados como un agente infeccioso. La resistencia y la venganza de Manuel es la nuestra, la de la parte no contaminada que queda en nosotros mismos.
Tras esta novela, lo único coherente que podemos hacer es guardar un destornillador en nuestro bolsillo y partir hacia el lugar donde podamos ser quien debíamos haber sido.
Enlace: https://elyunquedehefesto.bl..
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MarioG17
 11 febrero 2020
Los asquerosos (Blackie Books, 2018), de Santiago Lorenzo, es un libro que empecé con bastantes ganas. Había tenido mucha publicidad en distintos medios, era una novela muy laureada y quise comprobarlo. Y, joder, cómo he disfrutado leyéndola.
El narrador de esta novela no tiene nombre, pero poco importa. Es un hombre de edad avanzada que nos cuenta la peripecia de su sobrino, al que llama Manuel (nombre falso para no desvelar el verdadero, dice él). Manuel resulta ser una persona corriente hasta que un día un policía intenta agredirlo y Manuel, en legítima defensa, le clava un destornillador que tenía a mano en el cuello y lo deja malherido. Entonces, comienza la aventura de Manuel, que piensa en escapar y acude al narrador, es decir, a su tío, para que lo ayude.
Manuel, según nos cuenta su tío, ya desde pequeño apuntaba maneras por su inteligencia y su independencia. Esta independencia precoz le será imprescindible para trasladarse, en su huida, a un pueblo deshabitado como tantos hay en la geografía española, donde se esconderá de la humanidad durante un año más o menos, mientras su tío le envía víveres y ambos se contactan de manera clandestina.
Allí se da cuenta Manuel de que vive en una soledad y en una incomunicación que, lejos de serle molesta o insoportable, le es cómoda e incluso inmejorable. Allí lleva bien la soledad. Hasta que, un día, aparece una familia que decide trasladarse a una vivienda anexa a la suya y hacerla su residencia de fines de semana y de verano. Manuel decide no salir de su escondite durante los días que estos, Los Mochufas según él los llama, estén por allí rondando. Pero un día, le pillarán y muchos acontecimientos se desencadenarán, y con ellos, la ansiedad del lector por ver si pillan a Manuel o no.
Una vez que Los Mochufas aparecen en escena, el narrador se dedica a criticar a estos, y empieza a repartir guantazos a diestro y siniestro hacia las masas, la sociedad uniforme y el rebaño social. Me ha encantado mucho esta crítica no solo porque el narrador habla claro y sin tapujos, sino también porque yo mismo critico muchos de estos aspectos de la sociedad actual, si no todos. Por ejemplo, el narrador dice que Los Mochufas volvían del campo a la ciudad “como quien se va de putas y vuelve creyéndose un conquistador”.
Me he reído bastante a lo largo del libro, y mira que yo (el lector asiduo de mi blog bien lo sabrá) no me río ni con aquellos libros que se presentan como ‘hilarantes' o ‘desternillantes'. El final es normalito, pero está bellísimamente contado. En su conjunto, esta novela me ha maravillado, más que por su fondo, por su forma. de hecho, en Goodreads, una famosa plataforma literaria donde tengo una cuenta y donde he puntuado más de 300 libros que he leído, a este le he puesto cinco estrellas, es decir, la puntuación máxima. Porque darle cuatro me parecía injusto, después de lo que me ha hecho sentir.
Esta vez, en mi opinión, los medios tenían razón al darle publicidad a una novela de esta magnitud que entra en el selecto club de mis libros favoritos compuesto por solo 30 libros, menos del 10% del total de los que he leído.
No dejen de leer esta maravilla. No les decepcionará.
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lourdesmateo88
 18 febrero 2020
Manuel, es el nombre ficticio con el que conoceremos al joven protagonista de la novela. Es el típico inadaptado, de pocos amigos, sin novia y no tiene mucha relación con sus padres.
Él tenía muchas ganas de ir por ahí, de salir en compañía y de andar por Madrid haciendo un poco el gamba, engarzadito en un grupo de amigachos majos, con mañanas de conversación, tardes de callejeo y noches de vasos. Pero no se le lograba, para tortura suya.
Se había pasado la vida buscando el triunfo (amigos, novia) un tío que no quería triunfar. Por eso fracasaba. Fracasaba para su bien, que era lo que él quería: fracasar con la gente y que en consecuencia la gente se le fuera yendo.
Para el que no le conociera, Manuel era un pesado.

Es un auténtico "manitas" que siempre lleva un destornillador en el bolsillo. Un día agrede con el destornillador a un policía antidisturbios que quería pegarle sin motivo. Asustado, huye de la ciudad para no enfrentarse a la justicia y se esconde en una aldea deshabitada. Elegirá una casa de las muchas que hay abandonadas para instalarse y allí se quedará.

En época de garantías legales movedizas, caprichosas y atenidas a intereses de parte, el presentarse en la corte a contar la verdad habría sido un gesto de ingenuidad desorejada. Había que buscar otras rutas.
Contará con la ayuda del exmarido de su tía, que será el encargado de contarnos lo ocurrido. Sobrevive como puede, como si de un Robinson Crusoe se tratara. Allí, estando solo se siente libre y descubrirá que no necesita mucho para vivir y ser feliz, y es que no es más feliz quien más tiene, sino quien menos desea o necesita.
Acometía el día jubilado de todo y de todos, inmerso en su eutanasia social autoaplicada, con la certeza de que no se la había perdido absolutamente nada en absolutamente en ningún sitio, fuera de la cápsula en la que había aparecido como por ensalmo.
Pero un buen día aparecerá un grupo de personas por allí. Se instalaran en la casa de al lado para pasar los fines de semana. Toda su nueva vida y su tranquilidad estarán en peligro. Los llamará "mochuflas", (palabra inventada por el autor) y más tarde asquerosos.
Con un vocabulario peculiar y un tono irónico y mordaz Santiago Lorenzo nos presenta una original historia ambientada en la España vaciada, muy crítica con la sociedad actual del consumismo y del "postureo", esa actitud de adoptar ciertas costumbres o actividades más por aparentar o quedar bien que por una auténtica convicción.
El domingo por la tarde, a eso de las seis, se volvían a sus casas, con expresión de haber quedado transidos de naturaleza e imbuidos de experiencia agreste.
La Mochufla era un compendio de imbecilidades diacrónicas, ridicultura en inflación y memeces seculares, un tesauro de carcomas biográficas y de jodique particularmente propio del tiempo vigesimoprimero D.C. A Manuel, La Mochufla le daba un asco espeluznante.
Aquí coronaron otro de los ochomiles de su soplapollez. Cogerse una casa en el campo para venir a hacer vida rural y pillarse una chica era una cretinada de nuevo rico, de calzonazos de vida de mucho denuedo y mucho mérito...No es ilegal ir a pescar en esmoquín, pero es de ser de un retronormal subido.
Los asquerosos es una crítica de la sociedad actual del consumismo y del postureo, y como dijo el autor en una entrevista en ABC Cultural:
Todos somos, como mínimo, "candidatos a asquerosos".

Enlace: https://lasmilyunahistoriasd..
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Las críticas de la prensa (6)
ElperiodicodeAragon11 septiembre 2019
Decía Thoreau que la desobediencia es el verdadero fundamento de la libertad. Desobeceder para obedecerse a uno mismo. Hay quienes toman esta vía por afán espiritual, y otros, como Manuel, que necesitan verse contra la porra y la pared para cambiar de aires. En Los asquerosos (Blackie Books), la cuarta novela de Santiago Lorenzo, encontramos una mezcla de ambas.
Leer la crítica en el sitio web: ElperiodicodeAragon
ElPais29 agosto 2019
El escritor sigue preguntándose desde su pedanía segoviana de 23 habitantes qué está pasando con el éxito de su último libro, 'Los asquerosos'.
Leer la crítica en el sitio web: ElPais
elperiodico11 enero 2019
La cuarta novela del autor, elegida mejor libro del 2018 por EL PERIÓDICO, lleva siete ediciones y 25.000 copias despachadas.
Leer la crítica en el sitio web: elperiodico
ElPais20 noviembre 2018
Lectura ICON recomendada: ‘Los asquerosos’, de Santiago Lorenzo
Si consideras que la soledad encierra la lógica del mal menor, no hallarás mejor lectura.
Leer la crítica en el sitio web: ElPais
ElPais12 octubre 2018
En la nueva novela de Santiago Lorenzo, humorístico alegato del aislamiento, todo está en su sitio, las bombas estallan a su tiempo y la resolución es sencilla pero sobresaliente.
Leer la crítica en el sitio web: ElPais
elperiodico03 octubre 2018
'Los asquerosos', el nuevo libro del autor, es una tronchante, rabiosa y poética novela sociopolítica.
Leer la crítica en el sitio web: elperiodico
Citas y frases (13) Ver más Añadir cita
lourdesmateo88lourdesmateo8818 febrero 2020
Aquí coronaron otro de los ochomiles de su soplapollez. Cogerse una casa en el campo para venir a hacer vida rural y pillarse una chica era una cretinada de nuevo rico, de calzonazos de vida de mucho denuedo y mucho mérito...No es ilegal ir a pescar en esmoquín, pero es de ser de un retronormal subido.
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HefestoHefesto13 noviembre 2019
La carencia era su gran, saciante patrimonio. Se estaba instalando en una austeridad fiera en la que chapoteaba cada vez con mayor deleite, como quien se da a la gimnasia extrema y goza con la quema muscular, la falta de aliento y el dolor de plantas. Su apetito por la sobriedad empezaba a ser gula, y su amor por la pobreza empezaba a ser lujuria.
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lourdesmateo88lourdesmateo8818 febrero 2020
Acometía el día jubilado de todo y de todos, inmerso en su eutanasia social autoaplicada, con la certeza de que no se la había perdido absolutamente nada en absolutamente en ningún sitio, fuera de la cápsula en la que había aparecido como por ensalmo.
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HefestoHefesto13 noviembre 2019
Si la falta de dinero es frustrante y provoca desvalimiento, entonces aquí estaba el desfrustrante descubrimiento de su desdesvalimiento.
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RosetaRoseta09 noviembre 2019
Era uno de esos críos a los que ahora llaman "niños de la llave". Sus padres, por trabajo o relaciones, nunca estaban en casa. Manuel llevaba la llave de su domicilio colgada al cuello, porque no tenía a nadie que se ocupara de él a la salida del colegio.
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Videos de Santiago Lorenzo (3) Ver másAñadir vídeo
Vidéo de Santiago Lorenzo
Hoy os hablo de "Los asquerosos", de Santiago Lorenzo, publicada por Blackie Books. Fue uno de mis libros favoritos del año pasado y quería traéroslo hoy. ¡Espero que os guste!
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Gracias por ver este vídeo de la cueva de Charles, canal literario (y de otras temáticas como cine, viajes o eventos) administrado por Carlos Carranza. No os olvidéis de suscribiros si os ha gustado, activar todas las notificaciones para no perderos nada y compartirme por las redes sociales para una mayor difusión. ¡Gracias!
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