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Crítica de Inquilinas_Netherfield


Inquilinas_Netherfield
23 March 2022
Quien más quien menos ha oído hablar de la Generación Perdida, esa que acuñó Ernest Hemingway como término para referirse a toda la generación que sobrevivió a la Primera Guerra Mundial con la mochila llena de traumas, desilusiones y sueños rotos. Hoy en día es un concepto principalmente literario en el que, aparte del propio Hemingway, se encuadran reputadísimos autores como Francis Scott Fitzgerald, John Steinbeck, William Faulkner, T.S. Eliot, Gertrude Stein... y otros que no son tan conocidos por estos lares pero que en la literatura norteamericana sí tienen su nombre escrito en letras de oro. Un claro ejemplo es Nathanael West, autor de El día de la langosta, inédita hasta ahora en castellano y que, sin embargo, ha aparecido a lo largo del tiempo en varias listas que la incluyen entre las cien mejores novelas escrita en inglés de todos los tiempos.

¿Y qué tenemos en el El día de la langosta? Pues a un grupo de personajes de esos que te gustaría tener muy (muy) lejos en la vida real viendo la vida pasar en el Hollywood que no aparece en las películas (ni en las películas sobre las películas) en un momento indeterminado posterior al crack de 1929. Es decir, personajes muy perdidos, baqueteados, grotescos y deleznables durante la Gran Depresión norteamericana sobreviviendo en el mundillo que mejor conocía su autor: el de la trastienda sucia, árida, desesperada y descarnada de la meca del cine. Os lo estoy pintando crudo, ¿no? Es que me da que West no estaba para tonterías cuando escribió esta novela. Estos personajes no fueron creados para gustar, ni para buscar la empatía del lector ni para brillar entre las bambalinas de unas páginas que van directas al corazón de la podredumbre y el fracaso del sueño americano... nop, son unos personajes odiosos que hacen cosas odiosas y se comportan de manera odiosa desde el principio hasta el final. Y quien no es odioso acaba mordiendo el polvo porque no es capaz de soportar la presión. Así son las cosas y así se las hemos contado. Pero dejadme que os hable brevemente de ellos para ponernos en situación.

Tenemos al que podríamos llamar protagonista, Tod Hackett, cuyas idas, venidas e interacciones suelen ser las ventanas por las que accedemos a las distintas escenas que se nos narran. Todd lleva tres meses en Hollywood, es pintor y eso hace en su casa, pintar, aunque se gana el sueldo principalmente trabajando como diseñador de vestuario. El cuadro en el que trabaja en el momento en que transcurre la historia se llama La quema de Los Ángeles (¡póngame una de alegorías, por favor!), y la mujer desnuda que corre en él tiene su alter ego de carne y hueso: Faye Greener, aspirante a actriz que no pasa de extra. Todd está obsesionado con Faye, se dedica a perseguirla durante toda la novela, y como ella pasa de su estampa, le rondan pensamientos de violación constantemente (tal cual). El caso es que Faye tiene otro interés amoroso: el cowboy Earle Shoop, que trabaja muy de vez en cuando en pelis de vaqueros y el resto del tiempo gorronea a quien puede. Este cowboy tiene un colega llamado Miguel, que cuando no está embelesado con sus gallos de pelea embelesa a Faye con sus bailes sensuales. Y luego tenemos a Homer Simpson, un pobre hombre (por llamarlo de alguna manera) enamorado (¡también!) de Faye pero mucho más inofensivo, sensible, dañado y vulnerable... carne de cañón para toda esta panda de buitres. Y Faye está a verlas venir con todos ellos y con lo que se tercie, porque de actriz le sale poco trabajo, pero practica en la vida real cada minuto del día. Y así nos ha quedado una troupe la mar de estupenda paseando por las calles hollywoodienses, esas calles donde, en palabras del propio Todd, deambula esa gente que ha acudido a California a morir, zombis que caminan sin rumbo fijo, que observan como si de una película en tiempo real se tratase a los que sí sobreviven y pelean por cumplir su sueño y que al final, fracasados, no rezuman más que odio.

Inciso antes de continuar... al parecer el Homer Simpson de esta novela fue inspiración del Homer Simpson amarillo con dos pelos en la calva que todos conocemos... imagino que será el Homer muy, muy primerizo de la serie, porque me cuesta asociar al Homer animado más conocido con el Homer de la novela. Pero tampoco soy de las que se han visto treinta y cinco veces cada capítulo de Los Simpson, así que a saber.

Sigo. Nathanael West es el segundo guionista de la época dorada de Hollywood que os traigo en poco tiempo. El otro fue Daniel Fuchs con sus Historias de Hollywood, y aunque ambos tratan temas similares, la forma de abordarlos, de exponerlos y de usarlos para contar sus historias son diametralmente opuestas. Fuchs no solo fue feliz en Los Ángeles, sino que siempre estuvo muy agradecido a un mundo que le permitó vivir con holgura, criar a sus hijos de manera segura y sana y vivir una vida cómoda que de otro modo jamás hubiese estado a su alcance... pero eso no quiere decir que no fuera consciente de lo que le rodeaba. Por eso separó su narrativa en dos vertientes: la de no ficción, en la que hablaba de sus experiencias personales, y la de ficción, en la que se sumergía en ese mundo de egos destruidos, inocencias interrumpidas, expectativas insatisfechas y carreras sin fondo contra el olvido y el desgaste emocional. Esta segunda vertiente es la que Nathanael West aborda en El día de la langosta, pero mientras que a Fuchs se le escapaba la empatía, la indulgencia y una cierta querencia por unos personajes rotos que muchas veces imploraban un abrazo más que un desprecio, West no tiene compasión alguna con sus personajes. No la tiene.

Lo que hace West es coger su entorno, donde él vivía, de lo que dependía para comer, y machacarlo. Cuando nos habla de los propios estudios de Hollywood y nos escenifica como se rueda una película (la que sea) lo hace desde la sátira, la burla y la ridiculización de lo mal que se hacían muchas veces las cosas. Cuando deja a ese Hollywood en el centro y se va alejando de él como si de una espiral se tratase, nos lleva hasta lo más mísero de la ciudad que se creó a su alrededor, nos traslada hasta las colinas que lo rodean, y nos narra episodios de violencia, lujuria, turbiedad, sangre o maltrato animal sin despeinarse, y lo sientes mucho más real que toda la parafernalia del celuloide privilegiado al que todos estos personajes intentan aferrarse cual moscas. Esa langosta del título no se refiere al crustáceo, sino al insecto que aparece varias veces en la Biblia en forma de plaga, y cuando se lee el libro, donde la desolación, la aridez, el agostamiento y la destrucción real y metafórica pululan a sus anchas a lo largo de todas y cada una de sus páginas, se entiende por completo la elección. Porque eso es la novela: desdicha, nostalgia, crueldad, soledad, fracaso y un vagar sin rumbo de miradas perdidas donde todos se aferran a todos como si fueran un salvavidas pinchado.

En definitiva, yo he disfrutado mucho de la lectura de El día de la langosta, tanto por la temática (me encanta leer sobre el lado mísero de los focos rutilantes) como por el estilo, que es crudo, directo y nada complaciente. Y no he hablado del final porque no puedo, pero lo dicho un poco más arriba, entre alegorías anda el juego. Eso sí, ya para recomendar me hago a un lado, que cada cual saque sus conclusiones con lo dicho hasta ahora. Para mí es una lectura imprescindible para entender la realidad de una época donde no hacía siquiera falta rascar para que saliera la mugre... la miseria estaba a la orden del día, se acudía allí donde se pensaba que las cosas irían mejor para encontrarse más de lo mismo solo que viendo a otros brillar desde la barrera. Así que sálvese quien pueda y la ética y la integridad si eso las dejamos para otro día. Muchas de las cosas que se narran en esta novela están basadas en experiencias reales vividas por el propio autor, y esa indigencia moral y material que supura toda la novela es la indigencia moral y material que se respiraba en la Norteamérica de los años 30. Esta historia no se podía contar con personajes de buen corazón, necesitaba de protagonistas que lo dieran todo ante el lector sin hipocresías ni actuaciones de cara a la galería, que te resultaran antipáticos y hasta repulsivos y que no te desilusionasen cuando tomaran decisiones muy cuestionables.

Por cierto, antes de terminar, una curiosidad. Francis Scott Fitzgerald murió el 21 de diciembre de 1940 de un ataque al corazón. Solo un día después, Nathanael West fallecía en la carretera junto a su mujer tras un accidente de tráfico (se saltó un stop). Fitzgerald y West amigos íntimos, y las leyendas hollywoodienses, que tanto gustan del drama y momentos para la posteridad, cuentan que West estaba tan destrozado por la muerte de su amigo que iba medio trastornado al volante de ese coche y que esa fue la causa del despiste que provocó el accidente mortal... que queda muy trágico y tal, pero teniendo en cuenta que al parecer era un conductor espantoso y que daba miedo subirse con él a un coche, digo yo que sería más bien un cúmulo de circunstancias, aunque suene menos melodramático. Pero la leyenda persiste y, en realidad, a saber si es verdad o no... el caso es que se fueron los dos al tiempo, uno siendo ya muy, muy famoso en vida; el otro, siendo más bien desconocido hasta después de su muerte y pasándolo mal económicamente, como tantos otros de su época... como tantos de sus personajes.
Enlace: https://inquilinasnetherfiel..
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