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ISBN : 8415313055
Editorial: Txalaparta (06/02/2012)

Calificación promedio : 5/5 (sobre 1 calificaciones)
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MacabeaMacabea03 julio 2020
La idea de hacerse rico no había pasado por la cabeza de Zé Bonitinho. Aquello que lo ofrecía Tomás de Andrade parecía una bendición del cielo. El Señor se había acordado de él, después de tantos sufrimientos.
Cómo no, sí señor, él se iba con Tomás al fin del mundo, y allí mismo estampó las huellas de sus dedos sobre el papel que le extendió Tomás. Porque todo tenía que ser formal. El patrón de Tomás era un señor muy serio y contrataba por escrito, de acuerdo con la ley, como Dios manda.

Zé Bonitinho no se hizo rico. Conoció otros sufrimientos: la soledad de la selva, las fiebres palúdicas y una suma de terrores que lo acompañaron durante los cinco años de su estancia en el siringal. Era el terror al tigre, la pesadilla de volver a encontrárselo de sopetón al doblar un recodo del sendero; agazapado ya para coger impulso, relamiéndose las quijadas con su lengua larguísima. Era el terror a la noche poblada de gritos, a la serpiente, a los capataces. Y Tomás era el peor de todos.

Durante cinco años, Zé tuvo que levantarse antes del amanecer y recorrer los tortuosos senderos del caucho, para vaciar los recipientes que recogen el látex de las heveas. En cinco años tuvo que caminar miles de kilómetros temiendo, a cada vuelta del sendero, el asalto del tigre. Y cuando la fiebre lo atacaba, ninguna comida le paraba en el estómago. Pero aun enfermo, tiritando, delirante, a diario tenía que recoger el látex y defumarlo en el bohío solitario. Y luego, al mediodía, volver con el cubo en una mano y la escopeta en la otra, a recoger la senda sobre la cual se hallaban disperos, a veces a centenares de metros, los ciento cuarenta árboles que él debía explotar desde su puesto. Y pasaba semanas sin oír voz humana. Nubes de mosquitos le impedían de dormir.

Y cuando al cabo de semanas de trabajo llevaba sus bolas de látex al almacén, resultaba que aún debía las herramientas, que aún debía comida y parte de la escopeta y lo único que sacaba eran humillaciones y amenazas.

Así transcurrieron cuatro años. Su deuda aumentaba. Una noche de luna se vio el rostro del remanso del río; se había llenado de canas. Se miró varias veces. Sí, eran canas.

Zé decidió huir. Y en la huída lo cogieron y lo azotaron. El propio Tomás fue uno de ellos.
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