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Crítica de MarioG17


MarioG17
24 febrero 2020
«Los portugueses tienen un dicho cruel: “Portugal é Lisboa e o resto é paisagem”. En España se podría decir que España es Madrid, y el resto, ni siquiera es paisaje». Mar marrón es lo que hay alrededor de Madrid, dicen. Un gran mar marrón que ni siquiera es paisaje. Sergio del Molino nos ilustra y se interna con el lector en los recovecos de un país deshabitado en sus zonas interiores, donde apenas crece la hierba y la gente. Con Lugares fuera de sitio ganó el Premio Espasa de Ensayo 2018, y con este ha cautivado el corazón de muchos lectores y ha conseguido poner sobre la mesa un asunto que necesitaba salir a respirar después de tanto tiempo de ahogo estatal. Ya habló el autor de este vacío español en Lo que a nadie le importa, ilustrando desde el título unos hechos soterrados y que necesitaban aire fresco y conversación fluida.

Es un ensayo, pero también puede ser catalogado como libro de viajes. Sea como fuere, La España vacía es un tratado amplísimo sobre el éxodo rural, tratado en alguna que otra novela, pero no abordado en profundidad en España a partir de libros populares como este.

Cuando el lector termina este libro se lamenta de no haber podido recoger en su mente toda la información que este ofrece, porque es completísima, pero muy difícil de recordar, aunque sí sería útil. Por ejemplo, del Molino nos habla de que Aragón es más extensa que Países Bajos y, sin embargo, en la comunidad autónoma viven 1,3 millones de habitantes y, en el país del norte de Europa, más de 17.

Lo que el autor llama aquí la España vacía —las dos Castillas, Navarra, Extremadura, Aragón y La Rioja— ocupa el 53% del territorio español y, sin embargo, en ella solo vive el 15% del total de la población española. En España, con un territorio más extenso que Italia, Reino Unido y Alemania, viven muchos millones menos de habitantes que en estos tres países.

Hay zonas del interior peninsular faltos de atención, gente que se ha ido marchando progresivamente a las capitales o a Madrid y Barcelona en busca de un mejor futuro. “Un pueblo rico de la meseta nunca fue tan rico como un pueblo pobre de Francia o Alemania”, dice del Molino. Hay pueblos olvidados en los que en invierno apenas viven un puñado de ancianos y cuya densidad de población es propia del Polo Norte. ¿Qué pasará cuando la gente mayor que allí habita deje de hacerlo? Según una noticia reciente de El Mundo, Quiñonería y Valdeprado, dos pueblos de Soria, tienen una densidad de población de 0,2 habitantes por km2.

Así, narrado en primera persona, del Molino nos lleva por la historia de un país hueco por zonas mientras facilita numerosas referencias bibliográficas y cinematográficas. Desde Extremoduro y sus letras hasta Buñuel, pasando por José Antonio Labordeta y su programa sobre pueblos españoles. Como el de Labordeta ha habido otros tantos recientemente, como Este es mi pueblo y Campechanos, ambos en Canal Sur, o El paisano en La 1, aunque enfocados a veces más hacia el campo en general y no tanto hacia los pueblos más olvidados de la geografía española.

La lluvia amarilla, de Julio Llamazares, quizás es el mejor ejemplo de este asunto en el actual panorama narrativo de España, junto a Intemperie, de Jesús Carrasco, aunque este aborda más el tema bucólico que el de la España vacía.

Aislamiento a veces es lo que buscan los que a estos pueblos se marchan en busca de paz. Ejemplo los encontramos, por ejemplo, en la novela Los asquerosos, de Santiago Lorenzo, donde unos urbanitas sibaritas enfermos de postureo —representados por Los Mochufas— viajan a pueblos abandonados para reivindicar su supuesto ruralismo y, posteriormente, volver a la ciudad a desempeñar su labor y presumir de su ‘fin de semana en el campo'.

Precisamente se culpa al aislamiento de ser el culpable de crímenes en estas esquinas olvidadas del mapa. Se establece así una relación estereotipada entre pueblos aislados y el crimen, que nos llevan hasta sucesos como los acontecidos en Casas Viejas (Cádiz) en los años 30 del siglo pasado o en Puerto Hurraco en 1990.

Luego están Las Hurdes, una zona extremeña que Buñuel se encargó de exponer defenestrada en su documental homónimo de compromiso político-social y que Marañón se encargó de censurar. Las Hurdes no destacó por su violencia, sino por sus supuestas condiciones infrahumanas de vida, primitivas y previas a cualquier atisbo de civilización que del Molino se encarga de desmontar en estas páginas.

Imposible no hablar también de la Institución de Libre Enseñanza que promovió el malagueño Giner de los Ríos, y de sus misiones pedagógicas que vagaban por los pueblos enseñando cultura a los vecinos que veían aquella llegada mesiánica con los brazos abiertos.

Es sabido que las zonas rurales del interior y norte peninsular también ha sido pasto para el carlismo, esa ideología tan amenazante en el siglo XIX para la Corona española. “El carlismo no estaba en el campo por vocación, sino porque no había conseguido triunfar en las ciudades y había sido expulsado de ellas”, nos relata el autor.

Podría parecer que en determinados momentos del Molino se va por los cerros —nunca mejor dicho— de Úbeda, pero esto es el fiel reflejo de la erudición del autor y la investigación exhaustiva y extensa que ha llevado a cabo, aunque quizás sí debería haber enfatizado más en las gentes que habitan estos pueblos.

También dedica del Molino un capítulo a Calomarde, del que recientemente ha publicado un libro brevísimo. “Ser de pueblo es un don de Dios”, decía Delibes. “En las ciudades uno se muere del todo, en los pueblos, no; algo queda de uno agarrado a los cuetos, los chopos y los rastrojos”. Delibes ya habló en multitud de obras de lo rural. Y queda claro, uniendo estas citas a Calomarde, que en España todo el mundo debe saber de dónde procede y no intentar alcanzar el cielo que no le corresponde.

Autor de obras celebradas como La hora violeta, La mirada de los peces o las susodichas Lugares fuera de sitio y Lo que a nadie le importa, entre otras, Sergio del Molino parece un escritor amante de los libros que comienzan por la letra ele, y así nos lo demuestra en este ensayo completísimo que termina con una reflexión digna de mencionar: “La España vacía, vacía sin remedio, imposible ya de llenar, se ha vuelto presencia en la España urbana”. Porque, tengámoslo en cuenta siempre, “mirar en los rincones de la España vacía de los que procedemos es mirar dentro de nosotros mismos”.
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