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Crítica de Sandragama


Sandragama
06 septiembre 2021
Muchos creen que la filosofía no sirve para nada y más en estos tiempos en que suponemos saberlo todo, pero que, en cambio, no entendemos nada. Pablo Redondo, acompañándonos en un paseo junto a grandes pensadores —Sócrates, Hannah Arendt, Kant, Montaigne, Hume, Platón, Emilio Lledó, Heidegger, Descartes, Hegel…—, nos demuestra que leyendo a los filósofos encontramos material para explicarnos el mundo, para volver a describirnos y para ordenar la caótica vida cotidiana pasada, presente y futura.

Me han encantado los capítulos dedicados a la historia de la lectura y al libro como herramienta para pensar. Como deja bien claro en sus páginas: “es perentorio saber leer. Leer en el sentido etimológico de escoger lo valioso y enriquecedor y prescindir de lo que no se aprovecha, de lo que distorsiona”.

He subrayado numerosos pasajes (de los que comparto una pequeña muestra en el apartado de citas), que me motivan para profundizar en la lectura de muchos de los pensadores a los que se acerca el autor para hablarnos de algunos de los temas que conforman el mapa de ideas y conceptos que se tratan en el libro: la formación del juicio, la reflexión, las pantallas digitales y el exceso de información como distorsionadores, el vínculo entre el pensamiento y el lenguaje, la capacidad de leer y comprender textos, la lectura lenta y la reflexión pausada y profunda, la estupidez, la crisis de la educación, la necesidad del lenguaje para filosofar…

Toda sociedad que quiera avanzar necesita poesía además de ciencia, puesto que todos somos cuerpo y espíritu, razón y sentimiento, ciencia y poesía… Para mí, la filosofía es una mezcla de las dos en equilibrio y diálogo constante: una poesía del conocimiento o una ciencia poetizada. Como recoge el libro, Montaigne defendía que “la ciencia avanza, hace progresos, pero no tiene capacidad para dar respuesta a los hondos interrogantes existenciales que cualquier humano se hace. Un iletrado puede afrontar la muerte de igual manera o a veces mejor que el médico informado de las enfermedades que le aquejan. La ciencia adolece del mismo defecto que la cultura libresca: acumula conocimientos que orbitan alrededor del núcleo íntimo de la persona sin responder a las necesidades espirituales que esta pueda tener.”

Como aboga este libro: “Quizá sea el momento de volver por una larga temporada, o al menos por unas horas cada día, a la casa de la atención y la concentración”, a nuestra cabaña para pensar.

Ojalá el eclipse del que habla Pablo Redondo en el libro sea solo anular y la filosofía nos siga permitiendo tomar en serio nuestras dudas para interrogarnos, ampliar nuestras miras y abrir nuevos horizontes en los que nuestro pensamiento vuele libre y curioso.
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