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ISBN : 8447540324
Editorial: EDICIONS UNIVERSITAT DE BARCELONA (06/03/2016)

Calificación promedio : 3.5/5 (sobre 1 calificaciones)
Resumen:
A trenta anys, Ricard Salvat ja s’havia convertit en un direc­tor d’escena de referència en el teatre català i espanyol. Entre 1969 i 1972 els seus interessos professionals es diversificaren i avançaren en paral·lel. En primer lloc, es consagrà al teatre com a professor, director d’escena i director artístic. En segon lloc, es dedicà a la docència universitària impartint assignatures de literatura catalana, arts escèniques i teoria de l’art. Finalment, incrementà la... >Voir plus
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Críticas, Reseñas y Opiniones (1) Añadir una crítica
Ferrer
 10 junio 2019
A partir de las Confesiones de Rousseau, los escritores europeos toman conciencia colectiva de la existencia de esta modalidad escritural, que nunca ha sido preferente entre nuestros escritores. En este segundo volumen de sus diarios, que comprende del 5 de enero de 1969 al 17 de diciembre de 1972, el director teatral Ricard Salvat (1934-2009) emplea dicha modalidad para revelar su experiencia interior mediante una introspección evocativa de su inmediato pasado desde el espacio del lenguaje, plasmando la exploración de una realidad por medio de la narratividad de lo cotidiano, en lo que es una práctica exenta de expectativas públicas, puesto que, solo poco antes de fallecer, el director catalán intentó la publicación de estos diarios sin suerte. Por medio de la sucesión de acontecimientos de acciones mínimas, que en ocasiones llega a despistar al lector no salvatiano, el director teatral traslada a las páginas de su diario la amarga inquietud por la salud de su hija y la decepción tanto por la asfixiante situación política española, como por el mediocre nivel del teatro en España, inquietud solo atenuada por el visionado de algunas películas meritorias y por sus clases como profesor no numerario en la universidad barcelonesa.
Esta segunda entrega se enmarca en el final de su etapa portuguesa (expulsión del país incluida) y su labor al frente del Teatro Nacional de Barcelona (TNB) durante dos temporadas (1970-1972), por lo que nos hallamos ante el espectáculo de la vida durante la larga noche del franquismo, la búsqueda de una renovación de la escena teatral, una aventura escénica que nos da a conocer las circunstancias vitales del director catalán. Salvat, pilar teórico de muchas generaciones y puente con el teatro europeo, trabajó y estudió en la República Federal de Alemania en diferentes etapas entre 1956 y 1962, estancias que le inspiraron su novela Animals destructors de lleis, Premi Joanot Martorell 1959 (le ganó a Mercé Rodoreda) y editada en México en 1961 (en España en 2009), y que le sirvieron para introducir a Brecht en España. En Alemania, Salvat descubrió el mundo, la democracia, el Berliner Ensemble, la compañía de Brecht y sus ensayos abiertos al público y los introdujo en la Escuela de Arte Dramático Adrià Gual con la función social del teatro como bandera. Posteriormente fue director de los festivales de teatro de Tortosa y Sitges, pero eso es harina de otro diario.
En este volumen, Salvat no solo interpreta el mundo que le rodea enfrentándose a él, no solo penetra por las grietas de la realidad y se introduce en la intimidad de los advenimientos, sino que comenta numerosos libros y filmes. En estos comentarios a vuela pluma valora brevemente el estilo y el tono de las creaciones artísticas y no le tiembla el pulso para criticar sin acritud a Buñuel y su La vía láctea, a la belga Agnès Varda y su Las criaturas y a Godard y sus La gaya ciencia (“exasperante hasta extremos increíbles”) y La Chinoise (“indignante, pretenciosa”), así como para calificar de vulgar a Marnie, la ladrona. Igualmente expone reparos a su maestro Espriu (“vive fuera de la realidad”), a la tradición que representa Ignasi Iglésias y a sus coetáneos Vidal Alcover, Jaume Melendres y Alexandre Ballester y repudia la mezquindad de Loperena. Como hombre de izquierdas, tampoco ahorra rechazos a las habituales corruptelas franquistas ni a la acartonada burguesía catalana, producto de una sociedad mediocre, que cercenaba cualquier proyecto cultural de trascendencia, hasta el punto de escribir “he pensado que quizá sí que no tiene sentido seguir luchando en un ambiente de tanta mediocridad y de tan exacerbado canibalismo”. Salvat tiene la sensación de estar siempre empezando por culpa de estas dificultades y se enfrenta a un 1973 repleto de incógnitas profesionales, que leeremos en una próxima entrega. Pero no todo es negativo, Salvat ensalza Raquel, Raquel de Paul Newman, La tierra tiembla de Visconti, Los 400 golpes de Truffaut, El rito de Bergman, El ángel exterminador y Simón del desierto (“muy inteligente y desconcertante”) de Buñuel, Mamma Roma de Pasolini y las películas de Bertolucci Antes de la revolución y La estrategia de la araña, muestra interés por la prosa de Ignacio Aldecoa y alaba el libro de Roman Gubern McCarthy contra Hollywood: la caza de brujas. El director catalán descubre al actor Eusebio Poncela, un “chico francamente fuera de serie”, en la pieza teatral Un sabor a miel, dice que el filme Francisco, juglar de Dios de Rossellini “se adelanta a su época”, que El pequeño salvaje de Truffaut es “extraordinariamente generoso y enriquecedor” y que Scarface de Howard Hawks es una “verdadera obra maestra”. No obstante, de Olvida los tambores de Ana Diosdado con el “gran actor” Emilio Gutiérrez Caba encabezando el reparto, asevera que es “un producto burgués y retrógrado muy bien hecho. Es el exponente del New Deal de la sociedad burguesa madrileña”, mientras que de Llegada de los dioses de Buero Vallejo sostiene que “es la peor obra que él ha escrito últimamente”. También lamenta la Lisístrata de José Luis Gómez, de una “vulgaridad aplastante”, la actuación de Nuria Espert en la Yerma de Víctor García y la de Guillermo Marín en Hedda Glaber, con unos “refinados y precisos” decorados de Andrea D'Odorico.
Estos son los años en los que redacta su tesis doctoral sobre Zola, “lo que impresiona de Zola es su poderosa inteligencia y su honestidad” dice Salvat. El director catalán explica de manera esclarecedora la polémica del Festival de San Sebastián de 1970, año en el que fue jurado del premio Arniches. Respecto al certamen alicantino, Salvat destaca la intuición de José Monleón y que el galardón sirva de termómetro para medir el nivel de los autores jóvenes, lamenta que Martínez Mediero no fuera ni finalista y, de manera involuntaria, desmonta la argucia de un dramaturgo que, al presentarse siempre con el mismo pseudónimo a los premios, presiona a los jurados de manera sibilina; en la edición del Arniches de 1972, siente las infructuosas maniobras de Monleón para premiar a Luis Matilla, quien finalmente no obtuvo el premio.
Para escribir en su diario, que registra tanto entradas dos días seguidos como vacíos de dos meses y que adolece de una contextualización histórico-literaria, Salvat conjuga las ganas de hacerlo con el que quiera manifestar algo interesante o denunciable. Ejemplo de esto último es el mercadeo entre Marsillach y Pérez Puig tras la prohibición del Tartufo o la pitada que le dio Mario Gas durante una función de su Ronda de mort a Sinera. Salvat es exigente con lo que le rodea, con lo que invierte su tiempo y con sus propios espectáculos, de los que menciona virtudes y defectos a corazón abierto, reconociendo sin tapujos el fracaso de su montaje de El caballero de Olmedo y el éxito de Galatea, debido a su “rigurosidad y seriedad”. Estamos ante una escritura discontinua e intermitente sin pretensiones literarias y desnuda de todo efectismo, que duele y perdura como un eco helado y persistente, 464 páginas de un retrato de época, de un retrato de Salvat que expone las cenizas del ayer y las heridas del mañana.
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