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Crítica de Paloma


Paloma
20 marzo 2018
México siempre deberá agradecerle a Elena Poniatowska el rescate que ha hecho, a través de sus novelas, de grandes personajes del mundo artístico y cultural del país del siglo pasado. En México, nuestra historia tiende a ser contada de manera subjetiva y siempre yéndose a los extremos: los personajes o fueron héroes o fueron villanos, sin punto medio. Pero la Poniatowska nos presenta a protagonistas con fallas, que cometen errores, pierden la razón, aman y odian con locura. Podemos entenderlos o no, pero, a fin de cuentas, lo que la autora nos presenta es un retrato honesto del ser humano.

Leonora no es la excepción. En esta novela, la autora presenta la vida de la pintora inglesa Leonora Carrington, radicada en México desde mediados de 1940 y quien formó parte de un grupo de artistas exiliados que continuaron explorando el surrealismo. Si bien Leonora no nació en México, gran parte de su obra fue producida aquí, toda vez que llegó antes de los 30 años huyendo de la Segunda Guerra Mundial. No se puede concluir –por lo menos al leer la novela– que México haya formado a la Carrington pues sus creencias, su técnica, su inspiración artística fue definida años antes, en París y gracias a Max Ernst pero es cierto que desde aquí produjo y obtuvo notoriedad internacional.
Leonora Carrington fue una mujer libre, rebelde, sin ataduras, compleja y Poniatowska nos lleva a conocerla desde su infancia en Crookhey Hall hasta su muerte en Ciudad de México a los 94 años. Era hija de un gran magnate inglés y estaba destinada a una vida privilegiada, de lujos, pero a costa de sacrificar su creatividad. Con apenas 20 años decide dejar el hogar paterno, irse a París a pintar y a vivir con el hombre que le cambió su mundo, el pintor alemán Max Ernst. Además de ser un gran amor -yo creería que fue el amor de su vida aunque, como indica Poniatowska en un pequeño epilogo, la misma Leonora decía “cada amor es distinto”- Ernst la introdujo en el mundo del surrealismo, del arte como expresión honesta, brutal, de la existencia. Por varios años crearon su propio mundo, viviendo bajo sus reglas y produciendo un gran acervo artístico.

La Segunda Guerra Mundial es el parteaguas para la vida de Leonora -Ernst es detenido y enviado a un campo de concentración por ser alemán y ella se vuelve loca, al grado de tener que ser internada en un manicomio en Santander, España. Este fue el otro gran acontecimiento que la marcó, por el tratamiento recibido y por la soledad. Aunque he de reconocer que esta parte de la novela fue la que menos disfruté -en parte porque en general no el tema de la locura y los manicomios siempre me ha generado escalofríos, pero también porque me pareció que Poniatowska le dedica muchos capítulos y no pasa nada trascendental– es la etapa de la vida de Carrington que es un parteaguas tanto para su vida como su obra.

Tras un par de años encerrada, escapa de España hacia Portugal y en Lisboa se reencontrará con Max y con el escritor mexicano Roberto Leduc, a quien había conocido durante las tertulias parisinas y el encuentro con estos dos hombres trazará su futuro. El rencuentro con Max no es lo que había esperado y, francamente, me hizo pensar que el alemán era un ególatra pues en ningún momento quiso escuchar lo que fue para Leonora estar en el psiquiátrico y lo único que hizo fue reclamar por qué había abandonado la casa de campo en Francia y con ella, todas las obras. En la novela no se dice -y desconozco qué sucedió realmente– pero se entiende que el encuentro en Portugal fue fortuito -Max no estaba buscando a Leonora, sino se encontraba con su nueva amante, Peggy Guggenheim, esperando una visa para salir hacia EUA. Esta etapa es un gran acierto de la narración, toda vez que no vemos a una Leonora que le reclame, que haga escenas de celos, que suplique amor -como muchas de las ex mujeres de Max. Sin palabras, entendemos tal y como Leonora lo hizo, que la época y el amor a Ernst llegaba a un fin, porque tanto sufrimiento por alguien sin reciprocidad no hubiera sido justo. Si bien los sentimientos de Leonora son ambiguos, porque sigue viendo a Max y sigue admirándolo como artista, pronto se casa con Leduc, el mexicano que la hace reír y termina de ponerle los pies sobre la tierra. Se dice que en la práctica el matrimonio fue por conveniencia, para que Carrington pudiera salir de Europa, pero la novela si expone una relación sentimental -no apasionada como con Max pero si de camaradería y de apoyo.

Y así es como Leonora llega a México. Los primeros tiempos no fueron fáciles, por el idioma, porque no comprendía la idiosincrasia del mexicano y no comulgaba con la comunidad artística fuerte de entonces, a decir, el grupo del muralismo encabezado principalmente por Diego Rivera y Frida. A los pocos meses se divorcia de Roberto y se casa con Emerico Weisz, Chiki, emigrado húngaro y sobreviviente de los campos de concentración. Y al mismo tiempo, conoce a un grupo de refugiados europeos en México, cuya figura más reconocida es Remedios Varo. Entonces, Leonora va encontrando un lugar en el país, formando una familia y continuando una obra artística de pinturas y libros que comenzaron a ganarle el reconocimiento mundial.

La última parte del libro narra algunos de los descubrimientos hechos por Leonora en México –su viaje a Xilitla, por ejemplo, al lado del alucinante Edward James o su estancia en Chiapas, para poder pintar su famoso mural “El Mundo Mágico de los Mayas”. No deja de resultar emocionante –por lo menos para mí– identificar esos lugares que sirvieron de inspiración a los artistas y que he tenido la oportunidad de recorrer en algún momento.
ara quién no conoce la vida de la Carrington (y antes de leer este libro, yo no estaba familiarizada con ella) esta novela es un excelente punto de partido que puede complementarse leyendo la obra de la propia Leonora y observando sus pinturas. Es una novela pero también una biografía –de hecho, creo que se acerca más a este último género– de una vida plena, extraordinaria, libre. La sabiduría popular dice que “tiempos pasados fueron mejores” y me pregunto si no es la distancia, el paso de los años, lo que hace pensar que la época de Leonora, o siendo más precisa, de finales de la década de los treinta hasta los cincuenta, fue una época de efervescencia cultural en México, de tertulias entre grandes artistas, de modernidad. Tiempos difíciles pero en donde las discusiones eran más aterrizadas; quizá menos ególatras. No podría saberlo con certeza pero es algo que se intuye de la lectura de un libro como Leonora.

Lo único que no disfruté de este libro –y por eso no le di 5 estrellas – fue que en algunas partes sí me pareció que la anécdota se alargaba demasiado y que de pronto, la historia daba un salto extraño en la narración, que algunas veces resultaba confuso. de esto último nada grave pero de lo primero si siento que hubo etapas de la vida de la pintora que fueron muy largas –como mencioné, su estancia en el psiquiátrico, el reencuentro con Max en Nueva York y sobre todo hacia el final de su vida en México. Creo que de haber sido más precisas y cortas el impacto hubiera sido igual o más contundente.

Otro aspecto de Leonora que no vi tan reflejado en la novela fue su feminismo –porque según lo que he leído, se le considera entre las feministas más importantes del siglo pasado. Y me resulta evidente, por su forma de actuar y de vivir, que lo era, pero en mi opinión, Poniatowska no profundiza mucho en este aspecto que me hubiera parecido muy interesante. Es decir, el hecho que Leonora haya abandonado a su familia, desafiado a su padre y vivido con un hombre casado no es sinónimo de feminismo. Puede ser parte de, o reflejar a una mujer de espíritu rebelde pero no es igual a. Creo que solo al final de la novela, se presenta un poco de su compromiso al movimiento pero es apenas una pincelada.

Como he mencionado, la Carrington fue una mujer completa y he de confesar que no siempre sentía simpatía por el personaje ni real ni novelado, pero no por ello deja de parecerme una artista y una mujer única. Por ejemplo, no sé si es porque en la novela se aborda de cierta forma, pero nunca entendí la razón del desafío a su padre. En un inicio si se da a entender que él quería que su hija fuera una señorita de sociedad –incluso fue presentada ante el rey– pero también le daba lo que quería. Finalmente, y aunque a regañadientes, la dejó inscribirse en una escuela de arte en Londres y si bien no fue lo mejor para ella, pagó su tratamiento en España cuando perdió la razón. Un padre vengativo o desalmado la hubiera dejado a su suerte –la misma que ella eligió. Y aun así, Leonora le guardó siempre rencor y nunca más lo volvió a ver. Este rencor me pareció exacerbado, quizá porque nunca lo comprendí en su totalidad, por lo menos de la lectura. Siento incluso que ese odio fue la que nunca le permitió regresar a Inglaterra si bien fue un deseo que siempre tuvo presente.

Y esto me lleva a otro aspecto más que no comprendí a cabalidad: considero que Leonora Carrington nunca se sintió parte de México ni vivió feliz aquí: "Leonora descubre a México despacio; el país ya la ha descubierto a ella y la retiene”. Retener me parece que implica quedarse en contra de la voluntad propia. ¿Hubiera sido más feliz en otra parte? Quién sabe, pues ella misma decía que siempre se estaba buscando. Y si bien no se trata de que todo mundo ame este país, en términos de la historia de la pintora, me hubiera gustado entender más su pensamiento al respecto.

Fuera de estos comentarios, me pareció una novela interesante, ágil y muy ilustrativa. Elena Poniatowska hace a un homenaje a estas mujeres –como ya en el pasado hizo con Tina Modotti o Lupe Martín– y lo hace de manera excelente. Disfruté de esta lectura pero, si alguien me pregunta, creo que definitivamente la novela más lograda de la autora sigue siendo Tinísima.
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