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Crítica de Inquilinas_Netherfield


Inquilinas_Netherfield
25 marzo 2021

¿Quién no conoce Las brujas de Roald Dahl aunque solo sea de oídas? Yo conocí a Dahl ya con cierta edad, así que tantos sus relatos adultos comos sus novelas infantiles (infantiles... ¡quiá!) los he leído ya con la perspectiva que dan los años, y adoro a este autor. de su vertiente adulta os traje hace un tiempo dos relatos (La cata y El librero), y sus libros infantiles he comenzado a releerlos poco a poco. A finales del año pasado me puse con Charlie y la fábrica de chocolate (maravilloso, aunque no os hablé de él por aquí) y ahora os traigo Las brujas, del que sí os hablo porque forma parte del reto brujil de las Hermanas Fatídicas que comparto con Mónica (Serendipia).

Esta historia nos la cuenta un adulto que recuerda cómo fueron sus dos encuentros con brujas antes de los ocho años. Y te lo dice muy claro desde el principio: del primero salió indemne pero del segundo no. Porque en esta historia pasan cosas malas, como en la vida real, que Dahl no era de caramelos dulces. Cuando comienza la historia, este niño, huérfano, vive con su abuela en Noruega, pero se ve obligado por la última voluntad de sus padres en el testamento a trasladarse a Inglaterra y crecer allí. La abuela no está muy por la labor, porque sabe mucho de brujas y si las noruegas son malas, las inglesas son mucho peores, pero no le queda otra. Y allá que se van para Inglaterra, y por circunstancias acaban pasando el verano en el Hotel Magnífico de Bournemouth, y por más circunstancias resulta que justo allí se va a celebrar el Congreso Anual de las brujas con la presencia de la malísima, horripilantísima, malignísima Gran Bruja. ¿Qué es lo que más odian las brujas en el mundo? A los niños. Quieren exterminarlos, erradicarlos de la faz de la tierra, su hedor les resulta insoportable. ¿Qué pasa si un niño se cruza en el camino de centenares de brujas? Pues no os lo voy a contar, pero las cosas buenas y las malas van a la par :)

Las brujas es una novela infantil y/o juvenil que a ratos de infantil y/o juvenil no tiene nada. El libro comienza con un accidente de coche y unos padres muriendo, porque eso puede pasar. Y sigue con una abuela enfermando a riesgo de dejar solo al protagonista en el mundo, porque eso puede pasar. Y entre medias la propia abuela cuenta un montón de historias truculentas sobre niños desaparecidos a manos de brujas o que han escapado a duras penas de sus garras, porque bueno.... eso puede pasar, ¿no?

"Mientras ella estaba allí sentada, fumando su maloliente puro y charlando, yo no dejaba de mirarle la mano a la que le faltaba el pulgar. No podía remediarlo. Me fascinaba y no paraba de preguntarme qué cosas espantosas le habían sucedido aquella vez que se encontró a una bruja. Tenía que haber sido algo verdaderamente espeluznante y aterrador, porque, de lo contrario, me lo habría contado. Puede que le hubieran retorcido el pulgar hasta arrancárselo. O quizá le habían obligado a meter el dedo por el pitorro de una cafetera hirviendo hasta que se le coció. ¿O se lo arrancaron de la mano como se hace con una muela? No podía evitar intentar adivinarlo."

Encantador, ¿verdad? No sé yo cómo le hubiese ido a Dahl en nuestra sociedad de hoy en día, porque le hubiesen censurado la mitad de sus libros. Afortunadamente en su sociedad eso no ocurrió y por eso podemos disfrutar de historias tan fantásticas como esta. Acompañamos al protagonista en sus aventuras, nos mordemos las uñas pensando si conseguirá acabar con esas malvadas brujas que han encontrado la receta para matar a todos los niños del mundo, pero sobre todo Las brujas es un canto a la relación inquebrantable entre este niño y su abuela, y a aceptar y querer a las personas tal y como son, más allá de su apariencia y sus diferencias. Y aun mandando este mensaje tan bonito que todo niño debe aprender desde bien pequeño, Dahl se olvida de moñadas y sensiblerías y deja claro otro mensaje complementario: que sí, que así es como debería ser, pero que en este mundo hay de todo y también te podrás encontrar a gente que no te acepte y no te quiera tal y como eres aunque se suponga que debe hacerlo. Que no todo es color de rosa. Que ojalá sí, pero que no hay que bajar la guardia. Dahl forma parte de ese grupo de autores clásicos (o clásicos modernos) de literatura infantil que jamás subestimó a sus lectores ni los tomó por tontos, y para muestra un botón.

¿Cómo escribe Dahl? Dahl es un escritor que se hubiese llevado de maravilla con los hermanos Grimm de haber coincidido en la misma época, pero al mismo tiempo sus historias rezuman de ese punto tan personal suyo que derrocha encanto y fascinación. Creo que quienes le hayáis leído alguna vez coincidiréis conmigo en que hace de lo difícil algo fácil, y que conforme lo estás leyendo todo suena tan mágico, tan especial, tan oscuro y tan sencillo que no puedes dejar de pensar en lo difícil que es hacer eso y hacerlo bien. Los niños suenan a niños, los adultos a adultos y las brujas a brujas. Y ante tanta realidad en cuanto a la creación de personajes, no queda otra que dejarse llevar por la magia y la hechicería narrativa y cruzar los dedos para que todo salga bien, incluso cuando no sale bien. La relación entre la abuela y el protagonista es tierna, bonita y creíble, y ver a esa abuela que lo da todo por su nieto, y a ese nieto que no tiene miedo a ser independiente sin perder nunca de vista a su abuela, es maravilloso porque Dahl sabe contárselo al lector sin una pizca de azúcar.

¿Lo recomiendo? Por supuestísimo. Es que si no lo habéis leído ya, no sé qué hacéis con vuestra vida. A Dahl hay que leerlo siempre, llueva o haga sol, te guste o no te guste la piña en la pizza, seas o no de los que comen el chocolate con pan. Siempre.

Quería traeros reseña combo con la peli de la maldición de las brujas (1990) pero no va a poder ser, no me da la vida. Quiero hablaros también de Chocolat, de Joanne Harris, que es otra de las propuestas de este mes, pero es que llevo sin poder coger el libro casi dos semanas... lo mismo os lo traigo a principios de abril en lugar de marzo y me salto un poco las reglas del reto, pero las circunstancias mandan y tampoco nos vamos a poner estrictos, ¿no? Así el mes que viene tendréis tres libros de brujas en lugar de dos. El vaso medio lleno. La otra opción es no reseñarlo. Lo que mejor se presente.

Lo dejo aquí, aunque mi conciencia no me permite terminar la reseña sin daros las pistas para reconocer a una bruja, no vaya a ser que os pillen despistados y tengamos un disgusto.

Una bruja de verdad siempre lleva guantes, porque no tiene uñas, sino garras finas y curvas, como las de los gatos.
Una bruja de verdad siempre es calva como un huevo duro.
Una bruja de verdad, por tanto, siempre lleva peluca, por lo que el cuero cabelludo se le irrita y le pica terriblemente (la llamada erupción de la peluca).
Una bruja de verdad tiene los agujeros de la nariz más grandes que una persona normal, y el borde del agujero es rosado y ondulado (son para oleeerteeee meeejorrrrr... así que si eres niño, más vale que no te duches mucho: cuanto peor huelas, más difícil les resulta detectarte).
Una bruja de verdad tiene los ojos extraños y un puntito que cambia y da escalofríos.
Una bruja de verdad no tiene dedos en los pies, que son cuadrados.
Y para terminar, una bruja de verdad tiene la saliva azul.

Yo no digo nada, pero si conocéis a alguien así (y se ocultan muy, muy bien, ¡se disfrazan de tal manera que parecen mujeres normales!), ya podéis avisar a todos los niños de la vecindad para que vigilen sus espaldas, que las brujas no se andan con tonterías. Y si vosotros, adultos en apariencia, también tenéis espíritu infantil y la adultez os la trae al pairo, ¡cuidadín!, que lo mismo eso también lo huelen. Aquí no se libra ni el tato.
Enlace: http://inquilinasnetherfield..
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