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Crítica de Carampangue


Carampangue
15 marzo 2019
Con Nada, Janne Teller pretendió escribir una novela juvenil. Una novela de búsqueda, de grandes preguntas sobre la vida, de autodescubrimiento, dedicada a adolescentes con crisis existenciales. Lo que le terminó saliendo en vez de eso es una novela cruel y morbosa, que terminó siendo prohibida en muchas escuelas por la crudeza de su contenido. (Por cierto, tengo que decir aquí que rechazo totalmente las prohibiciones a libros).

La novela parte con un adolescente que decide salirse de la escuela, argumentando que si nada tiene sentido, no vale la pena hacer nada tampoco. Y, por lo tanto, se va a sentar en una rama de ciruelo, como un Diógenes con acné.

La autora no nos da pistas acerca de la vida del muchacho sobre el árbol: no sabemos qué come -aparte de ciruelas, claro-, ni si los padres se preocupan por él, o si baja a su casa por las noches. Sí nos dice que su escuela intentó olvidarlo rápidamente, y que no se habla nada de él. Lo cual es, por supuesto, inverosímil.

Sin embargo, las sorpresas no se detienen aquí: Peter, el muchacho del ciruelo, se divierte provocando a sus compañeritos, que van a clase como buenos chicos y se comen toda la comida: se burla de ellos, desde su árbol, haciéndoles ver que toda su vida es una mascarada, que no tiene sentido y que todas las cosas que ellos creen sagradas son absurdas y tontas, como una misa en sánscrito.

Y los compañeros de curso, en vez de considerarlo "el raro del árbol" y dedicarse a hacer caso a sus hormonas, como cualquier adolescente haría, pues se quedan preguntándose si acaso Peter no tendrá razón... de pronto, se convierten en todo un curso de filósofos existencialistas, intentando aferrarse al sentido de la vida, allí donde lo encuentren. Y son filósofos sin conceptos, que necesitan tener objetos visibles para pensar en el sentido, porque eso de las ideas no va mucho con ellos al parecer.

De modo que juntan diferentes cosas de valor personal, con la esperanza de mostrarle a Peter "un montón de sentido" (lo de montón es literal, van amontonando cosas). Y es aquí donde la novela empieza a atraernos, porque los niños parten con juguetitos y casettes gastados, pero terminan exigiéndose unos a otros sacrificios verdaderamente crueles. Uno sigue leyendo, por morbo, preguntándose qué van a sacrificar los muchachos ahora...

La verdad, el principal gancho de esta novela es ese, el morbo: es la única razón por la cual adquirió cierta fama. Sí consigue ser chocante, y nos impresiona. Pero ni la prosa de Teller -funcional, pero bastante normalita- ni sus personajes planos y estereotipados (el musulmán, el patriota, el músico, el cristiano, la bella...) ni su filosofía -La infancia de un jefe, de JP Sartre, toca el mismo tema con muchísima más profundidad- valen gran cosa.

Con todo, en Nada sí termina colándose la reflexión, aunque por una rendija que quizá la autora no había imaginado. Porque si algo impresiona, además del morbo, es la facilidad con que un grupo de chicos se ve presionado hacia el pensamiento único, la facilidad con que la presión del grupo los obliga a actuar, a ser víctimas y verdugos, a entregar y a exigir sacrificios en nombre de una idea: de hecho el único que no daña a nadie es Peter, el rarito del árbol.

Quizá sea el momento de decir, como Emil Cioran, que no hay nada más peligroso que un hombre que tiene una creencia. Porque esa fe, por la cual está dispuesto a inmolarse y convertirse en héroe, también puede exigirle que inmole a otros y que se convierta en monstruo. Y muchos estarán dispuestos a ello, cantando himnos como energúmenos y gritando su entusiasmo por destruir.
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