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Crítica de LEMB


LEMB
06 diciembre 2019
Por mi manía de no leer las sinopsis de los libros, desconocía que estaba ante un texto de carácter biográfico; un viaje de formación de un niño que creció a la vera de una madre sola, unos abuelos algo atípicos y, sobre todo, la ausencia de un padre. En una pequeña ciudad a pocos kilómetros de Nueva York, casi como aislados, como si fuera un mundo distinto, JR vive lleno de carencias, buscando su lugar, su sitio. Así, nos va narrando su infancia y adolescencia, y todo en un tono tan narrativo, tan ameno y tan fluido, que ha sido una maravillosa experiencia lectora. No tiene el carácter filosófico de unas memorias pero sí, de forma agudo e inteligente, nos hace un retraso muy realista de lo que fue su existencia allí.

Comenzamos en 1972.

En el prólogo, el autor nos explica el porqué de esta novela, de lo que le ha motivado para escribirla y de las intenciones que tiene con ella; también conduce nuestra atención hacia ese bar y cómo condicionó su vida y su forma de relacionarse con el mundo. Tiene un toque dickesiano interesante, creo que usado como recurso narrativo para darle un carácter más distendido, pero no por ello menos sincero e íntimo, a lo que va contando.

El autor sabe contar una historia y mantener el interés; nos acerca a su infancia, restando dramatismo, ya que la carga emocional viene por lo que podemos nosotros intuir y no tanto por cómo nos lo está descubriendo. Son sus recuerdos, y solo por eso ya son especiales. No he percibido rencor sino solamente afirmación, además de comprensión a todos ellos: su familia.

Si el eje de la historia es el bar, y lo que implicaba en la vida de los años setenta y ochenta, la esencia es su madre y su relación con ella. Hay una frase que utiliza para describirla que me gustó especialmente: ...a pesar de ser la persona más sincera que he conocido en mi vida, era una mentirosa extraordinaria... y, a partir de ahí, nos lleva de la mano a este viaje en el que se congratula con ella y con todo lo que podría o no podría reprocharle. Como ya os digo, no hay acritud en sus palabras sino, más bien, agradecimiento y aceptación, sin caer en la falsedad.

A medida que avanzas en la lectura, te vas sintiendo más cerca de él y de sus carencias. Realmente, a través de la visión de JR, del autor como niño, vamos conociendo a una serie de personajes con los que se relacionaba y que influyeron directamente en su manera de ver la vida y de enfrentarse a ella. Creo que el autor consigue exponernos tanto la visión de un niño ante todo lo que le rodeaba, como el significado adulto, real, que le puedes dar a esa visión, y con ello completa el escenario del recuerdo de su pasado: su madre, trabajadora y triste; su abuelo, como él dice, mala persona y amante de las palabras; su abuela, extraña, rara, pero cálida; su tío, un personaje clave; sus primos; su padre, ausente pero real.

¿Qué no tiene que tener la vida de un niño en los años setenta para que el lugar que le da él a esas grandes esperanzas sea un bar, cuyo nombre es Dickens, en el que él empieza a encontrar su sitio, alrededor de esos hombres con sus historias reales imperfectas; donde perdía ese miedo, donde encontraba esa temeridad; donde ya no tenía la sensación de cuidar a su madre, o proteger a su abuela, o entender a su abuelo, o anhelar a su padre?

Los libros son muy importantes en la vida de JR. El autor es periodista y escritor, y parte de su infancia, de su juventud y del comienzo de la vida adulta gira en torno a los libros, como buenos acompañantes de viaje, como profesores incluso, a través de los que mira el mundo de otra manera.

Hay un momento al principio de la historia en el que él está preocupado por cómo enfrentarse a alguien, y su madre le tranquiliza diciéndole que no te preocupes porque les conquistarás, como conquistas a todo el mundo, y es justo lo que consigue contigo cuando lees esta novela: el autor te conquista, así de sencillo. Es un niño que te atrae, te gusta escucharle, te gusta leer cómo te cuenta lo que ha pasado, cómo lo describe, cómo se involucra, cómo habla de sí mismo, sin regodearse en su propia tragedia, pero siendo muy sincero; su humor; cómo es capaz de apreciar las palabras, y los silencios, esos maravillosos silencios, que son muy importantes; cómo analiza lo que ve; cómo nos describe lo esencial que eran para él los encuentros con su entorno, con la gente que tenía alrededor, y cómo él le daba su significado. Entiendes muy bien cuando su madre le dice que él conquista porque lo ha hecho conmigo como lectora; a mí me ha conquistado totalmente casi desde el principio del libro, y me he sentido muy cercana a este JR perdido y desolado, que busca, simplemente, tener a alguien de quien aprender. Es alguien que a pesar de sus neuras, sus fobias y sus miedos, ha ido siempre con la cabeza alta, en silencio y sin molestar, pero con la cabeza alta; siendo esto una de las cosas que más me ha gustado.

Fijaos si me había conquistado ese niño que cuando terminé la primera parte, y comenzaba la vida de un JR entrando en la vida adulta, me di cuenta de que echaba de menos al JR niño y a su forma inteligente, curiosa y silenciosa de ver la vida.

Cuando lees mucho eres más consciente de todo lo que un escritor plasma en sus textos, más allá de la historia en sí, siendo parte de la misma esa manera que tiene de contar, de transmitir, y, para mí, este autor es un gran narrador de historias. Este libro es pura narración, donde es muy importante el uso de las palabras, con diálogos escasos, que no se necesitan porque el texto ya tiene fluidez. He leído El bar de las grandes esperanzas como un homenaje a sus comienzos, a la gente que influyó en él, desde la sinceridad; como una retrospección sana, veraz, real y llena de sensaciones.


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