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Crítica de Carampangue


Carampangue
04 junio 2019
Gloria y loor a Roald Dahl, por supuesto.


Y claro, está bien que le ofrezcamos nuestra admiración. ¿Un escritor infantil que gana el Gran Premio del Humor Negro? Sí ¿Un narrador para niños escribiendo guiones para películas de James Bond? También. Pero, sobre todo, un escritor que se tomó a los niños en serio, y nos regaló historias complejas, divertidas aunque para nada tópicas, historias que no tienen moraleja, pero que nos enseñan a vivir. Historias con niños y adultos terribles, con monstruos verdaderamente peligrosos, con aventuras y finales felices... que no se parecen a los finales felices a que estamos acostumbrados.


Quizá lo más importante que podamos destacar de la novelística infantil de Roald Dahl sea la complejidad. Que se trate de relatos para niños ni implica que deban ser historias simplonas, lineales y predecibles. Podemos encontrar niños desagradables, adultos que ignoran a los otros, y algunos que parecen muy amables, pero no lo son.


Y en Las brujas, justamente, nos deberemos enfrentar a un terrible peligro que acecha a los niños del mundo: señoras amables, dulces y encantadoras en apariencia, pero que son capaces de convertir a un niño en pavo, y que sus propios padres lo cocinen y devoren. Debemos olvídarnos de escobas, verrugas y sombreros puntiagudos; si las brujas son peligrosísimas, es porque no las podemos distinguir de las mujeres normales.


Esto es lo que aprenderá un niño al compartir con su abuela noruega. Y Noruega es el país de las brujas, de modo que todos están acostumbrados a convivir con ellas. Sin embargo, esa abuela y su nieto deberán viajar a Gran Bretaña, y allí se van a encontrar, de sopetón, en medio de la Convención de Brujas de Inglaterra, que está presidida por la Gran Bruja Mundial, nada menos. Y nuestros protagonistas intentarán derrotar a su temible adversario, salvando la piel en el proceso.


Con estos elementos Roald Dahl nos cuenta una historia muy divertida, que avanza a ritmo rápido, y que está contada desde la perspectiva del nieto (de quien no sabemos el nombre). Nos entrega su visión de las brujas, de los adultos y, en general, de las personas: en Las brujas abundan las personas desagradables y antipáticas; por otra parte, hay que destacar a la abuela, un personaje expeditivo, directo, que sabe lo que quiere y lo que no. Es capaz de desobedecer las órdenes médicas, extorsionar a un gerente de hotel o recomendar, como medida juiciosa, que un niño se bañe una vez al mes. Y es, por lejos, la persona más empática y protectora que un niño puede conocer. No es una abuelita de cuento, no: es algo mucho mejor.


Las brujas es una novela que nos muestra un mundo creado por el autor en el que los peligros existen, en el que los monstruos viven entre nosotros, y en el que no todos los adultos tienen interés en ayudarte, ni todos los niños son encantadores y buenos. Existe el desprecio, el desinterés, existe el egoísmo, y es en ese mundo en el que un niño debe moverse, siendo capaz de protegerse, de dar y recibir amor de las personas que se preocupan por él.


Un mundo como el nuestro, pero más divertido.
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