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Crítica de AlhanaRhiverCross


AlhanaRhiverCross
18 febrero 2021
Cuando digo que mi idilio con Ana Draghia ha ido de menos a más desde que la conocí medio de casualidad, lo digo seriamente y con argumentos. La primera novela suya que leí fue una elección errónea mía, lo reconozco, porque sin haber investigado previamente, me puse a leer una segunda parte de la que no había ni oído hablar de la primera. Me sirvió para fichar a la autora porque solo pude apreciar su manera de escribir y no tanto la propia trama con todos los matices (porque se daba por hecho que yo ya estaba familiarizada con los personajes y no, así que mea culpa). Sin embargo, aquello fue solo el principio de mi fidelidad absoluta hacia esta autora tras leer un tiempo después Muy lejos de aquí, contigoí. Desde entonces, esta ya es mi cuarta inmersión en una de sus encantadoras historias. Como no suelo leer sinopsis, no tenía ni idea de qué iba ni me importaba, solo salté de alegría cuando se anunció esta novela dentro del catálogo de Onyx (ahora Munyx) Editorial y simplemente me volví a caer de culo cuando se dio a conocer esa preciosidad de portada que me hace querer abrazar físicamente el libro.

Dado que no llevaba ninguna referencia con respecto a la historia, mis expectativas en cuanto a trama eran inexistentes y aun así sentía un ansia incontrolada por poder devorar el libro cada vez que se publicaban fragmentos o aesthetics por las redes sociales. A simple vista, la premisa de la que parte la novela es un tópico en sí mismo y, a decir verdad, el libro está repleto de ellos. Casualmente, casi todos son justo los clichés de los que más suelo disfrutar en novela romántica y juvenil. de entrada, tenemos como principal narradora en primera persona a Lucile, que con diecisiete años llega a la Toscana con un montón de suspensos, un humor cínico y un comportamiento huraño porque su madre la ha obligado a dejar París para pasar el verano en una villa italiana junto a su novio Pierre y el hijo de este, Timothée, para que se vayan conociendo y vayan congeniando, hasta que puedan volver a reunirse madre e hija. Pese a que Lucile no se opone frontalmente a que su madre esté feliz y contenta con su nuevo novio, tampoco está dispuesta a facilitarle las cosas a “su nueva familia” porque ni ha pedido ni va aceptar un nuevo padre y un nuevo hermano. Así que los tolera a su manera hasta que acabe el verano, manteniendo las distancias en las comidas, guardando silencio para no gritar su frustración, recluyéndose en los estudios que tiene que aprobar, cerrando puertas.

Todo lo contrario a cómo Timothée siente el verano y cómo ha decidido adaptarse a su nueva vida: saliendo con los amigos a los bailes del pueblo, enrollándose a ratos con la posesiva Martina como hace todas las vacaciones estivales, sacando de quicio a Lucile cada vez que tiene ocasión y si no la tiene, la crea… Verano e invierno son los dos protagonistas de la novela y el único motivo de queja que he tenido con respecto a este binomio ha sido el desequilibrio en el reparto de capítulos desde sus puntos de vista narrativos. Lucile es la narradora principal mientras que Timothée apenas tiene unas cuantas páginas repartidas en momentos clave de la novela. A mí, con todo el dolor de mi corazoncito, me hubiera gustado leer más desde sus pensamientos, porque me ha parecido un personaje tan frívolo en la superficie y tan profundo en realidad que me ha sabido a muy poquito conocerlo prácticamente solo a través de los ojos de Lucile. Su relación es todo lo que pido en esta vida cuando leo novelas con romance: enemies to lovers y slow burn. Dicho de otro modo, hasta bien entrada la mitad de la novela sus encontronazos son dignos de la casa de Gran Hermano (nótese la ironía). No paran de fastidiarse el uno a la otra y la otra al uno, con el pobre padre de Timothée en medio intentando caerle bien a la hija de su novia pero también sin poder evitar hacer de padre para ella y poniendo un poco de paz en el asunto con su optimismo nato. Y poco a poco, muuuuy poco a poco, esa situación va cambiando con el calorcito del sol, con los paseos en bicicleta y los bocetos en un bloc a escondidas, los roces y piques que se van convirtiendo en sonrisas cómplices y música compartida, mucha música envolviendo todo el libro.

Sin embargo, ambos arrastran una mochila emocional muy pero que muy pesada y vamos abriendo los múltiples compartimentos muy lentamente. Lucile es una chica introvertida por su propio carácter pero que se ha ido retrayendo aún más en sí misma y apartando a los demás por varios desengaños personales y sueños frustrados en el último año mientras que Timothée se escuda en sonrisas y bromas para no acordarse de lo triste que está en realidad y para no hacer sufrir más a su padre después de todo lo que han pasado juntos durante los años anteriores. Como no tengo ninguna intención de hacer spoilers, solo diré que la dosis de drama que inyecta la autora en este sentido está más que justificada para la construcción de los personajes, a los que ha dotado de un pasado tremendamente realista que les da justificación a muchas de sus conductas en el presente y a la vez, nos sirve para comprender sus verdaderas personalidades, no solo las que pretenden mostrar en público. En este sentido, la novela en general y el final en concreto me han parecido redonditos, sin un solo pero que añadir y sin que me haya faltado ni sobrado nada. O quizás sí. Quizás por puro capricho hubiera necesitado una escena extra en concreto de cierta conversación a cuatro solo por imaginarme los feelings a flor de piel ante una situación así, pero por lo demás bravissima la historia completa.

Como comentaba antes, todo se basa en ir desarrollando en un cliché tras otro, desde el más evidente del romance entre hermanastros hasta los traumas causados por la pérdida de seres queridos y las distintas formas de gestiornarlo. Sin embargo, todos están plasmados de una manera magistral, con emotivas lecciones de vida que me han hecho pararme a pensar en toda la razón que tienen. Por otra parte, al menos para mí en lo que a esta autora se refiere, por primera vez me ha sorprendido gratamente con una deriva hacia el realismo mágico, un subgénero del que disfruto muchísimo que, teniendo en cuenta que yo ni me había leído el argumento de la novela, ha supuesto uno de los puntos fuertes del libro, ya que me ha pillado con la guardia baja y al ver por dónde me estaba llevando la trama, ya no ha habido quien me parara hasta terminarlo. En esta ocasión, Ana Draghia ha optado por aprovechar el potencial bucólico que tiene una antigua villa de la Toscana para entrelazar una inquietante y estremecedora historia del pasado que sirva como punto de inicio al progresivo acercamiento entre Lucile y Timothée, un ligero toque de misterio que los empuja a investigar qué verdad se esconde tras las paredes de ese viejo caserón de suelos de madera que crujen y que parece afectar de manera especial a su nueva inquilina francesa. Solamente puedo comentar que me he enamorado tanto de la trama principal como de la subtrama, que se complementan de una manera maravillosa sin menoscabar en absoluto los temas más serios de los que trata y que le dan toda fuerza de una novela realista, conmovedora y muy sentimental.

Por lo demás, y aunque ya conocía el modo de escribir que tiene Ana Draghia, no he podido evitar volver a sorprenderme con la capacidad que tiene para transmitirme lo que sea: amor, cariño, miedo, inseguridades, lástima, dolor, alegría… Estaremos de acuerdo en que no es fácil conseguirlo y que muchos escritores se limitan a contar sentimientos en vez de narrarlos de forma indirecta para dejar que seamos los lectores quienes identifiquemos que está sintiendo el personaje ficticio, de forma que el sentimiento se vuelva real en nosotros al empatizar sin que las palabras escritas te estén diciendo “Y ahora está muy contento, y ahora muy asustado y ahora está muy triste”. Para mí, que ya había probado las mieles narrativas de esta autora, me parece admirable que se haya vuelto a superar en este sentido, que me haya vuelto a emocionar de tal forma que he tenido que leer algunas líneas varias veces por el simple placer que me daba lo bien que estaban escritas. Ha logrado que me enamore de ambos protagonistas, que sienta sus emociones y que sufra con sus inquietudes, me ha puesto en su piel y ha conseguido que comprenda todas sus decisiones aunque no compartiera sus motivos. Tanto Lucile como Timothée se quedarán mucho tiempo conmigo y los recordaré con mucho cariño. A su vez, en mi mente han quedado grabadas un montón de. escenas visualizadas gracias a sus bonitas descripciones de la campiña italiana, tan vívidas que ha sido como leer una película de cine indie de los años ochenta, con el mismo encanto veraniego y la misma paleta de colores que se aprecia en la cubierta.

Ana Draghia tiene un estilo que tiende hacia la prosa poética, y solo hay que leer dos veces el título para darse cuenta. El libro está plagado con multitud de metáforas insertadas en la narración, hay muchísimas imágenes comparativas para poder transmitir más que un simple texto, se van entremezclando un montón de alegorías sutiles que nos hacen reflexionar para no darnos todo hecho con meras palabras y, sobre todo, encontramos muchos símbolos dispersos por aquí y por allá como representaciones visuales (la música y el baile como representación de la alegría; los dibujos y los sueños como los recuerdos; las bicicletas, la piscina o el lago como el verano, etc.). de todas formas, habría muchísimo para analizar en lo que es la prosa en sí misma de esta autora pero daría para algo más que una simple opinión de lectora. Así que me limitaré a confirmar lo que ya sospechaba tras haber leído varias novelas de la autora: hay una calidad palpable en todos los elementos, en cada página y en cada frase. Ana Draghia escribe reflexionando lo que va a añadir a continuación y a la vez tiene ese toque espontáneo que solo se consigue dejando que las palabras fluyan con naturalidad y lanzando mensajes sin forzar los momentos.

En otras palabras y resumiendo un poco todo lo anterior, va directa a las mejores lecturas que he tenido la oportunidad de leer en los últimos años, de estas historias que se quedan contigo y aunque los detalles se vayan diluyendo siempre te provocan una sonrisa al recordarlas al cabo de los años. Ana Draghia ha empezado a tener ese efecto en mí y por eso sé que seguiré leyéndola durante mucho tiempo con la misma ilusión con la que ella va publicando. Así que dicho de otro modo, y aunque no llevara ninguna al comenzar el primer capítulo, ha cumplido con todas mis expectativas: lo he devorado, lo he saboreado y aún lo estoy digiriendo. En el fondo se trata de ese tipo de novela, una historia con decenas de matices que se podrían analizar desde muchas perspectivas y no creo que sea una novela a la que se le pueda sacar todo el jugo de una sola vez. Este libro necesitaría varias lecturas para extraer todos los mensajes y todas las moralejas que encierra tras una apariencia de un inocente romance adolescente de verano.
Enlace: http://enmitiempolibro.blogs..
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