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Crítica de GemaMG


GemaMG
19 octubre 2020
Cuando era pequeña, mi madre, que también era maestra, para hacer valer la máxima de que “lo que bien se aprende nunca se olvida” recitaba como una letanía la lista de los Reyes Godos. Durante mi etapa escolar aprender aquella lista estaba eliminado de los planes de estudio y no tuve que aprender de memoria esos más de treinta nombre sin ton ni son, pero no eliminaron solo la lista, sino que parece que olvidaron totalmente esa etapa de la historia y a sus protagonistas, saltando del Imperio Romano al Reino Musulmán y pasando de puntillas por Roderico y compañía. En mi mente no queda recuerdo alguno de haber estudiado alguna vez la España Visigoda.
Como época desconocida también me resultaba árida; una parte de la historia sin más atractivo que las batallas de las que nunca fui muy amiga y las enormes estatuas que jalonan los caminos de los Jardines de Oriente de Madrid. Digo que me resultaba árida… hasta hoy.
Conocer esta parte de nuestra historia a través de los ojos de José Zoilo ha sido una verdadera sorpresa, una muy agradable sorpresa.
Este autor tiene un don para describir la historia, para conseguir que se lean con gusto incluso las más cruentas batallas, para definir las intrigas, las alianzas y las traiciones de la manera más sublime, para construir unos personajes que se vuelven de carne y hueso ante nuestros ojos, a los que comprendemos u odiamos, a los que, sin duda, no debemos cogerlos demasiado cariño, pues nunca sabemos lo que nos van a durar…
No se puede leer esta novela con los ojos del presente, no podemos leer desde nuestro hoy un momento en el que los señores eran educados para "poseer", un momento en el que cuando no vivían de las rentas, su único objetivo era mantener sus tierras y si era posible adicionar las del vecino, cuando esta ambición de poder les llevaba a forjar alianzas con los enemigos y a traicionar a los que eran amigos.
Un tiempo en el que los campesinos se convertían en peones de los juegos de poder q convertían las llanuras y los caminos en campos de batalla.
En el que las mujeres podían ser sumisas compañeras o impías conspiradoras, porque las menos, las osadas que se salían del guión tenían poco que ganar y casi todo que perder.
En el que los religiosos, lejos de ser piadosos se movían por motivos muy alejados de lo espiritual y demasiado cercanos al mero poder terrenal, convirtiendo incluso a la ciudad eterna en un campo de batalla en el que no se blandían espadas y escudos, en los que la lucha no era menos encarnizada por ser más sutil.
En esta historia los personajes se comportan como lo que son. Salvo raras excepciones se mueven por ambición, por venganza y por poder, por lo mismo que, nos guste o no, siempre ha movido y mueve el mundo. La única diferencia es que en la época que le ocupa a la novela no había porque disimular los “malos sentimientos”, no había necesidad de pasar por ser el más bueno, el más generoso, ni siquiera el más guapo o el más limpio, bastaba con ser lo suficientemente inteligente como para sobrevivir en el nido de víboras en que se convertía, no solo cualquier corte, sino cualquier facción, cualquier grupo del que se formara parte, incluso y a menudo de forma mucho más cruenta, la propia familia. Es necesario entender que la conquista, ya fuera de godos o árabes, era una forma de vida y que la lucha no era una elección, sino una necesidad si se quería seguir con vida.
La novela, de más de 600 páginas se desliza sin apenas ser consciente ante nuestros ojos. Paginas salpicadas de leyendas, de batallas, de luchas de poder, pero sobretodo llenas de vidas corrientes, de personas corrientes a las que poco o nada importaba quien fuera el rey de quien, en muchas ocasiones, ni siquiera sabían el nombre, y que sin embargo se veían obligadas a tomar partido por uno u otro con el único fin de garantizar su supervivencia.
En esta novela de personajes, los hay de todo tipo y condición. Los hay honestos e íntegros, como Ademar, los hay negros por dentro, portadores de los mas ruines deseos, como Ragnarico, los hay profundamente leales, como Hermigio y los hay traidores como Tariq. Están los que buscan medrar a cara descubierta, como Oppas y los que lo hacen a través de las mas sutiles técnicas de manipulación no exentas de violencia, pero dosificada, como Clodoveo. Y hay mujeres valientes, fieles, arrojadas, mujeres que no temen vivir, signifique eso lo que signifique. Hay un amplio catalogo de personajes que a pesar de sus diferencias tienen algo en común, ninguno de ellos deja indiferente.
A través de todos ellos el autor nos pasea por una época convulsa, llena de batallas y de huidas, de muerte y dificultades, de ignorancia y supercherías, una historia en fin, en que la muerte es la protagonista, pero en la que, inevitablemente la vida se abre camino. Y es que a pesar de la crudeza de la trama el autor, es capaz de dejar un resquicio para la esperanza.
A través de ellos el autor consigue que todo ese trabajo de documentación que sustenta el libro se convierta en algo real, en algo cercano, en un pedazo de la historia que disfrutar en cada una de las líneas de la novela, en cada una de sus páginas, en cada uno de los capítulos… porque si algo consigue esta novela es hacernos disfrutar incluso en los trances menos proclives a hacer disfrutar.
Si con su primera novela descubrí a un gran escritor con una gran historia, con esta he descubierto a un grandísimo autor que estoy segura seguirá dándome buenos motivos para acercarme a esos retazos de la historia que tan certeramente es capaz de narrar. Una novela a la que ha merecido la pena acercarse y a la que os recomiendo encarecidamente dar una oportunidad porque vais a descubrir una historia que cuenta más, mucho más, de lo que he sido capaz de transmitir en estas líneas.
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