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Crítica de MarioG17


MarioG17
11 febrero 2020
Marianela, de Benito Pérez Galdós, es un libro que debe leer todo español que se considere “muy lector”. Publicada en 1878, esta novela está infravalorada. La conocí de casualidad y apenas sé de gente que la haya leído. Sí es verdad que es de las obras más importantes de Galdós, pero Fortunata y Jacinta y Doña Perfecta son más importantes que esta, que muchas veces se ve reducida a segundo o tercer plano.
Esta novela, al principio, se me presentó pesada, al estilo de Niebla, de Miguel de Unamuno. Sin embargo, terminó sorprendiéndome conforme pasaban las hojas. La novela está protagonizada por María, alias María Nela, porque era hija de María Canela. Esta Marianela vive en un pueblo del norte de España y está enamorada de un muchacho joven del pueblo llamado Pablo, que es ciego. Pablo sabe manejarse muy bien por el pueblo pese a su ceguera, y muchas veces va acompañado de Nela (abreviatura de Marianela). Así pasan los días, en una amistad que roza el amor. El problema llega cuando al lector se le hace conocedor de la fealdad de Nela, que al parecer es una joven nada agraciada, de pequeña estatura, de boca ínfima y otras tantas características más que, junto a un pasado trágico (es huérfana y vive acogida en una casa donde es tratada peor que los perros y donde duerme en peor lugar que donde duerme el ganado), marcan la personalidad débil y frágil de la muchacha.
Junto a ella duerme el hijo pequeño de dicha familia, Celipe, al cual su familia explota trabajando en las minas con tan solo doce años y al que niegan la educación. Un párrafo que ilustra su situación: «Si los mayores asistieron a ella [a la escuela], el más pequeño viose libre de maestros, y engolfado vivía durante doce horas diarias en el embrutecedor trabajo de las minas, con lo cual toda la familia navegaba ancha y holgadamente por el inmenso piélago de la estupidez».
Un día llega al pueblo un médico que se ofrece a operar a Pablo para que recupere la vista. Todos se alegran, incluso Nela, pero ella menos, pues, al tenerse considerada por fea, teme que Pablo, que es el único que la quiere y que la ha sabido apreciar, al recuperar las vista se desenamore de ella. Nela comienza a pasar los días cavilando su tristeza junto al recuerdo de su madre rondándole la cabeza, llega a pensar en el suicidio y llega a intentarlo, la gente del pueblo sigue menospreciándola, la tacha de retrasada con escasas excepciones, como el hombre que va a operar a Pablo, aunque a veces la condescendencia de este hacia Nela me parece más tóxica que la crítica del pueblo hacia la desdichada Marianela.
Al final, operan a Pablo con éxito de su ceguera, y el futuro tanto de él como de Marianela se irá desarrollando con rapidez hasta un final sobrecogedor. Puede parecer una historia sencilla, y de hecho se parece a las típicas novelas de la época por cómo está escrita y por lo que cuenta, pero esta es diferente, conmueve más (al menos a mí).
En esta novela encontramos mucho jugo: una crítica a la sociedad de la época; una crítica a los ricos y a los señoritos que aun viendo la pobreza día a día no se dignan a dar una educación, una casa a esos pobres o una familia a los huérfanos; una profunda carga de responsabilidad, y una oda al esfuerzo y a la lucha, como en el caso del anteriormente nombrado Celipe, que con solo doce años y unos cuantos reales decide emprender un viaje solo a Madrid porque desea, atención… ¡aprender a leer y trabajar como médico algún día! Cuando el valiente Celipe decide emprender esta aventura y dejar de ser una piedra, el narrador de la novela nos dice que, atención, con su marcha, “la geología perdió una piedra, y la humanidad ganó un hombre”.
Sí es verdad que los diálogos en general son poco creíbles (a lo mejor en la época eran comunes esas conversaciones endecasílabas y sobreesdrújulas, como dice mi admirado Manu Sánchez), pero esta novela es una bomba de relojería que da para un estudio profundo sobre diversos temas e ideas en ella contempladas. Sin ir más lejos, el suicidio, que aunque sale de pasada, me parece de gran interés en una obra que tiene casi 150 años.
Por esto y por más, recomiendo esta obra. Me esperaba menos de ella, y me ha salido la jugada a mi favor, porque ha terminado gustándome y no me ha producido esa desazón que la mayoría de novela decimonónicas o coetáneas me suelen producir. Por tanto, a por Marianela. Porque el amor, incluso el amor a un libro, está en el interior.
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