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Crítica de LEMB


LEMB
11 febrero 2020
No pude resistirme a comprar esta pequeña gran novela cuando fue Kindle Flash; la posibilidad de conocer de cerca esa Alemania de los años anteriores a la Segunda Guerra Mundial resultaba muy atractiva, como prueba de que la educación es la base de todo, siendo muy fácil manipular, moldear, engañar, a los niños, y a los no tan niños.

Concebida como el diario personal de un profesor de 35 años en la Alemania del año 33 (publicada en 1937), el texto es un ejercicio de reflexión y de crítica hacia uno mismo y hacia la cobardía personal, por dejarse llevar por la corriente debido a las circunstancias y a su debilidad de carácter. A través de capítulos muy cortos, presentados a modo casi de actos, y precedidos por un título que lleva la fuerza de lo que contiene, el narrador coloca a sus alumnos casi como anticristos, sin darles tregua (de hecho, no los humaniza ya que no les llama por sus nombres sino por sus iniciales, algo que le coloca a él, y al lector, a una distancia prudencial de cada uno de los personajes que aparecen en la novela), y a él mismo como un ser cobarde, débil y pusilánime. Eso sí, a medida que avancemos en la lectura, seremos testigo de un cambio, quizá queriendo dar a entender al lector que siempre se puede hacer algo, aunque nos parezca muy lejano. Aquí tendríamos un enfrentamiento entre la mentira (lo fácil) y la verdad (lo complicado).

Juventud sin Dios me ha parecido un libro desconcertante; supongo que el idioma, el lenguaje y la época en la que se escribió, afectan a aumentar dicha incertidumbre. Además, el narrador juega con lo que no dice, siendo esa doble lectura de las palabras muy importante porque convierte al lector en una parte muy activa. Hay párrafos que parecen simples pero no lo son, siendo esto la fuerza de esta narración.

Es fácil intuir que el narrador, que es el protagonista, no es un héroe, y tampoco un anti-héroe; simplemente, es el más común de los personajes: a veces sincero, a veces no, a veces cobarde, a veces no, que sin duda va creciendo a medida que avanzamos en la lectura, consiguiendo eclipsar hasta la trama que él mismo protagoniza.

Una de las cosas que quiero destacar es que está escrito en presente, de tal manera que el narrador obvia el tener que analizar lo que cuenta, y al escribirlo así nos lo suelta sin filtro. Se manifiesta todo sin ser analizado; es algo más puro, más inmediato, más sincero y, asimismo, más preocupante.

Está lleno de referencias filosóficas y literarias, las que te obligan a estar muy pendiente para no perder el tono o el significado que el autor quería darle. Es fácil tomar gran parte de lo que te está contando como un simil, como una metáfora de lo que era la sociedad allí, de la manipulación a partir de la educación, que es algo universal, de cómo se inculcan ciertas ideas y cómo se destierran otras, de cómo se desprende la parte humana del ser, convenciéndoles de qué es lo correcto y qué no. No llega a ser desagradable, pero sí asusta.

También hay referencias a la Biblia, sobre todo al Antiguo Testamento. Dios, el carácter de Dios, la ausencia de Dios o casi Dios materializado, está presente en casi todo lo que ve el protagonista.

Me ha desconcertado porque me perdía en lo que me decía, o en lo que quería decirme a veces; porque se hablaba a sí mismo; por ese Dios que está presente y que es tan vengativo, malvado, incluso, oscuro. Además, es increíble leer cómo alguien ha construido esta historia de ficción, con esa base, en el año 33 (quedan seis años para la II Guerra Mundial), con un Hitler presente, con su política, con su militarización de todo; es una novela donde ese caldo de cultivo existente en la sociedad alemana, con su propaganda, su miedo, con la eliminación del carácter del ser, no está influido por lo que pasa después, así que, aun siendo inventado, es tan real que asusta.

Creo que hay desesperación en sus letras, también desubicación, añoranza por algo, con su rápida investigación y su resolución; presenta una situación límite con gente que intenta luchar contra ella y gente que no. Con un dios presente por un protagonista que pasa de no creer a creer, aunque sea en un dios cruel, y para quien la verdad marca su camino, por muy malo, o no, que nos parezca.

Juventud sin Dios es un texto premonitorio o demasiado realista; es alguien que escribe esa situación agobiante sin saber qué es lo que iba a ocurrir unos años más tarde. Quien lo lea ahora se implica de una manera distinta a quien lo leyó entonces. Es muy directo, incluso sencillo, y muestra una juventud sin empatía, y unos pensamientos que ahora nos pueden parecer determinantes para lo que vino después. Sin embargo, hay pequeñas luces en ese texto tan gris. Que coloque esos pensamientos, y esa maldad, en unos niños de catorce años no es algo hecho al azar, sino que les da cualidades de adulto a niños, transmitiendo, en cierta manera, el peligro que hay en esa educación, tanto en el colegio, dirigido por el Gobierno, como en casa.

Me ha fascinado por todo lo implica y las sensaciones que provoca; no tanto por la historia en sí sino por la forma en la que está construida esta historia. Luego, paralelo a esto, la historia del mismo escritor, por lo breve y, sobre todo, por lo curioso de su muerte.


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