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Crítica de Carampangue


Carampangue
04 febrero 2020
En esta reseña nos referiremos a los cinco primeros volúmenes de la saga Alatriste, aunque en especial al primero de ellos. Los demás no, porque llegado al quinto dejé de leerlos y no creo que vuelva por ahí.


Pero partamos por el principio: El Capitán Alatriste es un libro entretenidísimo, que se lee en un suspiro. Una novela de capa y espada a la antigua, donde birllan los lances, las estocadas y la bizarría del Capitán, hombre valiente, de pocas palabras y muchas acciones.


La novela nos sitúa en pleno Siglo de Oro, y el autor aprovecha de hablarnos algo de literatura -convenientemente, Alatriste es un hombre también de espíritu, y buen amigo de Francisco de Quevedo, a través del cual accedemos a las indecentes y divertidísimas discusiones literarias de la época- y a plantearnos su cuerpo de ideas sobre la época: según él, un siglo de mierda, lleno de curas oscurantistas y de reyes incompetentes, que permitieron a una nación volverse enemiga del trabajo por puro y tonto orgullo, y que mientras los industriosos ingleses, holandeses y alemanes preparaban su futuro industrial, despilfarraba el oro de América en pavadas, en guerras idiotas y en pompas sin sentido alguno. Siglo de mierda al que sólo salva su excelsa literatura, la más grande que se haya visto en España.


Toda esa negra filosofía en medio de duelos en callejones, personajes hieráticos y atrevidos, amistad de hombres, bronca y cumplidora, y el riquísimo vocabulario de Pérez-Reverte, que tiene un oficio enorme y es capaz de hacerte disfrutar hasta cuando te cuenta qué tipo de sombreros le gustan. Además, una frase inicial deliciosa, un acierto que invita de inmediato a seguir leyendo.


Si sólo fuese una novela, le ponía sus cinco estrellas. Me divertí de cabo a rabo y estaría dispuesto a perdonar lo plano de los personajes, porque una novela de aventuras tiene sus propios códigos, y basta con que los personajes sean carismáticos. Lo malo es que no es una, sino que son siete.


Y cada una de ellas es una copia de la anterior. Es la misma novela escrita muchas veces (ya lo digo, yo llegué hasta la cinco). En cada novela vemos a Alatriste en diferentes lances... pero en el fondo da lo mismo, siempre es igual. Provisto de un rígido código de honor, apelando a sus amigos (todos leales a él: Alatriste es un héroe donde vaya, y todos lo admiran y están dispuestos a jugarse el pescuezo por él), Alatriste va, enfrenta a sus adversarios y siempre triunfa.


Supongo que Pérez Reverte debe creer que se ha inventado un personaje de moral dudosa, un antihéroe. Porque Alatriste es una espada de alquiler, que presta su fuerza para cualquiera sin preguntar si la causa es justa o injusta... pero luego, en la primera novela, lo vemos incumplir sus órdenes por motivos de caballerosidad. Y más adelante lo veremos en el sucio oficio de torturador... pero eligiendo inflingirse dolor a sí mismo. Y siempre justo con los débiles, correcto con mujeres y niños, adoptando al hijo de un camarada muerto. Lo veremos despreciar el vino de sus superiores, por respeto a sus compañeros que bebían barro en las trincheras.


Al final, el Capitán Alatriste es un buenazo. Es como una versión idealizada de Arturo Pérez Reverte: fuerte, viril, admirado por sus pares y temido por sus enemigos. Y aunque habla poco de eso, un tremendo seductor.


Aquí otro punto: en las cinco novelas, no hay un personaje femenino. Ninguno. Caridad la Lebrijana sería un estupendo personaje de Pérez: valiente, realista, una mujer que ha dado guerra a la vida, que ha ganado batallas y las ha perdido. Pero lo único que hace en toda la saga es coserle las camisas a Alatriste, cocinarle y a veces, follar con él. Sólo sirve para resolverle los quehaceres domésticos, y para que no sospechemos que el buen Capitán es del otro bando...


Angélica tampoco es un personaje, no: es un arquetipo. Es la representación del misterio de lo femenino, es la certeza de que nunca entenderemos a las mujeres. Ya desde niña lo fue: pase lo que pase y haga lo que haga, Angélica nunca se sale de su corsé: hace cosas atractivas, de verdad ama, pero al mismo tiempo es una fuente de peligros mortales. Es capaz de la mayor generosidad y de la mayor traición, porque es mujer, y nadie puede predecir lo que hará una mujer.


De hecho... ¡creo que el problema es que a Pérez Reverte no le gustan las mujeres! Literariamente, claro está. No le gustan, no las entiende. le gustan los hombres: bien fuertes, bien machos. Leales, valientes, silenciosos. le gustan los hombres porque son confiables, porque puede escribir sobre ellos y sabe lo que harán. Puede darles un código, y ellos lo van a seguir hasta la muerte. Una mujer, en cambio... quién sabe, son una caja de sorpresas.


En fin. Cinco novelas planas, iguales, divertidas y repetitivas. Llenas de muletillas (el silbido de Malatesta, por ejemplo), con una reflexión sobre España repetida hasta la náusea, quizá porque el autor no tiene más ideas sobre el tema, con personajes planos y predecibles. Leer una está bien. Dos, vaya y pase. Más de tres, es un acto de valor, y yo me detuve en el límite del masoquismo.
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