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ISBN : 8489669872
Editorial: Diario El País, S.A. (30/11/-1)

Calificación promedio : 4/5 (sobre 2 calificaciones)
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Críticas, Reseñas y Opiniones (1) Añadir una crítica
rmrobles
 27 septiembre 2018
"El fuego que no quema"
De la pléyade de escritores que conformaron la famosa Generación del 27, hay uno que para mi gusto, destaca en la poesía no solo de su generación, sino de cualquier época: el español Vicente Aleixandre (1898-1984), Premio Nobel de Literatura en 1977. Por la época que le tocó vivir, presenció importantes hechos históricos en diversos ámbitos. Pero si nos ceñimos al estrictamente artístico, hablaremos entonces –para los fines que aquí se siguen– de las vanguardias artísticas.
En este tenor, las dos primeras décadas del siglo XX albergan las llamadas vanguardias; dentro de estas se inscribe el surrealismo, cuyo padre es el francés André Breton. Este movimiento aparece en 1924, y como todo movimiento vanguardista, aparece como reacción a la corriente artística anterior, el dadaísmo, fundado por Tristán Tzara. Como cualquier otro movimiento, el surrealismo necesitaba un fundamento teórico que justificara las acciones realizadas al amparo de su nombre, y de eso se encargaría el propio Breton al redactar el primer manifiesto surrealista (redactó dos).
Son años de efervescencia intelectual, y los ismos aparecen aportando sus nuevos puntos de vista y cuestionando lo que consideran caduco. La mayoría de esos movimientos son dispares, y tal vez lo único que comparten sea precisamente eso: la búsqueda de nuevas formas expresivas, pues la realidad social ya era otra y como tal, necesitaba una renovación artística que marcara nuevos derroteros.
Mucho se ha escrito acerca del surrealismo y de sus fuentes; de estas, las que para mí resultan de interés son el inconsciente –y ligado a este, los sueños– y la escritura automática. Sobre el inconsciente, Breton reconoció a Freud en lo que concierne al descubrimiento de este concepto. Sin embargo, debe entenderse que este reconocimiento es en función del surrealismo; es decir, qué importancia tiene el inconsciente en el arte.
No se necesita pensar mucho al respecto: en el inconsciente estaría la libertad en todos los aspectos. El artista no estaría sujeto a ningún dogma para crear, y en esa medida, la creación artística mostraría algo nuevo. Uno de los medios para lograrlo –en literatura– sería la llamada escritura automática, la cual, en pocas palabras, no pasa por el tamiz de la razón. Así, la creación rebasaría los cánones establecidos. Sin embargo, esta “escritura” tiene un aspecto cuestionable que comentaré más adelante.
En este panorama –expuesto lacónicamente– se inscribe parte de la obra de Vicente Aleixandre, el cual, para mí, es un insigne poeta, sobre todo cuando escribió sobre el amor. La crítica ha señalado que sus poemarios Espadas como labios (1932), La destrucción o el amor (1935, Premio Nacional de Literatura) y Pasión de la tierra (1935), están notoriamente influidos por el surrealismo. Comentaré principalmente algunos aspectos amorosos de la destrucción o el amor.
Lo primero que habría que señalarse es el título: pareciera dar a entender que el amor y la destrucción son equivalentes, pero no. Creo entender que con destrucción se refiere a sobrepasar los límites que detienen al amor, o mejor dicho, al enamorado que quiere fusionarse con la amada. Por otro lado, el amor es, por antonomasia, el que rompe, el que destruye cualquier convencionalismo para manifestarse. Tal vez en este sentido exista una especie de igualdad, y de ahí la disyunción equivalente que está en el título del poemario.
Para ejemplificar lo anterior, leemos casi al final del poema “Unidad en ella”:
Quiero amor o la muerte, quiero morir del todo,
quiero ser tú, tu sangre, esa lava rugiente
que regando encerrada bellos miembros extremos
siente así los hermosos límites de la vida.
En este cuarteto se pueden ver algunos temas de su poesía: la cosmovisión amorosa, la muerte, la fusión con la amada… Para el poeta, la amada es la vida misma. El poeta quiere ser su sangre (de ella) –esa “lava”, imagen poderosa que nos hace pensar en uno de los pilares de la vida; es un “fuego que no consume”–, recorrerla y sentir así la vida; es decir, fusionarse, ser un solo ser, sentir, ser la vida misma.
Otro ejemplo podemos encontrarlo en el poema “Se querían”. El tema es, como puede intuirse, el amor entre dos amantes. Pero es un amor total, y con esto me refiero a que se aman en cualquier momento, en cualquier lugar; en otras palabras, estamos hablando también de la fusión entre ambos. Esa totalidad está ahí, apenas sugerida en un verso: “(…) se querían tan íntimos (…) ligados como cuerpos en soledad cantando (…)”.
Un ejemplo más: “Ven siempre, ven”. Aquí, empleando imágenes inusuales, también plantea el tema amoroso, pero en la faceta menos afortunada: la amada como algo inalcanzable, lo que provoca sufrimiento en el que ama. El de la voz desea, pero no puede satisfacer su deseo. Si no me equivoco, Freud habló de dos principios rectores en la vida de los humanos: el placer y el displacer, dicotomía que podría ejemplificarse con este poema.
Leemos en el poema mencionado: “No te acerques (…) No quiero que vivas en mí como vive la luz (…) La soledad destella en el mundo sin amor (…) Pero tú no te acerques (…)”. En esta parte podemos notar el sufrimiento del poeta, pero casi al final sucumbe ante la fuerza amorosa, la que le hace exclamar:
¡Ven, ven, muerte, amor; ven pronto, te destruyo;
ven, que quiero matar o amar o morir o darte todo;
ven, que ruedas como liviana piedra,
confundida como una luna que me pide mis rayos!
Otra vez, vemos ahí la necesidad de querer fusionarse, de ser parte de la amada. ¿Acaso el último verso no alude a la estrecha relación que existe entre la luna y el sol?
Los temas, como se ve, son sencillos, son tópicos; no así la voz con la que el poeta los aborda. Es aquí precisamente donde las dificultades aparecen, pues si hacemos caso a las opiniones especializadas en el sentido ya apuntado –las influencias surrealistas–, lo que obstaculiza un poco la lectura es precisamente el uso de ciertas imágenes; veamos algunas casi al azar:
“La vida es una vívida corteza / una rugosa piel inmóvil”.
“Ven como el carbón extinto oscuro que encierra una muerte”.
“Labios azules en la madrugada”.
“Los perros hondos laten bajo la tierra y los valles se estiran”.
“Un crepitar de luz vengadora”.
Este tipo de versos abundan no solo en el libro que comentamos sino en toda la poesía aleixandrina, y creo que por este sentido van los que señalan la influencia del surrealismo en el poeta español, por lo menos en sus obras iniciales. Entonces, no es de extrañar este tipo de imágenes, pues si hacemos caso a los que saben, las mismas obedecerían a la realidad interior del poeta, la cual, por su construcción, estaría mostrando imágenes inéditas, una nueva forma de ver el mundo. Así, estaría en concordancia con algunos planteamientos surrealistas.
Sin embargo, hay algo con lo que no puedo estar de acuerdo con el surrealismo, por lo menos no del todo: la escritura automática. Esta plantea el solo escribir, dejar fluir los pensamientos sin pasarlos por el tamiz de la conciencia, para que el yo se expanda en total libertad en el momento de la creación artística... Suena bien, sospechosamente bien, aunque hay algo que no encaja, que no termina de convencer –por supuesto, hablo por mí–.
Confieso mi ignorancia en relación con la poesía de André Breton.
Menciono esto porque el francés, al ser el artífice del surrealismo, supongo que debe ser el modelo a seguir en cuanto a escritura automática se refiere, si no en toda su obra, sí en parte. Lo que no concibo sobre este punto es que un escrito hecho tal cual acuda a mi mente, usando imágenes sorprendentes, irracionales, inconexas, pueda tener algún valor literario.
Naturalmente, para los surrealistas lo anterior sí tuvo valor, pero dudo que aun la escritura de este grupo fuera puramente automática. ¿Dónde quedaría el sentido? Pienso, por ejemplo, en la extrañeza del bibliotecario de la biblioteca de Babel, cuando se encuentra con un volumen titulado "Trueno peinado" –no olvidemos que en este cuento de Borges, se sugiere el tema del sentido en la escritura–. Lo que quiero decir es que toda creación debe tener un matiz de conciencia, de razón. Esta aseveración podría ser objeto de discusiones que, si no me equivoco, ya han sucedido.
No creo que en los libros de Aleixandre, tildados de surrealistas, el autor haya empleado la escritura automática, no totalmente. No lo creo porque –me atrevo a reiterar– algo así podría ser todo, menos literatura, en el sentido artístico del término. ¿Acaso podemos imaginar a Aleixandre haciendo uso consciente de la “técnica” y obteniendo como resultado La destrucción o el amor, y a la postre ganar el Premio Nacional de Literatura?
Por otro lado, lo que para mí sí tiene valor es lo ya antes apuntado: la búsqueda de nuevas formas expresivas, el valor de los sueños, el papel del inconsciente, el rompimiento con la tradición artística anterior a los surrealistas, sus juegos imbuidos de la misma ideología –el “cadáver exquisito”, por ejemplo–, entre otras cosas.
Siempre he tenido la idea de que juzgar una obra partiendo de las premisas que establece el momento histórico-social en que aparece, es un poco reduccionista. Es cierto que hacer lo anterior puede abrir nuevas interpretaciones y aproximaciones a la obra literaria, pero esto es, hasta cierto punto, prescindible. Soy o trato de ser un lector que disfruta la lectura en sí misma, por lo menos en primera instancia; lecturas interpretativas pueden venir después.
En este sentido, veo estas líneas como el pretexto para invitar a leer a Vicente Aleixandre, un poeta que rompió esquemas (por ejemplo, con su versificación libre) y que revistió la poesía con una voz difícilmente encasillable. al evocar su poesía, pienso en que él, como poeta, ha sido uno de los mejores heraldos al momento de hablar del amor. Pienso, por ejemplo, en su poemario –para mí imprescindible– Historia del corazón, en el que pueden encontrarse los clásicos temas aleixandrinos, pero despojados de ese tinte surrealista del que se ha hecho mención.
Con lo anterior quiero decir que el lector encontrará en este volumen –y en su poesía– voces que reconocerá sin dificultad en su interior –¿nuestro inconsciente?–. Se sentirá perteneciente a algo etéreo, algo compartido por todos –¿solidaridad? –. Esto no debe sorprendernos, pues como se sabe, el amor es algo común para el ser humano, con sus alegrías y sinsabores.
Quisiera finalizar señalando tres claves para tomar en cuenta si se lee la poesía amorosa de Aleixandre: 1) su Discurso de entrada a la Real Academia Española, 2) una carta que el poeta le escribe a José Luis Cano, donde le dice a este: “Yo de lo único que sé un poco, en la vida, es del amor”, y 3) la Autocrítica de Historia del corazón, en donde afirma que es uno de los libros que prefiere y que más aceptación han tenido.
Las razones de lo anterior pueden ser variadas; la principal, intuyo, es porque el protagonista es el ser humano, es decir, nosotros. En la medida de eso, Aleixandre logra comunicarse con nosotros, sus lectores. El interesado en la poesía de este autor podrá indagar al respecto sobre lo que el vocablo “comunicar” significa para él.
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Citas y frases (1) Añadir cita
rmroblesrmrobles27 septiembre 2018
El gran amador, el amador sencillamente, cuando existe, lleva una carga de maravillosa inocencia, porque él, y sólo él, está próximo a esa unidad perpetuamente renovada que es el secreto del mundo.
Comentar  Me gusta         00
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