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Pedro Salinas (Traductor)
ISBN : 8420652733
688 páginas
Editorial: Alianza (16/05/2011)

Calificación promedio : 4.11/5 (sobre 14 calificaciones)
Resumen:
Para muchos historiadores y críticos, «En busca del tiempo perdido» no sólo es una obra cumbre de las letras francesas del siglo xx, sino también una de las más grandes creaciones literarias de todas las épocas, en la que la trasposición en el relato de la vida de Marcel Proust (1871-1922), así como de personajes y ambientes sociales de su tiempo, dio forma a un nuevo y fecundo camino en el campo de la novela. «A la sombra de las muchachas en flor» es el segundo vol... >Voir plus
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Críticas, Reseñas y Opiniones (3) Añadir una crítica
AGamarra
 05 July 2022
"En una estación balnearia como era Balbec, supone un gran encanto añadido a la vida que el rostro de una muchacha bonita, una vendedora de conchas, de dulces o de flores, pintado con vivos colores en nuestro pensamiento, sea para nosotros cotidianamente, desde por la mañana, el objetivo de cada una de esas jornadas ociosas y llenas de luz que pasamos en la playa"

Lamentablemente estoy haciendo esta reseña muchos meses después de la lectura pues recién he terminado de poder transcribir todas las notas que tomé de este libro. al hacerlo he descubierto muchas buenas frases y pienso que debería darle 4 estrellas a este libro, claro, el leer las mejores frases hace olvidar todo lo demás pero en su momento al leerlo me pareció que 3 estrellas era justo. No puedo recordar toda la lectura pues es muy compleja y de muchos sucesos y tampoco quiero releer todo o parte del libro para poder hacerla. La tenía pendiente y ahora creo puedo complir algo mejor aunque con lo negativo que es que haya pasado tanto tiempo.
Este libro nos cuenta la evolución del joven Proust quien tiene diversos aprendizajes como el de M. de Norpois quien inclina a Proust hacia la literatura o su sorpresa al ver a la Berma en la ópera. Aquí Norpois habla mal de Bergotte, quien en el anterior número llamaba la admiración del autor.
Desde luego, se cuenta también el matrimonio de Swann que como comenté en mi reseña anterior debió hablarse en el primer libro pero por motivos editoriales se cortó y se trata más profundamente en esta parte. Debido a Gilberte, empieza un mayor acercamiento del joven Proust con ella pero sobre todo con sus padres Swann y Odette. Quienes al inicio tienen un poco de defensa contra el joven, hay una carta de por medio muy interesante. Me gusta cómo evoluciona esta parte de su relación. Hay mayor intimidad del joven Proust con los Swann y conoce sus costumbres (como la vida galante que se niega siempre a Odette a pesar de todo) y hay un curioso cruce con la princesa Matilde Bonaparte. Se habla de Musset que es uno de mis autores favoritos. La relación con Gilberte es interesante en la medida que se nos explica que el autor veía en ella en realidad a los padres, incluso en sus expresiones o sus miedos. Es de alguna manera creo toda la obra un paralelismo entre Swann y Proust y eso me parece muy bueno.

"Existe cierta semejanza, aunque siempre en evolución, entre las mujeres que amamos sucesivamente, semejanza que proviene de la fijeza de nuestro temperamento por ser él quien las elige, eliminando todas aquellas que para nosotros no serían opuestas y complementarias a la vez para nosotros, es decir adecuadas para satisfacer nuestros sentidos y hacer sufrir a nuestro corazón. Son estas mujeres un producto de nuestro temperamento, una imagen, una proyección invertida, un «negativo» de nuestra sensibilidad"

Luego de unos años viene la estancia en Balbec, esta ciudad a orillas del mar, que será el punto principal de toda la última mitad y desde luego da origen al título de la obra presente. Aquí, el joven Proust se encuentra con un grupo de muchachas distintas en gran parte a Gilberte, la mayoría de clase alta así como toda la gente que convive en el balneario y en los hoteles cercanos. Las descripciones de Proust son muy buenas en este punto sobre el despertar de la sexualidad, de la atracción que tiene en los jóvenes ver cuerpos lozanos y sonrisas entusiastas, nos transporta de alguna manera en la sensación que provoca ver a "las muchachas más hermosas que puede ofrecer la vida". Y el joven desde luego se ve contagiado por este impresionante hálito de vida y cambia muchas de sus actitudes y trata de mezclarse en aquel ambiente en el cual hasta hace poco se sentía menos que otros jóvenes más ricos y apuestos. Para ello cuenta con la ayuda de sus nuevos amigos como Robert Saint-Loup (sobrino de Mme. de Villeparisis) y sobre todo el pintor Elstir. También conoce a Bloch y sus hermanas cuya costumbre de hablar como los héroes de Homero me sacó más de una carcajada.
Como siempre algunas frases que no me gustaron y no entendí como ésta:
"Y - como el que quiere hacerse el nudo de la corbata delante de un espejo y no comprende que la tira que ve no está respecto a él en el lado al que dirige su mano, o como un perro que persigue en el suelo la sombra danzante de un insecto - engañado por la apariencia corpórea como lo estamos en este mundo donde no percibimos directamente a las almas, me eché en brazos de la abuela y suspendí mis labios en su rostro como si de este modo accediese al corazón inmenso que me abría"

Una buena lectura en fin y espero poder seguir leyendo y reseñando las novelas de este ciclo. Creo que me queda mucho que hablar sobre la pandilla de las muchachas y las sensaciones del autor en primero considerarlas como un todo y luego individualizarlas. Sus coqueteos con algunas de ellas pero no me parecieron tan serias esas ideas por eso no las retengo tanto. Estoy seguro que a muchos sí les interesará más.

"Si la muerte hubiese debido golpearme en ese momento, me hubiera parecido indiferente o más bien imposible, porque la vida no estaba fuera de mí, estaba en mí; habría sonreído de conmiseración si un filósofo hubiera emitido la idea de que un día, incluso lejano, yo habría de morir, de que me sobrevivirían las fuerzas eternas de la naturaleza, las fuerzas de aquella naturaleza bajo cuyos pies divinos yo sólo era una mota de polvo; de que después de mí, ¡seguirían existiendo aquellos acantilados redondeados y abombados, aquel mar, aquel claro de luna, aquel cielo! ¿Cómo iba a ser posible, cómo iba a poder durar más el mundo que yo, si yo no estaba perdido en él, si era el mundo el que estaba encerrado en mí, en mí a quien él estaba muy lejos de llenar"
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Kansas
 01 November 2022
"Puede ocurrir que se tenga simpatía por una persona y nada más. Pero para desatar esa tristeza, ese sentimiento de lo irreparable y esas angustias que sirven de preparación al amor, es menester que exista el riesgo de una imposibilidad."

El amor o la ensoñación en torno al amor es quizá el tema central de esta novela. En este segundo volumen de En Busca del tiempo perdido, el narrador (Marcel?) es un poco mayor, un adolescente que debe estar entre los catorce y los dieciséis años, (no porque en algún momento de la novela se mencione sino porque lo intuyo), un adolescente empezando a experimentar con el amor o con su idea del amor. Proust a través de su narrador, su alter ego, nos hace partícipes de esa etapa adolescente en la cual se empieza a percibir el mundo casi como un adulto sin serlo todavía, entrando en conflicto con lo que nos hemos imaginado contrapuesto a la realidad porque justo es en esta adolescencia cuando continuamente están cambiando las percepciones de las cosas y de las personas que nos vamos encontrando a nuestro paso, porque tal como Marcel incide continuamente a lo largo de la novela, la idea que nos hacemos de algo en la adolescencia, en este caso del amor, suele estar más idealizada o ser más luminosa de lo que es en realidad.

"Quizá no hay nada que dé mayor impresión de la realidad de las cosas exteriores que el modo que cambia de posición con respecto a nosotros una persona por insignificante que sea, antes de haberla conocido y después."

En A la sombra de las muchachas en flor entremezclados con personajes del primer volumen surgen personajes nuevos que influirán claramente en el adolescente como son el marqués de Norpois, Robert Saint-Loup, o Albertine, y al igual que en el primer volumen, aquí Proust divide la novela en varias partes, partes claramente delimitadas.

En la primera parte, Marcel, que ha idealizado a Gilberta Swann, la hija de los Swann desde que la vio en Combray, no es hasta que coincide con ella de nuevo en París paseando por los Campos Elíseos, cuando realmente consigue trabar amistad con ella, y experimentar su primer amor: "Voy de paseo al Bosque solo por la esperanza de verla pasar,". A través de Gilberta, Marcel trabará amistad con sus padres, a quienes conocimos en el primer volumen, unas relaciones sociales sustentadas básicamente en la figura de Odette Swann. En esta primera parte, Proust nos hace ver como Marcel está precisamente en esa etapa en la que va percibiendo las cosas de una forma mucho más realista: la idealización de algunos personajes a los que había idolatrado irán cayendo en saco roto, que es justo una etapa de transición básica en plena adolescencia. Es también en este momento cuando su padre, que hubiera querido que Marcel se dedicara a la carrera diplomática, accede finalmente, gracias a la intervención y a la influencia del marqués de Norpois para que se pueda dedicar a lo que realmente le gusta, la literatura, aunque también es verdad que vemos pocas veces al narrador dedicándose a escribir. A través de Gilberta Swann, Marcel conocerá su primer amor, obsesivo y elusivo, y esto irá enlazado con la figura central de Odette, Swann, su madre como intermediaria de este amor. Por tanto, Marcel tendrá en esta etapa dos referentes femeninos: por una parte la caprichosa Gilberta, y por otra parte, a Madame Swann, su madre.

"...sucede que hace mucho tiempo se desvanecieron los sufrimientos que me hizo pasar Gilberta; pero, en cambio, los sobrevive el placer que siento cada vez que quiero leer en una especie de reloj de sol los minutos que median entre las doce y cuarto y la una en las mañanas de mayo y me veo hablando con la señora de Swann al amparo de su sombrilla, como bajo el reflejo de un cenador de glicinias."

En la segunda parte, el escenario parisino cambia y Proust nos conduce hasta Balbec, en la costa de Normandía, un cambio de escenario inteligente ya que de esta forma el autor introduce personajes nuevos en un espacio en continuo movimiento para el joven Marcel, que pasará el verano en una especie de balneario/hotel en compañía de su abuela. Aquí hará amistad con Robert Saint-Loup, aristócrata, y durante la mayor parte de esta sección del libro, le veremos interactuar con diferentes personajes, huespedes, con artistas como Elsit, pintor, hasta que finalmente conocerá a Albertina, que en sustitucion de Gilberta, se convierte en su otro amor adolescente. Quizá esta sea la parte más activa de este segundo volumen porque es en esta sección donde veremos a Marcel realmente disfrutar del verano rodeado de muchachas “en flor” después de haber pasado un verano más o menos solitario rodeado de personas mucho más mayores que él.

“Ella le hacía esperar mucho tiempo sus contestaciones que además no tenían ningún sentido. Así que siempre veía yo a Saint-Loup volver del correo con la frente arrugada, y muchas veces con las manos vacías..."

Aparentemente parece que no pasa nada en este segundo volumen y realmente la mayor parte del tiempo veremos a Marcel interactuando con muchos personajes, a veces intentando escapar y aislándose o en otros momentos buscando, la cercanía de aquellos que le son valiosos,

"Y a esa minoría que me comprende la busco y a los demás los huyo."

es básicamente una de las ideas centrales en la obra de Proust porque el joven Marcel aunque se ve obligado a relacionarse y a interactuar, realmente es un joven que disfruta más en soledad,

"Sus palabras me causaban un sentimiento como de tristeza, y no sabía qué contestar, porque la verdad era que cuando estaba hablando con él, e indudablemente lo mismo me pasaba con los demás, no me era posible sentir esa felicidad que gozaba como cuando estaba yo solo, sin compañía alguna."

pero así y todo es una novela en muchos momentos divertida, con mucho sentido del humor soterrado, donde seremos testigos de cómo un adolescente, sobreprotegido por su familia y enfermizo, vivirá las distintas etapas por las que la mayoría de los adolescentes pasarán en forma de amistad, aventuras amorosas, inquietudes por un futuro que todavía le resultará lejano... Marcel tiene una relación medio obsesiva con su madre, todavía, y dependiente de su abuela, pero es justo un momento en su vida, en que Proust le allanará el terreno haciéndole vivir experiencias nuevas y diferentes, la mayoría a través del amor juvenil.

"porque la mejor parte de nuestra memoria está fuera de nosotros, en una brisa húmeda de lluvia, en el olor a cerrado de un cuarto o en el perfume de una primera llamarada; allí dondequiera que encontremos esa parte de nosotros mismos..."

La mayoría de los personajes que habíamos conocido en el primer volumen, han sufrido un cambio bajo el prisma de Marcel. A través de su percepción, de su mirada, han cambiado y ya la idealización que había tenido de ellos ha desaparecido. Todos han cambiado, pero Marcel también está cambiando y en estos detalles, Proust es implacable a la hora de diseccionar la naturaleza humana, como el tiempo va cambiando nuestra percepción. El mismo Marcel hace continuamente hincapié de hasta qué punto, la percepción que tiene de una misma persona cambia radicalmente de un momento a otro en esta etapa adolescente en continua transición.

“Por un instante, todo lo que pude ver de Albertina fue su pelo brillante, y eso era lo único que seguía viendo. Nuestra memoria se parece a esas tiendas que exponen en sus escaparates una fotografía de una persona, y al día siguiente otra distina, pero de la misma persona. Y por lo general la más reciente es la única que recordamos.”

Y me sigue llamando la atención, al igual que me pasó en el primer volumen, como disecciona Proust el tema del amor porque habla de él siempre, como si fuera una enfermedad, con sus síntomas, sus diágnosticos, y al final siempre da a entender que se cura uno de la enfermedad solo cuando se deja de estar enamorado; a lo largo de los dos volumenes hay continuos ejemplos donde vuelve una y otra vez al mismo simil:

"...porque mientras duró su enfermedad amorosa, mitigó sus sufrimientos presentándoselos como imaginarios."

Proust está continuamente burlándose del snobismo en arte, en las relaciones sociales y sobre todo se burla de uno de los grandes males de ahora y siempre, la hipocresía así que podríamos decir que en este segundo volumen se ejerce una sátira aun mayor que en el primero porque le da forma real en ese balneario donde se reunen una serie de personajes de las clases altas a pasar un verano casi enterrados en largas conversaciones de salón, desayunos de pose y paseos por la playa. La vida contemplativa de unos seres obsesionados por no dejar entrar en su cerrado mundo y consevar las apariencias.

"Si se estima que soñar un poco es peligroso, lo que cure no habrá de ser soñar menos, sino soñar más, el pleno ensueño."

En definitiva, este segundo volumen de En busca del tiempo perdido es un complemento perfecto para ese primero donde conocímos por primera vez a Marcel, el narrador, y ahora unos pocos años más mayor, no muchos, sigue preguntándose ¿si existen realmente esas personas de las que se creía enamorado?? El amor imaginado en la adolescencia es más fuerte, según Proust.

“Esta Albertina casi se reducía a una silueta; todo lo superpuesto a ella era de mi cosecha porque así ocurre en el amor: que las aportaciones que proceden de nosotros mismos triunfan sobre las que nos vienen del ser amado. Y esto es cierto aun en los amores más efectivos.”

[...]

“Y es que desde mis tiempos de juego en los Campos Eliseos, mi concepción del amor había cambiado mucho, aunque los seres a quienes se consagró mi amor sucesivamente eran casi idénticos. Por una parte la confesión, la declaración de mi cariño a la mujer amada no me parecía ya una de las escenas capitales y necesarias del amor, ni éste una realidad exterior, sino tan solo un placer subjetivo. “
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Guille63
 10 March 2023
“«el Bergotte» era ante todo un elemento precioso y verdadero, oculto en el núcleo de todas las cosas y después extraído de ellas por aquel gran escritor gracias a su genio, extracción que era el fin del dulce cantor y no el de escribir a lo Bergotte.”

Proust continúa en este segundo tomo con su excepcional descripción literaria de una personalísima forma de sentir, de una especial sensibilidad ante la vida y uno mismo, capaz de convertir en oro literario las naderías de una existencia tan mediocre e insulsa como la de cualquier mortal. Y lo hace a través de un personaje complejo y contradictorio, Marcel, tan atrayente como repulsivo, siendo cautivadoramente atractivo por ambos motivos.

Un ser absolutamente dependiente de las opiniones ajenas, egoísta, cobarde, putero y escritor en ciernes, patológicamente necesitado de protagonismo, de atención constante, tan profundo en sus reflexiones como superficial en sus inclinaciones (“la belleza es una sucesión de hipótesis que la fealdad reduce, al cortar la vía que ya veíamos abrirse a lo desconocido”), presa constante de extraños arrebatos sensitivos ante los más peregrinos estímulos de los que espera verdades para mí incomprensibles y que le procuran una felicidad o una tristeza indecibles de las que, en muchos casos, desconoce el motivo.

“Muy pocas veces experimentaba aquel placer, cuyo objeto tan sólo presentía, que debía crear yo mismo, pero en todas ellas me parecía que lo sucedido en el intervalo carecía de la menor importancia y que centrándome exclusivamente en su realidad podría comenzar por fin una vida verdadera.”

Proust tuvo siempre muy presente, y lo plasmó con una maestría única y sublime, que todo los que nos ocurre nos ocurre en el interior y que es allí donde las experiencias alcanzan su esplendor, lo que en Proust llega a extremos delirantes. El amor, la amistad, las vivencias de cualquier tipo, todo parece tener más importancia en la ausencia. La misma presencia del objeto o sujeto, dice, nos desvía de lo importante, nos hace “permanecer en la superficie de nosotros mismos en lugar de proseguir nuestro viaje de descubrimientos en las profundidades”. del mismo modo, cualquier acercamiento a persona, objeto o lugar precisan, para gozar del encuentro como corresponde, ser soñados previamente y así solazarse en todas las posibilidades todavía no excluidas por el hecho en sí, que en verdad carece de importancia pues “sólo nosotros podemos infundir a ciertas cosas que vemos —con el convencimiento de que tienen una vida propia— un alma que después conservan y desarrollan en nosotros”.

“Despojar de ella (la imaginación) nuestros placeres es reducirlos a sí mismos, a nada… Es necesario que la imaginación, despertada por la incertidumbre de poder alcanzar su objeto, cree un objetivo que nos oculte el otro y, al substituir el placer sensual por la idea de penetrar en una vida, nos impide reconocer dicho placer, probar su gesto verdadero, limitarlo a su alcance.”

Y en este sentir tan especial, cómo no destacar por encima de cualquier otro la experiencia del amor, una experiencia, claro está, insatisfactoria pues siempre se desea más cuando se tiene y es atroz cuando no. Un amor que con excesiva frecuencia tiene por objeto a nosotros mismos pues nosotros somos los que creamos a las mujeres que amamos, dotándoles de esa capacidad de “prolongación, esa multiplicación posible, de uno mismo que es la felicidad”.

“Al estar enamorados de una mujer, proyectamos simplemente en ella un estado de nuestra alma, que, por consiguiente, lo importante no es el valor de la mujer, sino la profundidad de ese estado, y que las emociones que nos infunde una muchacha mediocre pueden permitirnos hacer remontar a nuestra conciencia partes más íntimas de nosotros, más personales, más lejanas, más esenciales, que el placer que nos brinda la conversación de un hombre superior o incluso la contemplación admirativa de sus obras.”

Leer a Proust es una experiencia compleja. Por utilizar una expresión mil veces usada por el autor, leerle es como si aráramos un campo inmensamente generoso para todo aquel que no desfallece ni se acobarda ante las muchas rocas y raíces que, en forma de largas acotaciones entre guiones o de oraciones subordinadas dentro de oraciones subordinadas, deben ser previamente desenterradas, aclaradas y muchas veces apartadas a un lado para que la reja pueda sacar a la luz todo lo que la tierra lleva dentro o, al menos, la parte que a cada uno, según su capacidad y experiencia, le es accesible. Y no es que esas incontables rocas y raíces no sean sobradamente interesantes por sí mismas, todo lo contrario, nada es desechable en los campos de Proust, pero bien cierto es que no son pocas las ocasiones en las que, a causa de ellas, nos vemos obligados a pasar la reja una y otra vez por el mismo surco hasta conseguir que la tierra por fin respire y sea todo lo fecunda que en realidad es.

Pero que mi torpeza a la hora de elegir símiles no les lleve a engaño, nada como el trabajo en el campo puede estar más alejado del mundo proustiano, lleno de arte y vacuo oropel, de sensibilidad y apariencia, de sutileza e hipocresía. Yo, que soy bastante torpe con las sutilezas, sobre todo cuando encierran una malicia que casi nunca espero y de las que tristemente soy consciente, cuando lo soy, tarde para dar cumplida respuesta, he disfrutado perversamente con esta lectura plagada de ellas.

“Su esposa se había casado con él contra viento y marea, porque era una «persona hechizadora». Tenía —cosa que puede bastar para constituir un conjunto delicado y poco común— una barba rubia y sedosa, facciones agraciadas, voz nasal, mal aliento y un ojo de vidrio.”

Grande es la ironía, el sarcasmo, la inteligencia maligna que se gastan estos ociosos esnobs, clasistas, racistas y muchas veces ridículos miembros pertenecientes a la alta burguesía y a la aristocracia parisina en sus comentarios y chismes de salón hacia rivales, conocidos y, en teoría, amigos, que se mueven por estas páginas. Y en ello no se queda atrás nuestro protagonista, un adolescente, por otra parte, presa de grandes picores por las frescas y traviesas muchachas en flor.

“Simonet debía de ser el (nombre) de una de aquellas muchachas; ya no cesé de preguntarme cómo podría conocer a la familia Simonet y, además, por mediación de personas a las que ésta considerara superiores a sí misma, lo que no sería difícil, si se trataba de simples zorrillas de clase baja.”

Angelito
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Citas y frases (97) Ver más Añadir cita
AzoulayLeonPatAzoulayLeonPat02 November 2021
Mientras tanto, Gilberta, aunque ya le habían dicho dos veces que fuera a prepararse para salir, seguía escuchando lo que decíamos, entre sus padres, apoyada mimosamente en el hombro de Swann. A primera vista advertíase marcadísimo contraste entre la señora de Swann, que era morena, y aquella chiquilla de pelo rojizo y el cutis dorado. Pero luego ya iba uno reconociendo en Gilberta muchos rasgos —por ejemplo, la nariz cortada con brusca e infalible decisión por el invisible escultor que trabaja con su cincel para varias generaciones—, gestos y movimientos de su madre; y valiéndonos de una comparación tomada a otro arte, podría decirse que se asemejaba a un retrato poco parecido de la señora de Swann, retrato que el pintor hubiese hecho, por un capricho de colorista, cuando Odette se disponía a salir para una cena de «cabezas disfrazadas», medio vestida de veneciana. Y como no sólo tenía una peluca rubia, sino que todo átomo sombrío había sido expulsado de su carne, que despojada de sus velos obscuros parecía aún más desnuda, cubierta sólo por los rayos que lanzaba un sol interior, el colorete era al parecer no cosa superficial, sino de carne; y Gilberta diríase que figuraba un animal fabuloso o que llevaba un disfraz de la Mitología. Aquel cutis rojizo era parecidísimo al de su padre, como si a la Naturaleza se le hubiera planteado el problema cuando tuvo que crear a Gilberta de ir reconstruyendo poco a poco a la señora de Swann, pero sin tener otra materia a su disposición que la piel de Swann. Y la naturaleza la había utilizado a perfección, como un buen constructor de arcones que quiere dejar a la vista el granillo y los nudos de la madera. Y así, en el rostro de Gilberta, en el rincón que formaba la nariz, perfectamente reproducido de su madre; la piel se hinchaba para conservar intactos los dos lunares de Swann. Era una nueva variedad de la señora de Swann, obtenida junto a ella, como una lila blanca junto a una lila violeta. Sin embargo, no hay que representarse la línea de demarcación entre los dos parecidos, el de su padre y el de su madre, como perfectamente definida.
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AGamarraAGamarra05 July 2022
Cierto que los rostros de todas ellas habían cambiado de sentido para mí desde que en cierta medida sus palabras me habían indicado la forma en que había que leerlas, palabras a las que podía atribuir un valor tanto mayor cuanto que, con mis preguntas, las provocaba a mi gusto y las hacía variar como un experimentador que exige de ciertas contrapruebas la verificación de sus suposiciones
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AGamarraAGamarra15 August 2021
Una franja de cielo rojo encima del mar compacto y perfilado como gelatina de carne, y luego, de repente, sobre el mar ya frío y azul como el pez llamado mújol, el cielo del mismo rosa que uno de aquellos salmones que dentro de un rato habían de servirnos en Rivebelle reavivaban el placer que iba a tener mientras me vestía de frac para salir a cenar.
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AGamarraAGamarra31 July 2021
Me preguntaba si su sol... no era - bien distinto del rayo de la tarde, simple y superficial como un trazo dorado y trémulo - el mismo que en ese momento abrasaba el mar como un topacio, lo hacía fermentar, tornarse rubio y lechoso como la cerveza, espumoso como la leche, mientras de vez en cuando aquí y allá lo recorrían grandes sombras azules que algún dios parecía divertirse en desplazar moviendo un espejo en el cielo
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AGamarraAGamarra05 July 2022
Si la muerte hubiese debido golpearme en ese momento, me hubiera parecido indiferente o más bien imposible, porque la vida no estaba fuera de mí, estaba en mí; habría sonreído de conmiseración si un filósofo hubiera emitido la idea de que un día, incluso lejano, yo habría de morir, de que me sobrevivirían las fuerzas eternas de la naturaleza, las fuerzas de aquella naturaleza bajo cuyos pies divinos yo sólo era una mota de polvo; de que después de mí, ¡seguirían existiendo aquellos acantilados redondeados y abombados, aquel mar, aquel claro de luna, aquel cielo! ¿Cómo iba a ser posible, cómo iba a poder durar más el mundo que yo, si yo no estaba perdido en él, si era el mundo el que estaba encerrado en mí, en mí a quien él estaba muy lejos de llenar
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Hoy iremos cien años atrás para revivir el año de las maravillas literarias. Fue Marcel Proust quien dijo que “el hallazgo afortunado de un buen libro puede cambiar el destino de un alma”. Los libros que giraron en torno al año de 1922, créame, pueden cambiar el destino de la suya.
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