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Crítica de Paloma


Paloma
12 abril 2018
Sigue siendo un misterio para mí entender como uno puede amar u odiar un libro. Algunas veces la forma de escribir del autor puede funcionar y otras no; en otras ocasiones, la trama o los personajes atraen al lector y otras no se encuentra atractivo en ninguno de los elementos. A fin de cuentas, la literatura es un arte y el arte es subjetivo, es sobre las emociones y sentimientos. Supongo entonces que la clave para que un libro nos guste o no descansa en el interés y el contexto del lector.

Una de mis mejores amigas me dijo que no le había gustado para nada Matar a un Ruiseñor ya que lo había encontrado lento y aburrido y que nada sucedía. Y, debo decir, que no estaba equivocada -en términos de acciones o giros de trama, es verdad que nada sucede. Pero a mí el libro sí me gustó, lo cual incluso me sorprendió toda vez que hay ocasiones en las que he criticado libros que siento que son una pérdida de tiempo porque no hay nada de acción. Sin embargo, la belleza de este libro se encuentra en los personajes, en su coraje e inocencia, en su actitud en la vida.

Los primeros capítulos son una recuperación de los recuerdos de infancia de Scout Finch, una niña que vive en un estado sureño de EUA. Scout vive con su hermano mayor, Jem y son muy cercanos, habiendo perdido a su madre muy pequeños. Su padre Atticus es un abogado quien los cuida con cariño y es una fuente inagotable de sabiduría y guía. Viven también con Calpurnia, una mujer de color que los ayuda y que no tiene miedo de reprenderlos cuando es necesario -ella es como otro miembro de la familia que es muy querida por los Finch.

Es en este pequeño pueblo que los niños crecen rodeados de vecinos misterios; viejitas enojonas; maestras necias; y compañeros complicados. Cada día está lleno de aventuras, por lo menos aquello que lo constituye para niños de nueve y seis años. Por ejemplo, los Finch pasan varios meses planeando cómo hacer salir a Boo Radley, un hombre que vive recluido con sus padres y de quien los niños piensan es detenido en contra de su voluntad en su casa, imaginando que lo maltratan o que es básicamente un asesino en serie. Pero lo más importante para ambos niños es poder ver a la persona que es un misterio, con sus propios ojos y para ello inventan una serie de tretas con el propósito de lograrlo. Acompañar a los Finch en estas aventuras me permitió revivir la pureza de la niñez, recordando qué fácil era cuando yo era una niña, encontrar diversión en cada árbol, piedra o lugar que estuviera disponible; cómo la imaginación volaba para reconstruir las historias más divertidas sobre otra gente; y la emoción de hacer cosas “prohibidas” (como perseguir perros o tratar de entrar en casas abandonadas). Todo era fácil y emocionante y como niño, no se actuaba de mala fe… simplemente, así es la infancia.

Eventualmente, Scout y Jem enfrentan una situación complicada -su padre Atticus debe defender a un hombre negro acusado de violar a una mujer de color. Ahora bien, la historia se desarrolla en 1930 en el sur de Estados Unidos, época en que el racismo estaba muy vivo y era la norma. En la escuela, en las calles, e incluso por su propia familia, los niños y Atticus son molestados y criticados -a Atticus le llaman un “amante de negros”. Scout se molesta mucho y se pelea con quien quiera que ofenda a su padre. Sin embargo, Atticus siempre le dice que pelear no es la respuesta y su actitud está basada en la justicia e intenta enseñarle eso a sus hijos. En un mundo tan complejo, Atticus cree firmemente que:

"Uno no entiende a los demás hasta que no considera las cosas desde su punto de vista; hasta que no se mete bajo su piel y camina con ella por la vida".

El juicio dura varias semanas y en ese tiempo, Atticus enseña a sus hijos lecciones de vida importantes -no en palabras sino a través de sus actos. Es un año que cambia sus vidas por completo y esto nuevamente, me hizo recordar como mis padres, y mi papá, me enseñaron sobre la vida, sobre la justicia y sobre crecer y ser responsable de mis acciones desde una edad temprana:

"Antes de poder vivir con otras personas tengo que vivir conmigo mismo. La única cosa que no se rige por la regla de la mayoría es la conciencia de uno”.

Debo confesar también que me enamoré un poco de Atticus Finch -y honestamente no recuerdo haberme enamorado antes de algún personaje hasta el día de hoy. Atticus es más que un hombre: es un ser humano integral, quien reconoce la humanidad en otros y respeta a hombres y mujeres por igual. Atticus es el ideal de cómo deberíamos tratarnos los unos a los otros y cuya forma de ser podría garantizarnos una paz muy necesaria.

Regresando a mi comentario inicial, creo que es cierto -lo que se narra en los primeros capítulos de este libro no se relacionan directamente con el giro principal de la trama -el juicio del Sr. Tom Robinson- así que puedo entender porque esto puede no ser del gusto de todos los lectores. Este libro me hace pensar si me hubiera gustado de haberlo leído en otra edad o en otro periodo de mi vida. Quizá no, ¿quién sabe? Los gustos de los lectores son muy variados y diferentes y ésta es la belleza de los libros.

En este caso, la novela de Harper Lee me atrajo en un nivel muy personal -es una historia que me recuerda de tardes calurosas de verano, de juegos infantiles, de mi familia y las cosas locas que hacíamos. Mientras leía, a veces caía en una especie de ensoñación de los recuerdos de mi niñez. Esta historia es, en mi opinión, profundamente humana que me conmovió y renovó la esperanza, en cuanto a que es posible actuar de forma justa y que, sin importar las circunstancias, recuerda que depende de cada individuo actuar en el mejor interés de sus semejantes.
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