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Crítica de Beatriz_Villarino


Beatriz_Villarino
23 septiembre 2018
Creo que la última novela que he leído ha sido llevada a la pantalla; cuando me lo dijeron pensé que probablemente sería una de las pocas obras literarias que funcionase mejor en el cine o en televisión, porque las imágenes de El guardián invisible son espectaculares, con la naturaleza asfixiante y liberadora a la vez del valle del Baztán, salvaje, misteriosa, protectora u opresora pero siempre bella, majestuosa. No he visto la película aunque me han comentado que no ha tenido el éxito esperado y es una pena porque en la novela lo que falla es la narración precisamente. En algunos casos el uso del polisíndeton alarga ceremoniales descritos, de por sí extensos, como el echar las cartas, que consiguen mantener la inquietud en el lector hasta ver cómo o en qué acaba todo «Amaia tocó la baraja […] y a su mente acudieron […] y la pacífica comunión […] y la pregunta se formulaba […] y el ceremonial con que les daba la vuelta […] y el misterio resuelto […] era tan sencillo y tan complicado…»

Sin embargo, en general la narración es bastante simple, con abundancia de repeticiones; aunque la categoría de la palabra no sea la misma, a veces pronombre, a veces conjunción, el sonido reiterado consigue cierta monotonía en la lectura

plagado de terrazas que se asomaban sobre un plazoleta que hacía las veces de parking y en las que resultaban […] pero que la Dirección […] más propio de un hotel playero mexicano que de un establecimiento de montaña. A pesar que hacía horas que había […] coches que se hacinaban […] en los parroquianos que atestaban…

…un oso se haya despertado de la hibernación […] no han hibernado este año […] listas para la hibernación a tiempo.

Además de repeticiones innecesarias la narración cuenta con algún fallo de concordancia, que sería bueno subsanar para posibles entregas posteriores «El aparcamiento del hotel se veía […] se veían varios coches […] las sillas se veían […] y un par de mujeres fregaban el suelo.»

Aun así, y a pesar de alguna que otra incongruencia, de la que ahora hablaremos, Dolores Redondo consigue entretener con El guardián invisible. La novela se lee fácilmente porque la trama es interesante, los asesinos en serie siempre han dado mucho juego a la literatura; lo curioso es que en esta obra hay dos argumentos paralelos, el de los asesinatos y el de la infancia de la protagonista, Amaia Salazar, de la que nos vamos enterando por analepsis, pensamientos o sueños de la inspectora y que consiguen intrigarnos casi más que los casos que lleva entre manos; de hecho da la impresión de que estos no son más que una excusa para que Amaia regrese al pueblo de su infancia, Elizondo, y se enfrente a ella de manera catártica para salir curada —o casi, porque imagino que de un trauma así no se cura nadie nunca—. Y lo más extraordinario de estos dos argumentos es que aunque corren paralelos a lo largo de la novela se juntan al final, consiguiendo que el desenlace tenga un sentido especial. No quiero desvelarlo aunque si los asesinatos y su familia eran los dos temas, algo ha quedado ya exteriorizado.

El argumento principal es de lo más sencillo. En Elizondo, pueblo de Navarra, aparece el cadáver de una adolescente, Ainhoa Elizasu, meses después de que el de otra chica, Carla Huarte, fuese descubierto con los mismos vestigios. Dado que el presunto asesino, novio de Carla, está en la cárcel, la policía piensa que se ha equivocado y está ante un asesino en serie. Amaia Salazar, inspectora de policía, es de ese pueblo, por lo que queda designada para llevar la investigación. Amaia decide ir a casa de su tía Engrasi para poder estar allí más tiempo con los habitantes y solucionarlo lo antes posible. James, el marido de Amaia, un escultor norteamericano, de renombre, decide acompañarla. James y Amaia tienen una fantástica relación de pareja.

…Te conozco, si tienes frío en los pies no puedes dormirte, y eso va fatal para la investigación.
—James…
—Si quieres yo podría acompañarte para calentártelos —dijo alzando una ceja
—¿En serio vendrás conmigo?
—Claro que sí, llevo el trabajo muy adelantado y tengo ganas de ver a tus hermanas y a tu tía

En esta relación, casi idílica, sorprende que Amaia tome decisiones sin consultar con James, por cuestiones morales, como anular la cita para comenzar el tratamiento de fertilidad «Al principio temí tener el mismo problema que Flora, las trompas obstruidas, pero me dijeron que todo está en orden, aparentemente. Me recomendó uno de esos tratamientos de fecundación […] —No hemos ido, sólo pensar en tener que someterme a uno de esos tratamientos me pone enferma […] siento una especie de rechazo ante la idea de concebir un hijo así». También sorprende que sea James quien decida si su mujer, la inspectora jefe del caso, ha de llevar o no el arma reglamentaria, a pesar de tener que enfrentarse a un asesino en serie

—No voy a dejarlo, James, no puedo, y aunque pudiera no lo haría […] James se puso en pie situándose frente a ella
—Está bien, pero sin arma […]
—Vale —admitió—. Sin arma

La narración no es lineal pues mezcla el sueño con la realidad y el pasado con el presente en el sueño. Esto, que ninguna de las tres hermanas pueda concebir, ni la tía Engrasi tampoco, que Amaia no haya querido volver a su pueblo desde que se marchó a estudiar, y que sus hermanas estén marcadas por problemas matrimoniales, consiguen que la vida de la inspectora Salazar esté rodeada por un halo de intriga, por una sensación de oscuridad y muerte unida a la naturaleza circundante; el entorno consigue atrapar a su familia y a los que la rodean.

Al afirmar mediante una negación, la sensación de oscuridad, de muerte, se acentúa

A través de los amplios ventanales de la nueva comisaría el día amenazaba con no llegar a serlo. El nivel de luz, muy bajo, y la fina lluvia que no había dejado de caer desde la noche anterior, contribuían a oscurecer los campos y los árboles…

Sin embargo, el misterio que envuelve a Amaia pierde fuerza al estar narrado en tercera persona. Los sentimientos de la protagonista nos llegan debilitados, en ocasiones, por el narrador omnisciente

Cuando llegó a casa […] Un breve “te quiero” junto al nombre de James la hizo sentir sola y alejada de la realidad en la que la gente salía a comer y hacía excursiones mientras ella interrogaba a asquerosos violadores de sus propias hijas.

Asimismo, si tenemos en cuenta la infancia traumática de la protagonista, causada por la locura de su madre, que vivía exclusivamente para matarla, no se sostiene que tanto el padre que la adoraba, como tía Engrasi, que la crio a partir de los nueve años, después de que su madre llegó a enterrarla viva en harina, dejen que la niña siga viendo a su madre, en vez de recluir a ésta directamente en un psiquiátrico y, con el tiempo, sus hermanas continúen arropándola, como si hubiese sido la niña la culpable de todo.

—No Flora, no fue un accidente, Intentó matarme, sólo paró porque creyó que lo había conseguido, y cuando creyó que estaba muerta me enterró en la artesa de la harina.
Flora se puso en pie golpeando la mesa con la cadera y haciendo tintinear las copas.
—Maldita seas, Amaia. Maldita seas el resto de tu vida

Puede ser por toda esta realidad perversa, amenazadora, por lo que Dolores Redondo opte por llevar el hilo narrativo hacia la fantasía aunque pretenda verosimilitud con notas auténticas, como enunciar las ventajas y desventajas, las confusiones que provocan en las personas las series de televisión sobre policías, o aportar datos reales de arquitectura que llenan de interés la narración «—Pues se equivoca, jefa, el origen de los cruceros es tan antiguo como incierto […] la Iglesia más bien los cristianizó, para absorber una costumbre pagana que veían difícil erradicar».

El vocabulario típico de la zona, salpica las páginas con bastante fortuna «En una borda abandonado», «txikitos», «aita», «ama», «aizkolari», «amatxi»…

La gastronomía del valle es fundamental para el caso

—Es un txantxigorri […] Manteca, harina, huevos, azúcar, levadura y chicharrones fritos para hacer una torta, una receta ancestral.

Compró unos trozos de urrakin egiña, el chocolate tradicional de Elizondo, elaborado de forma artesanal con avellanas enteras.

Igualmente la fauna del lugar revive en la novela «¡Joder! No soporto a las ratas, y luego el cabo me ha dicho que eran un… no sé qué. —Un coipo —aclaró el policía […] son inofensivos, de hecho son herbívoros nadadores, como los castores».

Pero si hablamos de naturaleza opresora, de asesinos psicópatas, de ambiente supersticioso, y de una inspectora marcada por un trauma infantil, es casi lógico pensar que la ayuda para resolver el caso le venga de las leyendas que rodean a la zona ofreciendo, de este modo, un final novelado que se balancea entre la realidad y la ficción

También hay un genio, como los que aparecen en Las mil y una noches, poderoso, caprichoso y terrible, que además es femenino y se llama Mari. Ella vive en las cuevas y en los riscos, siempre en lo alto de los montes.

Un basajaun es una criatura real, un homínido que mide unos dos metros y medio de alto, con anchas espaldas, una larga melena y bastante pelo por todo el cuerpo […] actúa como entidad protectora.

No hay que perder de vista a estos seres que formarán parte de la resolución del caso.

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