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ISBN : 8494476173
Editorial: Confluencias (07/03/2016)

Calificación promedio : 4/5 (sobre 1 calificaciones)
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Críticas, Reseñas y Opiniones (1) Añadir una crítica
Inquilinas_Netherfield
 17 diciembre 2017
Sip, habéis leído bien el título. MH y sus rarezas una vez más xD.
Pues eso, lo que es, es, el título da poco margen a la imaginación, y os lo traigo por aquí aun sabiendo que no será de interés para (casi, supongo) nadie.... pero no puedo dejar de enseñároslo, aunque anticipe que lo vais a dejar pasar en grupo. Sé que su interés (salvo para quien le guste la historia de Inglaterra en general, o la de la dinastía Tudor en particular, o ya, afinando mucho, la de este señor que fue Enrique VIII) es, digámoslo así, nulo. Pero yo reúno todas y cada una de esas premisas, así que cuando me enteré de que estas cartas se habían traducido al castellano, sé que será difícil de creer, pero se me puso cara de felicidad tonta. El caso es que esta vez, de verdad y sin que sirva de precedente, creo que no me voy a extender demasiado (aunque la intro no dé muchas esperanzas al respecto xD).
Pido perdón por adelantado, eso sí, a historiadores y/o expertos en la materia porque yo no soy ninguna de las dos cosas, por lo burdo del lenguaje y por lo muy superficial de los datos, pero es para que no se haga pesado. Va a ir todo como muy por encima :)
La primera vez que yo tuve constancia de que esta correspondencía se conservaba cinco siglos después de haber sido escrita fue en una visita a la British Library de Londres. Allí hay una sala de las maravillas donde se exponen cartas, manuscritos, borradores... de escritores, personalidades eminentes británicas, etc... que abarcan varios siglos de historia. Bueno, pues allí vi expuesta una carta de Enrique VIII a Ana Bolena. Y no sé el tiempo que pasé delante de ella, maravillada por el descubrimiento, por tener eso tan inesperado delante de mí (es que lo mío con los Tudor viene de lejos, qué le voy a hacer). al volver a casa, supe que el resto de cartas estaban en los Archivos Vaticanos, y ahí quedó la cosa... hasta hace unos meses, que descubrí esta edición en castellano.
No tengo intención de aburriros con la historia de ¿amor? de Enrique y Ana (un globo, dos globos, tres globos), pero por situar en contexto al trote, Enrique VIII llevaba años casado con Catalina de Aragón; mujeriego impenitente, cambiaba de amante como de servilleta, y un día se cruzó en su camino Ana Bolena, quien le dijo que nanai de la china, que ella no iba a ser su amante como las otras (amante carnal, para que nos entendamos), ella quería más, quería boda... y claro, Enrique, a quien ninguna cortesana le decía que no, ante tamaña osadía, cayó rendido a sus pies (iba a utilizar una palabra más vulgar y moderna, pero me la ahorro. Echadle imaginación). Cuando los rumores del enamoramiento del rey inundaron la corte, Ana tuvo que marcharse a la casa familiar de Hever durante cosa de un año y medio con la amenaza de no volver jamás (esto ocurrió entre los años 1527 y 1529). A ese periodo corresponden estas cartas, únicos meses que estuvieron separados los dos tortolitos (la separación definitiva llegó cuando el enamorado Enrique ordenó decapitar a su querida Ana, pero claro, esa es otra historia).
Y eso son, cartas de amor en las que Enrique primero está cabreado porque no le queda nada claro a qué juega la Bolena, luego le suplica a su amada que le haga caso, que le dé muestras de su amor, que vuelva a él, que le conceda "su cuerpo y su corazón", que sea su amante de pleno derecho... y mientras Ana, lista como ella sola, se hace la tonta tirando la piedra y escondiendo la mano, y manteniéndose firme en su negativa a ser su amante si no se casa con ella primero.
Pero además de cómo todo un rey de Inglaterra suplica el amor de una muchacha que sabe muy bien cómo manejarlo, también resulta muy interesante todo lo demás que Enrique dice cuando deja a un lado las palabras de enamorado. En estas cartas entrevemos el comienzo de lo que hizo que esta relación pasara a la historia del modo en que lo ha hecho.
Sin querer (me repito) ponerme cansina con datos históricos, hay que señalar que Enrique VIII estaba decidido a casarse con Ana Bolena: necesitaba un hijo varón que Catalina no podía darle, Ana Bolena no iba a compartir cama con él si no estaban casados... y, en fin, necesitaba quitar a Catalina de Aragón del cuadro (la pobre aún tuvo suerte visto lo visto con esposas futuras). El caso es que el rey, encaprichado y obsesionado, alteró el destino político, religioso y social de Inglaterra con la única finalidad de casarse con esta cortesana (de perteneciente a la corte, no el otro significado), y de paso empezó a practicar lo de decapitar a todo el que no le besase el culete, Tomás Moro a la cabeza (chiste malo y negro, sorry). Como desde Roma le negaron la anulación y le amenazaron con la excomunión, Enrique rompió con Roma y con la Iglesia Católica, fundó la Iglesia de Inglaterra, se nombró cabeza de esa Iglesia, y cuando todo estuvo a su conveniencia, se casó con Ana Bolena (en secreto, que el señor tenía prisa, ya se sabe... meses después sería legal).
Bueno, pues del comienzo de todo eso ya se empiezan a ver indicios en estas cartas. Enrique no conseguía que Ana volviera a la corte, sabía que tenía que hacer algo, y en estas misivas de amor ya le va hablando de cómo un enviado papal se dirige hacia Roma para pedir la anulación de su matrimonio con Catalina, y de cómo hará todo lo que tenga que hacer para casarse con ella (y lo hizo, vaya que si lo hizo). También se habla de la epidemia de "sudor inglés" que asoló Inglatera en 1528, que afectó tanto a ricos como a pobres (incluida la corte del rey), y de la que Ana se contagió en su retiro, aunque consiguió recuperarse... O cómo Ana ya tomaba decisiones que afectaban al reinado de Enrique e influía poderosamente en las opiniones del rey en asuntos de Estado. Es decir, que sí, son cartas de amor, pero también se alude a ciertos acontecimientos políticos y sociales que estaban ocurriendo en aquella época.
En esta edición se traducen las 17 cartas que se conservan de Enrique a Ana en ese periodo de tiempo, además de una misiva de Ana al cardenal Wolsey (la correspondencia de Ana a Enrique no se ha conservado). Aparte, un prólogo y un epílogo breves y concisos pero efectivos y al grano, nos sitúan en el periodo y las circunstancias que rodearon la escritura de estas cartas y las consecuencias que tuvo esta relación a nivel político, social y religioso en Inglaterra (les paso por alto que llamen Carolina a Catalina).
Sé que hay que tener unos intereses un poco peculiares para que a alguien le llamen la atención estas cosas, y yo reconocozco que los tengo. Estas cartas me parecen unos documentos únicos de una época histórica que me apasiona, y de una relación que provocó un cisma en una Inglaterra que cambió para siempre hacia lo que es hoy en día a muchos niveles... sinceramente, me parece una maravilla que se hayan conservado. Para qué engañarnos, Enrique como escritor no era Shakespeare, y como escritor romántico ya ni os cuento, pero el valor histórico de estas cartas es enorme y único.
Si no temiera aburriros os hablaría mucho más de este rey en general y de este matrimonio en particular, pero no tiento a la suerte. Por desgracia, a Ana le sirvieron de poco tanta inteligencia y maquinación: Enrique buscaba lo que buscaba, ella tampoco le dio un hijo varón y acabó perdiendo la cabeza literalmente por ello (no me creo nada de todo lo que se inventaron para ajusticiarla). Los amores de este señor eran efímeros, caprichosos y crueles, y la caja de los truenos de su despotismo se abrió cuando puso Inglaterra patas arriba con tal de sacar adelante esta relación. Después de eso, ya nadie podía pararlo.
En fin, que si por casualidad a alguien le interesa mucho este tema y le descubro la existencia de esta edición, aunque solo sea una persona, objetivo conseguido. Yo estoy requetefeliz con mis cartas :)
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Citas y frases (1) Añadir cita
Inquilinas_NetherfieldInquilinas_Netherfield17 diciembre 2017
Dándole vueltas al contenido de vuestras últimas cartas, me encuentro en una gran agonía, no sé cómo interpretarlas. No sé si me perjudican, como se muestra en algunos pasajes, o me benefician, como se manifiesta en otros lugares, suplicándoos con ansiedad que me dejéis conocer vuestro pensamiento al completo sobre el amor que existe entre nosotros.
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