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Crítica de Yani


Yani
03 septiembre 2018
Esta reseña les parecerá absolutamente contradictoria. Lo es. Cuando trato de justificar las cuatro estrellas que le puse y las comparo con la experiencia de lectura debería haber sido menos: hasta más de la mitad del libro no pude sentir nada. Desesperación, tal vez, por la mezquindad de los personajes. Y por supuesto me llevó a preguntarme qué es lo que pretendía Zola contándome la historia de una empleada eficiente y callada de una tienda cuyos otros empleados atormentan apenas cruza la puerta, solapada por larguísimas descripciones de prendas, telas, decorados y encajes. Zola, que pertenecía a esa rama de realistas que trabajaban el determinismo biológico (no me voy a poner a dar clases: piensen en “si tus padres son pobres, también serás pobre y tus hijos irán por el mismo camino” y ya), no podía prescindir del detalle para mostrar la complejidad de los cambios en París de fin de siglo XIX. Se lo perdona.

Denise es una joven que llega a París desde una humilde provincia junto con dos hermanos menores: Jean y Pepé. Son huérfanos y Denise decide ir a la casa de su tío Baudu, que queda justo frente a una tienda llamada “El Paraíso de las Damas”. La idea es conseguir trabajo para poder costear los gastos y, como era de esperar, consigue un puesto como vendedora en ese gran almacén que deslumbra por fuera, pero que trae serias consecuencias tanto para los competidores, los empleados y los clientes. Su dueño, Octave Mouret, se encarga de anular cualquier atisbo de crecimiento ajeno haciendo que su propia tienda se expanda y aplaste a la rival.

Denise y su miseria son sólo una excusa para contar algo. Creo que Zola la usó más como un medio que como una protagonista y encontró el modo de no resignar espacio para su historia. No descuida ni su carácter ni su desarrollo: Denise será muy inocente y estará llena de paciencia ante clientas (todas las que compran son mujeres) insoportables, pero tiene un escudo contra la sociedad que va a tratar de corromperla a cada segundo. Ahí se trazan las diferencias entre personas educadas en las afueras de la ciudad y personas educadas dentro de ella. Por supuesto, las que pierden la estima de Zola son las de la ciudad, poniendo especial acentuación en las mujeres (¿cuándo no…?). Y le va a dedicar mucho tiempo a la transformación de Denise en una “parisina”. Si logra hacerlo o no, no es algo que vaya a contar.

Los demás personajes (que son muchísimos), como Mouret, Clara Prunaire, la señora Desforges o Bourdoncle representan distintas facetas de la sociedad que Zola quiere asentar en el libro. Los principales evolucionan, pero hay unos cuantos que se mencionan al pasar o funcionan como un "tipo". Está la compradora compulsiva, la empleada de mala vida que critica a las demás, el misógino fiel al jefe, el as del comercio, la amiga incondicional. Son realmente antipáticos, exasperantes y pocos se ganaron mi respeto. Lo importante es que forman grupos que luego convergen en la “máquina”, término con el que se habla de “El Paraíso” en unas cuantas ocasiones.

Hasta pasada la mitad del libro, como ya dije, no hay nada explosivo. Los capítulos siempre terminan de una forma inesperada, casi teatral, para que uno siga el próximo sin dudarlo. El problema es que se estanca apenas empieza y se vuelve tedioso con las descripciones de las prendas y los objetos que se venden en “El Paraíso”. Y no lo hace una vez, sino varias. No resulta divertido, pero es interesante ver que en esa época la conexión entre los lugares ya permitía traer materiales extranjeros o simplemente lejanos con naturalidad, además de hacer entregas de compras que la gente encargaba por carta. Asistimos, entonces, a las ventas frenéticas, a las riñas entre empleados, a sus momentos de descanso, a la contabilidad del dinero. Todo está minuciosamente descripto por Zola y su impulso por hacer que los escenarios y las situaciones luzcan reales. Por suerte, llega un momento en que se abandona la urgencia por describir y empieza a prestarles atención a los personajes para resolver medianamente sus vidas… casi al final de la novela. Se nota que, al no querer dejar cabos sueltos, necesitó resolver muchas cuestiones en los últimos capítulos para darle el desenlace que cada uno de ellos merecía.

A pesar de mis quejas, el libro se deja leer si uno le tiene paciencia. Cuando la historia se centra en seres humanos y no en telas, no hay nada que reprocharle.
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