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Crítica de Carampangue


Carampangue
05 marzo 2019
Antes de empezar, una advertencia: este libro no fue escrito por Mark Twain en su totalidad, sino que fue intervenido sin su consentimiento antes de publicar.

El forastero misterioso es una obra póstuma, de la que –además- Twain escribió varias versiones, sin que ninguna quedara totalmente acabada. En ella el autor cambia su habitual tono, de un humorismo natural y amigable, para dar paso a una obra amarga, de un humor cínico y desencantado, en el que cuestiona fuertemente al género humano y a las iglesias, a las cuales veía como simples engañadoras de la gente.

En 1916, varios años después de su muerte fue publicada por el albacea de su obra, Alber B. Paine, en acuerdo con la hija de Mark Twain, Clara. Ambos pertenecían a una iglesia llamada Ciencia Cristiana, y decidieron quitar las partes más ofensivas con los sacerdotes (las llamaban “profanidades”), así como inventar un personaje a quien atribuirle las canalladas que en la novela original eran realizadas por el cura de la Inquisición. Ese personaje, que es el Astrólogo, no existe en la obra original.

Tan solo en 1969 fue publicada una edición fiel al texto original, por la Universidad de California, la cual es poco conocida en español: entre nosotros es más conocida la versión intervenida, que es interesantísima de todos modos, y que es la que comentamos aquí.

Si Mark Twain fue siempre un aventurero, un entusiasta de la vida que se atrevía a todos los trabajos, un gran viajero y un pésimo administrador (fue muy rico y muy pobre varias veces: lo que ganaba con sus libros lo invertía desastrosamente), al llegar al final de su vida sufrió una serie de pérdidas: a la económica, que lo dejó al borde de la miseria, se le sumaron las pérdidas de su hija menor Susy, y de su esposa, de una enfermedad repentina.

Solo y abatido, Twain encaró su sufrimiento con una novela de un humor pesimista, en la que cuestiona el valor de la raza humana, el sentido de su existencia y la maldad con que nos relacionamos. Es una novela de talante filosófico, amarga, y sin embargo fácil de leer, amena e incluso graciosa. La prosa de Mark Twain hace posible el milagro.

Esta novela ocurre a finales del siglo XVI, en un pueblecito perdido al interior de Austria en el que, en palabras del autor, “era todavía el Medioevo y prometía seguir siéndolo siempre”. En este pueblo conocemos a tres niños, amigos de recorrer el bosque como si fuera su casa, y uno de ellos narrará nuestra historia, la cual comienza al encontrarse ellos con un muchacho un poco mayor, encantador y deseoso de agradar, quien afirma llamarse Satán, ser un ángel y de hecho, sobrino del mismísimo Lucifer. Este joven realiza diversos milagros para los niños, como crear hombrecitos de barro y darles vida. No obstante, cuando estas personitas se vuelven incómodas, los mata sin pensarlo dos veces.

Los chicos están escandalizados, claro, pero Satán los calma, y les muestra su visión de las cosas: los hombres y mujeres no valemos nada para él, somos como insectos, por lo que nuestra vida o muerte le es indiferente. Y además, nos desprecia, y particularmente desprecia nuestro sentido moral, del que tanto nos enorgullecemos. El joven ángel estima que los animales (y los ángeles) carecen de sentido moral, por lo que simplemente no hacen daño a nadie: nada más se comportan como debe ser. Las personas, en cambio, actúan movidas por un “sentido moral” que les hace cometer una atrocidad tras otra, tratarse injustamente, llevar a la hoguera a personas inocentes, maltratarse y destruirse a sí mismas sin descanso, bajo la excusa de la fe, la política o el dinero.

Más aún, cuando los chicos piden a su amigo que intervenga ayudando a otros, el ángel les brinda su apoyo, pero éste es terrible: sus amigos mueren, enloquecen o enfrentan la cárcel. Satán les explica que éstos son los mayores favores que les puede hacer, y es la mayor felicidad a la que les cabe aspirar.

Se trata de una novela desesperanzada, que reflexiona sobre lo que llamamos Bien y Mal, que cuestiona nuestra valía, nuestra independencia personal y que acaba diciendo que todas nuestras esperanzas son una mentira. Sin embargo, lo hace a partir de una estructura simple y lineal –toda la novela transcurre en alrededor de un año, y narra básicamente las visitas del ángel a los niños-, y usando un lenguaje claro y natural, en el que Twain (como siempre) habla sin pretensiones, sin buscar un estilo “literario”, sino más bien como si nos estuviera contando un cuento para pasar el rato.

Incluso, es una novela humorística, de un humor negro y malvado, pero humorística. Ya antes Mark Twain había dado muestras de poseer ese tipo de humor: en algunos pasajes de Hucleberry Finn, por ejemplo, en cuentos (“El cuento del niño malo”, por ejemplo), o en el recordado epitafio que escribió para Joshua A. Norton, el Emperador de Estados Unidos. Sin embargo, en este punto el humor de Twain profundiza esta característica, se vuelve áspero, corrosivo y atormentado, como la propia alma del viejo Mark lo era en ese momento.
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