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Crítica de Carampangue


Carampangue
09 agosto 2019

Dicen que Shakespeare nos ha creado a todos nosotros, y algo de verdad hay en eso. Cualquier historia romántica se mira en Romeo y Julieta, que es la que define lo que será una historia de amor de ahí en adelante: antes de ella, habían historias de amor, claro, pero es Romeo y Julieta la que define y dibuja, hasta hoy, las narraciones románticas: el amor imposible, la pasión que todo lo vence, los argumentos y la Razón vencidos por el sentimiento, todo eso está en Shakespeare, y por eso es que nos ha creado a todos nosotros.


Lo mismo pasa con Hamlet, patrono de todos los atormentados, los que dudan, los que no saben si la vida es verdad o una mentirijilla. Antes de Hamlet no había ningún personaje o historia tan consciente de sí misma: después, llegaremos a personajes como el Lobo Estepario de Hesse, tan dolorosamente consciente de su triste realidad.


Y El rey Lear tiene mucho de esto: es una historia que parece sencilla, porque nos recuerda a toda la vida. Es un rey vuelto mendigo, y un viejo demasiado impetuoso, y una traición (o varias), y un padre que vaga solo, pero no totalmente abandonado. Es una historia que se ha vuelto parte de nuestra cultura, y vive en una habitación de la memoria de todos nosotros, aunque nunca la hayamos leído.


Lear, rey de Bretaña, tiene una extraña idea: al sentir que va haciéndose viejo, le ofrece a sus tres hijas una parte de su reino, y a cambio les pide que ellas le cuente cuánto lo quieren. Las dos mayores se deshacen en palabras dulces, pero la menor y favorita del rey, Cordelia, se muestra parca y dice que no puede hablar de eso, más que lo que corresponde a una hija. Herido, Lear deshereda a su hija menor, maldiciéndola y castigando a los súbditos que se atrevan a defenderla.


Así pues, Lear se va a vivir con sus otras dos hijas, un mes con cada una, como era el acuerdo. Sin embargo, ahora que ya no es el rey, se da cuenta de que lo tratan con desprecio, lo rechazan y lo soportan solo por ambición. No muestran quererlo, y Lear, despechado, se lanzará a los montes, en plena tormenta, como un viejo patriarca rechazado por su propia gente.


Por otra parte, uno de los hijos de la nobleza decide empezar a conspirar contra su propia familia, para obtener un puesto al que no debiera acceder. Esto acelera el desastre, puesto que en su conspiración se pondrá en contra de Lear y a favor de sus hijas, provocando una crisis política (y cortejando a las dos hermanas, al mismo tiempo). Este traidor, Edmund, es un personaje sin sentimientos ni ética: un perfecto monstruo como no conocíamos. Habíamos visto antes a personajes hacer cosas horribles, como Medea, pero podíamos entenderlos: Edmund simplemente es el horror, que mata y traiciona por la más pura conveniencia.


Como corresponde a una tragedia, llegará la ayuda a Lear, quien no tiene más culpa que haber sido imprudente al ofrecer sus afectos. Pero llegará demasiado tarde, y el daño se habrá consumado. Shakespeare no es un autor compasivo con sus personajes, ni con su público, y todos sufrirán terriblemente.


En suma, una tragedia fundamental, donde Shakespeare brilla en la construcción de personajes totalmente humanos, capaces de lo mejor y lo peor, que son verdaderos descubrimientos de trozos del alma que antes no se conocían en la literatura. Por ejemplo, el Edipo de Sófocles también es un rey que viaja como un mendigo, pero no es como Lear: si Edipo da prueba, con su propia fortuna, de lo imposible que es luchar contra el Destino, Lear es un hombre que quiere ser amado, y un rey dispuesto a renunciar a todo por su orgullo. Es una tragedia que nos cuenta nuestra historia preferida: la historia de las cosas que le pasan a nuestro corazón.
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