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ISBN : 8493801399
Editorial: Nocturna Ediciones (23/05/2011)

Calificación promedio : 4/5 (sobre 1 calificaciones)
Resumen:
Melancólica, soñadora, la joven Irma es una de esas personas que contemplan la vida como si de una obra de teatro se tratara y que, en lugar de tomar parte en ella, desempeñan su papel desde el otro lado del telón. Su marido, el barón Ulrich von Buchow, es todo lo contrario: un hombre pragmático y con los pies en la tierra. Mientras Ulrich centra su atención en la finca y la educación de sus dos hijos, Irma siente que, poco a poco, el deseo de cambiar su vida por ot... >Voir plus
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Críticas, Reseñas y Opiniones (1) Añadir una crítica
Inquilinas_Netherfield
 02 marzo 2018
Creo que la publicación de clásicos de la editorial Nocturna pasa bastante desapercibida entre sus novelas de otras temáticas más comerciales, pero lo cierto es que existe y, aunque no muy extensa, es muy buena. No solo tiene publicados dos maravillosos Dickens que no pueden encontrarse en los catálogos de otras editoriales más orientadas a este género, sino que hace unos años recuperaron buena parte de la obra de un autor bastante desconocido por estos lares como es Eduard von Keyserling. A esa recuperación pertenece esta novela que hoy os traigo, la primera que leo suya (y última que publicó... empezando al revés), pero no será la última. Me ha gustado mucho, aunque creo que no es de esas novelas para recomendar a todo el mundo.
Irma von Buchow languidece en su mansión campestre. Ella, junto a su marido, sus dos hijos y su padre, pertenecen a la aristocracia terrateniente alemana, pero en esta casa cada cual se toma su lugar en la vida de una manera totalmente distinta. Ulrich es el cabeza de familia, y sobre él recaen todas las responsabilidades, ya no solo del hogar familiar, sino de sus tierras, sus finanzas, las gentes que trabajan para él, y hasta las deudas de su hermano Achaz, un vivales que habla mucho y hace más bien poco. Ulrich es un hombre serio, grave, que trabaja de sol a sol por sacar su renta adelante y adora a su esposa, aunque le cuesta expresar sus sentimientos. Ulrich es el que tiene que cargar todo el peso del mundo sobre sus hombros mientras los demás viven libres de preocupaciones.
Sin embargo, Irma, como digo arriba, languidece... porque ella quiere, claro, porque lo tiene todo al alcance de la mano. Podría hacer mil cosas, pero escoge no hacer ninguna. No le interesa nada, no le satisface nada, su marido le aburre, rechaza a su hija Isa, lo de ejercer de esposa del terrateniente es demasiado esfuerzo... Irma solo quiere a su precioso hijo Uli, por el que se desvive, y reír, bailar, disfrutar de la naturaleza y de las cosas bonitas... y todo eso solo lo tiene cuando su cuñado Achaz aparece por casa. Achaz, que ríe, ríe, ríe, y cuenta muchas anécdotas de la gran ciudad, y es muy simpático, y agradable, y seductor, mientras dilapida la fortuna de su hermano, le critica a sus espaldas por su devoción al trabajo (aunque sea ese trabajo el que pague sus continuas deudas de juego) y, en definitiva, le echa mucha jeta a la vida. Pero a Irma todo eso le da igual. Achaz es todo lo que Ulrich no es. Achaz es la luz de los días de fiesta, es la fiesta en sí misma... y su marido es el gris de los días laborables: le deprime.
El espíritu de Emma Bovary pulula por las páginas de esta novela de manera persistente, aunque con diferencias. Esa insatisfacción crónica, ese persistente querer estar en cualquier otra parte, esa frustración constante con la realidad que le rodea, ese mundo de fantasía donde la protagonista cree que todo será mejor que su verdadera existencia... Irma podría tenerlo todo para empatizar con el lector, quien podría entender sus ansias por escapar de los valores burgueses que le atan a un marido que no ama; un lector que podría acompañarla en su lucha por la libertad, por la felicidad, en una época donde la mujer pertenecía a su marido y lo de la separación o el fracaso matrimonial, sobre todo si era la mujer la que lo provocaba, se consideraba amoral (más aún en la alta sociedad). Irma podría tenerlo todo... pero yo no la he soportado.
No he podido con ella, lo siento. Me ha parecido egoísta, muy egoísta, irresponsable e inmadura. No le he perdonado el trato que le da a su hija, o más bien el trato que no le da. Emma Bovary tampoco llegó a sentirse nunca madre, no sentía ningún apego por su hija, pero lo de Irma es peor: decide ser madre de uno solo de sus hijos, el que se parece a ella. Ama a su hijo Uli por encima de todas las cosas: es tan alegre, tiene tanta luz, es tan guapo... a su hija Isa, solo una niña, simplemente la desprecia porque se parece a su padre. Irma la considera una personita gris, cuando ella solo quiere luz, luz, luz... Y esa niña, totalmente ignorada por una madre que no soporta que ni la toque, y sola, completamente sola, vagando por las páginas en busca de un gesto de cariño, de un abrazo, de un beso, me ha roto el corazón. Supongo que me ha vuelto a pasar lo de siempre, que el autor quiere que empaticemos con un personaje y yo me he ido por el lado contrario.
Tampoco he soportado a Achaz, dicho sea de paso, pero él no es realmente el protagonista de la novela ni el que quiere darnos pena a través de las páginas. Juega el papel de hermano encantador que siempre dice que va a cambiar pero que nunca lo hace, que solo pronuncia palabras vacías y que hace bueno el dicho de que "el camino hacia el cielo está pavimentado de buenas intenciones". Es egoísta y ya, no busca justificaciones ni insatisfacciones que valgan para engatusar al lector. Simplemente es el instrumento para que la trama desencadene en lo que desencandena. Irma y él son tal para cual: egoístas, solo piensan en ellos mismos sin importar a quien arrastren detrás.
Que conste que yo solo os transmito lo que he sentido con los personajes, que eso es independiente de la calidad de la novela, que es fantástica. de hecho me gusta cuando los personajes me hacen amarlos u odiarlos. No necesito que me caigan bien si la historia es buena y von Keyserling recrea una trama llena de anhelos, tristezas, celos y traiciones que no cuenta nada nuevo, porque la insatisfacción de la mujer en el matrimonio ya era una temática muy habitual de la época, pero lo hace con una prosa excepcional, elegante, contenida y contando mucho en pocas páginas. Las descripciones de la naturaleza son tan visuales, tan descriptivas, que rebosan impresionismo. Y la sutileza de la narración es, en sí misma, bonita de leer. No encuentro otra manera de explicarlo.
Los niños de los bellos días está imbuido de melancolía, de amargura, de un querer estar en otra parte, de tener lo que no se tiene, de creer que se debería estar haciendo algo distinto a lo que se hace... de una insatisfacción constante que, tras un suceso trágico que ocurre a mitad de la historia, explosiona. En la novela pasan más cosas de las que no os he hablado, porque en una novela tan corta no se puede decir mucho más sin desvelar cosas importantes, pero el espíritu es el que os cuento. Y es una lectura muy recomendable, pero quien la afronte debe ser consciente de que se va a adentrar en una narración pausada y nostálgica, donde pasan grandes cosas agazapadas detrás de aparentes nimiedades, y que es muy de personajes, para bien o para mal.

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