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Crítica de CARMINA


CARMINA
14 abril 2018
Había leído tantas reseñas positivas de este libro que se mi instaló el miedo en la boca del estomago desde el mismo momento en que comencé a leerla, no es la primera vez que las expectativas han sido tan altas, que el libro ha terminado defraudándome, y a ello se le unía que no estaba en mi mejor momento lector, a pesar de haber encadenado muchas lecturas más que satisfactorias. Sin embargo, pronto me di cuenta que estaba ante LITERATURA, si en mayúsculas. El autor es capaz de engarzar dos historias distintas en el tiempo y en el espacio, dos historias tan distintas y a la vez tan semejantes, dos historias que sin saber la una de la otra se han prolongado en el tiempo hasta confluir en la figura de María, una abogada de éxito.
Las claves del éxito de esta novela está en el buen hacer de Víctor del Árbol, en su prosa bella pero sin ornamentos, en las protagonistas femeninas, dos mujeres que nada tienen que ver entre ellas, y que sin embargo acaban unidas por lazos indestructibles. También en la habilidad para unir géneros distintos entre sí con maestría, porque La tristeza del samurai es una novela policíaca o criminal, también es una novela histórica porque en ella tienen cabida momentos de la historia más o menos reciente de España, la posguerra civil, la división azul, la democracia y los fallidos golpes de Estado, siendo uno de los puntos álgidos el del 23 F, todo ello sin poder considerarse una novela sobre este tema. Pero al mismo tiempo es también un thriller sicológico que desgrana en profundidad la psique de los personajes. También podría considerarse una novela coral por la multitud de personajes que se pasean por sus páginas... Una novela de trama compleja que Víctor sabe hilvanar con gusto para crear una novela que tardaré mucho tiempo en olvidar.

Ambientación:

Como he comentado antes, nos encontramos ante dos historias que terminan confluyendo en una.
La primera se desarrolla en Mérida, en los primeros años de la posguerra civil, con los camisas azules imponiendo su ley y aprovechándose de los bienes incautados, en estos momentos conocemos a la familia Mola, bien situada económica y socialmente. Su cabeza de familia ocupa un lugar importante en el partido, y está llamado a escalar rápidamente.
La vida de esa familia y los avatares que les acontecen le sirven a Víctor del Árbol para ir retratando los primeros años de dictadura, la actuación de la policía y su brutalidad, los juicios en los que el condenado recibía todo tipo de humillaciones y torturas a cambio de una confesión, sin la cual igual era ejecutado. La creación de la División Azul, y la participación de España en la II Guerra mundial al lado de los alemanes en el frente ruso.
Puede que esos fragmentos de la historia sean los que más han calado en mi ánimo, las condiciones de los soldados españoles no eran las mejores, no niego que algunos fueran voluntarios, pero los más fueron obligados, como Fernando Mola, o Pedro Recasens, mantenerse con vida en el frente no era sencillo, sin embargo las puñaladas más profundas no las asestaba el enemigo si no la propia familia...
De la fría estepa rusa la acción se traslada a Barcelona, donde ha sido destinado Guillermo Mola, donde contra todo pronóstico vuelve su hijo Fernando. Dónde comienza la segunda historia de la mano de María Bengoechea. Han pasado cuarenta años, y la trama ha avanzado, y comienza a confluir, porque la culpa roe las entrañas, aunque estas sean heredadas.

El tiempo:

Como he comentado anteriormente la historia se desarrolla durante cuarenta años, Comienza en 1941 y termina en 1981. Durante estos años, España pasa de una dictadura a una democracía que busca afianzarse. Víctor del Árbol hace un buen retrato de la sociedad de la época tanto en el pasado como en el presente. de su mano conocemos los excesos de los militares en la dictadura. Los horrores vividos por los soldados de la División azul, los primeros pasos de una democracia con la que parece que no todos están contentos y que pretenden derrocar y como colofón a todo ello la intriga para acabar con la joven libertad estrenada.
Por las páginas de esta novela desfilan personajes reales y personajes de ficción, hechos reales y otros frutos de la imaginación del autor, todos ellos hilvanados con elegancia y maestría, al servicio de unos personajes complejos y bien estudiados, que hacen las delicias del lector.

Los personajes

Como he dicho al principio cuando intentaba sin éxito encuadrar la novela, nos encontramos ante una novela coral, con una gran multitud de personajes, algunos se mantienen durante toda la novela y otras pasan a ser omniscientes en un momento dado.
Quizá lo que más llama la atención es lo bien dibujados que están todos y cada uno de ellos, y no solo desde el punto de vista físico, si no también desde el sicológico, y quizás este sea el punto más importante. Nos encontramos con personajes de carne y hueso, que hay momentos que traspasan el papel con su personalidad. A ninguno de ellos se le puede acusar de ser plano o anodino. Y sobre todo ninguno de ellos es malo o bueno, yo diría que todos y cada uno de ellos tiene una parte oscura, que hace que esta novela sea bastante pesimista, con distintos tonos de gris, pero sin concesión a la blancura, a la luz, al optimismo.
Víctor del Árbol saca lo peor de cada uno de sus personajes y nos presenta su parte dulce y emotiva, pero también esa que todos desearíamos mantener fuera del alcance de los curiosos. La crueldad de algunos personajes es impresionante, y lo más triste de todo es que hay personas así, que matan sin remordimientos, que propinan palizas... que pagan para que liquiden a la persona que les molesta.
A Isabel Mola una de nuestras protagonistas ausentes la he podido entender, he comprendido sus decisiones, su angustia, su amor de madre. A María me ha costado más superar su frialdad, su dureza, creo que es un personaje al que no se le llega a querer por más que al final enmiende un poco todo el daño que ha hecho. Dos mujeres que no coinciden en el tiempo y que al final terminan teniendo alguien en común.
Hay personajes como Guillermo Mola, Publio, Lorenzo o Ramoneda a los que odiarás. Otros como Cesar Alcalá a los que compadecerás. Y hay un personaje misterioso, muy importante en la trama que mueve los hilos en el pasado y este vuelve de lleno para presentarle factura, y tardaremos en descubrirlo, pero en cuanto lo hagamos todo empezará a cobrar sentido, y la trama comenzará a precipitarse hacía un final de justicia poética.

La culpa

Si hay algo que sobrevuela durante toda la novela es la culpa, esa que termina condenando a tres generaciones de Alcalá por un crimen que no ha cometido, la que sobrelleva Fernando Mola, la que atenaza a María, la que consumía a Isabel, la que trata de ignorar Guillermo.

Pero también la que arrastra Cesar porque en busca de su verdad termina cometiendo ilegalidades. Las redes de la culpa son grandes y llegan hasta lugares insospechados y terminan por manchar a la mayoría de los personajes, de ahí que sea una novela en la que se dan cita una gran gama de grises, y en la que la única luz posible la pone Marta, la hija de Cesar Alcalá.

Conclusión:

Con todos estos ingredientes Víctor del Árbol ha aderezado una historia con dos tramas, ha conseguido que ninguna tenga más interés que la otra, ha ido dosificando la información con tanto acierto que mantiene al lector pegado a sus páginas aún cuando se van desvelando misterios. Ha incluido de forma satisfactoria personajes históricos y ficticios, hechos reales y otros frutos de la imaginación de su autor.

Con acierto nos ha hecho viajar a través de la historia más reciente de España, para dar un salto a la fría estepa Rusa y volver a nuestro país en una época diferente, pero con los mismos protagonistas, que si corruptos eran antes, corruptos siguen siendo.

Creo que es una novela que lo tiene todo para gustar al lector, guste este del género literario que guste, una trama bien hilvanada, personajes bien dibujados, tensión bien dosificada y justicia poética, que no coincide con las dictadas por las leyes y los hombres. Una historia diez, para un lector que sabe apreciar las pequeñas cosas...



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