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Crítica de Lit


Lit
14 octubre 2019
Nos encontramos en Estados Unidos en un futuro, a juzgar por diversas informaciones que se nos dan, no demasiado lejano. Tras las elecciones presidenciales, la situación del sector femenino estadounidense ha cambiado radicalmente: se les ha prohibido trabajar, obligándolas a quedarse en casa a ocuparse de sus familias, tienen prohibido leer libros y se les ha limitado el habla a 100 palabras diarias, controladas mediante pulseras que sueltan descargas eléctricas al sobrepasar ese límite. Las niñas llevan esas mismas pulseras a partir de los 3 meses y sus clases en el colegio se limitan a las tareas hogareñas y a saber contar.

Nuestra protagonista principal es Jean, experta en neurolingüística, quien lleva un año prácticamente encerrada en casa al cuidado de su marido y sus cuatro hijos, hasta que el hermano del presidente sufre un accidente dejándole afectada el área de Wernicke, en la que Jean es experta, y será entonces cuando se le “ofrecerá” retomar el proyecto que le obligaron a abandonar un año atrás.

El punto fuerte de este libro es la ambientación. Resulta escalofriante lo real que se siente todo lo que se nos cuenta, sobre todo porque también sabremos cómo se llegó a ese punto a través de flashbacks de la vida de la propia Jean. Se nos habla de las manifestaciones feministas, de cómo poco a poco la presencia de mujeres en el gobierno ha ido decayendo. Mientras gran parte de la población estadounidense no hacía caso o no le daba demasiada importancia, otro pequeño sector se fue fortaleciendo hasta alcanzar finalmente el poder: el Movimiento Puro.

Jean nos desvela que el presidente realmente no es el centro del problema si no que, para cuando él alcanzó el poder, todo estaba decidido a través de otra persona: el reverendo Carl Corbin, quién consigue, poco a poco y con tesón, que el conocido Cinturón Bíblico (los estados sureños donde gobierna la religión) consiga expandirse de cinturón a corsé y de corsé a traje completo, quitándole la voz a las mujeres, el derecho a decidir sobre sus cuerpos y persiguiendo a todo aquel a quién consideren impuro.

Voz no es un libro fácil de leer. Probablemente necesitaréis parar en algún momento u otro por las crueldades y brutalidades que se llevan a cabo, por las decisiones que toman algunas personas tras estas prácticas o por el simple rechazo que provocan las afirmaciones del Movimiento Puro. Hay escenas terriblemente duras y gráficas, las ganas de adentrarte en el libro y matar a ciertos personajes de manera lenta y, sobre todo, dolorosa, son realmente intensas. Voz es una lectura que asociareis toda la vida a la palabra impotencia. Eso es lo que sentimos al empezar y esa misma impotencia extenderá los tentáculos para aferrarse bien a nosotros y nos irá estrangulando progresivamente a medida que avancemos en el libro, alcanzando puntos álgidos en cada aparición del reverendo Corbin o de alguno de sus seguidores.

Ya cuando la conocemos, Jean tiene varios frentes abiertos en su propio hogar: no solo tiene que lidiar con su nueva situación si no que la preocupación por dos de sus hijos la carcome poco a poco. Sonia tiene tan solo seis años y ya hace un año que lleva la pulsera. Dalcher consigue transmitirnos perfectamente la preocupación de Jean, no solo como madre sino también como experta neurolingüística, en las carencias de aprendizaje de su hija pequeña, la desesperación al darse cuenta de que en el colegio están empezando a premiar a las niñas que menos hablan y que el contador de su hija ha permanecido todo el día a 0.

Otra fuente de preocupación es Steven, el mayor de sus cuatro hijos (la autora podría haber prescindido de los gemelos pues no tienen ningún tipo de importancia en la historia), pues Jean es testigo casi silencioso del lavado de cerebro al que se somete a su propio hijo. Las máximas del movimiento Puro son claras: la mujer está al servicio del hombre, no tiene derecho a opinar ni a decidir, su palabra no sirve para nada y cualquier comportamiento que se desmarque de las leyes del señor es castigado duramente y sin piedad.

La impotencia de Jean al ver a Steven predicando estas mismas leyes traspasa las páginas y te revuelve el estómago darte cuenta de que la protagonista siente miedo de su propio hijo.

Quizá fue así como ocurrió en Alemania con los nazis, en Bosnia con los serbios, en Ruanda con los hutus. A menudo me he preguntado eso, cómo es posible que los niños se convirtieran en monstruos, cómo aprendieron que matar estaba bien y que la opresión era justa, cómo en una sola generación el mundo pudo cambiar el giro sobre su eje hasta convertirse en un lugar irreconocible.

Vayamos ahora con los puntos que no han terminado de convencerme.

Aunque sé de qué trata El cuento de la criada a grandes rasgos, no lo he leído así que no tengo claro si en ese libro ocurre lo mismo que aquí o si, por el contrario, esa distopía es a nivel mundial. Me resulta poco creíble que en cualquier país se atente contra los derechos humanos de manera tan escandalosa y el resto del mundo no haga nada. Sí, se nos dice que las relaciones con Europa son tensas, pero ¿de verdad tengo que creerme que el resto del mundo no se ha aliado para detener esto? de verdad quiero creer que no.

Por otro lado, en el momento en el que Jean vuelve al trabajo ocurren dos cosas: enseguida nos damos cuenta de que el accidente del hermano del presidente esconde algo mucho más grande y, a la vez, descubrimos que Jean es todo aquello que persigue el movimiento Puro. Ni una ni la otra han conseguido convencerme. En relación a la conspiración oculta, la trama me ha parecido demasiado acelerada, demasiado conveniente y no he terminado de creerme que ate cabos y encuentre nuevas pistas tan rápidamente. En cuanto a Jean, es más de lo mismo, todo lo que la rodea me parece demasiado y no terminé de creerme el personaje en sí, pese a todo lo que se juega, hubo muchos momentos en los que sus reacciones no me parecieron congruentes. En su situación yo habría estado cagada de miedo y es exactamente lo que ella nos dice que le ocurre, pero no me ha parecido que sus acciones fueran acordes a ese miedo, si no que en muchos momentos actúa de manera desbocada, como si no le importaran las consecuencias.

Personalmente, el final no me ha gustado y no porque haya sido feliz o triste, sino porque, siguiendo con la estela de la “investigación” previa me ha resultado demasiado acelerado, poco creíble y con ese regusto a salida fácil que cada vez me gusta menos encontrar. Sé que puede parecer que siempre espero muerte y destrucción en según qué tipo de historias y que si no lo encuentro ya me quedo descontenta, pero no es así para nada. Lo que espero de una historia es que sea coherente y que la supervivencia o muerte de los personajes lo sea también.

Si algo he aprendido leyendo a George R.R. Martin no es solo a no encariñarme con ningún personaje, si no a aceptar que hay muertes que son inevitables, que no están ahí porque sí o para salir fácilmente del paso, sino por el bien de la historia, porque esta lo necesita y esa es la sensación que le queda al lector/a. Seguro que alguna vez os ha pasado que, tras el cabreo inicial al perder a un personaje querido, lo habéis pensado algo mejor y os habéis dado cuenta de que esa muerte era totalmente necesaria. Pues lo mismo ocurre con la supervivencia de algunos personajes que se mantienen vivos pese a todo o no sufren ninguna consecuencia. Esto es lo que encuentro más a menudo de lo que me gustaría.
Enlace: http://pajaraslectoras.blogs..
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