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Crítica de Beatriz_Villarino


Beatriz_Villarino
08 diciembre 2020
No suelo leer novela histórica, no es mi subgénero favorito. Acabo de leer Aquitania y lo único que lamento es que haya terminado.

Esta novela me ha supuesto un descubrimiento, una nueva incursión a la lectura. He asistido a la revitalización de una época, que yo creía oscura, en la que el reflejo social no consigue anular el carácter de los personajes. Nadie queda indiferente ante las acciones de cualquiera de ellos pues hasta el más insignificante constituye un engranaje para conseguir los objetivos de la novela: iluminar la Edad Media, denunciar el papel que jugó la mujer en una época en la que su único derecho era asentir, y ensalzar la inteligencia y estrategia de una mujer que aspiró a lo que solo le estaba permitido a los hombres.

No solo he leído esta novela, el interés que ha despertado en mí ha hecho que busque en enciclopedias y libros de historia datos de sucesos que parecían ficticios, y me he llevado la sorpresa con otros que creía reales y forman parte de la imaginación de la autora. Esto es lo bueno de la novela histórica, que conjuga la realidad y la ficción de tal forma que da igual si lo que leemos pertenece a una u otra existencia; lo que importa es que partiendo de una base real se construye un universo que permite soñar, que despierta la imaginación, que aviva la curiosidad, que estimula la capacidad de asombro y de intriga.

Todo esto consigue Eva Gª Sáenz de Urturi con Aquitania. Y más, porque la novela es un despliegue de aventuras, intrigas de palacio, traiciones, acuerdos y amor. ¿Cómo es posible en un mundo tan cruel emanar tanta ternura sin una muestra de sensiblería? ¿Cómo puede una persona contener tanto miedo y rencor sin manifestarlo durante gran parte de su vida, esperando el momento seguro para la venganza?

Magistral la forma en que Sáenz de Urturi va destapando amor, odio, pasión, abulia, venganza, arrepentimiento, dolor, alegría, éxito y fracaso en pequeñas dosis alternando hechos y alternando voces. Tres puntos de vista narran esta historia, el de Eleanor y Luy, reyes de Francia y duques de Aquitania y el del Niño, un personaje entrañable que, con el tiempo, llegará a intervenir de manera decisiva en la vida de los reyes y del propio reino.

Todos los personajes esconden un secreto que se irá desvelando según considere oportuno el narrador correspondiente, emulando en ocasiones las llamadas de atención que el juglar de la Edad Media dirigía a los oyentes, «Creo que es el momento de hablar de los gatos aquitanos. Son importantes en esta historia». Otras veces el protagonista anticipa, mediante un dato catafórico, una confidencia sin llegar a descubrirla, pero el lector ya ha quedado atrapado en la advertencia, «Ninguno de los dos lo sabía, pero aquel infame atardecer en la sacristía no estábamos solos. […] una presencia escuchó la charla que cambió el devenir del reino de Francia, oculta tras las cortinas de un viejo confesionario».

Los personajes son numerosos, los hechos también. Además unos y otros se van mezclando en el tiempo y en diferentes espacios según sea el narrador, que a lo largo de las cuatro partes de la novela se va alternando.

La primera narra la infancia de Eleanor y la relación que mantiene con Rai, su tío carnal y amante. Las analepsis aportan una visión más completa del pasado, pues ha llegado el momento de separarse con el fin de aunar territorios sin exponerlos a futuras guerras. Los poitevinos deben anteponer su nombre a su intimidad: Sólo Sé Subir, es la máxima que no debe olvidar. Asimismo asistimos a la presentación de Luy VII, futuro rey de los francos, a quien Eleanor se entrega para llevar a cabo una venganza.

Finalmente conocemos al tercer narrador, Niño, de quien más tarde sabremos su nombre, su verdadera personalidad y el alcance que llegará a tener en el reino de Francia.

Los datos históricos se mezclan con costumbres sociales y con intrigas palaciegas de tal calibre que van desde las amenazas hasta los más crueles asesinatos, «Creo que habéis perdido al heredero de Francia. Nadie os va a perdonar en la corte vuestra necia imprudencia, si decido contarla». En esta primera parte, a pesar de las otras voces narrativas en primera persona, Eleanor se convierte en protagonista absoluta desde que se desvela como una estratega sorprendente, «“Estoy en la corte de París, estoy más cerca de saber qué hicieron contigo, padre” me dije».

Por supuesto, la inteligencia de Eleanor es real, su fuerza mental y resistencia física también, pero las intrigas se agrandan en la novela por los finales en suspense de los capítulos

Qué letal combinación.
Todavía, para mi desgracia, no sabía cuánto.

El ritmo de la lectura se agiliza con hipérboles tan desmedidas que confieren un inequívoco tinte de narración de aventuras, «Otros afirmaban, después de santiguarse, que podía romper los huesos de un hombre hasta reducirlos al tamaño de una taba».

Y, sin embargo, ese ritmo extremo se ralentiza en los pensamientos emotivos o en comparaciones tan poéticas que consiguen un lector entregado completamente al personaje, «El niño obedeció, con una sonrisa como un universo».

En la segunda parte, el matrimonio de la duquesa de Aquitania con el rey de Francia está consolidado. Eleanor, empleando toda su astucia ha logrado alejar de la corte —al menos momentáneamente— a quien la puede dañar; sin embargo su reino pasa por constantes «miradas desaprobadoras por la ausencia de herederos en el horizonte». Estamos en un lugar y una época en los que prima el interés, no existen los favores, solo son meros intercambios para que las partes implicadas salgan beneficiadas, «—Confío en que logréis lo que os proponéis, y yo cumpliré mi parte, con agrado además».

La tercera parte nos muestra a una reina fuerte que hace valer sus derechos como soberana y como mujer; es ella quien entabla acuerdos con la Iglesia y quien anima a su marido a llevar a cabo contiendas aterradoras ocultándole el verdadero motivo. Amor y desamor que no son más que consecuencias inevitables de no disponer con normalidad de una vida íntima, sino la marcada por los intereses del reinado «Eran demasiados silencios como para disimularlos en una sola mirada».

Llama la atención la exposición de la locura del soldado, algo que a pesar de los siglos sigue afectando al ser humano, otra muestra más de lo poco que hemos cambiado con el transcurrir del tiempo: «muchos de nosotros hemos comido alguna vez carne humana por necesidad […] A veces no hay villa a la que retornar ni señor a quien demandar la paga».

En la cuarta parte el ejército francés, con Eleanor a la cabeza, pierde la Segunda Cruzada contra Nuredín. En una hábil mezcla de realidad y ficción, Eleanor descubre al asesino de su padre gracias al romance de don Gaiferos, que según una de las interpretaciones alude a la muerte del duque de Aquitania al llegar a Compostela.

Con el ritmo vertiginoso, propio de la novela de aventuras, los sucesos se agolpan al final: Eleanor anuncia públicamente su intención de pedir la nulidad matrimonial, es secuestrada y mandada liberar por su propio marido, lleva a cabo de forma épica, magistral, la venganza tan esperada una vez resueltos los asesinatos de los dos hombres más poderosos de Francia y convierte su antiguo lema en Sólo Sé Seguir.

Y en un guiño a la novela bizantina, Eva García nos regala la anagnórisis de los dos personajes más queridos de la trama:

—¿Cómo habéis dicho?
—Que sois mi sobrina, querida Eleanor

Fabulosa Eleanor y fabulosa Aquitania.

Pero no cabe duda de que el verdadero mérito de esta ficción maravillosa es de la autora. Sáenz de Urturi consigue mantener intenso, aunque encubierto con recursos literarios, el cariño que se profesan los protagonistas. La personalidad paciente, buena, pacífica de Luy es capaz de calmar cualquier rencor de Eleanor y transformar en amor su deseo de venganza. El temperamento activo, fogoso de Eleanor aporta ilusión a un rey desengañado con el mundo terrenal

Las metáforas sensuales no son más que el resultado de la relación que se forja entre ambos «yo era mujer de luna creciente, mi sangre siempre bajaba cuando el disco blanco dibujaba sus contornos afilados contra el cielo oscuro». Los diálogos nos acercan salvajes estrategias, sucesos horrendos que al ir salpicados de cierto humor consiguen relajar la tensión, como también lo logran las metáforas cotidianas que encubren el verdadero cariño. Asimismo los diálogos son portadores de réplicas inolvidables, dignas de ser recordadas como parte de la representación de una saga en la que el amor se convierte en fenómeno de masas

—Dejad que os busque en la oscuridad, mi reina. Quiero que la corte de Francia vea que sois inconfundible. No hacen falta los cinco sentidos cuando se está frente a la duquesa de Aquitania.

Otras veces, en las réplicas se impone el humor capaz de acrecentar la emoción del momento

“Bienvenido” murmuré, conmovida
“Bienvenida”, contestó él
—Vuestra loca estrategia resultó —me susurró al
cuello, creo que pensó que lo hacía al oído.

Asimismo con el empleo de refranes mezclados a expresiones humorísticas se encubre el maltrato dado a las mujeres, el horror de ser mujer cualquiera que fuese su estatus «Pero dice el refrán que vieja que baila mucho polvo levanta».

La autora hace acopio de comparaciones cotidianas, anáforas, epíforas, anadiplosis y paralelismos que poetizan los diálogos. Los constantes contrastes del oxímoron llenan de sentimientos una época catalogada como oscura

Era verano, lo sé. El cielo ardía, lo sé. Mas cayó sobre nosotros una ligera nieve negra

La exposición concatenada de los hechos constata una presencia tenaz de la preocupación solo liberada por la ironía necesaria para afrontar tanto dolor, un dolor ante el que la Iglesia (y sus intereses) se comporta de forma efectista, ávida de masas que le sirvan en sus objetivos, «Bernardo lanzó al aire un pañuelo con el que se había secado el sudor de la frente y […] se arrojaron sobre aquel trozo de tela»

«Tomó aire con la solemnidad de un resucitado […] y se dejó caer desde el púlpito hacia los brazos de sus entregados fieles».

Eva García consigue que, tras leer Aquitania, los lectores quedemos entregados a su prosa esperando una continuación de la vida de Eleanor.

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