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ISBN : 9682908906
Editorial: Lecturas Mexicanas (04/07/1986)

Calificación promedio : 4/5 (sobre 1 calificaciones)
Resumen:
Ignacio Solares es un referente de la literatura mexicana cuyo origen norteño comparte raíces con la frontera Mexico-estadounidense, que al igual que Daniel Sada (Baja California) buscó arraigarse en el centro del país y desde ahí proyectar su narrativa. Enmarcado dentro de la novela histórica, Ignacio Solares cuenta con una impresionante nómina de títulos que van desde la temática espiritual, psicológica, revolucionaria que lo hacen atractivo de leer.
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Críticas, Reseñas y Opiniones (1) Añadir una crítica
joseluispoetry
 26 julio 2019
ANONIMO, DE IGNACIO SOLARES.
La "otredad es uno de los pilares fundamentales de lo gótico en la literatura universal. No se trata del o de lo otro ordinario, común y corriente, del prójimo, o próximo con el que nos relacionamos tete a tete y a todas horas, y por tanto lo conocemos; no se trata tampoco del otro que se supone que es como yo, de la misma sustancialidad, sino por el contrario, lo “otro” gótico, el que se fundamenta en uno de los miedos ancestrales que existen en el inconsciente: el miedo a lo desconocido, a lo extraño, al intruso, a todo aquello que no somos y tememos o aquello que somos, más lo que, en algunas pesadillas, deliramos ser, el miedo, en fin, a todo aquello que está oculto. Horacio Walpole, con “El Monje”, Mary Shelley, con “Frankestein”, Robert Louis Stevenson, con “Olallá”, Hermann Melvilla, con “Moby Dick”, Nathaniel Hawthorne, con “La letra escarlata”, Edgar Allan Poe, con sus “Narraciones extraordinarias”, H.P. Lovecraft, con su zaga literaria y, más recientemente, Anne Rice, con sus vampiros y Stephen King, con toda su obra, entre otros, sabían de este temor ancestral, y, tomándolo como base, lo aplicaron con bastante éxito, en la elaboración de sus historias.
Dentro de la tradición latinoamericana de lo gótico se encuentran, entre otros, Jorge Luis Borges, Felisberto Hernández, Manuel Mújica Láinez, Ernesto Sábato, Juan José Arreola y Juan Rulfo, quienes no han podido escapar a esta benéfica influencia de “lo otro” en sus cuentos, en sus novelas, en la personalísima manera de narrar de cada quien.
La corriente gótica habrá de cimbrar también, desde muy joven, a un narrador mexicano, nacido en ciudad Juárez, Chihuahua: Ignacio Solares. La fascinación por lo que es ahora el universo interno y externo de los llamados jóvenes “darketos”, pasa por la mente de este escritor talentoso, por su conciencia aguda, ávida, lúcida, no en balde esta ambientación gótica habrá de permear un par de sus novelas publicadas.
En “El hombre habitado”, por ejemplo, que es la primera colección de cuentos y relatos publicada por Ignacio Solares, vemos delinearse uno de los asuntos primordiales de la narrativa de este autor chihuahuense. Más que un cuento, más que un relato que sobrepasa las cincuenta páginas, o mejor dicho, en el camino entre el cuento y la novela, aparece ahí esa deliciosa especie de “nouvelle” que da título al libro, y que años más tarde le dará forma a esa segunda trama bien urdida de su novela titulada “Anónimo”, la cual es, a mi juicio -y sin haber leído aún “La invasión”, su novela más reciente- la mejor obra narrativa de toda esa saga literaria solariana.
En "El hombre habitado" surge la "otredad", esa “otredad” que es vista como una alegoría o símbolo que toma cuerpo en esa serie de anónimos que parecen surgir de lo oculto, de algún sitio no clarificado, y en los que siempre se podrá leer la palabra ¡CUIDADO!, y se instalan en el ámbito en el que transcurre la vida de Rentería, un hombre común y corriente que labora en una oficina ubicada en algún lugar de la gran urbe mexicana y que, súbitamente, ve transformarse la rutina en la cual se desenvuelve, en una especie de alucinación que habrá de trastocar su mundo de mediocridad y llevarlo hacia los límites del paroxismo.
De hecho, en la nouvelle “El hombre habitado”, los estudiosos de la filología podrán apreciar la gestación, la poética primera de una novela que habrá de ser publicada años más tarde. Ante semejante título, no se puede evitar, en consecuencia, pensar en la clara evidencia de otro autor dentro de la tradición gótica latinoamericana que marcará profundamente esta primera narrativa de Ignacio Solares. Dicho nombre es el del gran cronopio argentino, Julio Cortázar, y más específicamente con uno de sus maravillosos cuentos que, precisamente, abordan el tema de la “otredad”: “Casa tomada”. de hecho no es difícil establecer la inferencia “hombre -casa de sí mismo- habitado” y “casa-habitación-tomada con todos sus ocupantes”. de hecho, tan honda será la huella del escritor latinoamericano en Solares, que éste, muchos años después habrá de escribir una segunda novela, misma que retomará la temática del “otro” gótico: “El sitio”, cuyo acercamiento a “El hombre habitado” o su consecuencia “Anónimo”, es tan sorprendente, tal como veremos en líneas más adelante.
Ignacio Solares, en "El hombre habitado", hace surgir un segundo ejemplo de lo otro maravilloso con un cuento titulado "La mesita del fondo", en el que el hablante, o el narrador, o la tercera persona del singular en tiempo pasado, no es otra cosa que un ser al que ninguno de los parroquianos que acuden a ese bar le hace el más mínimo caso, empezando quizá, por el mesero, quien nunca le sirve lo que le ha pedido. Un bar con todo ese clásico barullo en el cual, por su condición de intangible, de invisible, en fin, de fantasma, pasa completamente desapercibido.
Pero lo que va a conformar la primera de las dos tramas básicas de lo que será la segunda de sus novelas, habrá de ser un tercer cuento que parecía, en un principio, y como dice el poeta, ser una cosa de menor trascendencia que las rosas, en el conjunto de cuentos publicados en "El hombre habitado". Es aquel, precisamente que ostenta el sugestivo título "Prolongación de la noche". Dicho cuento tiene como sustento temático el caso de un hombre que de pronto se siente ajeno, fuera de su contexto familiar, como si al permanecer ahí, sentado frente a su mujer y sus hijas, en los días de asueto, hubiera, de pronto, dejado de ser visible a los ojos de todas ellas, como si hubiera dejado de existir. La magia de la pluma creadora de Ignacio Solares, hará trascender esta trama del cuento que amenazaba con quedar sepultada en el más completo de todos los olvidos, a una escala de mayor envergadura narrativa, hasta llegar a conformar la estructura maestra de lo que va a llegar a ser una de sus más grandes novelas: "Anónimo". Otra de las maravillosas influencias de “lo otro” en Solares, misma que quedará establecida cuando aparezca la novela anteriormente mencionada, es la de Franz Kafka, sobre todo, con “La metamorfosis”, veamos por qué:
Cuando Gregorio Samsa despertó aquella mañana, luego de un sueño agitado, se encontró en su cama convertido en un insecto monstruoso (F.K., p. 25)
Raúl Estrada, periodista, personaje central de “Anónimo”, hace su entrada triunfal en las primeras páginas de la trama con estilo muy semejante al de Gregorio Samsa:
Parece cosa de risa, pero aquella noche desperté siendo otro. Se dio así nomás, al abrir los ojos y comprobar que mi cuerpo no era mi cuerpo. Calma, me dije, en un momento va a pasar. Pero me senté en la cama y no reconocí una ventana sin cortinas, abierta a una noche despejada y silenciosa.
Me volví bruscamente y al encontrar a mi lado un rostro de mujer que no era el de mi mujer estuve a punto de soltar un grito que ahogué con el dorso de la mano.
Apoyé la espalda en la almohada y respiré hondo (I.S. p. 9).
Curiosamente, en la voz de un hombre anónimo que se confiesa, esta misma escena será reproducida casi fielmente en la novela “El sitio”, más de una década más tarde:
-Parece cosa de risa, padre, pero me acuso de que la primera mañana del encierro desperté siendo otro. Se dio así nomás, al abrir los ojos y comprobar que mi cuerpo no era mi cuerpo. Pensé que iba a pasar. Pero me senté en la cama y no reconocí mi propia ventana. Me volví bruscamente y al encontrar a mi lado un rostro de mujer que no era de mi mujer estuve a punto de soltar un grito. Observé como a un bicho raro la mano que tenía sobre el embozo de la sábana (I.S., p. 180).
La mención al bicho como el resultado de una comparación con la propia mano del personaje narrador emparenta más este comienzo con el de Kafka, pero ambas versiones no dejan de traslucir la marca de este narrador europeo en el narrador chihuahuense, quien gusta de esta clase de intertextualidades en casi todas y cada una de sus novelas. Como escritor conservador que es, Ignacio Solares se niega a abandonar a sus personajes, los arrastra consigo a todas partes y logra hacerles un espacio en otras tramas, en otros libros para que no mueran del todo. Por eso, cada libro está, de esa manera, interconectado con el otro. O quizás la veta del discurso del narrador esté agotada, y por eso requiera, para llenar las nuevas historias, de mutilar las antiguas. Lo cual sería lamentable, porque entonces la suya, habría de ser una narrativa-laberinto en cuyos recovecos el minotauro ya se ha ido envejeciendo y a muy pocos, al parecer, terminará por interesar entrar y siendo así, dentro de poco, nadie habrá de recordar ya para qué sirve el hilo de Ariadna.
Es tan fuerte la pulsión del narrador chihuahuense en repetir las tramas, que incluso, otra de las escenas que aparece y es central en “Anónimo”, es arrebatada, arrancada de su contexto, con ciertas variantes para ir a incrustarla en el edificio inquilinario de “El sitio”, vayamos al los párrafo siguiente que ilustra la escena plena de romanticismo:
-¿Sabe lo que valen estas lágrimas?- dijo recogiendo dos lágrimas de las mejillas con los índices-. Valen más que todo el placer y todo el poder del mundo. Y tomó mi mano entre las suyas:
-¿Las siente? Son lágrimas de la última esperanza. Era lo más ridículo que había yo conocido, y sin embargo... Comprendí que me fascinó desde la primera vez que la vi, aunque apenas empezara a darme cuenta.
Se preguntaba y se contestaba a sí misma.
-Por eso tiene que ser hoy. ¿Hoy, verdad? ¿Lo entiende? Tomar una decisión... Quizás la última que pueda salvar nuestras almas ya tan débiles... Pobres almas marchitas a punto de morir de inanición... ¿Ha visto qué espectáculo tan deprimente cuando un ser vivo desfallece por falta de alimento, cómo se dobla sobre sí mismo, ya sin expresión en los ojos, sin siquiera manifestar dolor? Y desaparece. de repente desaparece. ¡Por eso tiene que ser hoy, amigo mío!- si mi mano ha sido un ave entre las suyas, la hubiera ahogado. –Una última gota de alimento para nuestras almas con una sola decisión.
-¿Cuál?
-Quitarnos la vida.
Me estremecí. Una fría corriente de miedo me recorrió la espalda, pero creo que estuve de acuerdo con ella.
-¿No lo ve? Los anónimos llegan cuando ya no hay remedio, cuando hemos sido tragados por las circunstancias y la voluntad nada puede hacer.
-La voluntad...
-A la voluntad le queda un último camino: ir contra sí misma, anularse del todo pero con dignidad. Entonces en el otro mundo se reafirma, nos reafirma.
-¿Por qué?
-Porque el acto implica valor, rebeldía, determinación. Entonces el alma renace de entre sus cenizas aunque el cuerpo se pierda. Y así le damos la oportunidad de reencarnar. de otra manera...
Me miró con los ojos del sacerdote que da la bendición inútil al condenado a muerte.
-¿Qué?
-Se debilitará tanto que morirá. Habrá abortado la parte divina que había en usted. No verá nunca el rostro de Dios.
-Yo no puedo creer que...
Su mano fue como una tenaza en mi antebrazo.
-No quiero que me suceda- dos nuevas lágrimas bajaron por sus mejillas. –No quiero que me suceda y está a punto de sucederme.
Levantó la mirada y me la clavó con la misma fuerza que sentía en su mano. Y sin embargo, había ahí una gran dulzura…
-Tenemos que hacerlo hoy- lo dijo como si diera una orden.
De la mesita de centro tomó un abrecartas dorado, de larga hoja, en el no había yo reparado. Lo puso frente a mí, la punta hacia arriba como un pararrayos. ¿Por qué relacioné ese gesto con la ternura, con una ternura descarnada?
-No tengas miedo. El miedo mata el alma. El valor en cambio, la revivifica. No importa en qué lo emplees. Aún el infierno es preferible a la nada.
-Yo…no quiero quitarme la vida.
El brillo de sus ojos. Lo sedoso de su pelo.
-Yo tampoco. Pero no hay más remedio.
La vehemencia con que su mano atrapaba la mía, mientras con la otra me mostraba la punta del abrecartas, que destellaba.
-Puedo ayudarte. Es más fácil de lo que imaginas. Mira, lo apoyas en tu pecho- y apuntó el abrecartas hacia mi corazón –y luego lo empujas de un solo golpe… ¿Te das cuenta? Es sólo un segundo de decisión.
No me moví. Creo que si me lo hubiera empezado a clavar tampoco me hubiera movido.
-Tengo hijos- dije, asustado de mí mismo.
-¿De qué te sirven en el vacío en que te encuentras? de todas maneras ya te perdieron, aunque te vean todos los días. Y si no haces algo ahora mismo por la salvación de tu alma, te van a perder para siempre.
-¿Y tú?
-Yo podría poner también un cuchillo sobre mi pecho y empujamos al mismo tiempo.
-Penetrar nuestros corazones al mismo tiempo.
-Sí, al mismo tiempo. En un último abrazo.
Levantó una mano, como si fuera a recitar, y miró hacia la única ventana abierta que había en la pieza:
-Nuestras almas saldrán volando en busca de una nueva oportunidad. En medio de un gran dolor… pero vivas.
Sí, lo sedoso de su pelo. Y esa locura ridícula que pudo haber sido pura ternura.
Me puse de pie.
-No me atrevo- dije.
-¿Quieres que ponga música?
-¿Música? ¿Ahorita?
-Puede ayudarte.
Fue al tocadiscos. de lejos, su boca chueca parecía una sonrisa fingida.
-Cierta música ayuda en estos trances. El Réquiem de Mozart es ideal. Leí que un alcohólico se curó oyéndolo. A nosotros también va a ayudar a salvarnos, dándonos fuerza para empujar el cuchillo, acompañándonos en nuestro viaje al más allá- colocó la aguja a mitad del disco, provocando un ligero chirrido. –Esta es la mejor parte, óyela (“Anónimo” p.p.,164 167).
Obviamente, donde la mujer leyó que un alcohólico se curó oyendo el Réquiem de Mozart es, efectivamente en el magnífico reportaje-ensayo “Delirium Tremens”, escrito también por Ignacio Solares.
Las tramas recuperadas de la nouvelle “El hombre habitado”, y del cuento "Prolongación de la noche", efectivamente, se incorporan mediante el recurso del uso de la primera persona del singular, escrita en cursivas, a una segunda trama en letrilla normal en la cuales el protagonista intercala presente y pasado de una manera complementaria para lograr una excelente novela, “Anónimo”, 1979, cuyo paralelismo temático también me trae reminiscencias de ese obra magistral de Josefina Vicens titulada “El libro vacío”, tanto por el aparente rutinario y la mediocridad en los que gira las vidas de sus personajes centrales, como el tratamiento de esa existencia doble, una doblez que aborda toda trama que, dignamente se jacte de ser gótica: la otredad. Hay en José García un antípoda de Raúl Estrada, el otro protagonista de “Anónimo”; mientras que aquél lucha día tras día por intentar salvar ese hondo abismo de la escritura que representa el cuaderno número uno y llegar, así, al cuaderno número dos, es decir, sufre y se afana denonadamente por sacar de sí a ese “otro” que intuye que es; éste lo hace los mismos esfuerzos pero para aplastar esa otredad que se le ha impuesto casi por destino, por una ironía surgida de no se sabe dónde. Curiosamente, José García, Raúl Estrada y Rubén Rentería, los tres, son empleados de oficina.
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