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Crítica de Yani


Yani
06 octubre 2018
Uno de esos “nuevos clásicos” que tenía pendientes y que felizmente cubrieron las expectativas que acumulé. No es un libro redondo (por eso le falta una estrella) pero está cerca de serlo. Lo importante es que trata el racismo en los primeros años del siglo XX en los Estados Unidos con un tono formidable, preciso para presentárselo a cualquiera que quiera empezar a leer algo sobre el tema (aunque éste se remonte a muchos años atrás, por supuesto). Creo que gran parte de los laureles se los lleva la narración.

Esta es la historia de Jean Louise “Scout” Finch y su hermano mayor Jem. Ambos viven en un pueblo sureño llamado Maycomb y perdieron a su madre a corta edad, hecho por el cual han sido criados por Atticus, su padre. Crecen jugando como cualquier par de niños, además de establecer relaciones con sus vecinos. Y entre estos, hay una familia (aviso: no me gusta Dill, así que pasaré al personaje olímpicamente por alto) que les llama particularmente la atención por su hermetismo, además de los rumores que cada uno de los habitantes se encarga se esparcir. Los Radley son misteriosos y se convierten en el primer foco de atención de los niños Finch, pero luego la historia tomará otro rumbo.

La narración llevada por Scout me pareció impecable. Su mirada infantil permite que la novela, a pesar de tratar temas que necesitan un tratamiento delicado, contenga bastante luz y varias acotaciones graciosas o inocentes que permiten distenderse en los momentos más tensos. Sin embargo, hay algo que no terminó de convencerme (y aprovecho el párrafo para explicar qué no me gustó): entiendo que Scout sea una niña inteligente y que Atticus la haya instruido, pero muchos diálogos que sostiene la protagonista (y Jem también) se me hicieron artificiales y de a ratos la vuelven insoportable. Puede que sea una impresión solamente mía.

Pero hay cosas que son dignas de admiración, como la presentación que se hace de algo tan indignante como la segregación. No hace falta que se señale con el dedo, es innecesario que Harper Lee diga “miren, es esto” para que el lector se sienta sumergido en el contexto. Las referencias a las dificultades económicas de la época (años '30) y a la discriminación que sufren Tom Robinson y hasta Calpurnia, la empleada de los Finch, están a la vista. Atticus es una voz limpia que les enseña a sus hijos las diferencias entre lo que está bien y lo que está mal y los forma como buenos ciudadanos. Tal vez esto sea notorio en demasía y a veces suene a lecciones de moral, cosa que no me gusta encontrar en los libros (no hablo de la moral en sí, sino del hecho de que le pongan un cartel de neón). Lo concreto es que, así como hay momentos de la novela en que uno se ríe con las ocurrencias de los niños, también están esos que causan tristeza y hasta un poco de miedo. Cuando Scout tiene que relatar lo que no entiende se ven mucho más las miserias de una sociedad parcial. Porque allí Scout no puede encontrar las palabras justas para explicar los hechos y quedan desnudos, sin decoración. Impactan con más dureza.

Matar a un ruiseñor tiene, a mi entender, los condimentos básicos para agradar y para hacer pensar una época en donde algunas cosas no estaban ni medianamente resueltas. Hay otros temas periféricos que me encantaría tratar pero la reseña sería extensa (ahora estoy aprendiendo a reducir a lo esencial, así ningún potencial lector se queda dormido) y tal vez no vengan al caso, pero creo que no me equivoco al decir que es un libro bastante interesante para sacar lecturas. Lo más importante reside en que se disfruta y se guarda automáticamente en el corazón. Lo demás es a elección.
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