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Crítica de Jeraviz


Jeraviz
25 noviembre 2019
Para leer a Stephenson necesitas sentarte en un sitio cómodo y tomarte un par de cafés para poder seguirle el hilo de lo que cuenta, porque como te despistes vas a empezar a leer en diagonal y no hay vuelta atrás.

En La era del diamante nos dibuja un Shangai del futuro que mezcla steampunk y ciberpunk: una sociedad en la que la nanotecnología lo domina todo pero que socialmente copian los esquemas de la época victoriana. Y como núcleo de todo tenemos a la pequeña Nell, una niña maltratada que se refugia en la lectura de su Manual para poder evadirse de la realidad.

Y este núcleo, el corazón de la historia, es lo que me ha hecho terminar el libro a pesar de los intentos de Stephenson para que lo abandone. Y me explico.

El autor tiene una forma de escribir que no me gusta nada: párrafos larguísimos, sin apenas puntos y aparte, no hay casi diálogos, y se detiene a describir en detalle cosas que no tienen nada que ver con la historia general. (La frase: "Se puso el gorro que le cubría el 75% de su cráneo" me mató.)

El Shangai que nos cuenta no consigue definirlo como algo real. No como ocurre en La chica mecánica, allí Bacigalupi consigue describir una Bangkok del futuro en el que sientes el calor y cómo te pican los mosquitos. Sin embargo, aquí Stephenson sitúa a los personajes en una especie de nebulosa victoriana del futuro que no ayuda a definir la historia.

Pero contra todo esto, lucha la pequeña Nell y consigue que haya terminado el libro para saber qué es lo que le esperaba al final de su querido Manual. Me podría leer un libro entero con las historias que le pasan a Nell mientras lee.
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