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Crítica de Inquilinas_Netherfield


Inquilinas_Netherfield
24 octubre 2018
Creo que ya lo sabéis: me gusta mucho la Historia, me gusta mucho leer sobre personajes reales y hechos reales y disfruto mucho cuando puedo ahondar en un tema que me interesa y me apasiona. Lo que ocurrió con los Románov es un acontecimiento de la historia que por desgracia siempre se ha visto opacado por toda la leyenda de Anastasía y su supuesta (y muy, muy falsa) supervivencia, pero el hecho en sí, qué llevó a que un simple arresto domiciliario terminase en el ajusticiamiento de toda una familia (además de cuatro personas allegadas que quisieron acompañarlos hasta el final y que fueron asesinadas por su lealtad a la familia), es algo que no parece despertar demasiado interés. No hablo exclusivamente del asesinato en sí, que también, sino de los meses anteriores a que eso ocurriera. Y sinceramente, lo que ocurrió en Rusia, ya no solo en ese tiempo, sino en los años precedentes y los posteriores, da para muchas reflexiones y estudios.

Románov, crónica de un final: 1917-18 es una recopilación de cartas, diarios y memorias que, como bien se explica en el prólogo, no existía hasta ahora, ni tan siquiera en ruso. Es decir, que este documento histórico al que ha dado forma la editorial Páginas de Espuma no tiene igual en el mundo y, nada más que por eso, ya es una joya que todo aquel al que le guste la historia en general, y le interese esta familia en particular, debería tener en la estantería. Pero es que además la edición está trabajada y mimada hasta el último detalle. Se nota mucho el cariño que han puesto en este libro, y eso se transmite a quien lo tiene en las manos, lo que le convierte en una maravilla imprescindible tanto en su continente como en su contenido. No puedo evitarlo, ya me conocéis; a mí estas cosas me ganan.

El libro está dividido en tres partes, que corresponden a los tres lugares en que la familia Románov vivió bajo arresto domiciliario desde principios de 1917 hasta que fueron asesinados en verano de 1918: Tsárskoye Seló (de febrero de 1917 a agosto de 1917, y con diferencia de la que más documentos se conservan gracias a la correspondencia entre el matrimonio y a sus diarios. En este periodo es en el que se produce la abdicación del zar), Tobolsk, en Siberia (agosto de 1917 a abril de 1918, donde ya va disminuyendo la cantidad de documentación y, aparte del diario de Nicolás II, predominan las cartas a conocidos y familiares) y Ekaterimburgo, donde fueron asesinados (de abril de 1918 a julio de 1918, periodo del que se conserva muy poca documentación).

Creo que, antes que nada, hay que aclarar que esta obra es un documento histórico en sí mismo, pero no es un ensayo histórico que narre hechos y detalles pormenorizadamente, porque se estaría perdiendo de vista la intención de la obra, que es la de ofrecer una crónica de ese año y medio a través del punto de vista personal, con sus propias palabras, de los implicados, ya fuese la familia Románov o personas externas a ella. Y con esto me refiero a que antes de cada uno de los periodos que os comento arriba se contextualiza la situación política, pero en ningún momento se adentra más allá de lo que requiere el necesario contexto. Se ofrece un esbozo de una Rusia que estaba siendo machacada en su intervención en la Primera Guerra Mundial y de la que el pueblo ruso quería salirse (este fue el pistoletazo de salida para la caída de los Románov); se nos habla del Domingo Rojo, en el que cientos de manifestantes reunidos ante el Palacio de Invierno, en San Petersburgo, fueron tiroteados y asesinados por la Guardia Imperial; de la Revolución de 1905; del descontento del pueblo y la hambruna; de la animadversión que despertaba la zarina... se nos habla de muchas cosas porque necesitamos entender que, cuando arranca esta recopilación de documentos, nos hallamos en un punto en el que al zar Nicolás II se le ha ido todo de las manos, pero sin abrumar con datos históricos. Tres, cuatro páginas a lo sumo antes de cada periodo, y enseguida nos adentramos en la crónica propiamente dicha.

Y una vez que nos adentramos, lo hacemos de diversos modos. Por un lado la correspondencia y telegramas que se enviaron Nicolás II y Alejandra en los momentos en que estuvieron separados, además de entradas de los diarios de ambos durante ese año y medio; por otro lado, tenemos testimonios de personas allegadas a ellos que decidieron permanecer junto a la familia durante su arresto, como el del doctor de la familia o las memorias de Pierre Gilliard, académico suizo y profesor de francés de los cinco hijos del zar (y que fue de los pocos que salvó la vida de milagro al no permitirle acompañar a la familia a su destino final en la casa donde fueron recluidos y fusilados en Ekaterimburgo). También aparecen las memorias del ministro Kerenski, que tenía muy buen concepto de sí mismo y en todo momento parece que se esfuerza por dar la imagen de que su participación en todo este asunto fue más humanitaria de lo que realmente fue, e incluso las de Trostski, que dio su bendición al asesinato y lo consideró necesario.

El Manifiesto de Abdicación de Nicolás II del 2 de marzo de 1917, y la comunicación fría, precisa y escueta de la noche del 17 al 18 de julio de 1918 de que iban a ser todos fusilados, llevada a cabo por parte de Yurovski, el comisario del Soviét de los Urales encargado de ejecutar la orden de fusilamiento, redondean un trabajo de investigación, documentación y ordenación de fechas magnífico. Porque cabe destacar que las cartas y los diarios estaban fechados, pero otros muchos documentos no lo estaban y se ha hecho un trabajo encomiable para insertar cada cosa en su sitio cuadrando fechas y situaciones, ofreciendo así una línea temporal estructurada y ordenada.

La sensación principal que transmite esta recopilación de documentos es que los Románov jamás pensaron que acabarían como acabarían; que jamás se les pasó por la cabeza que su destino final era la muerte. Aguantaban con paciencia el encierro, las privaciones, los malos modos... se sentían incomprendidos, estaban aislados y no recibían apenas noticias, pero cuando miraban hacia el futuro solo persistía el encierro o, siendo optimistas, un cambio en su situación que les permitiese llevar una vida normal. Jamás la muerte, y menos la ejecución de todo el grupo familiar. Y las últimas palabras de Nicolás II de las que se tiene constancia, transmitidas por testigos porque ya no pudieron ser escritas de su puño y letra, transmiten un desconcierto absoluto, una sorpresa incrédula... sobrecogen, porque les has estado leyendo a lo largo de más de doscientas páginas y sabes que jamás lo vieron venir. Y esas dos últimas palabras resumen, de manera concisa y devastadora, la estupefacción cuando les comunican su ejecución (y asesinato) inmediatos.

Otra sensación es la diferencia de caracteres entre el zar y la zarina. Las entradas en los diarios de Nicolás II son sosegadas, apenas hacen alusión a la situación política, a cómo se siente él por haber abdicado pensando en que hacía lo mejor para Rusia y en qué ha desembocado todo, a su frustración por permanecer encerrado bajo arresto domiciliario. Sus pensamientos, los que comparte con el papel, solo giran en torno a sus quehaceres diarios, a las actividades en qué emplea el tiempo, sus lecturas, sus paseos, al tiempo que pasa con sus hijos, a cómo les observan desde más allá de las verjas como si fuesen animales en un zoo... es como si hubiese dado carpetazo a su papel como zar de Rusia y se hubiese quitado un peso de encima; como si la política solo hubiese sido un fardo pesado que le hubiesen impuesto y del que al fin se había librado. Alejandra era muy distinta. Su correspondencia era peleona, arrogante, se mostraba indignada, reclamaba hacer esto y aquello, llamaba asquerosos a los que les habían depuesto, recuerda constantemente a Rasputín, a quien tenía endiosado (y que había sido asesinado un par de meses antes del periodo en que comienza este libro), le pide a su marido que muestre mano firme... ella ansiaba volver al poder, y en determinado momento el ministro Kerenski dice que, al observar a Alejandra, se podía entender cómo y por qué habían caído los Románov. Nicolás II era un hombre afable y de familia, al que no le gustaban la política ni el poder; Alejandra, aunque también se desvivía por su marido y sus cinco hijos, tenía una personalidad totalmente opuesta.

"Pero, querido mío, ¡sé firme!, ¡muestra tu mano poderosa, eso es lo que necesitan los rusos! Tú nunca has perdido la oportunidad de mostrar amor y bondad; ahora dales a sentir tu puño. Ellos mismos lo piden."

"Escribes que hay que ser un soberano firme y tienes toda la razón. Ten por seguro que no lo olvido, pero tampoco hay que enseñar los dientes a la gente a diestro y siniestro. Una advertencia o respuesta contundente es suficiente a veces para poner a alguien en su sitio."

Y a pesar de esto, otra sensación que queda tras leer el libro es mucho más personal: Nicolás II y Alejandra se amaban profundamente. Las cartas que se enviaban, más contenidas en el caso de él, mucho más elocuentes y apasionadas en el caso de ella, denotan un matrimonio por amor muy alejado de lo que se acostumbraba en la realeza, donde los matrimonios de conveniencia estaban a la orden del día. Nicolás era Nicky en sus cartas, y Alejandra era Solecito. Y se desvivivían por sus hijos. Formaban una familia en la que se adoraban los unos a los otros, y no es que te lo cuenten ni que tengas que fiarte de lo que dicen. Lo lees, en sus cartas lo lees. Esto de adentrarse en correspondencia privada siempre provoca en mí sentimientos ambiguos como lectora, porque por un lado soy consciente del documento histórico que estoy leyendo y de su importancia, pero por otro lado soy muy consciente de que lo que tengo entre las manos son cartas que ciertas personas escribieron en su momento amparados en la intimidad y sin pensar en ningún momento que esas palabras llegasen a ser expuestas públicamente.

Esta pormenorizada (y única) crónica del final de los Románov, que ha visto la luz en el primer centenario de su muerte, conforma un fresco íntimo de su vida familiar, de la preocupación por sus hijos enfermos de sarampión (sorprende la meticulosidad con la que Alejandra informaba cada día a su marido de la temperatura de cada uno de sus hijos durante la enfermedad), del desvelo continuo que suponía la delicada salud del que iba a ser heredero, el pequeño Alekséi, de cómo habían perdido muchas amistades y cómo aquellas que se mostraban fieles acababan pagando las consecuencias, de sus miedos, sus incertidumbres, sus sentimiento de incomprensión, y de cómo todo eso acabó tornándose en una rutina diaria en la que ocupaban su tiempo de encierro lo mejor que podían, sabían y les dejaban.

A mí me ha parecido una lectura fascinante, la edición es una maravilla y es un ejemplar que guardaré como oro en paño. Si os gusta la historia, creo que es un acercamiento imprescindible e íntimo a un suceso que, a día de hoy, sigue teniendo muchos agujeros negros e inexplicados; no hay documentos que responsabilicen al gobierno ruso (Lenin a la cabeza) de la orden de ejecución, los bolcheviques intentaron incluso ocultarla, y las causas de la precipitación con la que se llevó a cabo se presuponen (dar moral a las masas, demostrar que no se detendrían ante nada, evitar que fuesen liberados y dar alas a sus enemigos), pero tampoco se llegaron a manifestar jamás de manera abierta. Once personas murieron aquel día, y el asesinato estuvo envuelto en tinieblas y rumores durante años... y cien años después, las tinieblas siguen haciendo su trabajo en muchos aspectos.

Y desde ya os pido disculpas por la extensión de la reseña, pero ya sabéis que si algo me entusiasma, la incontinencia verbal campa a sus anchas.
Enlace: http://inquilinasnetherfield..
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