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ISBN : 8416537119
Editorial: Hoja de Lata Editorial (01/06/2016)

Calificación promedio : 4.07/5 (sobre 38 calificaciones)
Resumen:
Corren los años treinta en Madrid y las trabajadoras de un distinguido salón de té cercano a la Puerta del Sol ajustan sus uniformes para comenzar una nueva jornada laboral. Antonia es la más veterana, aunque nunca nadie le ha reconocido su competencia. A la pequeña Marta la miseria la ha vuelto decidida y osada. Paca, treintañera y beata, pasa sus horas de ocio en un convento y Laurita, la ahijada del dueño, se tiene por una «chica moderna». Únicamente Matilde tien... >Voir plus
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Críticas, Reseñas y Opiniones (33) Ver más Añadir una crítica
Beatriz_Villarino
 15 octubre 2018
Sorpresa, más que agradable, al leer Tea rooms. Mujeres obreras. El contraste del título es el que vamos a encontrar en la novela. Tea Rooms evoca la modernidad del idioma, lo exótico de la bebida, poco usual en España y una cierta distinción al sugerir una habitación exclusivamente destinada para el sosiego y la charla agradables. Inconscientemente acuden a la mente largas tardes en las que la conversación cotidiana nos hace cómplices al recoger anécdotas o contratiempos de un círculo cercano. Toda esta exquisitez se desvanece como el humo del cigarro que coronaría tea rooms para mezclarse con otro más denso y grasiento que envuelve la cocina de la que saldrán los pasteles, el chocolate, el té. Un humo que oprime hasta que, esas mujeres obreras que completan el título, quedan empequeñecidas, anuladas por una modernidad que no parece tenerlas en cuenta.
Luisa Carnés es un misterio más de esta España que olvida pronto. La escritora tuvo éxito en su momento, pero una vez exiliada, su obra desapareció de nuestro país y no llegó a formar parte del elenco de escritores de la generación del 27 pese al elevado número de novelas y cuentos escritos tanto en España como en México, y que despertaron bastante interés y sensibilidad en su público coetáneo. Otro ejemplo de mujer invisible. Otro ejemplo de mujer inteligente y comprometida que queda olvidada en una sociedad patriarcal, machista, que teme perder su posición privilegiada.
Tea rooms cuenta, con una narrativa rompedora y vanguardista, una parte de la historia de Matilde, una mujer joven que sufre las crisis socioeconómicas y políticas de principios del siglo XX. Crisis que fueron despiadadas con la gran mayoría del pueblo español, el obrero, y especialmente crueles con la mujer, puesto que será ella la más explotada y humillada aun por la propia mujer.
Matilde no tiene apellidos, está a medio identificar. Tampoco lo tienen, ni les hace falta, Laurita, Marta, Paca, Antonia. Desde que Matilde entra a trabajar en la pastelería pasa a ser “la joven” o “una”, como el resto de compañeras sin identidad «una, a lo suyo» «a ver, una al teléfono»; no son mujeres «aquí no son ustedes más que dependientas», y así son tratadas, sin una pizca de sensibilidad o humanidad. Hay una curiosa diferencia con los empleados, ellos sí tienen apellido; aunque oprimidos no se les priva del todo de una personalización; encontramos al camarero Cañete o al cocinero Pietro Fazziello. Pero no nos equivoquemos, tildados con apellidos sufrirán consecuencias parecidas a las de las chicas si no se atienen, ellos o sus familiares, a la voz del que manda. En el caso de Cañete, sus flirteos con la encargada llevarán hasta la pastelería a su mujer, otra innominada que, como si de un objeto se tratara, pierde hasta el nombre en la sociedad, una vez casada: «la mujer de Cañete». La mujer de Cañete acude allí a denunciar a “la otra” delante de todos por intentar robarle a su marido. Ni por un momento se le pasa por la cabeza que pueda ser él el culpable de la situación «¡Que lo sepan todos que esa mala mujer está robando el pan de mi hija! ¡Esa puta! ¡Una tía golfa!».
No hay sentimientos en el mundo obrero. Es un ambiente que oprime, que despersonaliza, que embrutece. No hay lugar para lamentaciones o denuncias o exigencias; la impotencia es lo que caracteriza a los obreros, paralizados por el miedo y por no saber qué hacer «Fazziello golpea sobre los bloques de hielo lentamente. de pronto, se sienta en el último peldaño de la escalera y llora».
Hay en la novela una certera crítica social dirigida a esa clase acaudalada que temerosa de perder su estatus intenta quitar de en medio a quienes puedan arrebatarle sus privilegios a través del estudio y el razonamiento, por eso «el “ganso” con sus raquíticos once años, aprende a comprar el periódico a las siete de la mañana, a abrirlo por la página de anuncios [...] y [...] a mentir «Tú cuántos años tienes?. Catorce». Y se critica sobre todo a una sociedad con muy poco interés en alfabetizar a la mujer, que sigue «cultivando la religión y soñando con lo que ella llama su “carrera”: el marido probable».
En Tea Rooms observamos una reivindicación social del obrero, pero ante todo de la mujer «Es necesario que las compañeras de trabajo que no estén asociadas se asocien inmediatamente». Si no aflora una conciencia de clase nunca dejarán la miseria, y la miseria las hace miserables «la miseria amodorra tu pudor en esta ocasión», las embrutece «En la búsqueda, un vestido rosa cae sobre un papel pringoso y allí se queda» y les anula cualquier vestigio moral «del modo más indiferente y discreto posible, se agacha e introduce el dinero en uno de sus zapatos».
Luisa Carnés denuncia, con una lucidez y claridad espectaculares la situación de la mujer de principios del XX, una mujer que siempre dependerá de algo o alguien para subsistir, de quien raramente se aceptará algo de autonomía.
Esta circunstancia viene expuesta de la mano de las protagonistas de la novela como si entre todas formaran una sola, como si conformaran a la mujer que, como Antonia, debió ocultar su estado de casada, hasta que enviudó, para que no la echasen del trabajo. O como la clienta que no es servida por el camarero hasta que «solicitaba con los ojos al esposo un signo de aprobación». O como la mujer de Cañete a quien ya se lo dice su marido «ocúpate de tu hija»; el resto de asuntos, incluidas las infidelidades, son cosa del hombre. O como Laurita, muerta a consecuencia de un aborto clandestino por temor a que su novio la rechace. O como Marta, que «se ha echado a la vida» al ser despedida por robar dinero de la caja para comprarse unos zapatos. Entre todas modelan a la mujer resignada que acepta unas condiciones laborales infrahumanas, unas condiciones que, por malas que sean, siempre serán mejores que quedarse en la calle porque, en el fondo, no pueden hacer otra cosa, no están acostumbradas a pensar. Matilde, la protagonista, recapacita y sabe lo que quiere y no se va a conformar con menos. Exige de la vida un trabajo digno y poder elegir al hombre que quiera, no conformarse con el primero que le pida relaciones. Ambiciona una vida libre, lejos del «embrutecedor trabajo doméstico».
Pero si la lectura se hace interesante al conocer la vida de la España del siglo XX, y casi del XXI, no es menos enriquecedora la narración. Destaca la importancia del narrador que, unas veces es omnisciente, sobre todo cuando expone algún monólogo interior o pensamiento de un personaje «Parece que he estado inspirada, piensa Antonia». Otras veces funciona como narrador testigo «En cuanto a Paca, ¡oh!, esa, con su cara pálida y humildita de beata, cualquiera adivina lo que piensa». Y siempre aporta amenidad a lo narrado, bien mezclando sucesos de forma abrupta o directa para cambiar de tema «Se habla de elevar una queja a la dirección. Probablemente, todo se quedará en palabras. Otra cosa: ingresará en el establecimiento una ahijada del propietario», bien realizando incursiones en la propia narración «le ha valido desde el primer día el respeto de la encargada: “Esa escuerzo” (Antonia es mucho más comedida para colocar adjetivos...)».Incluso, en ocasiones, el narrador se apropia de la voz de Matilde «Matilde va a la cabina lentamente [...] “El que se vaya puede darse por despedido”. Y todas las cabezas [...] se agachan medrosas». Pero aun cuando predomina una narración externa la variedad de técnicas y recursos es admirable.
Los diálogos pertenecen a la modalidad oral, con oraciones incompletas o con localismos, como el laísmo tan típico madrileño, que acercan al lector al ambiente del pueblo «ya ve, Antonia, con quince años en la casa y ganando un duro... y callandito» «la han salido bien las cuentas». Asimismo las onomatopeyas -rrrr-, chist aportan frescura a la narración. Sin embargo encontramos palabras cultas hálito, apotegma, dilecto, conterráneo, préstamos de otras lenguas que se unen al lenguaje vulgar en un sugerente contraste «Cocktail... Ahí va, coño ¿dónde tienes los ojos» «Por diez jodíos reales que gana una [...] los sandwichs [...] como pudding». Y un vocabulario relacionado con los avances modernos, con la tecnología o la ciencia que aporta tintes vanguardistas, incluso surrealista a veces; la personificación del cine frente a la despersonalización de los niños aporta una imagen incitante: «donde comienzan a evolucionar los verdes y blancos del cinema de enfrente [...] han aparecido [...] varias cabezas greñudas y numerosos ojos sin color.» Asimismo la importancia de lo básico queda remarcada en la personificación de los zapatos, que adquieren la personalidad contrastiva de quien los lleva «los zapatos torcidos avanzan rápidos, suicidas, mientras que los zapatos impecables subrayan un paso estudiado, elegante».
La singularidad de las obreras desaparece, todas son una o simplemente cosas «no es más que un aditamento del salón»; mujeres embrutecidas que han asumido su animalización «Mientras lava, gruñe» «¿Qué harán esas burras?» o su invisibilidad; de ahí que los diálogos señalados no lleven el nombre de quien replica. Da lo mismo. La mujer no tiene voz, no es esencial saber quién dice qué porque lo más probable es que no tenga importancia
—Tanto postín
—Yo me alegro
—Pues vaya una ventaja...
—Bueno, pero de todos modos, me alegro...
[...]
—¡Chist!
—No me da la gana callar...
Y sin embargo, calla; no puede replicar en el trabajo porque será despedida y no puede participar en conversaciones culturales porque no ha tenido tiempo o interés en preocuparse. Se autoexcluye. Sus problemas son mucho más básicos «Antonia no entiende nada de esto. ¡Qué ganas tienen estas gentes de sofocarse!» El estilo indirecto libre aporta un tinte fresco a la narración, el relato cobra agilidad, así como las frases cortas y las nominales que, sutilmente dan una idea del desconcierto en el que están inmersas las protagonistas; no hay tiempo para sentimientos, lo fundamental es la esencia de las cosas; los momentos de dolor se acortan, como si la mujer no tuviese tiempo de compadecerse. Cuando surgen adjetivos suelen ser valorativos consiguiendo de nuevo acentuar el contraste en el que vive la mujer. Por un lado la modernidad no le aporta el más mínimo consuelo «Marta despacha torpemente [...] se siente muy sola. Átomo en medio de una apretada muchedumbre...». Por otro el surrealismo que envuelve determinadas situaciones adquiere tintes naturalistas que ahondan en el miedo y la desesperación «Enfrente está la encargada, con una fría sonrisa en los labios delgados. Se le ven unas encías descarnadas y pálidas». Las metáforas opresivas contribuyen a intensificar los momentos de monótona tensión «El sopor agobia y sobre los párpados pone plomo el calor. Los ventiladores zumban».
Y, para dejar constancia de que no caben sentimentalismos, la narradora rodea de números a las trabajadoras. Números premonitorios, agoreros «la fecha del día, un negro 13». Números amenazadores «y callandito. Ya hay veinte en la puerta». Números controladores «—Oye Matilde: ¿tú no has visto el regalo? —...treinta, treinta y una —cuidado, está mirando—, treinta y dos, treinta y tres...». Números opresores «—Catorce pesetas kilo —¿Así que, cuarto de kilo valdrá? —Tres cincuenta» —¿Y los cien gramos? —Una cuarenta».
Pero en toda esta miseria hay algo enternecedor; en las descripciones costumbristas encontramos pinceladas de humor «la señora pide una naranjada, y al niño un pastel de crema. No, a mí, un bocadillo de jamón y un vaso de leche. La madre aprueba [...] pero cuando el camarero se aleja le da al chico un puntapié por debajo de la mesa».
Y encontramos ironías denunciantes «intervino la fuerza pública, disparando “al aire” y ocasionando dos bajas entre los obreros».
La pena es que tanto el humor como la ironía certifican más la miseria de un pueblo que, de forma preocupante, se sitúa más cercano a la actualidad de lo que deseáramos.
¡Chapeau! por esta sinsombrero.

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lesbouquinsdepam
 26 junio 2022
Qué placer descubrir a una autora de la talla de Luisa Carnés, y qué indignación se fuecociendo en mi interior a medida que leía el libro. No aguantando la curiosidad, a las pocas páginas de empezar el libro me pongo a investigar sobre ella y me pregunto por qué no se le dedicó tiempo en mis clases de literatura, por qué la crítica no la reconoció, por qué no he sabido de ella hasta ahora. La editorial hoja de lata nos ofrece la oportunidad de leer algunas de sus obras, que ansío seguir conociendo.
Esta novela se publicó en los años 30, y está contextualizada en un Madrid convulso. La autora nos acerca a la realidad social de las mujeres trabajadoras, pero sobre todo, a la forma como piensa y siente Matilde, una mujer de mirada crítica, atenta a las condiciones de vida de las mujeres y de la clase obrera en general. Las injusticias derivadas de las oportunidades que unos y otros tienen en esta vida (“la linea divisoria trazada entre quienes usan la escalera interior y los que usan el ascensor”) constituyen el eje desde el que se presentan las vidas de las mujeres que trabajan en este salón de té por el que se suceden personajes diversos con historias que sirven de excusa a Luisa Carnés para posicionarse claramente acerca de su visión del mundo. No esconde su preferencia por una mujer independiente, lejos del yugo y los dictados de una sociedad patriarcal, como tampoco oculta su rechazo al sistema capitalista y al fascismo. Todo ello nos muestra a una autora valiente, que habla de forma clara, con un lenguaje directo y efectivo, en una narración ágil, de la que no e he podido despegar. El libro va a cumplir cien años y, sin embargo, yo tengo la impresión de que relata algo familiar y contemporáneo.
Os dejo con una imagen del libro a la que no le he di sentido en el momento y que me maravilla ahora: la del vestido rosa que se cae y se deja en el suelo…
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herbookss
 17 febrero 2021
Madrid, años 30. A través del día a día y la rutina en un prestigioso salón de té, un lugar donde se hacen dolorosamente evidentes las diferencias entre clases sociales, la autora nos muestra a un grupo de mujeres obreras que representan a muchas de esas época. Mujeres que trabajan desde niñas, en un puesto precario por un mísero sueldo que apenas da para nada pero del que no pueden prescindir porque, en muchos casos, es el único ingreso que entra en casa. Jornadas interminables de diez horas o más, sin parar, accediendo a todo lo que les pidan y sin poder siquiera protestar o exigir alguna mejora porque la consecuencia es quedarse sin trabajo automáticamente y entonces qué comes.
Pero no solo nos muestra la vida de estas mujeres, sus pensamientos, sus ideas, las costumbres y obligaciones estúpidas que las atan y doblegan, que apenas les dejan respirar y que las empujan a tomar decisiones desesperadas. También es un perfecto retrato costumbrista de la época. Todo se ve desde el mostrador. Aún no ha estallado la guerra pero se nota el ambiente agitado, huelgas, manifestaciones... A través de los clientes que van entrando al salón vemos las diferentes realidades que conviven en ese convulso momento.
Esto no es una ficción. Si bien está escrito de forma novelada la autora sabía bien de lo que hablaba, puesto que ella misma lo vivió. al terminar su jornada escribía sobre lo que experimentaban ella y sus compañeras, además de una forma totalmente autodidacta e independiente, abriéndose camino poco a poco en el mundo de la literatura. Y así, a buen ritmo, sin forzar pero sin apenas dar tregua, Luisa va evidenciando, denunciando, dando a conocer una injusticia tras otra. Su historia tiene un objetivo, sabe perfectamente lo que quiere transmitir y lo consigue, vaya si lo consigue.
Podría estar hablando de este libro y de Luisa durante horas pero creo que con este os hacéis una idea. Leedlo, vale la pena. Que no os asuste el tema, os vais a indignar, sí, pero la narración es muy amena, con ritmo, cada situación y tema que presenta fluye de una forma natural, nada queda forzado y además seguro que os hace reflexionar. Creo que leerlo es una pequeña forma de hacer justicia
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begocp
 08 noviembre 2021
Mi primera lectura de Luisa Carnés, nombre de una escritora a la que solamente conocía por referencias al vuelo, surgidas aquí o allá en algunos estudios sobre el exilio o la literatura femenina. Un nombre como tantos otros, olvidados por los lectores, negados en los libros de texto, minusvalorados o directamente obviados en los estudios críticos. Nombres de mujer casi siempre, claro. Pero un nombre en este caso que esconde a una narradora con cierto éxito en su época, una joven de origen humilde que se formó como escritora de manera totalmente autodidacta y que firma esta magnífica novela. Un libro que lanzo directo a mi estantería de privilegiados, de clásicos, de imprescindibles. ¿Cómo formarse como filóloga, como especialista en literatura contemporánea, y no leer a Luisa Carnés? ¿Cómo pasar por las aulas de la facultad, con sus listas de lecturas obligatorias, y no encontrarla? La historia tantas veces repetida.
Matilde, protagonista principal -al menos en los primeros alientos de la obra-, reproduce dentro de la novela parte de la biografía de la propia Luisa Carnés. Una joven de familia pobre, que vive en un ambiente de miseria pero que muestra una actitud de lucha, de protesta, de no conformarse; y que se ve obligada a "diez horas de trabajo, cansancio, tres pesetas" en un lujoso salón de té al que, pese a las nefastas condiciones laborales de los empleados, acuden gentes de bien de la sociedad madrileña. Un duro contraste sobre el que se sostiene la tesis central de la obra. Junto a ella, se nos van presentando otras figuras femeninas, la mayor parte dependientas que, como Matilde, se desloman día tras día por un mísero jornal mientras asistimos a los pequeños retazos de sus humildes vidas. La historia, ambientada en los años 30, descubre desde las primeras líneas las desigualdades sociales de la época, el contraste entre los salones lujosos en los que señoritas, familias, tertulianos y gentes de bien meriendan y se relajan, y la miseria de los barrios bajos, el hambre de las obreras, que desayunan bollos rancios escondidas bajo el mostrador, que roban una peseta de cuando en cuando o sobreviven a los cambios de vestuario en cuartuchos malolientes. Entre todos ellos, jefes de mal carácter y encargadas faltas de la más mínima humanidad, personajes sobre los que descansa el devenir diario de los trabajadores.
Luisa Carnés describe de manera realista el día a día del salón de té, pero lo hace centrándose en mostrarnos sin filtro alguno las miserias que dañan el ánimo y la salud de las trabajadoras. La voz narrativa va colándose en los espacios ocupados por las chicas, empezando por la trabajosa caminata inicial de Matilde en busca de un empleo. Retazos de conversaciones, flashes en los que se libera de manera impresionista una mezcla entre sonidos de la calle, anuncios publicitarios, y pensamientos... Los pensamientos de la protagonista -la mayor parte de las veces-, en ocasiones los de otros personajes, pero siempre una voz muy sensorial, muy trabajada, y que constituye uno de los efectos más brillantes de la novela. Se cuenta todo de manera objetiva, precisa, realista y, al tiempo, somos capaces de observar, de escuchar, de intuir incluso en ocasiones, la intimidad de las obreras de Luisa Carnés. También sobre esa narración se asienta el contenido social de la obra, pues en ella prioritariamente reside la función de denuncia que, aunque aparece con cierta frecuencia, no entorpece en modo alguno el relato principal ni lo usa como mera excusa. de hecho, Luisa Carnés es capaz de introducirnos dentro del salón de té, dejarnos observar y escuchar desde una posición de privilegio, mientras da rienda suelta a una extraordinaria capacidad para el diálogo realista, ágil, habilidoso, natural.
En el contenido social de la obra destaca fundamentalmente la focalización sobre el colectivo femenino, al que se atiende mostrando cómo las malas condiciones laborales de los obreros en la época se muestran aún peores en el caso de las mujeres, obligadas a la explotación por parte de los patronos, o bien a la sumisión a sus maridos. Las alternativas, de sobra conocidas, llegan hasta la prostitución. Carnés despliega ante nuestros ojos la denuncia de estas situaciones, poniéndonos frente a ellas a través de las pequeñas historias de las trabajadoras del salón, puestas siempre en contraste con las jóvenes de clase privilegiada. al tiempo, la narración se vuelca sobre una idea: la "Mujer Nueva", uno de los alegatos de la segunda República, la búsqueda de la mujer independiente, autónoma, dueña de su propio destino y alejada del ángel del hogar sumiso al varón. Matilde es también quien, aunque de manera discreta, alza la voz en algunos momentos, dando salida a una visión utópica de la sociedad, de raíz comunista, bajo la que se sueña con un país igualitario en que desaparezca la desigualdad social.
Luisa Carnés, narradora de éxito en los años 30, exiliada, olvidada. Parte importante de aquella maravillosa generación de mujeres a la que ahora conocemos como "Las sinsombrero". Mujeres que vivían, escribían y se formaban en el mismo ambiente y registro que los tan conocidos autores del 27 y, sin embargo... La historia conocida. Pero no por conocida debemos de dejar de denunciarla. La mejor forma de hacerlo, leyéndolas, editándolas, atesorándolas en las bibliotecas y llevándolas a las aulas. Gracias a la editorial Hoja de Lata por su pequeño (gran) granito de arena.
Enlace: http://rustisymustis.blogspo..
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Monbuk
 21 febrero 2022
Últimamente solo hablo de libros-compañeros. Lo vuelvo a hacer ahora, feliz, con Luisa Carnés.
Cuando empecé este libro tuve que releer varias veces las primeras páginas hasta darme cuenta de que la actitud con la que entraba a leerlo no era la adecuada. Entraba esperando que se me contara algo cuando la dirección debía darse al contrario: no de la historia a mí, sino de mí hacia la historia.
Una vez fui consciente de esto, todo fluyó: empecé a conocer el salón de té alrededor del cual gira la historia, a las mujeres trabajadoras que la protagonizan, empecé a indagar en sus quejas, dudas, miedos. A mirar con sus ojos, especialmente con los de Matilde, pero también con los de Antonia, Felisa, Marta, Trini, Laurita o Paca. Fui conociendo lo que pensaban a través de sus diálogos, y eso fue suficiente para que al acabar el libro me quedara con las mismas preguntas con las que nos quedamos todas las que encontramos el momento de acercarnos a Carnés: ¿por qué no la he conocido hasta ahora? ¿Cómo es posible que esta novela se haya escrito en 1933? Una novela que critica abiertamente los abusos contra las mujeres, contra la clase obrera.
Matilde es consciente de que la sociedad ha estado siempre dividida «en dos mitades: los que utilizan el ascensor o la escalera principal, y los «otros», los de la escalera de servicio». Esta historia se narra desde esta última, desde cada escenario que pisan las trabajadoras: la cabina en la que se cambian para entrar a su turno, el mostrador desde el que atienden, las calles que recorren una y otra vez para encontrar trabajo, el cajón al que se suben para hablar de sus derechos. Este libro habla sobre la toma paulatina de conciencia de clase, sobre cada violencia que sufren sus protagonistas en tanto que trabajadoras y mujeres.
Esta novela es discurso y es mirada. Discurso porque toda ella desborda denuncia, cuestionamiento. Mirada porque se bebe de la impresión, haciendo que Tea Rooms esté a caballo entre la novela y el teatro, mirada porque aquí lo fundamental es el lugar desde el que se observa.
No sé cuándo será oída nuestra voz, pero la tuya, Luisa, se está escuchando fuerte. ❤
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Citas y frases (22) Ver más Añadir cita
LavidamurmuraLavidamurmura02 marzo 2022
Habla el enemigo, a quien se odia y se teme, y de quien no se puede prescindir. Habla autoritario, soberbio. Seguro de ser obedecido. Seguro de la sumisión absoluta de "su" personal. Él es la gran llave del estómago de cada uno de aquellos débiles seres y cada chiquillo de cada mujer inherente a tales seres infortunados. Es el enemigo que a veces hace demagogia de ocasión: "El patrono y el obrero son un solo cuerpo". (No tiene en cuenta que lo que él come no le nutre al complemento de su cuerpo -el jornalero-). El enemigo está viendo durante un cierto número de años -muchos, por lo general- el torso encorvado de "su" cuerpo; encorvado por la penuria, humillado. Una vez advierte que en sus sienes hay pelos blancos, que sus miembros enmohecen. "Tú ya no me sirves". Y a otra cosa. Ahí se queda el pobre cuerpo, con su vejez sobre la espalda. [...] Si se hubiera tratado de su cuerpo, de su organismo auténtico, y no de una metáfora ocasional y vil, por lo embustera, el enemigo hubiera reaccionado de distinta manera.
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NextLibrisNextLibris08 enero 2022
"Una" no tiene más que medio día cada semana, es decir, cinco horas de asueto por cada sesenta y cinco de trabajo. "Una" está aquí, "entre toda esta pringue". Fuera, el ocio, el lujo, las diversiones y el amor. Los hombres que desfilan por el salón apenas miran a la dependienta. La dependienta, dentro de su uniforme, no es más que un aditamento del salón, un utilísimo aditamento humano. Nada más.
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RojaBlancaYSangreSuciaRojaBlancaYSangreSucia25 mayo 2022
Existe un dilema, un dilema problemático de difícil solución: el hogar, por medio del matrimonio, o la fábrica, el taller o la oficina. La obligación de contribuir de por vida al placer ajeno, o la sumisión absoluta al patrono o al jefe inmediato. De una o de otra forma, la humillación, la sumisión al marido o al amo expoliador.
¿No viene a ser una misma cosa?
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LavidamurmuraLavidamurmura02 marzo 2022
Hay que comer. Hay que comer, por el medio que sea. Para el estómago, todos los medios son lícitos y admisibles. Es sobradamente sabido que el estómago es amoral.
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Merysg3Merysg301 diciembre 2021
Antes no había más que dos caminos para la mujer: el del matrimonio o el de la prostitución; ahora ante la mujer se abre un nuevo camino, más ancho, más noble: ese camino nuevo de que os hablo, dentro del hambre y del caos actuales, es la lucha consciente por la emancipación proletaria mundial.
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