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Crítica de Paloma


Paloma
07 septiembre 2019
“¡Qué lejos estamos”, suspiró.
“¿De qué?”
“De nosotros mismos”

No miento al decir que éste es el tercer intento de escribir una reseña de este libro –la última ya iba en casi dos hojas y media, pero, internamente, no dejaba de preguntarme, ‘¿qué estoy diciendo sobre este libro?', o, ‘¿estoy diciendo lo que quiero?'.

Y es que, pensar en cómo escribir sobre del Amor y Otros Demonios me abruma un poco, porque es mi segundo libro favorito de García Márquez (después de Cien Años de Soledad) y me resulta ser objetiva con el libro. La realidad es que, desde la primera vez que lo leí hace más de 16 años, supe desde un inicio que no era un libro de la calidad técnica que los grandes títulos de Gabo. Incluso ahora, en esta relectura, puedo identificar ciertos aspectos que podrían considerarse débiles en la narración y en la trama (por ejemplo, el desarrollo de algunos personajes se siente un tanto abrupto y apresurado). Pero siendo sincera, lo cierto es que esto no me importa mucho o más bien nada.

Sin embargo, quiero aclarar que esto no se debe a una devoción ciega hacia el escritor. Sin duda hay algunos textos de García Márquez que no me han gustado tanto y no tengo temor en decirlo. Pero, en el caso de esta breve novela, lo que siempre ha resonado conmigo durante todos los años es la precisión de la pluma de Gabo para saber contar historias empapadas de soledad, de nostalgia, de la búsqueda constante del amor y de algo parecido a la felicidad. Puede que del Amor y Otros Demonios carezca de la técnica de sus otras obras pero para mí es una historia bien contada y los elementos históricos, culturales y emotivos alimentan el placer de esta lectura y fortalecen mi convicción de que una y otra vez regresaré a la Cartagena del siglo XVIII y a las nostalgias de Sierva María de Todos los Ángeles y Cayetano Delaura.

Me sorprende a mí misma darme cuenta que no había olvidado casi nada de la historia (salvo algunos nombres por aquí y por allá) y que el viaje literario al que lleva la novela continúa conmoviéndome de la misma forma que hace años. Quizá es la gran carga personal y emotiva que la historia tiene lo que la hace una de mis favoritas, o tal vez la construcción histórica que hace al lector sumergirse en los patios de la hacienda abandonada del Marqués de Casalduero con el alboroto de los esclavos; en los atardeceres alucinantes del Caribe; en la biblioteca de Abrenuncio o del propio Cayetano; o en las paredes de las enterradas vivas del Convento de Santa Clara en una Cartagena convulsa de finales del siglo XVIII.

“Un perro cenizo con un lucero en la frente irrumpió en los vericuetos del mercado el primer domingo de diciembre, revolcó mesas de fritangas, desbarató tenderetes de indios y toldos de lotería, y de paso mordió a cuatro personas que se le atravesaron en el camino.”

Así comienza esta historia, cuando Sierva María de Todos los Ángeles, única hija del Segundo Marqués de Casalduero, es mordida por un perro rabioso, una mañana en el mercado. La niña es hija de este marqués, cuya renombre y propiedades han empezado a caer en el olvido consecuencia de la desidia y de un mal matrimonio con Bernarda Cabrera, madre de Sierva María. Ambos padres se han desentendida de la pequeña, quien es criada por los esclavos de la hacienda, y tiene más conocimiento de la cultura y lenguas africanas que del español. Ante ello, la propia niña ve a sus padres como extraños y ellos, a su vez, como un ser fuera de este mundo –incluso con algo de sobrenatural y diabólico.

Este incidente, y las actitudes de una niña que fue criada por otras personas y en otra cultura, dan punto de partida a la exploración de una sociedad ya en decadencia pero todavía bajo el yugo de prejuicios y de los castigos del Santo Oficio y de las crueldades que se cometían en su nombre. Sin embargo, también permiten la exploración del amor –un tema que creo que pocas veces ha sido analizado en los textos de García Márquez – y es lo que me personalmente me resultó atractivo en la novela.

El temor de perder a su hija sensibiliza a un hombre que por desidia ha carecido de pasiones en su vida: el Marqués había sido considerado tonto por su familia y sociedad, pues no había mostrado interés nunca por nada. Después de enterarse de la mordedura del perro y del peligro de la rabia, el Marqués, sufre una sacudida y se da cuenta de lo injusto que él y Bernarda ha sido con la niña. Intentando enmendar su error, la cuida, intenta educarla a la manera de los blancos, con una dedicación que nunca antes había manifestado y de la cual ni él mismo se creía capaz. Este retrato de la relación padre-hija me pareció sumamente conmovedor porque ambos eran seres tan solitarios que su acercamiento se hizo con timidez, y tuvieron muy poco tiempo para conocerse.
Mientras el Marqués le enseñaba a tocar la tiorba, instrumento que él apenas aprendió a tocar bien:

“Ella le preguntó por esos días si era verdad, cómo decían las canciones que el amor lo podía todo. ‘Es verdad', le contestó él, ‘pero harás bien en no creerlo'”.

Y quizá esta frase resume la tragedia de esta familia, porque pronto se verán separados. Los rumores de una aparente fiebre de Sierva María se expanden por la ciudad y pronto el Santo Oficio se ve involucrado. El Marqués había consultado antes a Abrenuncio de Sa Pereria, médico controvertido, probable judío converso y en la mira de la Santa Inquisición, quien le dice que no se preocupara y que su hija estaría bien, porque la otra opción y la más humana si la niña empezaba con síntomas de la rabia, sería matarla a palos. Pero antes que eso suceda, el obispo llama al Marqués y consideran que es probable que la niña esté poseída y sea necesario exorcizarla. Con poco espacio para oponerse, el Marqués acepta que la niña entre a un Convento para su atención y de esta manera, pierde lo único que había significado para él:

“El marqués la vio alejarse, cojeando del pie descalzo, y con la chinela en la mano. Esperó en vano que en un raro instante de piedad se volviera a mirarlo. El último recuerdo que tuvo de ella fue cuando acabó de atravesar la galería del jardín, arrastrando el pie lastimado, y desapareció en el pabellón de las enterradas vivas.”

Así, Sierva María ingresa al convento de las clarisas, en donde la Iglesia intentará salvar su alma que ya consideran como perdida. A su llegada, le atribuyen cosas sobrenaturales y su cabellera larga, sus collares y pulseras y su conocimiento de lenguas africanas generan una leyenda en su alrededor que hace que le teman. de igual forma, la niña tiene conductas extrañas, y una “fuerza sobrenatural” que de forma objetiva, podía ser simplemente miedo: miedo de verse alejada de su casa, de su entorno y de la persona que apenas empezaba a conocer –su padre.

Cayetano Delaura es el hombre asignado al caso, un sacerdote joven cuya única aspiración era convertirse en bibliotecario del Vaticano y que es convencido que el camino más rápido para lograrlo era trabajar arduamente en las colonias. Delaura, nacido en Toledo pero de madre criolla, originaria precisamente de Mompox, considera que su único talento y mayor comprensión era con los libros, y era precisamente entre los títulos prohibidos por el Santo Oficio en los cuales encontraba su mayor pasión. Sin embargo, no pudo evitar también reconocer que aunque creía no tener nada en común con su madre, al llegar a continente, y:

“viendo la selva colosal de Urabá desde el batel que los llevaba al nuevo destino, Delaura reconoció las nostalgias que atormentaban a su madre en los inviernos lúgubres de Toledo. Los crepúsculos alucinantes, los pájaros de pesadilla, las podredumbres exquisitas de los manglares que parecían recuerdos entrañables de un pasado que no vivió.”

A propósito de este pasaje, algo que me encantó de esta novela en particular fueron las descripciones que me generaron sentimientos de nostalgia, justo por un pasado que no viví y personajes que conocí. Creo que los protagonistas e incluso los personajes secundarios padecían de nostalgias y tristezas heredadas que marcaron su destino y la construcción del ambiente y la época también está empapado de ellas.

Así pues, confiado en la disposición de las cosas, Cayetano conoce a Sierva María y se convence pronto que la niña no está poseída y buscará comprender las razones de su actitud. Sin embargo, en este camino, la vida le dará un vuelco por los sentimientos que empieza a desarrollar hacia ella ¿Cómo sucede esto? ¿Es acaso posible? En otro contexto resultaría inverosímil, o quizá lo es, pero narrado por la pluma de García Márquez, resulta creíble.

“Es el demonio padre mío, le dijo Delaura. El más terrible de todos.”

El final de la novela no podrá ser otra cosa más que trágico, pero Gabo recrea este mundo de sensaciones y sentimientos prohibidos, nostálgicos y nos hace vivir y sufrir con sus personajes. Disfruté su homenaje honesto hacia Garcilaso de la Vega a través de Cayetano y de la construcción de un amor sin esperanzas que no obstante, me estremeció y con cuyos personajes sufrí y admiraré por siempre, porque son nostálgicamente entrañables.
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