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Crítica de Paloma


Paloma
11 febrero 2018
Muerte es esperanza larga.

¡Qué aventura ha resultado este libro! Extraordinaria, triste, a veces desesperante... No sé, he tenido sentimientos encontrados a lo largo de los cuatro meses que me tomó terminarlo. ¡Cuatro meses! Y es que no es tarea fácil, con más de 900 hojas que relatan la historia de Hernando Ruiz, Ibn Hamid, morisco, cristiano nuevo y por siempre defensor de la verdadera fe, iniciando en 1560 y tantos y concluyendo ya por ahí de 1612.

Falcones se destaca por reconstruir diversas épocas de España y en esta ocasión, el autor presenta a la comunidad árabe en la península ibérica y sus constantes luchas por lograr la liberación de su pueblo tras las expulsiones, aprehensiones, sometimiento e intentos de evangelización por parte de la Iglesia Católica. En este contexto, seguimos a lo largo de casi 50 años la historia de Hernando, el nazareno, hijo de una morisca y de un sacerdote que la violó y evento que marcó de manera constante su vida: si bien fue educado en la fe musulmana por su madre, esto fue a escondidas, y para guardar las apariencias, se volvió pupilo de uno sacerdote; asimismo, su físico lo separaban del resto de sus comunidad. En pocas palabras, el protagonista siempre sufrió de un estigma -víctima de burlas por su comunidad, y sin ser aceptado por los cristianos a pesar de aprender su enseñanzas. Así pues, la vida de Hernando está, desde el principio, marcada por la tragedia. Su historia incluye el levantamiento de la comunidad morisca en contra de los cristianos; los días de guerra y desfallecimiento; masacres tanto de cristianos como de moriscos; el amor hacia una joven -Fátima-, que también es deseada por su padrastro; huidas, desencuentros, muerte, y esperanza.

Falcones reconstruye de manera extraordinaria este pedazo de historia importantísima de España -la presencia árabe y sus aportaciones, sus luchas y pérdidas pero también sus triunfos: triunfos que se tradujeron en una cultura rica, que luchó siempre por mantenerse. Vamos así de las Alpajurras hasta la Sierra Nevada, luego a Córdoba y Granada, luego a Sevilla, desde donde divisamos desde lejos las costas africanas, conociendo esa España morisca, esplendorosa y que aún sobrevive.

Apenas hoy terminé esta historia y de verdad que he quedado en shock. Debo reconocer que en un momento me pareció un tanto pesado (como señalé, me tomó un par de meses terminarlo) y esto se debió a varias cosas:

1. El sufrimiento interminable de Hernando y aquellos que ama - La vida es dura, ¿no?, pero sí en momentos me llegué a sentir abrumada, y es que todo lo que puede salir mal en la vida el protagonista, sale. Así. No ha pasado la mitad del libro cuando sabemos ya que cualquier felicidad de Hernando será efímera, entonces uno está, literalmente, con el Jesús en la boca, preparándose para el golpe final. Aquí hay personajes malos como la carne de puerco -como Brahmin, su padrastro, los corsarios o el hermano de su segunda esposa, Rafaela; o buenos, buenos -el propio Hernando, Fatima, o el tullido Miguel (personaje entrañable, sea como sea). Esto puede resultar en parte cansado.

2. Las largas descripciones - Sobre este punto, tengo sentimientos encontrados. Una reseña decía que si le hubiera quitado 500 hojas, esta novela hubiera sido extraordinaria. En momentos me sentía igual; sin embargo, creo que comienzo a digerirlo poco a poco -Falcones es riguroso en su descripción, en el contexto histórico, pero esto, a fin de cuentas, aporta a la novela y en ningún momento se siente como paja. Entonces puede que sea sólo quizá el hecho de digerir, porque esta novela no es como los actuales best sellers.

Sin embargo, los puntos a favor de la historia son más y me han impactado, en particular por lo siguiente:

1. La cultura árabe en España - cualquier hispanoparlante sabe -por los libros de texto de la primaria- que el árabe aportó mucho a la formación del español. Sin embargo, poco o muy a la ligera sabemos que Córdoba -en donde Hernando vive gran parte de su vida, y encuentra pérdidas y fortuna- fue el gran centro de los árabes y por muchos siglos, antes de la reconquista española, fue espacio de convivencia entre cristianos, musulmanes y judíos. Hoy en día no nos vendría mal apreciar y comprender más ese modelo, cómo funcionó, etc. También me han entrado unas ganas locas de aprender árabe.

2. La estupenda ambientación de Córdoba, Granada, la Sierra Nevada - Pues me urge tomarme un avión y correr a España. He de reconocer que después de leer la descripción de la mezquita-catedral intuí que es un edificio magnífico, y Pinterest me lo confirmó. Así como Hernando no dejaba de maravillarse del interior de la construcción, la cual no fue destruida en su totalidad, y se refugiaba a rezar a Alá, así me maravillé con las fotografías que vi de ese lugar. Córdoba también me parece que es una ciudad mágica -y me sorprendí también al ver fotos que podrían ser un patio cualquiera en una ciudad del centro de México. A fin de cuentas resulta, de nuevo, la cultura que es un resultado de tantos pueblos y mezclas.

3. Hernando - Vaya, no lo había pensado hasta que lo escribí... pero me fascinó el personaje. No diré que me enamoré de él, pero sí que lo admiré pues, a pesar de tanto infortunio, nunca dudó de su fe, ni de sus creencias. Un hombre leal, trabajador, respetuoso e intuitivo, y noble. A pesar de todo el sufrimiento, tanto de su gente como de los cristianos, Hernando nunca albergó sentimientos negativos hacia nadie (bueno, al infeliz de su padrastro, solamente, pero ¿quién no?) y lo mejor fue que con su educación, su vida, entendió que ambas religiones no tenían que estar peleadas. También entendió de las contradicciones entre ambas y que el odio y la violencia (de ambas partes) sólo generarían más guerra y más desolación. Me pareció entonces un personaje sólido, creíble, el protagonista bien construido.

De las tres novelas históricas que he leído de Falcones -La Catedral del Mar, La Reina Descalza y ésta, La Mano de Fátima, creo que la última me ha marcado más, resultando entrañable, dejándome sumergida aún en la España morisca, en la mezquita de Córdoba, a la sombra de la Alambra en Granada, con algunas notas de la música de Albéniz flotando a lo lejos (porque leí el libro con la música de fondo de este compositor) pero también pensando en cómo, después de tantos siglos, no hemos aprendido a resolver nuestras diferencias (religiosas, culturales) cuándo tenemos más puntos en común de lo que reconocemos.
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