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ISBN : 8416537119
Editorial: Hoja de Lata Editorial (01/06/2016)

Calificación promedio : 4/5 (sobre 22 calificaciones)
Resumen:
Corren los años treinta en Madrid y las trabajadoras de un distinguido salón de té cercano a la Puerta del Sol ajustan sus uniformes para comenzar una nueva jornada laboral. Antonia es la más veterana, aunque nunca nadie le ha reconocido su competencia. A la pequeña Marta la miseria la ha vuelto decidida y osada. Paca, treintañera y beata, pasa sus horas de ocio en un convento y Laurita, la ahijada del dueño, se tiene por una «chica moderna». Únicamente Matilde tien... >Voir plus
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Críticas, Reseñas y Opiniones (19) Ver más Añadir una crítica
Beatriz_Villarino
 15 octubre 2018
Sorpresa, más que agradable, al leer Tea rooms. Mujeres obreras. El contraste del título es el que vamos a encontrar en la novela. Tea Rooms evoca la modernidad del idioma, lo exótico de la bebida, poco usual en España y una cierta distinción al sugerir una habitación exclusivamente destinada para el sosiego y la charla agradables. Inconscientemente acuden a la mente largas tardes en las que la conversación cotidiana nos hace cómplices al recoger anécdotas o contratiempos de un círculo cercano. Toda esta exquisitez se desvanece como el humo del cigarro que coronaría tea rooms para mezclarse con otro más denso y grasiento que envuelve la cocina de la que saldrán los pasteles, el chocolate, el té. Un humo que oprime hasta que, esas mujeres obreras que completan el título, quedan empequeñecidas, anuladas por una modernidad que no parece tenerlas en cuenta.
Luisa Carnés es un misterio más de esta España que olvida pronto. La escritora tuvo éxito en su momento, pero una vez exiliada, su obra desapareció de nuestro país y no llegó a formar parte del elenco de escritores de la generación del 27 pese al elevado número de novelas y cuentos escritos tanto en España como en México, y que despertaron bastante interés y sensibilidad en su público coetáneo. Otro ejemplo de mujer invisible. Otro ejemplo de mujer inteligente y comprometida que queda olvidada en una sociedad patriarcal, machista, que teme perder su posición privilegiada.
Tea rooms cuenta, con una narrativa rompedora y vanguardista, una parte de la historia de Matilde, una mujer joven que sufre las crisis socioeconómicas y políticas de principios del siglo XX. Crisis que fueron despiadadas con la gran mayoría del pueblo español, el obrero, y especialmente crueles con la mujer, puesto que será ella la más explotada y humillada aun por la propia mujer.
Matilde no tiene apellidos, está a medio identificar. Tampoco lo tienen, ni les hace falta, Laurita, Marta, Paca, Antonia. Desde que Matilde entra a trabajar en la pastelería pasa a ser “la joven” o “una”, como el resto de compañeras sin identidad «una, a lo suyo» «a ver, una al teléfono»; no son mujeres «aquí no son ustedes más que dependientas», y así son tratadas, sin una pizca de sensibilidad o humanidad. Hay una curiosa diferencia con los empleados, ellos sí tienen apellido; aunque oprimidos no se les priva del todo de una personalización; encontramos al camarero Cañete o al cocinero Pietro Fazziello. Pero no nos equivoquemos, tildados con apellidos sufrirán consecuencias parecidas a las de las chicas si no se atienen, ellos o sus familiares, a la voz del que manda. En el caso de Cañete, sus flirteos con la encargada llevarán hasta la pastelería a su mujer, otra innominada que, como si de un objeto se tratara, pierde hasta el nombre en la sociedad, una vez casada: «la mujer de Cañete». La mujer de Cañete acude allí a denunciar a “la otra” delante de todos por intentar robarle a su marido. Ni por un momento se le pasa por la cabeza que pueda ser él el culpable de la situación «¡Que lo sepan todos que esa mala mujer está robando el pan de mi hija! ¡Esa puta! ¡Una tía golfa!».
No hay sentimientos en el mundo obrero. Es un ambiente que oprime, que despersonaliza, que embrutece. No hay lugar para lamentaciones o denuncias o exigencias; la impotencia es lo que caracteriza a los obreros, paralizados por el miedo y por no saber qué hacer «Fazziello golpea sobre los bloques de hielo lentamente. de pronto, se sienta en el último peldaño de la escalera y llora».
Hay en la novela una certera crítica social dirigida a esa clase acaudalada que temerosa de perder su estatus intenta quitar de en medio a quienes puedan arrebatarle sus privilegios a través del estudio y el razonamiento, por eso «el “ganso” con sus raquíticos once años, aprende a comprar el periódico a las siete de la mañana, a abrirlo por la página de anuncios [...] y [...] a mentir «Tú cuántos años tienes?. Catorce». Y se critica sobre todo a una sociedad con muy poco interés en alfabetizar a la mujer, que sigue «cultivando la religión y soñando con lo que ella llama su “carrera”: el marido probable».
En Tea Rooms observamos una reivindicación social del obrero, pero ante todo de la mujer «Es necesario que las compañeras de trabajo que no estén asociadas se asocien inmediatamente». Si no aflora una conciencia de clase nunca dejarán la miseria, y la miseria las hace miserables «la miseria amodorra tu pudor en esta ocasión», las embrutece «En la búsqueda, un vestido rosa cae sobre un papel pringoso y allí se queda» y les anula cualquier vestigio moral «del modo más indiferente y discreto posible, se agacha e introduce el dinero en uno de sus zapatos».
Luisa Carnés denuncia, con una lucidez y claridad espectaculares la situación de la mujer de principios del XX, una mujer que siempre dependerá de algo o alguien para subsistir, de quien raramente se aceptará algo de autonomía.
Esta circunstancia viene expuesta de la mano de las protagonistas de la novela como si entre todas formaran una sola, como si conformaran a la mujer que, como Antonia, debió ocultar su estado de casada, hasta que enviudó, para que no la echasen del trabajo. O como la clienta que no es servida por el camarero hasta que «solicitaba con los ojos al esposo un signo de aprobación». O como la mujer de Cañete a quien ya se lo dice su marido «ocúpate de tu hija»; el resto de asuntos, incluidas las infidelidades, son cosa del hombre. O como Laurita, muerta a consecuencia de un aborto clandestino por temor a que su novio la rechace. O como Marta, que «se ha echado a la vida» al ser despedida por robar dinero de la caja para comprarse unos zapatos. Entre todas modelan a la mujer resignada que acepta unas condiciones laborales infrahumanas, unas condiciones que, por malas que sean, siempre serán mejores que quedarse en la calle porque, en el fondo, no pueden hacer otra cosa, no están acostumbradas a pensar. Matilde, la protagonista, recapacita y sabe lo que quiere y no se va a conformar con menos. Exige de la vida un trabajo digno y poder elegir al hombre que quiera, no conformarse con el primero que le pida relaciones. Ambiciona una vida libre, lejos del «embrutecedor trabajo doméstico».
Pero si la lectura se hace interesante al conocer la vida de la España del siglo XX, y casi del XXI, no es menos enriquecedora la narración. Destaca la importancia del narrador que, unas veces es omnisciente, sobre todo cuando expone algún monólogo interior o pensamiento de un personaje «Parece que he estado inspirada, piensa Antonia». Otras veces funciona como narrador testigo «En cuanto a Paca, ¡oh!, esa, con su cara pálida y humildita de beata, cualquiera adivina lo que piensa». Y siempre aporta amenidad a lo narrado, bien mezclando sucesos de forma abrupta o directa para cambiar de tema «Se habla de elevar una queja a la dirección. Probablemente, todo se quedará en palabras. Otra cosa: ingresará en el establecimiento una ahijada del propietario», bien realizando incursiones en la propia narración «le ha valido desde el primer día el respeto de la encargada: “Esa escuerzo” (Antonia es mucho más comedida para colocar adjetivos...)».Incluso, en ocasiones, el narrador se apropia de la voz de Matilde «Matilde va a la cabina lentamente [...] “El que se vaya puede darse por despedido”. Y todas las cabezas [...] se agachan medrosas». Pero aun cuando predomina una narración externa la variedad de técnicas y recursos es admirable.
Los diálogos pertenecen a la modalidad oral, con oraciones incompletas o con localismos, como el laísmo tan típico madrileño, que acercan al lector al ambiente del pueblo «ya ve, Antonia, con quince años en la casa y ganando un duro... y callandito» «la han salido bien las cuentas». Asimismo las onomatopeyas -rrrr-, chist aportan frescura a la narración. Sin embargo encontramos palabras cultas hálito, apotegma, dilecto, conterráneo, préstamos de otras lenguas que se unen al lenguaje vulgar en un sugerente contraste «Cocktail... Ahí va, coño ¿dónde tienes los ojos» «Por diez jodíos reales que gana una [...] los sandwichs [...] como pudding». Y un vocabulario relacionado con los avances modernos, con la tecnología o la ciencia que aporta tintes vanguardistas, incluso surrealista a veces; la personificación del cine frente a la despersonalización de los niños aporta una imagen incitante: «donde comienzan a evolucionar los verdes y blancos del cinema de enfrente [...] han aparecido [...] varias cabezas greñudas y numerosos ojos sin color.» Asimismo la importancia de lo básico queda remarcada en la personificación de los zapatos, que adquieren la personalidad contrastiva de quien los lleva «los zapatos torcidos avanzan rápidos, suicidas, mientras que los zapatos impecables subrayan un paso estudiado, elegante».
La singularidad de las obreras desaparece, todas son una o simplemente cosas «no es más que un aditamento del salón»; mujeres embrutecidas que han asumido su animalización «Mientras lava, gruñe» «¿Qué harán esas burras?» o su invisibilidad; de ahí que los diálogos señalados no lleven el nombre de quien replica. Da lo mismo. La mujer no tiene voz, no es esencial saber quién dice qué porque lo más probable es que no tenga importancia
—Tanto postín
—Yo me alegro
—Pues vaya una ventaja...
—Bueno, pero de todos modos, me alegro...
[...]
—¡Chist!
—No me da la gana callar...
Y sin embargo, calla; no puede replicar en el trabajo porque será despedida y no puede participar en conversaciones culturales porque no ha tenido tiempo o interés en preocuparse. Se autoexcluye. Sus problemas son mucho más básicos «Antonia no entiende nada de esto. ¡Qué ganas tienen estas gentes de sofocarse!» El estilo indirecto libre aporta un tinte fresco a la narración, el relato cobra agilidad, así como las frases cortas y las nominales que, sutilmente dan una idea del desconcierto en el que están inmersas las protagonistas; no hay tiempo para sentimientos, lo fundamental es la esencia de las cosas; los momentos de dolor se acortan, como si la mujer no tuviese tiempo de compadecerse. Cuando surgen adjetivos suelen ser valorativos consiguiendo de nuevo acentuar el contraste en el que vive la mujer. Por un lado la modernidad no le aporta el más mínimo consuelo «Marta despacha torpemente [...] se siente muy sola. Átomo en medio de una apretada muchedumbre...». Por otro el surrealismo que envuelve determinadas situaciones adquiere tintes naturalistas que ahondan en el miedo y la desesperación «Enfrente está la encargada, con una fría sonrisa en los labios delgados. Se le ven unas encías descarnadas y pálidas». Las metáforas opresivas contribuyen a intensificar los momentos de monótona tensión «El sopor agobia y sobre los párpados pone plomo el calor. Los ventiladores zumban».
Y, para dejar constancia de que no caben sentimentalismos, la narradora rodea de números a las trabajadoras. Números premonitorios, agoreros «la fecha del día, un negro 13». Números amenazadores «y callandito. Ya hay veinte en la puerta». Números controladores «—Oye Matilde: ¿tú no has visto el regalo? —...treinta, treinta y una —cuidado, está mirando—, treinta y dos, treinta y tres...». Números opresores «—Catorce pesetas kilo —¿Así que, cuarto de kilo valdrá? —Tres cincuenta» —¿Y los cien gramos? —Una cuarenta».
Pero en toda esta miseria hay algo enternecedor; en las descripciones costumbristas encontramos pinceladas de humor «la señora pide una naranjada, y al niño un pastel de crema. No, a mí, un bocadillo de jamón y un vaso de leche. La madre aprueba [...] pero cuando el camarero se aleja le da al chico un puntapié por debajo de la mesa».
Y encontramos ironías denunciantes «intervino la fuerza pública, disparando “al aire” y ocasionando dos bajas entre los obreros».
La pena es que tanto el humor como la ironía certifican más la miseria de un pueblo que, de forma preocupante, se sitúa más cercano a la actualidad de lo que deseáramos.
¡Chapeau! por esta sinsombrero.

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Vero_Torres96
 07 mayo 2021
¡Holi, amiguis! Hoy os traigo una mezcla entre reseña e historia personal sobre "Tea rooms. Mujeres obreras" de Luisa Carnés.
🌟Argumento🌟
Corren los años 30 en Madrid y las trabajadoras de un distinguido salón de té cercano a la Puerta del Sol ajustan sus uniformes para comenzar una nueva y fatigosa jornada laboral. Antonia es la más veterana de todas. A la pequeña Marta la miseria la ha vuelto decidida y osada. Paca, treintañera y beata, pasa sus horas de ocio en un convento, y Laurita, la ahijada del dueño, se tiene por una "chica moderna". El jornal de tres pesetas no les da para vivir a ninguna, pero todas callan, no vaya a ser... Están acostumbradas a callar: frente al jefe, frente al marido, frente al padre. Solo Matilde (alter ego de la autora) tiene ese espíritu revoltoso que tanto reclama la narradora.
Este libro lo leí en una asignatura del Máster de literatura española que hice en la Complutense y, con la profesora, tratamos los siguientes temas: la emancipación de la mujer, la lucha de clases y la moralidad católica de la época. Pero, lo más curioso, es que Luisa Carnés vivía en el mismo barrio donde yo me estuve alojando todo ese año en el que estudié en Madrid. Yo vivía en un piso de la calle Ríos Rosas y en Santa Engracia 103 (una de las calles que da a parar a la mía) es donde estaba la barbería en la que el padre de Luisa trabajaba. Por esa misma calle subía y bajaba yo todos los días al ir y venir de la universidad. Y, después de leer esta novela, siempre buscaba el número 103 e intentaba imaginar cómo sería en la época de Luisa Carnés y todo lo que ha cambiado Madrid desde entonces y lo que ha cambiado (por suerte, aunque todavía falta mucho) la situación de las mujeres.
Es una novela necesaria, tanto por el hecho de que supone la recuperación de una figura como la de Luisa Carnés y, también, para hacer un examen de conciencia (o autoconciencia, incluso) con los temas en torno a la lucha de clases y al género.
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herbookss
 17 febrero 2021
Madrid, años 30. A través del día a día y la rutina en un prestigioso salón de té, un lugar donde se hacen dolorosamente evidentes las diferencias entre clases sociales, la autora nos muestra a un grupo de mujeres obreras que representan a muchas de esas época. Mujeres que trabajan desde niñas, en un puesto precario por un mísero sueldo que apenas da para nada pero del que no pueden prescindir porque, en muchos casos, es el único ingreso que entra en casa. Jornadas interminables de diez horas o más, sin parar, accediendo a todo lo que les pidan y sin poder siquiera protestar o exigir alguna mejora porque la consecuencia es quedarse sin trabajo automáticamente y entonces qué comes.
Pero no solo nos muestra la vida de estas mujeres, sus pensamientos, sus ideas, las costumbres y obligaciones estúpidas que las atan y doblegan, que apenas les dejan respirar y que las empujan a tomar decisiones desesperadas. También es un perfecto retrato costumbrista de la época. Todo se ve desde el mostrador. Aún no ha estallado la guerra pero se nota el ambiente agitado, huelgas, manifestaciones... A través de los clientes que van entrando al salón vemos las diferentes realidades que conviven en ese convulso momento.
Esto no es una ficción. Si bien está escrito de forma novelada la autora sabía bien de lo que hablaba, puesto que ella misma lo vivió. al terminar su jornada escribía sobre lo que experimentaban ella y sus compañeras, además de una forma totalmente autodidacta e independiente, abriéndose camino poco a poco en el mundo de la literatura. Y así, a buen ritmo, sin forzar pero sin apenas dar tregua, Luisa va evidenciando, denunciando, dando a conocer una injusticia tras otra. Su historia tiene un objetivo, sabe perfectamente lo que quiere transmitir y lo consigue, vaya si lo consigue.
Podría estar hablando de este libro y de Luisa durante horas pero creo que con este os hacéis una idea. Leedlo, vale la pena. Que no os asuste el tema, os vais a indignar, sí, pero la narración es muy amena, con ritmo, cada situación y tema que presenta fluye de una forma natural, nada queda forzado y además seguro que os hace reflexionar. Creo que leerlo es una pequeña forma de hacer justicia
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Palabradelectora
 10 mayo 2021
"Tea rooms" cuenta la historia de un grupo de trabajandoras de un salón de té en el Madrid de los años 30, una época convulsa tanto política como socialmente. A través de un lenguaje sencillo y directo Luisa Carnés hace una profunda crítica a la situación laboral y social de las mujeres. Nos habla de trabajadoras explotadas a causa de la precariedad, mujeres que son conscientes de ello pero callan porque por un lado están acostumbradas a perder, a que se las ignore y por otro porque tienen miedo a las replesalias, al despido y a la miseria que les espera tras las puertas de ese salón.
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Pero también habla de mujeres que por su condición de tales tenían que hacer frente al acoso sexual de sus jefes, a que se las privara de su derecho a la educación, a un matrimonio deseado o no y a la clandestinidad del aborto.
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Luisa Carnés tiene la maestría de en muy pocas páginas hacer una crónica completa de la España de la Segunda República. Y es que "Tea rooms" más que una novela es un documento históriográfico.
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Es alucinante que Luisa Carnés no cuente con el reconocimiento que se merece y su obra no sólo no se estudie sino que ni siquiera se mencione.
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pilarurgel
 19 febrero 2021
las únicas que podrían emanciparse por la cultura son las hijas de los grandes propietarios [...] precisamente las únicas mujeres a quienes no les preocupa en absoluto la emancipación, porque nunca conocieron los zapatos torcidos ni el hambre, que engendra rebeldes[...] Luisa Carnés puso voz clara, sencilla, rotunda y sincera a la mujer obrera de los años 30. Mujeres que vivían en la miseria y que debían trabajar en unas jornadas laborales largas, sin mejoras ni ayudas, por un miserable sueldo que, apenas, les llegaba para subsistir pero, que necesitaban para seguir "tirando" de sus miserias.
Matilde, la joven protagonista de esta novela, se da cuenta de que hay que luchar, protestar, resistirse a bajar la cabeza, gritar, porque sus derechos no lo son, por ser mujer en un estatus social bajo. Unas mujeres, trabajadoras en una pastelería y salón de té, que saben que para su patrón no valen nada, que les pueden despedir en cualquier momento y verse, de nuevo, luchando por un nuevo empleo, igual de miserable que el anterior.
Y sin titubeos, Luisa Carnés nos relata lo que pasó en aquella época que le tocó vivir, dónde luchó por subsistir desde los 11 años, dejando la escuela para ayudar a su familia. Autodidacta y ávida lectora, primero de folletines, después de grandes escritores, se refugió en la escritura, logrando publicar en 1928 su primera obra. Silenciada durante años, al igual que otros mujeres artistas conocidas como las sinsombrero, invisibilizada a pesar de su gran talento narrativo.
Tea Rooms. Mujeres obreras, en una preciosa edición de @hojadelata_editorial, es un libro imprescindible y muy recomendable.
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Citas y frases (3) Añadir cita
ciaovalentinaciaovalentina07 febrero 2020
Sus rebeliones, si alguna vez las siente, no pasan de momentáneos acaloramientos sin consecuencia.
A veces, siente que su vida es demasiado monótona y dura; pero su mente contiene suficientes aforismos tradicionales, encargados de convencerla de su error y de la inmutabilidad de la sociedad hasta el fin de los siglos
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sandeysandey26 octubre 2018
Aquí no son ustedes mujeres, aquí no son ustedes más que dependientas
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sandeysandey26 octubre 2018
Es que siempre se ha visto que el que habla es el que pierde
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