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Crítica de Inquilinas_Netherfield


Inquilinas_Netherfield
23 abril 2020
Parezco doña-retos, os traigo cada dos por tres una reseña relacionada con este tema, pero lo de leer/releer en orden las series de Marco Didio Falco y su hija adoptiva, Flavia Albia, es otro de esos retos atemporales que un día me planteé y que voy sacando poco a poco y cuando se puede. En este caso estoy leyendo primero la serie de Flavia Albia, que es más corta (de momento siete libros; se publica el octavo este año), y luego me pondré con la de su padre, Marco Didio Falco, que es el personaje que inspiró el reto y del que sí he leído unos cuantos libros a lo largo de mi vida (su serie ya está finalizada). Pero vamos, por no liaros, que este es el segundo libro de la serie de Flavia Albia, así que vamos allá.

Una pareja de recién casados de mediana edad es asesinada en su noche de bodas mientras están en su cama. Ha desaparecido un juego de plata muy valioso, y el esclavo que guarda la puerta ha recibido una paliza desproporcionada y está muy malherido. No aparecen pruebas de ningún tipo, y los vigiles deciden que, ya que hay que dar carpetazo al asunto, van a culpar a los esclavos de la pareja. A todos. Los esclavos no son considerados personas, pueden ser torturados, acusados y ejecutados sin necesidad de pruebas, y ante la imposibilidad de resolver el caso, ellos son la mejor solución. Cuando estos se enteran, buscan refugio en el templo de Ceres. Allí están a salvo, no pueden tocarles, pero no pueden esconderse ahí para siempre, con lo que urge resolver el problema, y la mejor manera, obviamente, es encontrar al verdadero culpable, sea un esclavo o no, y hacerlo además pronto. Esta patata caliente recae sobre Manlio Fausto, magistrado al que conocimos en la primera entrega de la serie, que recurre a su vez a Flavia Albia para que investigue el asesinato. Flavia se muda a la casa de los sucesos para agilizar las pesquisas, y pronto se da cuenta de que llegar al fondo de este asunto va a resultar muy complicado.

La ambientación en la Roma del déspota emperador Domiciano es, como siempre en la obra de esta autora, fantástica. Lo comento siempre y no quiero repetirme en exceso, pero leyéndola pisas las calles de Roma, las hueles y sin ser apenas consciente asimilas el día a día de la vida en una ciudad que era un caos y que estaba muy alejada del glamour que le suponemos hoy en día. Además la autora utiliza (al igual que en la serie de Marco Didio Falco) la narración en primera persona de Flavia, una narración sarcástica, inteligente y muy personal que de vez en cuando hace guiños directos al lector al tiempo que le mete en vena multitud de detalles sobre la Roma del siglo I d.C., que es, al fin y al cabo, la razón primera y existencial de estas novelas. Y así, siendo ella nuestros ojos, oídos y pies (y estómago, que otra de las características de Flavia es su amor por la buena comida... a diferencia de la mala que suele tener que comer), los lectores nos convertimos en informantes privados de la ciudad de Roma y aprendemos a movernos por la capital del Imperio.

En lo que respecta a la trama en sí, y dejando aparte la investigación del asesinato, Lindsey Davis siempre suele aprovechar sus historias para hacer hincapié en aspectos habituales de la sociedad romana en cualquiera de sus numerosas vertientes, y en El enemigo en casa esa atención recae sobre el estatus de los esclavos dentro de una casa (una pista sobre dicho estatus: inexistente). Un esclavo en la sociedad romana era una propiedad, como podría serlo una cama, una silla o el orinal que vaciaban cada mañana. Eso se traducía en que no tenían ningún derecho (ninguno en absoluto), podían hacer con ellos lo que quisieran sin repercusión alguna y su muerte tenía la misma importancia que la de una rata de alcantarilla.

En la época en que se ambientan estos libros lo de ejecutar esclavos sin más explicaciones ya no estaba del todo bien visto, pero dependiendo de las circunstancias su muerte podía estar justificada a ojos de la ley, y ahí es donde nace el embrollo de la historia. Mueren los amos de la casa, unos amos con cierta relevancia social que hace que el caso llame la atención, y los esclavos tienen todas las de perder: si son culpables, cae de cajón, pero si no lo son, si ellos no los han matado, son igualmente culpables porque su obligación como esclavos es auxiliar a sus dueños. El crimen es pena de muerte, la ausencia de auxilio es pena de muerte.

Los esclavos estaban en la casa cuando sucedió todo: ellos dicen que no son culpables, pero que tampoco oyeron nada y por eso no auxiliaron. de todos modos huyen a resguardarse al templo por si acaso, quedando atrás solo el mayordomo (un liberto) y una esclava embarazada a punto de salir de cuentas. Y todo empieza a liarse de mala manera porque las cosas no cuadran, los esclavos parece que mienten, el robo no justifica el modo en que se produjeron los asesinatos ni la brutal agresión al portero, no aparece la mercancía robada, los testamentos de los fallecidos desvelan problemas familiares, el mayordomo liberto no tiene ganas de ayudar, la esclava (que ya ha dado a luz) se comporta de cualquier modo menos como una esclava... Flavia desborda frustración durante buena parte de la novela y duda que llegue a averiguar la verdad, pero es digna hija de su padre: más terca que una mula.

Estoy disfrutando mucho de las novelas de Flavia Albia, y voy tan retrasada que aún me quedan unas cuantas por delante (cuando me ponga con las de su padre, que son unas veinte, me va a dar la risa. ¿Os he dicho que ITV prepara una adaptación de los libros de Falco? Este descubrimiento ha sido una de las alegrías de estos últimos días). El siguiente libro de la serie es Mater Familias, que ya está reseñado porque cometí la osadía de empezar por él allá en los comienzos del blog (reseña aquí), así que el siguiente que traeré será el cuarto, El cementerio de las Hespérides, que espera impaciente en la estantería.
Enlace: https://inquilinasnetherfiel..
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