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Crítica de Inquilinas_Netherfield


Inquilinas_Netherfield
28 noviembre 2017
Debo empezar diciendo que El guerrero a la sombra del cerezo es una ficción histórica. La parte de ficción la encontramos en las dos tramas que componen la narración; cada una de ellas es singular y diferente, y han ido intercalándose en la narración con una maestría que hace muy difícil decantarse por una u otra, pues realmente el autor ha sabido equilibrarlas adecuadamente a pesar de que sus personajes, ambientes e incluso años son diferentes y distantes.

La parte histórica la encontramos en la reconstrucción fidedigna de la sociedad medieval japonesa, sobre todo en la ambientación rigurosa y preciosista que David B. Gil hace de sus usos y costumbres en los datos y hechos históricos... en definitiva, la cotidianidad del Japón medieval y, en concreto, del periodo Edo de principios del siglo XVII, en los inicios del shogunato Tokugawa.

En el momento en que el daimio Akiyama Ikeda (jefe del clan Ikeda) le encarga la seguridad y educación de Seizô Ikeda, su único hijo vivo, al general Kenzaburô Arima, este contrae un deber de gratitud hacia su superior, el jefe del clan. Los primeros pasos de Kenzaburô son superar y arrinconar todo su pasado, para así poder activar los engranajes de aquellos que también han contraído débitos de gratitud con él o con su familia, vía necesaria para cumplir su venganza y restaurar el honor de su daimio; de este modo justifica la verticalidad de relaciones (tate shakai) que caracterizaba a la jerárquica y estricta sociedad medieval japonesa.

Kenzaburô, general de la casa Ikeda, es digno representante de su casta, los samuráis, los cuales se rigen por un código de conducta que sustenta su esencia vital, encontrando en él valores como el honor, el valor, el deber, la lealtad, la disciplina y, sobre todo, la fuerza física y mental. Aglutinando lo anterior en una sola palabra: giri (el deber de pagar la gratitud a tu superior).

Al tiempo que cobra antiguos débitos, Kenzaburô intenta averiguar el qué y el por qué de lo ocurrido a los Ikeda. Mientras, hay que esperar a que Seizô siga creciendo y aprendiendo lo necesario para enfrentarse a su destino.

David B. Gil, en su impecable narración y con gran sutileza, va entretejiendo y alternando la trama de Kenzaburô con la vida de Seizô Ikeda, apenas un niño y último descendiente, cuyo mundo se ha derrumbado y al que solo le queda aferrarse a la figura del general, el único que lo mantiene cuerdo y a flote.

Por otro lado, en El guerrero a la sombra del Cerezo conocemos a Ikei Inafune, médico ambulante e integrador de la medicina tradicional y la occidental. Su mentalidad abierta le hace ver y entender que todos los conocimientos no son únicos, exclusivos ni pertenecientes a una sola clase o familia. Se debe a su daimio Munisai Shimizu por haberle facilitado los recursos y medios para desarrollar su profesión; por ello, cuando Shimizu activa su deuda con Ikei Inafune, este debe pagar la gratitud hacia su superior con los recursos que posee, entre los que se encuentran su infinita paciencia, disciplina, sabiduría, organización.. y el más importante: su visión de la oportunidad y el momento adecuado para sus fines.

Los dos, Seizô e Ikei, están compuestos por la misma esencia, esa singularidad que se diluye para poder formar parte de la colectividad, la que representa tu casta o familia. Así pues, pueden compararse con celdas de colmenas que trabajan para un todo: un Daimio, si hablamos de Ikei, o para restaurar el honor de su uchi (familia), si nos referimos a Seizô.

Así, alternando sus biografías, conoceremos la dualidad de sus deseos honne/tatemae (lo que piensan y lo que demuestran) mediante todos los giros argumentales que David B. Gil nos plantea y presenta, y cuyos elementos nutricionales principales son el honor y el deber con el propósito de cumplir una fría y afilada venganza.

La narración es rica en matices y detalles. Sobre todo destaco las maravillosas descripciones de David B. Gil, que evocan tierras lejanas con unas costumbres que pueden parecernos diferentes y dispares pero que, combinándolas con los elementos narrativos occidentales empleados en la novela, el lector llega a creerse que las intrigas, venganzas y aventuras vividas por todos los personajes (principales y secundarios), lejos de parecernos extrañas, puede vivirlas cualquiera... Ello provoca ansia lectora y a la vez empatía con las historias que encierra El guerrero a la sombra del cerezo.

Todos los personajes han sido construidos y diseñados magníficamente, pero mi favorito, sin duda, por los pasos que dirige hacia su destino, es Seizô Ikeda. Esos pasos revelan los principios y valores que emergen de un corazón puro.
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