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Eduardo Halfon Tenenbaum (Traductor)César Sánchez Rodríguez (Traductor)
ISBN : 8416167680
240 páginas
Editorial: Fulgencio Pimentel (13/09/2021)

Calificación promedio : 4/5 (sobre 4 calificaciones)
Resumen:
Si bien William Carlos Williams debe gran parte de su reconocimiento a la poesía, en la que introdujo conceptos novedosos como el «pie variable» y con la que trató de aprehender un habla típicamente americana en contraposición al inglés europeo, destacó también de manera importante por sus relatos en prosa. Williams, que ejerció durante toda su vida como médico de cabecera y pediatra ―ejercía de día y escribía de noche hasta caer rendido―, dedicó un buen... >Voir plus
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Críticas, Reseñas y Opiniones (4) Añadir una crítica
Queridobartleby
 17 December 2021
William Carlos Williams fue un escritor mayormente vinculado al género poético. Por otra parte, ejerció la medicina como sustento principal.

En este 2021, Fulgencio Pimentel, rescata al autor en su faceta narrativa como escritor de relatos cortos vinculados a su oficio de doctor.

Cabe recordar grandes escritores que fueron también médicos. Me vienen a la mente entre otros, Conan Doyle, Mijaíl Bulgákov y Antón Chéjov. Pero observo una diferencia principal en William respecto a los anteriormente citados; ellos se sirvieron de la medicina para introducir rasgos en sus textos de ficción. Los relatos de nuestro autor, contrariamente, conforman la propia realidad atestiguada por él.

Los relatos de William generalmente se centran en determinados pacientes que acuden a su consulta y en los tratados en los avisos recibidos para acudir a sus domicilios.

En «Mente y cuerpo», una mujer de mediana edad acude a la consulta de William con dolores inespecíficos. Es muy habladora, indica que le gusta charlar. Nuestro doctor (autor) es paciente. Nos destaca antecedentes de su familia con desequilibrios psíquicos. Rescato el siguiente fragmento:

«Si lo estoy cansando, dígamelo. Ya puede usted perdonarme, me siento mejor después de hablar. Tengo que soltárselo todo a alguien. No creo en lo de ser buena, en guardarse las cosas. Usted no es demasiado bueno, ¿verdad que no? Me cansa la gente así. ¿Y los mártires? Esos son unos pervertidos. Los detesto.»

William Carlos Williams «Los Relatos de Médicos» Fulgencio Pimentel 2021 – En lo sucesivo las citas se referirán al mismo autor y libro-.
En «El uso de la fuerza» el doctor mantiene un pulso con una niña que se niega a la exploración de su boca. Sobresalen esos miedos que todos tuvimos (y aún tenemos) a los médicos en edad infantil:

«Un último asalto irracional y me impuse sobre el cuello y la mandíbula de la niña. Hundí entonces el enorme cucharón de metal detrás de sus dientes, llegando al fondo de su garganta, hasta provocarle arcadas. Y ahí estaban ambas amígdalas, cubiertas por una membrana. Con cuánto arrojo había luchado para ocultarme su secreto. Llevaba escondiendo esa garganta inflamada al menos tres días, mintiendo a sus padres solo para evitar un desenlace como este.

Ahora sí que estaba enfadada. Hasta ahora se había limitado a defenderse, pero había llegado el momento de pasar al ataque. Intentó zafarse del regazo de su padre y lanzarse sobre mí. Lágrimas de derrota empañaban sus ojos.»

En el relato «La chica con la cara llena de granos» se cuela la picaresca y la adicción al alcohol de una madre, pero quien centra el texto es una resuelta muchacha de quince años por la que William siente fascinación:

«La muchacha a cargo de la casa me provocaba algo que me gustaba. No era más que una niña, pero nadie le iba a dar gato por liebre. Aunque lo realmente pasmoso frente a ella era aquella ausencia del pútrido hedor de la mentira. No era un exceso de audacia. Solo verdad.»

«Una noche de junio» es el encuentro de un pasado primerizo como médico y el presente con la misma paciente, Angelina. Es también, la celebración de una amistad duradera entre el médico y la paciente:

«En aquel entonces yo era un hombre joven, lleno de información y ternura. Sería su primer hijo. Ella vivía a la vuelta de la esquina de su domicilio actual, en una habitación ubicada justo encima del almacén que regentaba un anciano.

Fue un parto difícil, con fórceps, y perdimos al bebé. Lo digo con rabia. Aunque sin enfermera, sin anestesista y sin apenas agua caliente, quizá no debería cargar yo con todas las culpas. Fui lo bastante capaz como para no hacerlo aún peor. Pero también gané una amiga y encontré algo más, una cierta admiración, una especie de amor por la mujer. Ayudé a traer al mundo a todos los hijos de Angelina. Esta sería la octava vez que la asistía, en su noveno parto.»

En el mismo relato, en el presente de un William a las puertas de la vejez, se produce una reflexión sobre la pomposidad de los modos médicos en contraposición con la humildad que se debiera adoptar:

«Luego me quedé dormido y en la duermevela empecé a discutir conmigo mismo —o con algún imaginario poder— acerca de ciencia y humanidad. Estas maneras tan exageradas nuestras de hacer las cosas deberían bajarse un poco del carro, me dije. Hemos aprendido de un maestro e ignorado al otro. Ahora que soy viejo, me veo descubriendo la vieja escuela.»

Los pacientes de William suelen ser de entornos humildes. Muchos son inmigrantes. «Nobleza antigua», es un relato delicioso sobre una modesta pareja de ancianos italianos:

«Era un hombre encantador. Una criatura dulce y bondadosa, casi tan grande como la casa, con una larga cabellera completamente blanca y un grueso bigote también blanco. Cada uno de sus movimientos revelaba una especie de nobleza antigua. Por fin, dijo unas cuantas palabras como para hacerme entender que lamentaba no hablar inglés y volvió a señalar el piso de arriba.»

Tras la atención a la mujer, el anciano da las gracias y se disculpa por su imposibilidad de pago a William, «Logré entender que me daba las gracias por las molestias y que lamentaba no tener dinero y esto y aquello.»

El relato atestigua la experiencia imborrable, no exenta de humor, que quedó en nuestro autor compartiendo rapé con el anciano:

«Tras aspirar el polvo por uno de los generosos orificios de su nariz y luego por el otro, volvió a tenderme la caja, en una de las secuencias galantes más refinadas en las que nunca había tomado parte.

Y así, compartí su rapé imitándolo lo mejor que pude. Durante un minuto o dos, la cosa casi acaba conmigo; no podía parar de estornudar. Supongo que me apliqué al asunto con más entusiasmo de la cuenta. al final, con lágrimas en los ojos, sentí aún al anciano allí, sonriéndome, una experiencia de un género que, con toda probabilidad, no volverá a obsequiarme la vida sobre esta esfera mundana.”

William tiene un recuerdo para un colega anciano en «El viejo doctor Rivers». En él nos recuerda los tiempos de ejercicio médico. Un texto donde William destaca la cercanía, naturalidad y humanidad de trato del médico:

«Así era como trabajaba…

Adelante, Jerry, invitándolo a pasar con la palma extendida, ¿Cómo estás, viejo curdas?

Por el amor de Dios, doctor, no me venga con esas, estoy muy mal.

¿Quién está mal? Anda, echa un trago de la jarra. Casi siempre tenía una jarra detrás del escritorio. ¿Te ha mordido un perro?

Míreme el dichoso cuello, doctor. ¡Jesús! Pero ¿Qué demonios le pasa? ¡Despacio, le digo!

A callar, hibernio. No eres más que un cagón.

Por Dios santo, doctor, déjeme en paz.

¿Qué te pasa? ¿Te he hecho algo?

Oiga, doctor, ¿No me va a poner algo ahí?

¿Dónde? Deja esos pantalones quietos. Y siéntate. Agárrate de mis brazos. Y no los sueltes hasta que yo termine o soy capaz de partirte en dos.

¡Ah! ¡Ah! ¡Jesús, María y José! ¿Qué me está haciendo, doctor?

Me parece que tienes un tajo en la garganta, Jerry. Anda, bébete esto. Y acuéstate allá un rato. No pensaba que fueras un gallina.

¡Cómo! ¿Qué me acueste? ¿Para qué? ¿Me toma por una damisela? ¡Vaya! ¿No tiene un poco más de ese licor? Oiga, usted es un buen tipo, doctor, un buen tipo. ¿Cuánto le debo?

No hace falta, Jerry. Tráelo la próxima semana.

Bueno, me quita un peso de encima.»

Lamentablemente las adicciones hicieron mella en el doctor Rivers, pero William refleja la admiración de la gente por él:

«Al final la droga le pasó factura, claro. Empezó a equivocarse, y ya en sus últimos años cometía errores lamentables. Pero esa etapa quedó marcada por la extraña idolatría que a veces arrastra a las gentes hacia alguien por el mero peligro que evoca su nombre. Lo revelaba el modo en que muchos —no todos— seguían aferrándose a Rivers, quizá con más fervor cuanto más bajo caía.»

«La práctica médica (de la autobiografía)» es uno de los relatos más personales. Es una meditación del autor en torno a su oficio médico. Nada más comenzar el texto, expone el autor lo que ha supuesto el ejercicio de la medicina, otorgando mayor importancia al trato directo con el paciente que a posibles beneficios pecuniarios:

«Es en el trabajo rutinario, de a diario, donde se revela la satisfacción verdadera del oficio de la medicina; es en ese millón y medio de pacientes que un hombre ha visto en visitas diarias a lo largo de los cuarenta años de días de labor y días festivos que componen su vida. Yo nunca he tenido un desempeño rentable; me hubiera resultado imposible. Pero el trato efectivo con las personas, a cualquier hora y bajo toda clase de condiciones, llegar a un entendimiento de la más íntima circunstancia de sus vidas, ya fuera cuando vinieron al mundo o cuando lo dejaron, verlos morir, verlos recuperarse cuando estuvieron enfermos, todo esto ha consumido mi vida.»

En el mismo texto son muy interesante sus reflexiones sobre la compaginación de la medicina con la escritura:

«Nunca he sentido que la medicina interfiriera en mi labor como escritor. Antes bien fue mi alimento y mi bebida, la cosa misma que hizo posible la escritura. ¿No estaba yo interesado en el hombre? Pues ahí lo tenía, frente a mí. Podía tocarlo y olerlo. Era yo mismo, desnudo. El hombre tal cual, narrándose para mí en sus propios términos y sin mentira.»

Incluye el libro, varios poemas aludiendo al oficio médico. Destaco, entre ellos, «Los Pobres»:

Los Pobres

A fuerza de atormentarlos
día tras día con amonestaciones
sobre los piojos de sus hijos
el médico de la escuela consiguió
primero que lo odiaran.
Y fue gracias a esta familiaridad
que se aclimataron a él.
Solo entonces
por fin
lo aceptaron como su amigo y consejero.

Cierra el libro, un epílogo, «Mi padre el médico», de su hijo William Eric. Es un texto entrañable sobre su padre. Lo recuerda desde niño dedicado casi exclusivamente a su labor médica, contando con medios limitados:

«A menudo, una siesta rápida en el sofá del salón; después, consultas, llevadas a cabo durante cuarenta años sin ayuda de enfermera o secretaria alguna —un pequeño laboratorio anejo para realizar análisis simples de sangre y orina—, de una a tres o hasta que hubiese visto al último de los pacientes.»

También rememora como de noche su padre, hurtándole horas al sueño, se dedicaba a escribir:

«Era por la noche cuando recurría a unas reservas de energía al parecer inagotables, cuando el tatuaje de su máquina de escribir producía una reconfortante nana con la que mi hermano Paul y yo dormimos y despertamos a lo largo de toda nuestra infancia.»

Los relatos de William me han recordado al Joseph Roth del también imprescindible, «Años de hotel» (Ver aquí). Ambos autores parten de hechos basados en la realidad, pero ambos dotan a sus textos de una agilidad narrativa cercana a la ficción haciendo que estos sean amenos y de calidad pero a la vez unidos al apasionante trabajo que estaban desarrollando; Roth como periodista, William, como médico.

Para terminar, valorar el rescate del libro de William como de la obra memorística de André Lorant, por la editorial Fulgencio Pimentel. Dos libros esenciales de este año.

«Los Relatos de Médicos» William Carlos Williams
Editorial Fulgencio Pimentel 2021
Colección: La Principal
Selección y Prólogo: Robert Coles
Epílogo: William Eric Williams
Traducción: Eduardo Halfon y César Sánchez
240 Páginas
Enlace: https://queridobartleby.es/w..
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marlluch
 02 March 2023
Antes de comenzar la reseña del libro que nos ocupa, quiero agradecer a Babelio, a Masa Crítica y a la editorial Fulgencio Pimentel la oportunidad que me han dado de conocer a través de su libro de cuentos Los relatos de médicos a William Carlos Williams, escritor cuya obra no había tenido ocasión de leer.

El libro que presenta la editorial consta de 21 relatos, precedidos de un prólogo de Robert Coles, médico y estudioso de la obra de Williams, y se cierra con un epílogo del hijo del autor, también médico, que nos acerca la figura de su padre con la visión cercana y apasionada de quien ha vivido muchos años con él.

La vida de William Carlos Williams (1883-1962) transcurrió fundamentalmente en Rutherford (Nueva Jersey), si bien realizó viajes por varios países de Europa, donde perfeccionó sus estudios de Medicina, especializándose en Pediatría.

Su persona me ha traído a la memoria en muchos instantes a Antón Chéjov. Los dos fueron médicos y escritores. Chéjov es conocido ante todo por sus cuentos y obras de teatro; Williams por su poesía y, en menor medida, por sus cuentos. Si Chéjov afirmó “la literatura es mi esposa legítima y la medicina mi amante. Cuando me canso de una, paso la noche con la otra”; Williams confesó a Robert Coles, autor de la selección y del prólogo del libro, que “la una –la medicina- alimenta a la otra –la escritura-, aunque a veces haya refunfuñado en sentido contrario”. Con todo, como señala en el epílogo del libro el hijo de Williams, “durante su primer año como estudiante en la Facultad de Medicina de la Universidad de Pennsylvania, había decidido que su amor sería para las artes, pero insistiría en sus estudios médicos por los ingresos que le reportarían y harían así posible la búsqueda de inspiración”. Por otro lado, añade que su padre asumió este compromiso con la Literatura y la Medicina de un modo generoso y apasionado.

Ante tal grado de dedicación se puede preguntar el lector de dónde podía hallar el tiempo para escribir en su frenética vida como médico. La respuesta, afirma su hijo, “reside en parte en su gran capacidad para aprovechar el tiempo: su talento para aprovechar y crear momentos preciosos robados a su alter ego, el médico, y usarlo para aligerar su carga de imágenes poéticas”. Pero no era sólo en los minutos que podía robar a su trabajo cuando escribía Williams. Sobre todo “era por la noche cuando recurría a unas reservas de energía al parecer inagotables, cuando el tatuaje de su máquina de escribir producía una reconfortante nana” que conseguía dormir a sus dos hijos pequeños.

Retomando las semejanzas entre Chéjov y Williams, se debe señalar que ambos se nutrieron del profundo conocimiento psicológico del ser humano que les proporcionó la ciencia médica para la creación de sus personajes. También es acertado decir que los dos se acercan al hombre y a la mujer con una actitud humilde, conscientes de su propia pequeñez y de las situaciones penosas y duras que a las que puede verse sometido el ser humano debido a la enfermedad, en muchas ocasiones unida a otro tipo de dificultades, sociales o económicas. También tanto Chéjov como Williams están dotados de un fino sentido del humor, que se refleja en algunas de sus narraciones.

Y hasta aquí se puede decir que llega el parecido entre los autores. Si el ruso se demora con descripciones preciosistas de ambientes y situaciones para presentarnos a sus personajes, Williams ataca de frente a sus figuras. Con un estilo elegante, rápido y sutil nos presenta las más diversas situaciones a las que se puede enfrentar un médico o un paciente.

Entre sus cuentos podemos destacar el titulado El viejo doctor Rivers, en el que se trazan con pinceladas rápidas la vida profesional y personal del médico de cabecera de un pueblo. En esta narración se retratan las dificultades con que se encuentran estos profesionales cuando se dedican de lleno a su profesión, su fortaleza, el prestigio que tienen en la sociedad y también sus flaquezas.

No menos destacado es El uso de la fuerza, un relato que hará revivir a muchos lectores los angustiosos momentos vividos cuando tenían que abrir la boca ante el médico para que les reconocieran la garganta, aunque en este caso el autor tiñe la narración de humor a través de la ironía y la hipérbole.

En Una noche de junio se recoge el respeto mutuo que se establece entre un médico y su paciente a lo largo de los años: “gané una amiga y encontré algo más, una cierta admiración, una especie de amor por la mujer.

Y así prosigue el libro, con una sucesión de cuentos que plasman la profundidad de los sentimientos de los médicos ante sus pacientes: la angustia que suscita la lucha por la vida de los pacientes más jóvenes, el horror de las autopsias, pero también la antipatía despertada por otros enfermos orgullosos y cobardes. Williams no se olvida en sus narraciones de las enfermeras, de su total y abnegada dedicación por los pacientes.

Este libro, del que solo se pueden criticar algunos errores tipográficos, gustará a todos aquellos lectores aficionados a ver la auténtica personalidad de los personajes sometidos a situaciones cuanto menos comprometidas, así como a todos los aficionados a la ficción de tema médico. Solo que en este caso bajo la ficción se adivina una profunda vivencia de la vocación como médico y la realidad de la que se alimentan las narraciones.

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Tontoelquenolea
 18 March 2023
Cuando me dispuse a leer “Los relatos de médicos”, de William Carlos Williams, esperaba encontrar una literatura medicalizada, técnica e hipercientífica, pues se trata de la escritura de un hombre de ciencias, de un médico, alguien que en su trabajo debe ser crítico, riguroso y objetivo. Sin embargo, y por suerte, en estas historias he visto más al poeta y narrador que al médico.

Estos relatos, ambientados en situaciones vividas con sus pacientes, son mucho más que las experiencias de un médico; textos cargados de sentimiento, algunos simpáticos y otros bastante duros, en ellos destaca tanto la destreza del literato como la humanidad del sanitario.

Relatos que me han sorprendido por lo fluido de su prosa, por su musicalidad y elegancia, por lo original de su argumento y la construcción de sus personajes.

Una obra cuya calidad es indiscutible y que nada tiene que envidiar a otros libros de relatos más conocidos, de esta u otra temática.

Que no os engañe el título, son relatos de médicos que van más allá de la medicina, que reflejan el alma y la humanidad tanto del que sufre como del que sana. Unos relatos en los que lo que menos importa es la medicina. Bellos, íntimos, delicados. Un gusto toparse con algo así.
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Art3mis
 21 April 2023
William Carlos Williams, aparte de ser escritor, ejerció de médico, lo que siento que es colocarse en la cumbre y por lo que este libro era imprescindible en mi biblioteca.
Por eso me da pena no haberlo disfrutado como sé que debería, pero acabaré por comprarmelo en su versión original, porque siento que su tipo de escritura no se puede disfrutar de otro modo y que la traducción le ha hecho perder gran parte de su encanto.

Es cierto que me preparaba para una lectura compleja, llena de elementos técnicos y específicos de la medicina, pues de esto iba el libro, ¿no? Pero me sentí sorprendida al ver que William, claramente familiarizado con la prosa y la poesía, hacía que cada frase fluyera—perdiendo un poco con la traducción—y se hiciera fácil leer cada uno de los veintiún relatos de los que está compuesta esta obra.

A esta increíble obra creo que lo único que le puedo poner de pega no tiene que ver con el escritor o la forma de escribir, sino con algo ajeno a él como—y sé que ya me he repetido mucho—es la traducción. Las historias de William no se quedan en el papel, sino que llegan al alma del lector.
Maravillosa obra de maravilloso autor y persona.
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Citas y frases (5) Añadir cita
QueridobartlebyQueridobartleby16 December 2021
Es en el trabajo rutinario, de a diario, donde se revela la satisfacción verdadera del oficio de la medicina; es en ese millón y medio de pacientes que un hombre ha visto en visitas diarias a lo largo de los cuarenta años de días de labor y días festivos que componen su vida. Yo nunca he tenido un desempeño rentable; me hubiera resultado imposible. Pero el trato efectivo con las personas, a cualquier hora y bajo toda clase de condiciones, llegar a un entendimiento de la más íntima circunstancia de sus vidas, ya fuera cuando vinieron al mundo o cuando lo dejaron, verlos morir, verlos recuperarse cuando estuvieron enfermos, todo esto ha consumido mi vida.
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marlluchmarlluch27 February 2023
La gente debería decir lo que piensa. ¿No le parece? Deberíamos creer muchísimo más en nosotros mismos.
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QueridobartlebyQueridobartleby16 December 2021
Nunca he sentido que la medicina interfiriera en mi labor como escritor. Antes bien fue mi alimento y mi bebida, la cosa misma que hizo posible la escritura. ¿No estaba yo interesado en el hombre? Pues ahí lo tenía, frente a mí. Podía tocarlo y olerlo. Era yo mismo, desnudo. El hombre tal cual, narrándose para mí en sus propios términos y sin mentira.
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QueridobartlebyQueridobartleby16 December 2021
Los Pobres

A fuerza de atormentarlos
día tras día con amonestaciones
sobre los piojos de sus hijos
el médico de la escuela consiguió
primero que lo odiaran.
Y fue gracias a esta familiaridad
que se aclimataron a él.
Solo entonces
por fin
lo aceptaron como su amigo y consejero.
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marlluchmarlluch27 February 2023
Quiero vivir porque he encontrado mi lugar en la vida. Soy ama de casa. Tengo un marido y un trabajo y ese es mi mundo. He descubierto, añadió, que debemos vivir por los demás, que no estamos solos en el mundo, que no podemos vivir solos.
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