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Crítica de Carampangue


Carampangue
18 noviembre 2019
El presente libro es un poema extenso, dedicado a las comidas y bebidas del pueblo chileno. Pablo de Rokha, usando versos muy largos y un estilo casi narrativo, crea un texto sencillo de leer, al menos dentro de lo que es la lírica.


En este texto, de Rokha muestra su afición a la buena mesa, y en particular su conocimiento y amor por las comidas populares y campesinas. No encontraremos aquí manjares refinados, ni restaurantes elegantes: encontraremos comidas de esas que se sirven directamente bajo el cielo, muchas veces sentados en piedras enormes y planas, al lado del río. Pocas veces en un entorno urbano, y cuando se hable de una ciudad, se hablará de pequeñas picadas, cocinerías y locales humildes.


Junto a la comida y bebida, en el poema se habla de la naturaleza. Fue de Rokha un poeta nacido en Licantén, una pequeñísima localidad rural, y cuando habla de cocinar y comer, el rito siempre está acompañado de un entorno: de ríos y lagos, de árboles, de lluvia. Y de personajes populares, de curas de pueblo, de muchachas hermosas que quisiéramos besar, de señoras que tienen nombre y apellido y que viven en una localidad específica, de hombres que son especialistas en producir alguna exquisitez bronca y picante. Porque a Pablo de Rokha, como gozador de la buena mesa, le gusta la comida picante, de esa que pide el vino como complemento imprescindible.


Con un estilo más dado a la comparación que a la metáfora, nos regala momentos estremecedores ("Si murieron por ejemplo, sus relaciones y sus amistades de la infancia y Ud. retorna a la provincia despavorida y funeral, arrincónese, solo en lo solo, / cómase un caldillo de papas, que es lo más triste que existe y da mas soledad al alma, / y beba vinillo, no vino, el vinillo doloroso y aterrado que le darán a los que van a fusilar, los carceleros o el fraile infame que lo azotará con el crucifijo ensangrentado"), momentos de enorme belleza ("En Tutuquén se condimenta un valdiviano tan quemante, que arrastra el trago muy largo y al cual, como a los porotos fiambres, se le aliña con limón y brotes de cebolla de invierno, / todo lo cual, encima del mantel, florece, con tortillas de rescoldo y también las papas asadas y la castaña, como en Concepción, cuando se produce sopa de choros, o en Santiago chunchules o cocimiento del Matadero, a plena jornada invernal, o en Valparaiso choros, absolutamente choros, choros crudos o asados en brasa y de peumo."), y momentos sorprendentemente desagradables, como a veces es la vida del pobre ("O como fuego con fierro adentro, es decir, el ají con ají, que come el pobre, cuando come, enyugándolo a la cebolla agusanada ... ").


Un libro atado a la tradición de un pueblo, que canta y ama un país que ya no existe, un pueblo que se ha transformado tanto que a veces parece querer convertirse en Miami, y una comida que se cocina durante horas, porque se tiene tiempo para eso. Una cocina que se hunde en la tradición y cuyas recetas no se escriben, sino que se aprenden ahí, con las manos en la masa, hurgando en las cocinas de campo.
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