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Crítica de Inquilinas_Netherfield


Inquilinas_Netherfield
28 noviembre 2017
Hará cosa de tres meses reseñé otro relato de Dahl, también publicado por Nórdica: El librero. Lo disfruté mucho... pero La cata es otra cosa. Lo he disfrutado muchísimo más. Si el primero narraba una historia en cierto modo mezquina y mordaz, con humor negro tirando a tizón, este te deja con una sonrisa en la boca cuando terminas de leerlo. Sí, derrocha humor negro en las últimas páginas después de una narración bastante contenida en ese aspecto, pero es un humor muy distinto al de El librero... es de esos que te dejan con un "¡Toma ya!" mental cuando lo lees mientras sonríes de satisfacción ante un relato magníficamente planificado, dosificado y narrado.

Qué difícil es reseñar historias de tan pocas páginas. Podría decir muchas cosas, pero tendría que hacer referencia a escenas, detalles y pinceladas que no debo mencionar, así que me veo un poco atada de pies y manos. A ver cómo me apaño.

La sinopsis explica muy claramente el planteamiento. Seis personas suelen reunirse para cenar, y en esas cenas, el anfitrión, que pertenece a esa clase social que emergió gracias a la Bolsa y que convirtió en nuevos ricos a gente más bien humilde, suele retar a uno de sus invitados, Richard Pratt, a adivinar el vino que está bebiendo. Pratt siempre acierta, pero esta precisa noche, el anfitrión está completamente seguro de ganar la apuesta... completamente seguro de que es totalmente imposible que acierte el nombre del segundo vino que se sirve durante la cena. Está tan, tan seguro, que cuando Pratt eleva sus apuestas habituales a una mucho más comprometida y seria en la que hay mucho en juego, el anfitrión, a pesar de la oposición de su familia, decide aceptarla.

Y es en esta particular batalla de egos entre el gastrónomo y el anfitrión donde tiene lugar la mayor parte del relato. Por un lado vemos a Pratt detallando su dictamen sobre la procedencia del vino como si de una muñeca rusa se tratase (afinando cada vez más conforme intenta acercarse a su punto de origen), y por otro tenemos al anfitrión, cuyo rostro va mudando de la prepotente satisfacción del que se cree invencible a la preocupación, mostrándose a lo largo de ese camino de un modo egoísta y desconsiderado con su familia. Y así nos acercamos a un final que sorprende, que te hace sentir las sensaciones que comento en el primer párrafo, y que a mí, sencillamente, me pareció genial. Lo estoy recordando ahora mientras escribo y estoy sonriendo otra vez.

En cuanto a la edición, las ilustraciones de Iban Barrenetxea son magníficas. Todas a doble página para mostrar la mesa completa durante la cena (con excepción de la que muestra la fachada de la casa, que aparece antes de la lectura y al final), son tan expresivas y muestran tan perfectamente lo que está ocurriendo en los rostros de los protagonistas, que no me atrevo a poner imágenes más allá de cierto punto (aunque quien vea el tráiler de arriba se las va a tragar igualmente). La disposición de la mesa es perfecta: de cara solo vemos a los cuatro protagonistas reales de la historia además de una criada. Siempre de espaldas aparecen el narrador, que salvo ejercer de esta función no participa de la trama, y su esposa, que participa menos todavía (nada). Iban los deja fuera visualmente al dar la espalda al lector y no otorgarles protagonismo alguno. El peso del relato recae sobre la familia Schofield y Richard Pratt, y es lo que vemos en todo momento en las ilustraciones. Muy numerosas, surgen cada vez que ocurre algo en la mesa que marca un punto de inflexión, y realmente son el acompañamiento perfecto a la historia. Ver cómo van evolucionando, cambiando y alterándose los gestos de esas cuatro personas conforme avanza la narración, es una gozada. Especial atención merece siempre el gastrónomo: triplica el volumen del resto de comensales, y resulta evidente que el ilustrador quiere que te fijes en él constantemente, porque cada vez que aparece una ilustración, los ojos se van siempre a su gigantesca cabeza y somos testigos de cómo su rostro sibilino va cambiando conforme va avanzando la cata.

En definitiva, un relato genial... de verdad, genial. Pero comento lo que comenté ya con El librero. Son poquísimas páginas y el precio es el que es. Hay que tenerlo en cuenta a la hora de comprarlo. Yo hace tiempo que llegué a la conclusión de que colecciono los libros de Nórdica, lo reconozco tal cual. No lo hago quizás conscientemente, pero su numerosa presencia en mis estanterías no deja tampoco lugar a muchas dudas. En estos casos no me ha importado pagar el precio porque las ediciones y la calidad de las historias son una maravilla (y me imagino que si las tiradas no son muy altas, el precio tiene que subir. Es lo que hay), pero entiendo que puedan resultarle caros a mucha gente. Pero son tan bonitos, tanto por fuera como por dentro, y su contenido, que al fin y al cabo es lo que realmente importa, tienen tanta calidad, que son regalos perfectos... que sean para uno mismo o para otra persona, ya queda a elección del comprador. Yo me los autorregalo, son mi caprichín particular. Mientras pueda, claro.
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