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Siglo XXI de España Editores


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Críticas recientes
Ferrer
 10 junio 2019
Hacia un teatro pobre de Jerzy Grotowski
Publicado en 1968 en inglés, este compendio de escritos técnicos y teóricos sobre el teatro, que incluye también textos de Ludwik Flaszen o Eugenio Barba, se ha convertido con el paso de los años en una biblia de las vanguardias teatrales de la pasada centuria. Como investigador, el director teatral polaco, Jerry Grotowski, incorporó un profundo tratamiento físico al psicologismo del método de Stanislavski y fue uno de los más tenaces investigadores de la naturaleza de la actuación y la ciencia de sus procesos mentales, de los turbulentos procesos de la creación actoral. Su libro más conocido, donde recoge lo esencial de su teoría, como el rechazo a la abundancia de elementos escénicos, es el que ahora acaba de reeditar Siglo XXI, traducido por Margo Glantz.

El Teatro Laboratorio centró su producción en los autores románticos polacos y supuso una revolución de la filosofía y la práctica teatral, así como del tratamiento del texto dramático, del espacio, del atrezzo y de la iluminación. El teatro como vehículo de cambio y de conocimiento que busca trascender como arte, el texto “como un bisturí que nos permite abrirnos a nosotros mismos”. Y es que para el lector todo universo imaginado siempre es un universo escénico. El pasado, que parece fijo, no está sin embargo inmóvil sino sujeto al dinamismo de la perspectiva, que es lo que infunde a su siempre inacabada forma el aspecto de imagen en el espejo convexo.

Luego llegaría el llamado teatro de las fuentes, la India… Grotowski no pisó España, pero las compañías Atalaya y Espacio Espiral han desarrollado sus conceptos en la escena española, siendo Barba uno de los divulgadores de su apostolado y el artífice de que los derechos de autor de este ensayo sean para el Grotowski Institute a partir de 2009, año Grotowski por la UNESCO.

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Ferrer
 10 junio 2019
Teatro completo de Juan Benet
Reconocido novelista y creador de Región, excepcional cuentista, dibujante e ingeniero de caminos que jugaba con las palabras, el madrileño Juan Benet (1927-1993) fue un desconocido dramaturgo. Sus piezas teatrales apenas han tenido repercusión, puesto que sus estrenos han sido esporádicos y sus ediciones limitadas. Este teatro completo, que ha ordenado Miguel Carrera y que ha publicado Siglo XXI, nos descubre un Benet jocoso, aquel que escribía para divertirse y divertir a los amigos de la Orden de Caballeros de Don Juan Tenorio durante la noche de Todos los Santos. Que las piezas de circunstancias, carentes de densidades discursivas, “El Burlador de Calanda” y “El salario de noviembre” sean dos parodias del Tenorio ahonda en la admiración y pasión que Benet tenía por la obra de Zorrilla.

Benet fue un escritor de inevitable perennidad, detractor de Borges y deudor de Faulkner, anglófilo y anticastizo, minusvalorado por Trapiello y Umbral, maestro de Javier Marías. Manuel Vicent lo describió como un hombre alto con “el flequillo hasta las cejas y la nariz de pájaro bajo la cual había instalado un bigote de coronel sureño”. Benet sostuvo, a inicios de la década de los ’70, una posición esteticista cuando otros, como Isaac Montero, defendían una narrativa realista crítica.

Este “Teatro completo”, con prólogo de Molina Foix, está conformado por doce obras y un fragmento, siete de ellas inéditas, y precisamente con una de ellas, “Max”, inició su carrera de escritor tras ser publicada en 1953 en Revista Española, publicación que dirigía Antonio Rodríguez Moñino, al que Benet conocía de la tertulia del Nuevo Lion.

Si la pieza teatral “El último homenaje”, escrita en 1959 por Benet junto con el autor sin obra Pepín Bello, es una crítica a la ciega adulación que rodea a un torero y que colapsa su entorno, en “El verbo vuelto carne”, encabezada por la dedicatoria al pintor donostiarra “Probablemente a Jesús Olasagasti”, hay un aliento beckettiano que no logra esquivar una irregular factura de un drama de juventud. En “Anastas o el origen de la constitución”, su obra más difundida, Benet muestra la perpetuación de los gobernantes con una generosa dosis de ironía, en la que subyace el abuso de poder, mientras que en “Agonía confutans” dos personajes dialogan sobre el amor y el dolor para disimular el horror al vacío de su existencia.

Ahora sólo queda que esta edición, proyecto que surgió en 1993, estimule nuevos montajes.

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lector_salteado
 22 enero 2019
Lógica formal, lógica dialéctica de Henri Lefebvre
Henri Lefebvre siempre es interesante de leer. Este libro es una muestra de los titánicos esfuerzos de síntesis que hacía Lefebvre por unir el pensamiento marxista con otros temas que le interesaban. En este caso, intentó unir la lógica formal con la lógica dialéctica. Opino que no lo logró. La mayoría de sus postulados intentan ser anti-idealistas, es decir materialistas dialécticos, pero se asientan sobre creencias igual de arbitrarias que las idealistas. Es tan arbitrario creer que la historia se rige por la dialéctica, como creer lo contrario. Hay una toma de posición por creencia. Por otra parte, no queda claro cómo conciliar el platonismo de la lógica formal con el materialismo de la dialéctica. Resulta llamativo que Lefebvre pensó y escribió este libro entre 1946 y 1947, mucho después del inicio de actividades del colectivo Nicolás Bourbaki en la década de 1930. Es decir, a partir de Bourbaki no hace falta unificar esas dos lógicas. Cada lógica rige en un universo de lenguaje cerrado, que tiene sus propios axiomas y reglas de inferencia. Los teoremas o proposiciones cuya verdad queda demostrada dentro de una axiomática no tienen obligación de ser también teoremas en otras axiomáticas. Creo que la intención es buena, no percibo en este libro un ímpetu totalitario, pero sí percibo una ansiedad que surge de no comprender el alcance de la refundación de la matemática iniciada en 1930 por Bourbaki. Después de leer este libro, que no deja nunca de ser riguroso y muy erudito, sigo pensando que la fractura es inevitable. La lógica formal va para las ciencias formales y naturales. La dialéctica, en cambio, parece compatible con la historia y algunas ciencias sociales. Opino que son lenguajes compatibles, pero por isomorfirsmo. También es llamativo que se haya proyectado este libro como el primero de una colección de ocho sobre materialismo dialéctico, con fuerte énfasis epistemológico en este caso. De los ocho volúmenes planeados, salió sólo uno, éste libro. Su lectura me parece muy recomendable porque el estilo de Lefebvre es muy bueno. Escribe claro, con fuerza y erudición. Se nota, sin embargo, que algunas frases están escritas para lectores polarizados que han dejado de pensar. Es decir, creo que es un buen libro para pensar, a pesar de que el lector imaginado por Lefebvre buscaba corroborar el buen comportamiento ideológico del autor en lugar de buscar una vinculación rigurosa entre la lógica formal y la dialéctica. Creo que conviene leer este libro junto con otro del mismo autor titulado Hegel, Marx, Nietzsche. Ambos, un placer para el lector atento.
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