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Crítica de Noni


Noni
24 febrero 2022
Rachel Bespaloff "despertó" a la filosofía de la mano del filósofo ruso Lev Shestov, lo que acompañó con las lecturas de Heidegger, Kierkegaard o Jean Wahl. de origen búlgaro, emigró con su familia a Ginebra y con la llegada del nazismo a Europa emigró definitivamente a los Estados Unidos donde sobrevive dando clases de literatura francesa. de su obra de l'Iliade Hannah Arendt dijo que "constituía una de las obras más interesantes jamás publicadas sobre la materia".
El instante y la libertad es un pequeño ensayo de esta mujer excepcional e injustamente olvidada. Una obra magnífica dentro de lo que ella denominaba "notas" (notas que abarcan todos los temas trascendentales en la vida del ser humano como la muerte, la libertad, la soledad, o la justicia) a través de la obra cumbre de Montaigne, los Ensayos.
Comienza el libro aludiendo a los dos grandes libros del pensamiento occidental que hablan del problema de la libertad: las Confesiones de San Agustín (en la traducción se omite este atributo, y habla en todo momento de Agustín, a secas) y los Ensayos de Montaigne. A continuación, y tras unos breves comentarios sobre la primera, se mete de lleno en la obra del filósofo y humanista francés para quién la libertad individual es el mayor de los logros, así como la transformación de la idea religiosa de lo eterno, a la idea poética de lo imperecedero, convirtiendo en su innovación más fecunda la idea de la conversión de lo divino a lo terrenal.
Los tres poetas de la subjetividad que, a su modo de ver, son San Agustín, Montaigne y Rousseau parten de la individualidad, de ellos mismos, comprometidos con la ruptura cada uno en un momento de la historia: mundo pagano, cristiandad medieval, civilización clásica, lo que les lleva a la conversión: cristianismo, humanismo y socialismo.
Muy diferentes, aparentemente, entre si, una idea es clave en los tres: el conocimiento de uno mismo.
Montaigne, en este aspecto, es el autor del autoconocimiento por excelencia. Separándose del cristianismo pero también del racionalismo, llega a decir "La naturaleza nos ha puesto libres en el mundo". Pero abandonar el cristianismo no es abandonar a Dios, si San Agustín dice "Yo me rechazo para elegirte a ti", el filósofo francés exclama "Yo me elijo a mi mismo para obedecerte", de manera que la mejor forma de obedecer a Dios es la elección de uno mismo en la verdad.
Siempre se le achacó su escepticismo, como diríamos ahora su "equidistancia", sin embargo su originalidad consiste, precisamente, en apoyarse en la contradicción para atacar el error. No toma partido, ¿acaso habría de hacerlo si no está de acuerdo, y tan solo quiere permanecer libre?
Libertad, ese concepto del que tanto se habla ahora y que de tanto usarlo está siendo permanentemente devaluado. "Uno puede equivocarse tanto en la soledad como en la compañía", exclama, mientras repite incansablemente que la cosa más importante del mundo es saber ser dueño de uno mismo. Eso significaba para el la libertad, indudablemente algo muy alejado de lo que se entiende hoy por ser libre.
Siempre acusado de no tomar decisiones, de su escepticismo, como buen liberal buscó un orden que pudiera ser rectificado por una jerarquía justa, y no era partidario de la revolución. ¿Cómo iba a serlo? ¿Acaso la revolución iba a ser justa? Porque a la libertad deberá acompañarla siempre la justicia.
Reivindicó siempre la figura de Sócrates (otro equidistante) por ser el representante genuino de "la sabiduría hasta la muerte". Para San Agustín la muerte es un castigo, para el no, él no es un escéptico, tan solo un hombre que duda.
Bespaloff escribe sobre lo que lee, y está claro que la sabiduría de Montaigne le atrae profundamente. A pesar de sus propias palabras "Montaigne nos enseña a no transformar la vida en un infierno", estas lecturas no impidieron que se quitara la vida el 6 de abril de 1949, dejando escrito en una carta el motivo: "No busquen otra razón para mi suicidio que mi extremo cansancio".
Si alguien quiere saber de verdad lo que significa el concepto libertad, imprescindible leer a Montaigne, y nadie mejor para entenderle que Rachel Bespaloff, una mujer libre hasta sus últimas consecuencias.
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