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Crítica de Camille


Camille
16 marzo 2021
Siniestro delirio amar una sombra.
La sombra no muere.
Y mi amor
sólo abraza a lo que fluye
como lava del infierno:
una logia callada,
fantasmas en dulce erección,
sacerdotes de espuma,
y sobre todo ángeles,
ángeles bellos como cuchillos
que se elevan en la noche
y devastan la esperanza.
(Alejandra Pizarnik)
Toni Hill nos había avisado de que iba a incursionar en algo nuevo. Pero, ni aun informados de ello, no éramos conscientes, o al menos yo no, de lo que iba a significar esa incursión ni a dónde nos iba a dirigir. “El oscuro adiós de Teresa Lanza” es una apuesta tan grande, por los numerosos temas tratados, que en mi opinión alguno de ellos queda cojo, e incluso tuerto.
Entramos en una novela con dos narradores: uno, sorprendente y el otro, omnisciente que nos va a ir conduciendo, en tiempo presente y con un ritmo muy calmado, durante la primera parte de la novela, por las vidas de los diferentes personajes que van a formar parte de esta novela coral. Esta primera parte es lenta, porque son muchos personajes y nos los van a presentar al detalle, vamos a conocer sus vidas públicas pero también lo que ocurre detrás, cuando nadie los ve. Ese narrador se va a encargar de ello, y más tarde, en esa segunda parte, se lo vamos a agradecer. Es una trama algo compleja en la que hay que estar muy atento, ya que hasta casi el final de la novela no van a encajar las piezas.
Con una prosa elegante y con muy pocos diálogos, vamos a adentrarnos en una comunidad de gente bien, vamos a entrar en las casas de cinco familias, donde reina la codicia y la hipocresía en las relaciones sociales. Son los personajes femeninos los que llevan el gran peso de la narrativa. Son ellas las fuertes, las carismáticas, las elegantes, las trabajadoras y las profundas. Ellos, sin ser planos, son menos profundos, son los que se dejan llevar por los instintos: algunos, los bajos clásicos y los otros, muy básicos. La historia empieza con una muerta: Teresa y termina exactamente igual, pero de otra manera. Vamos a hacer un círculo completo durante ese trayecto por el que nos va a llevar la historia, pero con dos años de diferencia.
¿Quién era Teresa? Todos conocemos a alguna Teresa, está en nuestras vidas, o en la de nuestros vecinos, o en la de nuestros padres. Teresa es esa mujer que deja a sus hijos en su país y viene a cuidar de los nuestros, para que podamos, un día, volver a subirnos a unos tacones y retomar ese trabajo interrumpido por una maternidad que nos quita el tiempo, el sueño y la energía. Teresa es esa mujer que, siempre con una sonrisa, nos devuelve esa parte de vida que creíamos perdida. Teresa es esa persona que nos ayuda, pero que no vemos, que es invisible para todo lo demás. Como Jimmy Nelson, ese joven jardinero rescatado de plena guerrilla de un país latinoamericano o Deisy, esa cajera de supermercado con tanto coraje como anchas son sus caderas. Personas que son válidas para trabajar pero pertenecen a un grupo que no tiene voz. Sombras, nada más.
El tema que late con más fuerza durante toda la novela es la idea de suicidio. Ese ya consumado, el de Teresa, es el que más pesa, pero no se diluye en ella. La adopción es otro ingrediente más de la historia. Una adopción especial, de un niño salvado de una vida de penurias, en un orfanato de Colombia, y en la que he encontrado un detalle en el nombre del niño que me ha costado creer y lo he sentido así hasta el final.
Hay más temas, muchos, quizá demasiados: inmigración, infidelidad, traición, corrupción, abuso, violencia, venganza. Y alguno más que no se puede contar. Ese guiño a García Márquez en una de sus más famosas novelas, que venimos intuyendo desde casi el principio y que se hace realidad casi al final. Y ese realismo mágico que nos tiene medio locos toda la novela, y que al final consigue resolverlo aunque yo, durante algún momento, no lo creyera posible. Para mí, no quedan todos los puntos zanjados. Hay uno, al menos, que no lo consigo encajar. Necesitaría una charla con Toni.
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