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Crítica de Ferrer


Ferrer
10 junio 2019
Reconocido novelista y creador de Región, excepcional cuentista, dibujante e ingeniero de caminos que jugaba con las palabras, el madrileño Juan Benet (1927-1993) fue un desconocido dramaturgo. Sus piezas teatrales apenas han tenido repercusión, puesto que sus estrenos han sido esporádicos y sus ediciones limitadas. Este teatro completo, que ha ordenado Miguel Carrera y que ha publicado Siglo XXI, nos descubre un Benet jocoso, aquel que escribía para divertirse y divertir a los amigos de la Orden de Caballeros de Don Juan Tenorio durante la noche de Todos los Santos. Que las piezas de circunstancias, carentes de densidades discursivas, “El Burlador de Calanda” y “El salario de noviembre” sean dos parodias del Tenorio ahonda en la admiración y pasión que Benet tenía por la obra de Zorrilla.
Benet fue un escritor de inevitable perennidad, detractor de Borges y deudor de Faulkner, anglófilo y anticastizo, minusvalorado por Trapiello y Umbral, maestro de Javier Marías. Manuel Vicent lo describió como un hombre alto con “el flequillo hasta las cejas y la nariz de pájaro bajo la cual había instalado un bigote de coronel sureño”. Benet sostuvo, a inicios de la década de los '70, una posición esteticista cuando otros, como Isaac Montero, defendían una narrativa realista crítica.
Este “Teatro completo”, con prólogo de Molina Foix, está conformado por doce obras y un fragmento, siete de ellas inéditas, y precisamente con una de ellas, “Max”, inició su carrera de escritor tras ser publicada en 1953 en Revista Española, publicación que dirigía Antonio Rodríguez Moñino, al que Benet conocía de la tertulia del Nuevo Lion.
Si la pieza teatral “El último homenaje”, escrita en 1959 por Benet junto con el autor sin obra Pepín Bello, es una crítica a la ciega adulación que rodea a un torero y que colapsa su entorno, en “El verbo vuelto carne”, encabezada por la dedicatoria al pintor donostiarra “Probablemente a Jesús Olasagasti”, hay un aliento beckettiano que no logra esquivar una irregular factura de un drama de juventud. En “Anastas o el origen de la constitución”, su obra más difundida, Benet muestra la perpetuación de los gobernantes con una generosa dosis de ironía, en la que subyace el abuso de poder, mientras que en “Agonía confutans” dos personajes dialogan sobre el amor y el dolor para disimular el horror al vacío de su existencia.
Ahora sólo queda que esta edición, proyecto que surgió en 1993, estimule nuevos montajes.
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