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Crítica de Roseta


Roseta
13 noviembre 2019
Te levantas por la mañana, agradeces el ruido del despertador del móvil, la cafetera, la ciudad repleta de gente. Personas que van y vienen sin saber muy bien de dónde y hacia dónde. Hablan a gritos a través del teléfono que llevan pegado a su oreja, o guardado en su bolsillo mientras un cable cuelga de su oreja. Sonríes. Es la ciudad en todo su esplendor. Esa preciosidad de ruidos que te llenan cada día: despertarte, salir a la calle; tropezarte con gentes que dejaron de mirar hace mucho tiempo; trabajar, cobrar una miseria; volver a ese piso minúsculo en el que pasas pocas horas, pero por el que pagas demasiado. Tus escasas horas las cubres haciendo cosas, muchas, una tras otra, una tras otra, para que el tiempo se agote rápido, para que el ruido te invada. Hasta que un día…
Manuel, el protagonista de esta novela es un poco así, o al menos eso cree él. En esa vorágine diaria, en ese monstruo de ciudad que tanto ama él, un día decide salir a comprar un objeto con el que sentirse algo mejor, con el que hacer churros, quizá porque echa de menos una infancia que no fue tal. Baja de su escuálido apartamento. La ciudad está alterada y algunos individuos la han tomado por suya, han creído que pueden hacer todo, porque alguien, un día, les dio permiso, les dijo que podían, les animó a sacar ese instinto primario que llevan dentro. Alguien se cuela en el patio, uno de esos, y Manuel sabe que va a caer. Su instinto, el de supervivencia, le hace sacar su destornillador de la suerte y asesta un golpe.
Desaparecer es lo siguiente que ha de hacer. A quién recurrir es algo que Manuel tiene claro: al hombre que se casó con su tía, a la persona con la que ningún parentesco le une. Allí, en la oscuridad de una casa, Manuel tomará lo poco que tiene, urdirá un plan de fuga y escondite, que lo alejará de todo lo que siempre había deseado: gente, trabajo, ruido, pareja, piso, coche, cuenta bancaria… y si hubiera sido posible, hasta hipoteca y plan de pensiones.
Se esconde en uno de esos lugares que llaman de la España vacía; un lugar donde no hay nada ni nadie. Hay que empezar a vivir en un lugar deshabitado, donde los sonidos los produce la naturaleza; en una casa deshabitada, pero con un espacio infinitamente mayor que el anterior habitáculo; sin trabajo, sin casi dinero y con una vida por delante… en silencio. Su única comunicación, su tío, una vez, cada día, a las cuatro de la tarde. Sin embargo, lo que pareció para Manuel una condena se convirtió en una liberación, lo que parecía el fin del mundo se convirtió en el inicio de eso que llaman Vivir (en mayúsculas). Aprendió, solo y aislado, que el tiempo es un bien que no se puede comprar. Quizá el único. En los mercados se vende todo, menos tiempo. Y entonces, cuando Manuel carga con su culpa, aparece, en ese pueblo deshabitado, una familia: los Mochufa. La antigua ciudad de Manuel (como todas las ciudades) está plagada de familias como esta; quizá incluso Manuel fue en algún momento una especie de Mochufa. Ahora no. Ahora los odia.
El lugar perfecto donde esconderse se convierte en páramo y Manuel decide deshacerse de quienes han ido a matar el silencio. Lo logra, de una manera un tanto particular, y después de que lo descubran en su escondite. Momento de inflexión en el que parece que todo se derrumba, se cae. Pero Manuel, un superviviente, sobrevive. Y vuelve a ese lugar deshabitado donde no le falta de nada, donde tiene de todo, aunque no sea ninguna de todas esas cosas que se venden a precio de coste (humano, social y sentimental).
Hermosa historia la que nos narra Santiago Lorenzo en Los Asquerosos. Una novela que aborda un tema ya clásico, el Beatus Ille, tan conocido y tan despreciado por la mayoría; o la forma de vida asceta. ¿Se puede sobrevivir en el siglo XXI así? Aunque más allá del tema, es esa manera de narrar (con neologismos de los de verdad), ese mostrar una forma de estar en el mundo, la que impide que dejes de leer. Muy apropiada la fórmula del narrador que ve a través de los ojos de otro, que especula sobre lo que ocurre en el otro. Un personaje perdido, que ayuda a un ser que se ha perdido por una casualidad. El final sorprende, aunque lo haga arreglando historias que ya no necesitaban arreglarse; aunque lo haga sin encontrar a dos seres en un mismo espacio. Hay libros a los que te enganchas y libros que te enganchan. Este es de los segundos… Aunque le pese al sistema…
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