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Crítica de CARMINA


CARMINA
09 agosto 2018
Hay títulos tan contundentes, tan sonoros que en cuanto los visualizas o los oyes no hay forma humana de quitártelos de la cabeza, y este que hoy me ocupa es uno de ellos. Se convirtió en un run run, en un ruido ensordecedor que me hacía pensar a todas horas que escondería un titulo tan prometedor y una vez acabada, puedo decir que esconde una muy buena novela que ha conseguido reconciliarme con el trhiller legal americano, y eso ya es mucho decir.

A pesar de sus más de cuatrocientas páginas, la trama se escurre entre los dedos del lector como si fuera arena, la acción no decae en ningún momento, cosa que se agradece y siempre algún giro mantiene el libro pegado a los dedos a pesar de que se descubre bien pronto qué esconde ese titulo porque lo desvela al comienzo el propio abogado.

A mi modo de ver Connelly juega desde el propio titulo con un sentimiento demoledor, La Culpa, y es que desde que consiguiera la libertad de un cliente que terminó atropellando y matando a una madre y a su hija, Haller no ha tenido tregua, cada noche le asalta ese terrible remordimiento, no ayuda que su propia hija le retirara la palabra, día tras día los fantasmas le visitan y le abocan irremisiblemente a la bebida, que no es que sea el camino más recto para lograr reconciliarse con la adolescente.

A eso le podemos añadir un negocio que va un poco a trancas y barrancas, buscando siempre clientes en los juzgados para poder ir tirando, de ahí que cuando llega un caso jugoso, no sea capaz de rechazarlo aunque lo aboque al infierno de un pasado que abrirá más de una herida que pensaba cerrada, y añada a ese peso que ya arrastra un poco más, al sospechar que lejos de salvar a la víctima la puso en una situación comprometida que le ha terminado costando la vida.

Connelly rescata esa máxima de que el pasado siempre termina llamando a la puerta, una jugada un poco sucia culmina con un narcotraficante en la cárcel y con su clienta en libertad, ¿pero ha orquestado él esa jugada o ha sido solo un peón en ella?. Cuando el caso toca tan de cerca lo sensato es echarse a un lado, evitar que el tsunami te arrastre, sin embargo, Haller se sumerge de lleno en él tras hablar con quién lo ha contratado y evidenciar muestras de inocencia en él. Además cree que se lo debe a Gloria.

El autor retrata con maestría el sistema judicial americano, que tan bien conocía por las series, películas y por otros thrillers judiciales, nos mete directamente en la sala, nos hace participar de ese circo que a veces se representa en una sesión, nos presenta a los "dioses de la culpa", el jurado, ellos tienen en sus manos el veredicto, ellos condenan o absuelven, aunque en última instancia es el juez quién dicta sentencia.

Si Haller es un personaje redondo, se rodea de un elenco de secundarios que poco tienen que envidiarle, el abogado es un tipo peculiar al que no le gusta verse encerrado en un despacho, trabaja desde su propio Lincoln en los desplazamientos y lo tiene equipado con todo aquello que pueda necesitar, se comunica con su equipo por teléfono y se reúne una vez al día cuando tienen un caso importante en un loft alquilado. No es precisamente la imagen de los grandes bufetes que solemos ver en las grandes series americanas, eso es lo que hace único a Haller y a mi modo de ver lo que le hace conectar tan bien con el lector.

Al mismo tiempo uno tiene la impresión de no estar ante el típico abogado engreído y pagado de sí mismo que suelen mostrarnos otros libros, películas o series, si no que nos muestra a una persona abatida, perseguida por sus fantasmas, por sus problemas económicos en el ámbito de los negocios, con un poso de oscuridad que le impide ser feliz, bastante dado a resolver los problemas a golpe de botella, y eso nos evoca la típica y tópica imagen del detective americano, solo que Haller tiene a una persona que investiga por él.

En algunas ocasiones da la impresión de que Haller necesita que alguien le conecte con el mundo y con el caso que lleva entre manos y ese papel lo hace a la perfección Legal, un amigo de su padre, un anciano recluido en una institución que intenta burlar las normas establecidas, como buen abogado las conoce y busca la forma de transgredirlas. Las conversaciones de Mickey y Legal no tienen desperdicio, son ácidas, el anciano no tiene pelos en la lengua, le enfrenta a sus errores, tanto en el campo legal como en el personal, y tiene un peculiar sentido del humor que me hizo sonreír en más de una ocasión. Es como un Pepito Grillo, la voz de la conciencia machacona y a veces impertinente.

Connelly conoce bien el mundo en el que mueve sus tramas y nos sumerge en él de una forma sencilla sin utilizar palabras grandilocuentes, explicando aquello que se le pueda escapar al lector de forma que pase casi desapercibido, me gusta su estilo, me gusta su forma de narrar y me gustan sobre todo las tramas que elige a pesar de no ser un autor que suela leer demasiado, pero reconozco que es una apuesta segura.

En Los Dioses de la Culpa mezcla el tema de la prostitución, el narcotráfico y la corrupción policial, quedan patentes los peligros que conlleva acercarte demasiado a la verdad, los daños colaterales son cuantiosos, dolorosos y añaden más peso a esa mochila llamada culpa. El miedo hace que los testigos no teman cometer perjurio en el estrado, también pone de manifiesto pequeñas triquiñuelas para darle la vuelta a un veredicto que se prevee en contra, todo ello bordeando la ley, casi traspasando esa fina línea entre lo legal y lo ilegal, que nos da una imagen de Haller no demasiado halagüeña para luego limpiarla con una buena dosis de humanidad.

Conclusión:

Connelly ha orquestado un buen libro, en el que mezcla la prostitución de lujo, las drogas y sus cárteles, la corrupción policial, nos muestra los bastidores del sistema judicial americano, las triquiñuelas de los reyes de la droga, como se las gastan cuando uno molesta, también nos muestra transgresiones del sistema policial. y todo ello nos lleva a un thriller apasionante en el que siempre pasa algo, en el que el autor sabe en que momento la historia comienza a perder el interés del lector y le imprime un giro que lo atrape de nuevo.

Michael Connelly es un maestro del género negro legal, lo conoce a la perfección y no abruma al lector con sus conocimientos, los desliza en la trama, los hace fluir de forma que quien se acerca a sus novelas se sumerge en la historia con naturalidad, sin esa sensación de que le faltan armas para comprenderla. Ayuda al éxito del libro la visualidad, mientras uno lee tiene la sensación de estar siguiendo un guión, los fotogramas se deslizan por delante de los ojos, eso o he visto yo demasiadas series judiciales, porque he sido capaz de imaginar cada escena a la perfección.

Sin duda es un buen libro, para los amantes de los thrillers, una buena apuesta de cara al verano, pero si ya tienes cubiertas tus lecturas vacacionales, también lo es para el invierno, una lectura atemporal que no necesita de haber leído las anteriores entregas más que para evidenciar la evolución de Mickey Haller como personaje.



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