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Crítica de Ferrer


Ferrer
30 agosto 2019
El irlandés Neil Jordan (n. 1950) es un contador de historias que prefiere el formato del celuloide para trasladar sus ficciones al público. Irlanda es un país donde la tradición literaria se impone con superioridad a la cinematográfica, Jordan era un escritor con predilección por los conflictos familiares, sobre todo los paternofiliales, y encontró en el cine el ámbito artístico donde poder arriesgar y buscar nuevos territorios de expresión artística. Su padre era un maestro que solo le dejaba ir dos veces por semana a un cine de vecindario al norte de Dublín, en el que Jordan visionó numerosos películas Carry On (comedias británicas de chiste fácil y serie Z). Más tarde llegarían Bergman, Fellini y Godard, sus primeros pasos como dramaturgo, sus conciertos como saxofonista que le permitían sobrevivir, el premio Guardian (1980) a su primer libro Una noche en Túnez (diez relatos publicados por la Cooperativa de Escritores Irlandeses que él cofundó), su documental sobre la película Excalibur, su labor como guionista de Travellers (Viajeros, 1981), que versa sobre un matrimonio de conveniencia entre dos jóvenes gitanos, y su debut como director, Danny Boy (Ángel, 1982), primera película financiada por el Irish Film Board.
Jordi Ardid y Marta Giraldez han analizado la figura del director irlandés en el libro Neil Jordan, que la editorial española Cátedra ha publicado, incluso desmenuzando su labor como narrador y la dirección de la serie para televisión Los Borgia, aunque lógicamente no incluye el último estreno La viuda. Jordan, considerado como el padre del cine moderno irlandés, tras diecinueve filmes en su haber es un cineasta que no se separa de su realidad circundante y que concibe el cine como “una mentira que sirve para descubrir una verdad” por medio de unos protagonistas, seres desarraigados que afrontan cambios abruptos y que se enfrentan a sus propios demonios, golpeados por la áspera y turbia violencia, ese impedimento para conseguir su propósito vital que evita que vuelvan a ser lo que eran. Los autores del ensayo sostienen que los personajes del cineasta “se ven envueltos en la vorágine de lo incomprendido, por cuanto sus acciones son siempre dubitativas”, producto de su inseguridad e inocencia.
En Danny Boy, influenciada por el cine de Nicholas Ray y rodada en solo seis semanas, la atracción del mal se cierne sobre un saxofonista mediocre, que se torna un pistolero vengador tras presenciar el asesinato de dos personas a sangre fría. El vacío interior de Danny le hace cruzar las puertas de la confusión mental, de la violencia soterrada e irracional y descender a los infiernos del hombre. Jordan es proclive a mostrar las debilidades del frágil mundo masculino desde el homosexual (hijo ilegítimo del párroco del pueblo) en plena vorágine de la Irlanda católica de los 70 de Desayuno en Plutón hasta los convictos fugados de Nunca fuimos ángeles (un fracaso comercial por culpa de un flojo guion de David Mamet), pasando por el delincuente con escrúpulos pero falto de clase de Mona Lisa, incapaz de comprender el mundo en el que vive.
Entre su dilatada producción cinematográfica, podemos destacar varios filmes. Juego de lágrimas (1992) es un atípico triángulo amoroso sobre el deseo protagonizado por un difunto, una falsa viuda y su asesino, un pulso entre la atracción y el anhelo erótico. La redención, la violencia, la sexualidad turbadora y el terrorismo se conjugan para confluir en un relato sobre la identidad sexual. El éxito de la fastuosa Entrevista con el vampiro (1994) y del biopic Michael Collins (1996), que retrata el origen del IRA y que ganó el León de Oro del Festival de Venecia, dieron paso a The butcher boy (Contracorriente, 1997), que le valió a Jordan el Oso de Plata del Festival de Berlín y que está ambientada en la Irlanda rural de los sesenta. Esta película, adaptación de una novela del irlandés Patrick McCabe, cuenta la historia de Francis, quien, entre el abandono familiar y su televisivo mundo fantástico, se entrega a una espiral de rabia, en lo que es un retrato satírico de los desvaríos de un jovencito descarriado. La religión, la locura, la identidad sexual y la opresión social convergen en una caústica reflexión sobre el tránsito a la madurez. En La extraña que hay en ti (The brave one, 2007), la locutora Erica Bain, tras un asalto en el que su marido pierde la vida, decide convertirse en miedoso ángel justiciero con el ansia de castigar al malvado como motivación. La película no logró recuperar en taquilla los 70 millones de dólares de presupuesto. A pesar de que pueda parecer una película tópica, lo atractivo de ella es el tratamiento visual de Jordan, con una fotografía caliginosa y unos planos angulados y semipicados y con un manejo de la voz en off acertado. La protagonista termina por convertirse en una extraña al descubrir su propia brutalidad, fruto de una ambigüedad moral, que el director muestra en plenitud. En definitiva, Jordan es un director que ha conjugado las maneras hollywoodiense con las europeas para remover tópicos y mostrarnos los hermosos monstruos del hombre.
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